El CEO de mis sueños Capítulo 29
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Capítulo 29

Ingrid

Ese día tenía una reunión importante, ya que, en cuanto que me incorporé de la baja maternal, mi jefe me preguntó si podría actuar de traductora en alguna que otra reunión y, con lo que me pagaba, yo me hubiera puesto hasta a limpiar los ceniceros.

Mi hermana tenía a Lola malita y, además, estaba completamente liada con los preparativos de la boda. Lau tampoco podía quedarse con el niño, así que, no me quedó más remedio que pedírselo a Cristina.

No es que no me gustara dejárselo a ella, ni mucho menos, tan solo que entendía que no era su obligación, aunque me dijera que lo hacía encantada, pero es que tampoco quería dejar al niño con una extraña.

—Cristina, te prometo que vendré lo antes posible, y mil gracias por quedarte con él.

—Ingrid, Enzo es mi nieto, le pese a quién le pese, y los abuelos están aquí para eso.

—Ya, pero…

—Pero nada, y ahora vete, que llegarás tarde.

—Si tienes algún problema, me llamas, que dejaré todo para venir.

—He criado a uno que está ya muy mayorcito, y creo que no está tan mal, ¿no?

—Para desgracia mía… Bueno, lo dicho, en la bolsa del coche hay de todo. Adiós, mi amor, vuelvo prontito.

Le dejé un beso a mi niño en la cabecita, y salí pitando hasta el lugar de la reunión. Tan solo esperaba que a Neizan no le diera por aparecer por la casa de su madre, porque iba a ser la guinda del pastel, os lo aseguro.

Sí, el padre de mi hijo había vuelto de Italia hacía ya dos meses, o quizás tres, no lo sé, pero su madre había hecho todo lo posible para que no coincidiéramos, puesto que sabía el daño que eso me haría. Ver a su padre despreciarnos de nuevo, eso sí que no lo podría soportar.

Era cierto que no se le había visto mucho, ni en fiestas, ni en la prensa, ni en nada parecido, y eso podía tener dos interpretaciones. La primera, que hubiera comprado todo el material que fuera a salir o, la segunda, que tuviera tanto trabajo que no le diera la vida.

Fuera como fuese, ninguna de las dos cosas eran problema mío, mi único cometido era que mi hijo se sintiera la persona más amada del mundo, por su madre y por la gente que lo rodeaba, lo que hicieran los demás, estaba de más en mi vida.

Llegué al edificio en el que se celebraría la reunión, a una sala de reuniones de uno de los hoteles más famosos de Madrid, donde ya me esperaba mi jefe, junto a otros dos compañeros más de la empresa.

—Ingrid, cada día estás más guapa, si me dejaras invitarte a cenar algún día, sería el hombre más feliz del mundo —me dijo, pero todo era una broma entre él y yo.

—Claro que sí, mañana mismo, pero tiene que ser en tu casa, que a mí las camas de los hoteles no me gustan, que pueden tener inquilinos dentro del colchón —le contesté.

Todos soltamos una carcajada, porque el gran Óscar Guerrero era gay, más que un palomo cojo, como solía decir él mismo, pero, desde que nos conocimos en persona, hicimos tan buenas migas que éramos el blanco de todas las bromas.

—Si no supiéramos que Óscar es de la acera de enfrente, diríamos que habla en serio.

—Oye, tú, que yo estoy en la acera correcta, que sois vosotros los que estáis en la equivocada.

Entre risas estábamos, cuando llegaron aquellos empresarios con los que tendríamos la reunión y que necesitaban traducción, en ambas direcciones, por supuesto.

Se trataba de una empresa china que quería ampliar mercado en nuestro país, y para eso, se le había elaborado un informe completo, uno que yo entregué ya traducido a su idioma, pero que tan solo sirvió para solicitar una cita presencial.

La reunión se me hizo de lo más tediosa, y si no llega a ser por las salidas de tono de Óscar, siempre en un susurro y sabiendo que no entendían ni una palabra de español, me hubiera cortado las venas ahí mismo.

—Me cago en la puñetera madre de los chinos estos, que son un coñazo, de verdad.

—¿Eso se lo tengo que traducir?

—Hazlo y tan solo vas a poder hablar en lengua de signos. Te corto la lengua, vamos.

Me tuve que aguantar la risa e inventarme algo para que los chinos no sospecharan que nos estábamos cachondeando de ellos. Óscar me miraba, como preguntando si había sido capaz, pero, con un gesto muy sutil, lo negué con la cabeza.

—Tan solo le he dicho que estamos encantados de resolverles sus dudas, que pregunten sin miedo.

—Pues, si todo lo que llevamos aquí ha resultado ser bajo miedo, cuando se les quite, vamos a tener que ir a buscar un colchón hinchable, porque nos van a dar aquí las uvas.

Gracias a dios y a la virgen del Carmen, como decía mi madre, se terminó la reunión y nos pudimos marchar de allí. Eran casi las cinco de la tarde, y no habíamos probado bocado. Miré el teléfono, ese que puse en vibrador cuando entramos, pero no tenía ninguna llamada ni mensaje de Cristina.

—Te invito a comer algo, bueno, una hamburguesa en una cadena de estas de comida rápida, que son los que tienen abierta la cocina a estas horas.

—Te lo agradezco infinito, Óscar, pero es que tengo que ir a por Enzo. Se lo dejé a su abuela antes de venir, y ni siquiera he podido llamarla.

—Mujer, pero ella seguro que lo entiende.

—No, si ella estará encantada, la que no lo estoy soy yo, que me muero por llegar a casa y descansar. Otro día, ¿vale?

—Está bien. Te envío luego el contrato modificado para que lo traduzcas, ¿te parece?

—Me parece, pero que sepas que, por hoy, ya no trabajo más.

—Vamos, mujer, si trabajas menos que los reyes magos, que trabajan una vez al año y, encima, es mentira.

Solté una carcajada, porque, Óscar tenía ese efecto en todo el mundo, volver de colores el día más gris, el más pesado terminaba siendo el más ligero si él estaba cerca. Le dejé un beso en la mejilla y me monté en mi coche.

Tan solo les pedía a todos los santos del cielo que no hubiera atascos, porque me quedaba un buen rato para salir del centro de Madrid y llegar a las afueras, que era dónde vivíamos.

Afortunadamente, hasta los semáforos me tocaron en verde, pero lo que yo me pensaba era que el destino era tan cabrón, que lo había hecho para que me diera de frente con mi peor pesadilla, esa que, sin mediar palabra, había pedido una prueba de paternidad en el juzgado de familia, y que yo no tuve ningún inconveniente en que se la hicieran a Enzo.

—Cristina, vengo a por el niño, y perdón, pero la reunión se alargó más de la cuenta.

—No te preocupes, sabes que es muy bueno. Pasa, está tomándose el biberón, que ya le tocaba.

—Sí, y que él no perdona.

—Es igual que su padre cuando era pequeño.

—Pues espero que no sea igual que cuando ha crecido.

Entre Cristina y yo este tipo de comentarios eran normales, y por eso, entramos las dos en el salón, riendo. Casi mi tengo que sentar de la bajada de tensión que me dio al ver a Neizan con el niño en brazos, dándole el biberón.

—Buenas tardes, Ingrid.

—Serán para ti. Si es que, me tendría que haber ido a comer con mi jefe, como me había pedido —respondí.

—¿Tu jefe te invita a comer? ¡Qué curioso! —me dijo, como si sintiera celos, pero eso era, sin ninguna duda, producto de mi imaginación.

—Mi jefe me invita a lo que le da la gana y yo acepto lo que me sale del alma, ahora, si no te importa, dame a mi hijo que tengo ganas de llegar a mi casa.

—Por si no te has dado cuenta, Enzo está comiendo. Además, que no es tu hijo, como has dicho, es nuestro hijo.

—¿Eso me lo dices tú? ¿Estabas tú a mi lado cuando pasé el miedo más grande del mundo pensando que le había pasado algo con el golpe? ¿Eras tú el que sujetó mi mano mientras me dejaba la vida por traerlo al mundo?

—Ingrid, por favor… —me pidió Cristina.

—Podría seguir así, reprochándole cosas hasta el año que viene, y, si no lo hago, es por vosotros dos, que sois como unos padres para mí.

Esperé a que mi hijo terminara de comer y, en cuanto que lo hizo, se lo quité de los brazos, le saqué los gases y lo puse en el cochecito, mientras que guardaba todas sus cosas antes de salir de allí.

Justo estaba en la puerta, cuando sentí su mano agarrarme por el brazo. Os prometo que una corriente eléctrica me recorrió todo el cuerpo, pero intenté disimularlo. Era una gran putada que, después de todo lo que había hecho, mi cuerpo todavía lo reconociera como su dueño.

—Ingrid, tenemos que hablar.

—Lo que tengas que decir, se lo dices a mi abogado.

—Por favor, me gustaría que nos comportáramos como dos personas civilizadas, como los adultos que somos…

—Uy, mira, te ha costado más de un año llegar a esa conclusión.

—Es mi hijo, y tengo derechos, además de obligaciones.

—No quiero nada tuyo, ni el apellido, ni el dinero, absolutamente nada, pero tampoco seré yo la culpable de que mi hijo no tenga relación con su padre. Cuando quieras verlo, el día antes se lo dices a tu madre, y yo lo traeré aquí, podrás pasar el día con él.

—Quiero poder llevármelo a mi casa, como cualquier padre.

—Cualquier padre, como tú dices, no echa a su madre a la calle, con una mano delante y otra detrás, por orgullo o por vete a saber tú qué.

—Eso no es cierto, yo no te eché, te marchaste tú sola.

—Mira, estoy cansada y no tengo ganas de discutir. Si quieres más de lo que te puedo ofrecer, ya sabes dónde están los juzgados.

Salí de aquella casa con unas ganas inmensas de llorar, de gritar, de correr. Por eso, en vez de montarme en el coche y conducir hasta la mía, y con el miedo de que pudiera tener un accidente por el estado en el que me encontraba, crucé la calle y llamé a casa de mi hermana.

—¿Se puede saber qué te pasa? ¿Por qué traes esa cara? —preguntó Valeria, nada más abrir la puerta.

—Déjame pasar, ponme un refresco bien frío y un sándwich de lo que tengas en la nevera, y ahora te cuento.

Mi hermana Valeria se echó a un lado, dejándome espacio para pasar. Enzo, después de comer, se había quedado dormido en su cochecito, por ello, lo puse a un ladito del salón, junto a Mario, que jugaba con mi sobrina, y me fui con mi hermana a la cocina.

Hizo lo que le había pedido, tan solo que sustituyó el sándwich por un buen trozo de lasaña de atún que había hecho esa misma mañana para ellos, y esperó, pacientemente a que me lo terminara de comer, antes de empezar con el interrogatorio.

Le conté todo lo que había pasado en la casa de Cristina, sin dejarme ni un detalle. Mi cuñado miró a Valeria, que asintió con la cabeza y, antes de dirigirse a mí, cogió una bocanada de aire.

—Ingrid, nosotros tenemos que contarte algo.

—Uf, miedo me da, pero, venga, dale, del tirón, como si estuvieras arrancando una tirita.

—Neizan viene a la boda. Tienes que entender que es mi jefe, que no puedo dejarlo fuera.

—Y lo entiendo, pero si lo que pretende es que no vaya a la boda de mi hermana, lo lleva claro.