El CEO de mis sueños Capítulo 30
88%

Capítulo 30

Neizan

Mi madre, que procuraba que yo no coincidiera con Ingrid en su casa, me había llamado por teléfono esa mañana, para decirme que, si quería conocer al niño, estaría allí, con ellos, al menos hasta la hora de comer.

Tenía una reunión que no podía aplazar ni anular, pero haría todo lo posible para que me diera tiempo a llegar, aunque fuera un minuto y medio y, por eso, a las doce y media, salí disparado de las oficinas.

—Manuela, todo lo que haya a partir de ahora, lo aplazas para otro día, tengo un asunto urgente que atender.

—Está bien, señor Maldonado, pero, en una hora vendrá la señorita Martina Wafer, concertó una cita para hablar con usted de algo de vital importancia, según me dijo.

—Muy bien, pues le dices que venga mañana, que hoy no puedo atenderla, me esperan en casa de mis padres y no puedo faltar.

Salí disparado para la zona de los ascensores, y bajé hasta el garaje, con la intención de llegar a la casa de mis padres lo antes posible, pero parecía que todo se había puesto en mi contra, pues los semáforos me cogieron todos en rojo.

Empezaba a desesperarme, porque sí, no tenía paciencia, esa no era una de mis virtudes, cuando quería algo, lo quería para antes de ayer, y no siempre podía conseguirlo, como era este caso.

Miré el reloj y pasaban de las tres de la tarde, así que, con toda probabilidad, Ingrid ya habría ido a recoger al niño. Tan solo sabía que se llamaba Enzo, y lo poco que lo conocía, lo hacía por las fotos que mi madre me enseñaba.

—Mamá, envíame alguna foto de mi hijo, quiero tenerlas.

—Lo siento, cariño, pero jamás traicionaré la confianza que Ingrid tiene en nosotros, lo entenderás cuando veas la complicidad que existe entre ella y yo.

Esa era la conversación más repetida de la historia, pues, siempre que me encontraba de bajón o que, simplemente pensaba en lo que podía haber sido mi vida si no hubiera sido tan gilipollas, la llamaba o le escribía el mismo mensaje, recibiendo la misma respuesta.

Si le diera a reenviar, en vez de escribirla de nuevo, no me daría ni cuenta.

Por fin había llegado a mi destino, cuando pasaban las cuatro de la tarde, porque, además de los semáforos en rojo, me había tocado tragarme un atasco de más de cuarenta y cinco minutos.

Al abrir la puerta escuché un bebé llorar, y respiré tranquilo porque, aunque su madre estuviera aquí, aunque fuera de lejos, por fin iba a conocer a mi hijo, y un nudo se me puso en el estómago.

Ni cuenta me había dado de que estaba en la puerta del salón, parado como un pasmarote y mirando a la nada. Si no llega a ser porque mi madre me habló, creo que todavía estaría ahí, en la misma posición y esperando a dios sabe qué.

—¿Te piensas quedar ahí todo el día?

—Lo siento, mamá, me he quedado un poco en shock.

—Pues deja a un lado el shock ese y ven aquí, que tu padre no está y tengo que prepararle el biberón al niño. Has llegado justo a tiempo para cogerlo en brazos.

Mi madre me puso a mi hijo entre mis brazos, que me miró, muy serio, y empezó a sonreír, era como si me conociera de toda la vida. Automáticamente, cesó en el llanto, por lo que, aproveché, y me senté en el sillón, antes de que las piernas me flaquearan.

—¿Todavía no ha venido su madre a recogerlo?

—Pues no, debe ser que se le ha alargado la reunión.

—¿Qué reunión? Hasta donde yo tenía entendido, trabajaba de limpiadora.

—Uy, eso fue mucho antes, cuando nació Enzo, Álvaro habló con un amigo suyo que buscaba una traductora. Desde entonces, no ha parado de trabajar, es una máquina, esa chica.

Os prometo que me alegré por ella, y me propuse hablar con mi compañero para que me explicara en qué consistía su trabajo, aunque no las tenía todas conmigo y sabía que me iba a costar un mundo que confiara de nuevo en mí.

Tenía que conseguir hablar con él y con Mario, explicarle lo que tenía pensado y abrirle mi corazón. Tan solo lo conseguiría si veían mis buenas intenciones hacia Ingrid, así que, en cuanto que me quedara solo, iba a llamarlos.

Mi madre me dio el biberón, y mi hijo, sin que me diera tiempo a nada, alargó su mano y se lo llevó hasta la boca, como si mi opinión, a la hora de comer, le tuviera sin cuidado. Tenía hambre, había un biberón, y lo que yo hiciera no importaba.

—Chico listo, veo que te ha reconocido de inmediato.

—No digas tonterías, mamá, por favor, es un bebé de seis meses, no tienen capacidad de reacción.

—Aunque tú no te lo creas, la sangre tira, hijo mío. Cuando conocí a Ingrid, algo me decía que no debía dejar a esa chica sola, y después, entendí el motivo, llevaba a mi nieto en sus entrañas.

—Y os pusisteis de su parte, que no se os olvide.

Mi padre acababa de llegar, y estaba en la cocina haciendo no sé qué, cuando volvieron a llamar a la puerta. Mi madre me miró sonriente, sabiendo que había conseguido lo que quería, pero un miedo atroz me recorrió todo el cuerpo.

Nunca olvidaré el momento en el que mi mirada se cruzó con la de Ingrid, por un instante vi el miedo en sus ojos, pero también la determinación. Si antes sabía que no lo tendría fácil, ahora acababa de confirmarlo, me costaría media vida que me escuchara.

Tuvimos algunas palabras, pues parecía olvidar que este también era mi hijo, que no era solo suyo, pero cuando empezó a reprocharme cosas, en las que tenía toda la razón, tuve que agachar la cabeza e intentar cambiar de táctica.

No me sirvió para nada, porque lo que yo quería ella no estaba dispuesta a dármelo, pero no iba a cejar en mi empeño, eso lo sabían hasta los hebreos. Por eso, en el momento en el que salió por la puerta, cogí mi móvil y marqué el número de Mario.

—Me cago en todo, no me lo coge.

—Hijo, lo mismo y es mejor que esperes un poco a que las cosas se calmen, que ella vea que estás ahí, para tu hijo y para ella, si es que la sigues queriendo.

—Mamá, no puedo perder más el tiempo, te lo aseguro. Cada minuto que paso lejos de ellos, es como si me fueran quitando un trocito de mi alma. Y sí, no es que la siga queriendo, que estoy enamorado de ella como un quinceañero.

—Entonces, ya sabes lo que te toca, tener paciencia y dejar que el tiempo ponga todo en su sitio.

Miré a mi madre como si estuviera loca. Ya me encargaría yo de que el tiempo lo colocara todo más pronto que tarde, y que mi familia estuviera a mi lado cuanto antes, mucho mejor.

Decidí esperar al día siguiente para hablar con los dos, por eso, saqué mi móvil y les envié un mensaje, citándolos al día siguiente a primera hora en mi despacho, sin darle más detalles ni más explicaciones.

Neizan: Chicos, necesito hablar con vosotros de un tema urgente e importante. Os espero a los dos a primera hora en mi despacho de la revista, no faltéis.

Álvaro: De acuerdo, a las ocho en punto estaré en tu despacho.

Mario: Espero que eso de lo que nos tienes que hablar sea realmente importante, ya que dejaré a mi hija una hora antes en la guardería.

No quise darles más explicaciones, no por teléfono, prefería tenerlos a los dos frente a frente, que vieran en directo mi desesperación.

Según mi madre, eso me había pasado por no hacer las cosas bien, por no seguir sus consejos y, a pesar de que tenía toda la razón del mundo, la miré como si mis ojos pudieran atravesarla.

—Ya has oído lo que te ha dicho Ingrid, cuando quieras ver al niño, tan solo tienes que avisarme el día antes.

—No quiero eso, mamá. Quiero poder ver a mi hijo cuando me plazca, sin horarios ni citas previas, que no voy al ayuntamiento para que me atiendan.

—Mira, Neizan, no te voy a decir lo que estoy pensando porque eres mi hijo, pero, da gracias a dios que esta mujer no te ha querido sacar hasta la cera de los oídos, porque podría haberlo hecho sin despeinarse.

—¿Crees que me importa el dinero? Como si tengo que poner todo a su nombre y empezar de cero, me da igual.

—Pues bien que te importaba cuando todo esto empezó. Si la hubieras escuchado, si le hubieras permitido sacarte de dudas, lo mismo y hoy no estabas así.

Desesperado, salí de la casa de mis padres y no dije ni adiós. Quería que pasara ya el día de hoy y que fuera mañana, para pedirle ayuda a las dos únicas personas que podían hacer que Ingrid me escuchara.

Al pasar por delante de la casa de Mario, os prometo que me entraron ganas de parar el coche y de entrar, pero no quería ponerlo en esa tesitura, sobre todo cuando quería que me ayudara. Podía ser contraproducente para mí en un futuro, por lo que seguí de largo.

Cuando llegué al ático, me encontré con la persona que menos pensaba que volvería a ver en mi vida, pues hacía casi un año que no la veía, concretamente desde que me fui a Italia.

—¿Qué haces aquí, Martina?

—Tengo que hablar contigo, es urgente.

—Está bien, pasa, pero no tengo mucho tiempo que tengo cosas que hacer.

—Seré rápida, te lo prometo.

En su mirada pude notar algo que no me gustó, pero como últimamente veía sombras donde no las había, decidí apartar ese pensamiento a un lado y escuchar lo que me tenía que decir.

—Tú dirás.

—Estoy embarazada.

—Anda, mi más sincera enhorabuena. ¿Quién es el agraciado padre?

—Querrás decir el desgraciado, porque se me presentó como si fuera un príncipe azul y no llega ni al que sale en el envoltorio de las galletas.

—Bueno y… ¿se puede saber qué pinto yo en todo esto?

—Pues es muy sencillo, ese desgraciado no tiene ni dónde caerse muerto, y yo tendré que dejar las pasarelas por un tiempo, y necesito dinero para poder sobrevivir.

—Creo que has trabajado lo suficiente como para tener un buen colchón económico.

—Pues crees mal, porque el único colchón que tengo es el de la cama, y no te vayas a pensar que es de los buenos, tampoco.

—De verdad que no entiendo lo que pretendes.

—Está claro, o me das el dinero suficiente para poder vivir un buen tiempo, o me pasearé de plató en plató diciéndole a todo el mundo que el hijo es tuyo y que tú no quieres hacer cargo de él.

—¿Estás loca? Eso será muy fácil de demostrar. Tú y yo hace meses que no nos vemos.

—De eso nada, tengo un billete de avión de hace dos meses a Roma, y un vídeo dónde se me ve entrando en el hotel dónde te hospedabas. Será tan sencillo como decir que te visité varias veces allí, pero que no salimos de la habitación, tampoco sería la primera vez que hiciéramos algo así.

—Sal ahora mismo de mi casa, no quiero volver a verte.

—Tienes hasta mañana por la noche para contestarme. Si no, imagina lo que una pobre mujer podría hacer por desesperación, como ir a visitar a Ingrid y contarle que me has hecho lo mismo que a ella.

En su cara se pintó una sonrisa de maldad que me puso los vellos de punta. Sabía que Martina era capaz de hacer eso y mucho más, pero no pensaba permitirlo, tendría que trazar un plan.