Capítulo 28
Neizan
Cinco meses llevaba ya en Roma, y era hora de que volviera a casa. Durante todo este tiempo había salido en la prensa en más de una ocasión, cada vez con una mujer diferente, intentando quitarme a Ingrid de la cabeza.
El investigador privado me envió toda la documentación sobre la investigación que había llevado a cabo, pero todavía no me había atrevido ni siquiera a abrir el sobre en el que me la entregaron.
Me encontraba en mi despacho y, frente a mí, tenía a Fabio, mi mano derecha en este país, y el que se encargaría de llevar las riendas de esta empresa cuando yo me marchara a España, y por eso, estaba allí, para darle las últimas indicaciones.
En una noche de borrachera, le conté mi vida, con el episodio de Ingrid incluido, pero no habíamos vuelto a hablar de ello después de aquello, hasta ese momento, en el que había divisado el sobre y su nombre en una esquina.
—¿Vas abrir ese sobre o lo vas a dejar aquí para que sea yo el que lo lea y te lo cuente?
—Me muero por abrirlo, pero también me da un miedo que no te puedes ni imaginar.
—¿Miedo a que te confirmen tus sospechas o todo lo contrario? Porque, déjame decirte que, si lo que pensabas sobre ella no es cierto, habrás metido la pata hasta el cuadril.
—Pues no sé lo que me da más pavor, si confirmarlo, y saber que le entregué mi corazón a una trepa, o que sean todo suposiciones mías y haber desperdiciado un tiempo precioso.
—Eso tiene fácil solución. Abre el sobre, lee lo que ha averiguado sobre ella y, si es cierto, pasas página.
—¿Y si no es cierto?
—Entonces, ve a buscarla y pídele perdón, aunque sea de rodillas.
—Tú no la conoces, me faltaría vida para que me perdonara.
—Lo mismo y eres tú el que no la conoces y la estás subestimando, el amor de una mujer puede conseguir milagros, te lo digo yo que lo he sufrido.
—¿Tú? Pero si llevas mil años con Francesca, no me digas tonterías.
—Le puse los cuernos una noche de fiesta, y se enteró.
—¿Se lo contaste tú o se enteró por terceras personas? Porque eso influye mucho, Fabio, aunque tú no te lo creas.
—Lo supo antes de que yo llegara a mi casa. Me pillaron los fotógrafos entrando en el hotel con aquella mujer, y saliendo a primera hora de la mañana.
—¿No? ¿Me lo dices enserio?
—Y tanto, la llamaron por teléfono para confirmar si habíamos roto.
—Me imagino cuál fue su respuesta.
—E imaginas bien, le contestó a la periodista que, hasta esa llamada, seguía confiando en mí, pero que, a partir de ese instante, podía asegurar que ya no éramos pareja.
—Joder, que marrón cuando llegaste a casa ¿no?
—No, eso fue lo que más me dolió, que no hubo ni un solo grito, actuó como si yo le importara un carajo. Tan solo me dijo, recoge tus cosas y te marchas, no te quiero aquí cuando vuelvas.
—Y se largó…
No fue una pregunta, fue una afirmación en toda regla, ante la que mi amigo asintió, y continuó contándome todo lo que sucedió durante los meses en los que estuvo fuera de su casa, que no fueron pocos, dicho sea de paso.
—Al principio me lo tomé como una liberación, la verdad. Salía y entraba cuando me daba la gana, sin obligaciones, sin tener que darle explicaciones a nadie, hasta que salió una foto de ella en la prensa. Todavía recuerdo el titular, «Francesca del Piero, ilusionada de nuevo con otro hombre».
—¿Tuvo otra relación cuando estuvisteis separados?
—Si te soy sincero, no me atreví a preguntarle qué significó ese hombre para ella, lo que sí que tuve claro es que era la mujer de mi vida y la quería conmigo, o me iba a volver loco.
—¿Qué hiciste? Porque supongo que no te perdonaría a la primera.
—Ni a la primera, ni a la segunda, ni siquiera a la décima. La llamé mil veces para pedirle perdón, hasta el punto de que me bloqueó en todas partes, le envié flores, bombones, joyas, y nada me servía.
—Me pongo en su lugar y yo sé lo que exigiría.
—Eso mismo, en una de las muchas veces que esperé a que saliera de casa, al tenerme delante, me dijo una cosa que no se me olvidará jamás. Si la humillación ha sido pública, que el perdón también lo sea.
—Exactamente eso es lo que estaba suponiendo que te pediría.
—Me fui a la cadena de televisión, al programa de más audiencia y, sin tener ni siquiera un hueco en la escaleta, me planté en el plató y, de rodillas y en medio de una entrevista a un personaje, le pedí perdón por mi infidelidad.
—¿Fue así como conseguiste su perdón?
—¡Qué va! Ni mucho menos, eso me sirvió para que me escuchara, para poder explicarle que tan solo fue sexo y que esa mujer me importaba un carajo. Cinco meses después de mi perdón públicamente, accedió a cenar conmigo y, un año más tarde, volvimos a vivir juntos.
—Vamos, que se te han quitado las ganas de volver a ponerle los cuernos, ¿no?
—Ni loco, chaval. Además de que no me hace falta, con ella lo tengo todo, es mi amiga, mi mujer y mi amante, no necesito nada más.
Con una valentía que no tenía, cogí el sobre y lo abrí, sacando el dosier de su interior. Fabio me miró, y me hizo un gesto con la mano para que lo leyera, y, aunque con más miedo que nadie, lo hice, empecé a leerlo.
Mi cara iba mudando de color, y lo sabía. No porque me estuviera mirando en ningún espejo, sino por los gestos que estaba expresando mi amigo con su cara. Cuando terminé de leerlo, se lo tendí a él, para que también lo hiciera.
—Amigo, te has coronado de gloria, esta mujer es todo lo opuesto a lo que me has estado diciendo.
—¿Qué hago ahora? No me va a querer ver ni en pintura.
—Pues entonces, tendrás que encontrar la manera de que te vea, de que te escuche y de pedirle perdón, todo ello si es que quieres recuperarla, a ella y a tu hijo, porque ahí está muy clarito.
—Sí, la prueba de ADN ha salido positiva. Ni siquiera ha puesto ningún impedimento para que se la hagan, ella lo tenía muy claro.
—Hombre, si antes de ti tan solo hubo un novio, o como quieras llamarlo, y después de acostarse contigo, no ha estado con nadie, pues tú verás.
—Si que ha estado con alguien, un tal Javier Cano, que es ginecólogo y que lo conoció en la primera visita a la consulta. Al parecer, van siempre juntos y pasa muchas noches en su casa.
—Averígualo, pero no enviando a nadie, plántate en la puerta de su casa, o en su trabajo, y dile todo lo que sientes.
—No puedo hacer eso, hace más de un año que no la veo, y ni siquiera he preguntado por mi hijo.
—Lo que te voy a decir puede sonar muy mal, pero no es lo que pretendo. Aprovecha el tema del niño para acercarte a ella, dile que lo quieres conocer, que quieres ejercer de padre, yo qué sé, porque, de todos modos, no sería ninguna mentira, quieres a tu hijo en tu vida.
—Por ahí no puedo ir, ha presentado en el juzgado un dosier con imágenes mías con todas las mujeres con las que he salido en prensa, para decir que mi vida díscola no es idónea para un niño, y así cubrirse las espaldas por si quería algo más que saber si era mi hijo.
—Chica lista, sí señor…
—Bueno, no estamos aquí para hablar de eso, y llevamos casi toda la mañana. Te he llamado para decirte que vuelvo a España, que te quedas al frente de todo esto y que quiero un informe mensual sobre mi escritorio.
—Gracias por confiar en mí y dejar esto en mis manos, Neizan, te prometo que no te defraudaré y que ese informe estará en tu mesa todos los días uno de cada mes.
—Ni que decir tiene que, ante cualquier duda o problema que no puedas resolver, me haces una llamada y estaré aquí lo antes posible.
—Lo sé, amigo, pero ahora, lo que tienes que hacer es centrarte en recuperar a tu familia, lo demás, ya nos apañaremos como podamos.
Me despedí de él y volví al hotel en el que me había estado alojando durante todo este tiempo. Pensé que buscar una casa era mucho más engorroso que eso, y que, como además era temporal, no merecía la pena.
Preparé mi equipaje en tiempo récord, entregué mi llave y me dirigí hasta el aeropuerto, pues había conseguido un vuelo para esa misma tarde, y tenía que facturar, en primera clase, eso sí, que mis piernas debían ir cómodas.