Capítulo 27
Ingrid
Me dieron el alta al día siguiente, y mi casa parecía el camarote de los hermanos Marx, en ningún momento tuve un instante con mi niño a solas, y empezaba a agobiarme muchísimo.
Una tarde, mi madre se sentó conmigo en mi habitación, y empecé a llorar, sin motivo aparente, pero con toda la razón del mundo. Ella me miró, y supo lo que estaba pasando por mi cabeza.
No me dijo nada, simplemente, se levantó, fue al salón, y le habló a todo el mundo. Sin gritos, sin aspavientos, pero con una autoridad increíble que hizo que todo el mundo obedeciera sin rechistar.
—Creo que ya va siendo hora de que mi hija se quede sola con su hijo. Con esto no quiero decir que no volvamos más, pero sí que necesita una tranquilidad que no le estamos dando —dijo mi madre.
—Yo también opino lo mismo. Podemos visitarla, pero no invadir su intimidad como lo estamos haciendo —contestó Cristina.
—Pues eso tan solo tiene un camino, vamos a recoger nuestras cosas y nos volvemos al pueblo —dijo mi padre.
—Por favor, perdonadme y no os lo toméis a mal, pero es que necesito acostumbrarme a vivir con mi hijo, a que estemos los dos solos, como estaremos de aquí en adelante —les dije, sin parar de llorar.
—Ingrid, no estaréis solos, porque la familia estaremos a vuestro lado todo el tiempo, y acudiremos a vuestra llamada cada vez que nos necesitéis —me dijo Valeria.
—Lo sé, no lo decía por eso. Lo digo porque seremos una familia de dos, y tengo que acostumbrarme, porque, cuando os vayáis, me voy a sentir sola y vacía.
En menos de quince minutos, ya estaba sola con mi hijo. El único que se quedó allí conmigo fue Javier, que me dijo que él estaría siempre a mi lado, me pusiera como me pusiera, entre otras cosas porque tendría momentos en los que necesitaría descansar.
Los días fueron pasando y mi hijo ya tenía un mes. No es que mi familia no viniera más a mi casa, pero siempre que lo iban a hacer, me llamaban antes para saber si me venía bien.
Eso fue lo que había pasado en esta ocasión, en la que Álvaro me llamó por si podían venir a vernos, porque él tenía algo que contarme y proponerme, y le dije que, sin ningún problema, que aquí los esperaba.
—¿Dónde está mi niño? —dijo Lau, nada más que entrar.
—Hola, amiga, yo también me alegro mucho de verte —respondí.
—Y yo, y yo, pero vengo a por mi príncipe, que me lo voy a llevar a dar un paseo mientras que mi chico y tú habláis.
—Pues está en la minicuna, en el salón. Ya sabes dónde está todo, puedes ir a recogerlo.
—Hola, bonita, vamos al salón y hablamos —me dijo Álvaro, dándome un beso en la mejilla antes de entrar.
Pasamos todos al salón y, mientras que mi amiga vestía a mi hijo, yo me senté con Álvaro para ver qué era lo que me tenía que proponer. En estos momentos estaba de baja maternal, y tenía pensado dejar la limpieza en cuanto que se me terminara, por eso, estaba buscando otro trabajo.
—Ingrid, te traigo una propuesta, y espero que me digas que sí y te olvides ya de las bayetas y de la fregona.
—Depende de qué se trata y cuanto paguen, porque no pienso ponerme a servir copas ahora, con mi niño tan pequeño.
—No digas tonterías, Ingrid, si no quiero que te pongas a limpiar por el niño, ¿cómo te voy a enviar a trabajar en la noche?
—Era una broma, Álvaro. Parece mentira que, después de tanto tiempo, no me pilles la ironía de mis palabras —le dije, negando con la cabeza.
—Bueno, a lo que vamos. Tengo unos amigos que están buscando a una traductora, y les he hablado de ti.
—Pero, ahora mismo no puedo, Álvaro, ¿con quién dejo al niño?
—No son traducciones orales, Ingrid, sería traducir documentos que ellos te enviarían por correo electrónico, y que tú deberías devolver ya traducidas en el tiempo en el que te indiquen.
—Eso sí que me convendría, porque no tendría que moverme de mi casa, y podría organizar una estancia para hacerlo.
—Lo pagan muy bien, y estarías dada de alta en la seguridad social, no lo desperdicies, que tengo que darle una contestación esta misma tarde.
—Vamos a hacer algo, ¿por qué no le llamas y hablamos directamente con esa persona?
—Tienes razón, hagamos una videollamada, mejor, y así lo ves.
Esperamos a que Lau saliera con el niño, nos dijo que estaría en casa de mi hermana, para que los dos niños estuvieran juntos, aunque mi sobrina Lola era más mayor, nos gustaba que no perdieran el contacto y que se criaran los dos a la vez.
Quedamos en que, en cuanto que termináramos, iríamos para allá, donde comeríamos todos juntos. Le dejé preparado todas las cosas del bebé, así como la leche y los biberones, porque mi hijo era un tragón de manual, y eso no lo perdonaba.
Hicimos esa videollamada y, cuando tuve de frente a la persona que quería contar con mis servicios, le pedí que me explicara todas las condiciones, así como la frecuencia y el tamaño de los textos que tendría que traducir.
Me puse a hacer números y, en un mes, ganaría lo mismo que en seis meses limpiando. No me lo pensé, y le dije que aceptaba, quedando al día siguiente a las doce de la mañana para firmar el contrato en su oficina.
En cuanto que corté la llamada, miré a Álvaro, con lágrimas en los ojos, y le di un fuerte abrazo que me salió del alma. En mi vida me podía imaginar que encontraría en su persona al amigo con el que me había encontrado.
—Venga, vamos a contarles a todos la buena noticia.
—Sí, además, tengo que ir a hablar con Sonia, para decirle que dejo el equipo de limpieza, para que se lo comuniquen a la persona que me está sustituyendo.
—Si quieres, te puedo acompañar.
—No hace falta, así podré dar mi primer viaje en coche con mi hijo. Recogeré a Javier de la consulta e iremos a comer algo, pasaré el día en el centro.
—Como quieras, si me necesitas, ya sabes que puedes contar conmigo.
—Lo sé, amigo, y te daré las gracias durante toda mi vida, no lo dudes.
Salimos dando un paseo hasta la casa de mi hermana, que nos estaba esperando allí con una mesa con picoteo y algunos refrescos, mientras que no llegaba la comida que habían encargado en un restaurante de la urbanización.
—Hoy es un día de celebración, y no se mete a nadie en la cocina —dijo mi cuñado.
—Además, le hemos dicho a Cristina y a Antonio que se unan a nosotros, espero que no te haya importado. Mamá y papá estarán, pero por videollamada, porque papá no se encuentra bien, y no quería que cogiera el coche.
—¿Cómo me va a importar que se unan? Son parte de mi familia, los abuelos de mi hijo, nunca me importaría. Y sí, hablé con mamá anoche y me dijo que tenía fiebre, debe ser un resfriado de esos que están a la orden del día.
—Tenemos que daros una noticia importante para nosotros… —dijo mi cuñado.
—¿Nos vais a hacer tía otra vez? —preguntó Lau.
—Anda loca, como me voy a quedar embarazada de nuevo, no es eso —le respondió mi hermana, negando con la cabeza.
Una vez que estuvimos todos allí, incluso la videollamada con mis padres, mi hermana y Mario se levantaron de la mesa, cogieron sus manos y, después de contar hasta tres, se dirigieron a nosotros.
—¡Nos casamos! —exclamaron al unísono.
Aquello se convirtió en un jolgorio, en el que todos los felicitamos, mi madre lloraba y yo me abrazaba a mi hermana, sintiéndome la persona más feliz del mundo. Valeria se merecía todo aquello que le estaba pasando, por ser tan dulce y luchadora.
—Valeria, cariño, vive este momento de felicidad, porque no te mereces menos —le dije.
—Ingrid, estoy segura de que tu momento también llegará.
—Ya ha llegado, cariño. Tengo un trabajo nuevo, un hijo sano y una familia que me quiere y me arropa en cada ocasión que lo necesito, por eso, no le pido nada más a la vida.
—Pero también te mereces a un buen hombre a tu lado, que te quiera y te valore, y eso llegará.
—No es una prioridad en mi vida, ahora mismo, no es algo que busque ni necesite, Valeria. Para que alguien pueda entrar, primero tendrá que salir la persona que lo está ocupando, y eso lleva su tiempo.
Cristina me miró con cariño, pues era la única con la que hablaba de Neizan. No porque quisiera saber nada de él ni de su vida, sino porque necesitaba abrirle mi corazón a alguien, y quién mejor que ella para hacerlo.