El CEO de mis sueños Capítulo 26
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Capítulo 26

Ingrid

Habían pasado ya dos meses desde aquel incidente. Mis padres no se marcharon, y todavía continuaban allí, viviendo conmigo y pendiente de mí en todo momento, no se marcharían al pueblo hasta que Enzo no naciera.

Al final, tuve que cogerme la baja, aunque, como realmente la causa no fue el embarazo, sino que la obtuve por la caída, no perdí esos quince días de sueldo, así como tampoco perdí parte de mi baja maternal.

Estos dos meses los pasé en reposo relativo, pues tampoco podía estar todo el día dentro en la cama, con el avanzado estado de mi gestación, si lo hacía, el parto sería mucho más complicado y cogería más peso.

Por eso, Javier se encargó de venir a mi casa todos los días, cuando terminaba la consulta, cargado con sus bártulos, para hacerme una revisión y pasar el resto del día a mi lado.

Paseábamos por el pequeño jardín, cuando el clima nos lo permitía, porque había días que no nos podíamos mover del salón, por la lluvia o por el frío.

Esa mañana me levanté algo incómoda, era como si tuviera una presión en el vientre bajo que casi no me dejaba caminar. Quise decírselo a mis padres, pero habían salido con el coche para hacer la compra.

Me empecé a asustar, porque lo que sentía no era normal, no lo había sentido nunca, y no quise esperar a que llegaran mis padres, por eso, cogí el móvil y llamé a Cristina, ya que mi hermana y su novio estaban trabajando, al igual que Lau con su chico.

—Ingrid, cariño ¿qué te ocurre?

—Cristina, perdona que te moleste. ¿Estás en casa?

—Sí, mi niña, estábamos a punto de salir para ir a recoger un paquete. ¿Por qué? ¿Qué te ocurre?

—Me siento rara, tengo una presión que no he sentido nunca… ¡Argg!

—No te muevas y deja la puerta abierta, en cinco minutos estamos allí. Mi vida, coge la bolsa del bebé para el hospital, porque estás de parto, cariño.

Ahora entendía todo, porque el dolor que me atravesó en cuanto que colgué la llamada no lo había sentido en mi vida. Era como si me estuvieran partiendo por dentro, hasta el punto de que me dejó sin aliento.

Mientras que Cristina y Antonio no llegaban, avisé a mis padres, así como también llamé a Javier, para que me estuviera esperando en el hospital. No confiaba en nadie nada más que en él, no quería que nadie más que él me asistiera en el parto.

—Javier, ha llegado el momento. Por favor, dime que serás tú el que traiga a mi niño al mundo.

—Por supuesto, no lo dudes. Estoy en el hospital, te espero en la puerta.

—Gracias, amigo, no sé qué hubiera sido de mi vida sin ti, te lo prometo.

—Pues hubieras hecho lo mismo, pero con más aburrimiento y con un ginecólogo viejo y feo.

Soltamos una carcajada, estaba tan asustada que le dije que no me cortara la llamada hasta que no me tuviera delante, y así lo hizo. Estuvo diciéndome tonterías durante todo el trayecto al hospital, haciéndome sentir segura.

Cristina y Antonio llegaron de inmediato, y ni siquiera apagaron el motor del coche, sino que fue ella la que se bajó, cogió la bolsa del hospital y me acompañó hasta el coche, donde me ayudó a subirme y a sentarme, mientras que yo seguía hablando por teléfono.

—Venga, suelta ese móvil, que ya me tienes delante —me dijo Javier.

—Tengo miedo, Javier. ¿Y si no sale bien?

—No digas más sandeces, Ingrid. Lo que tienes es que tener fuerzas para empujar y poner a ese niño en el mundo.

Entramos en el hospital y me llevaron a la habitación en la que me ingresarían después del parto.

Allí me cambié de ropa y me pusieron un camisón del hospital, antes de bajarme a la zona de paritorio, donde ya estaba una matrona para hacerme un reconocimiento que dijera en qué punto estaba el parto.

—Está bastante dilatada, hay que ponerle la epidural ya mismo, o no le servirá de nada —dijo la matrona.

—Pues manos a la obra, avisa al anestesista —le contestó Javier.

Mientras que el anestesista no llegaba, Javier trató de tranquilizarme, llegando a preguntarme si quería que entrara alguien a sujetarme la mano durante el parto.

—Si no está mi madre, que entre Cristina, por favor.

—Ahora mismo vuelvo con alguna de las dos, y tranquilízate, por favor.

—Gracias, Javier. Más que mi médico eres mi amigo.

—No lo dudes, cariño, y el padrino de este niño, que no se te olvide.

—Por supuesto que serás su padrino y me atrevería a decir más, serás esa figura paterna que tanta falta le hará.

Justo cuando Javier salía, entró el anestesista para ponerme la epidural. Joder, no sabía yo que, para trabajar en ese hospital, requisito indispensable era estar buenísimo, porque parecía un actor de cine. ¡La madre que me parió, y yo con estos pelos!

—Mi niña, vamos a traer a mi nieto a este mundo, que aquí está una de sus abuelas para consentirlo —dijo Cristina, entrando con una bata y un gorro en el paritorio.

—¿No ha llegado mi madre todavía? Que no es que la prefiera a ella, no me malinterpretes.

—No pasa nada, cariño, es lo lógico. Pero no, todavía no han llegado, cuando esto ha pasado, ellos estaban en la caja, y no podían dejarlo a medias, aunque hubieran querido.

En ese momento, Javier me pasó al burro, para ver si ya había dilatado lo suficiente. El parto fue largo de cojones, y ya no tenía apenas fuerzas ni para respirar. Enzo era demasiado grande y me estaba costando la misma vida sacarlo.

Además del tamaño, el problema era que yo empujaba para que saliera y el puñetero niño ponía las manos para volver a meterse en mi interior. Jamás había oído hablar a ninguna mujer de que le hubiera ocurrido esto en el parto.

—Venga, Ingrid, un empujoncito más y ya lo tenemos aquí.

—¿Un empujoncito más? Ese va a ser el que yo le dé al próximo hombre que se acerque a mí. No vuelvo a pasar por esto, ni loca —grité, haciendo un último esfuerzo.

Cuando escuché el llanto de mi hijo, me convertí en la mujer más feliz del mundo. No necesitaba dinero, no necesitaba el amor de un hombre, lo único que necesitaba era tener a Enzo entre mis brazos.

—Aquí tenemos al príncipe de la familia —dijo Javier, poniéndolo en mi pecho.

—Te equivocas, amigo, es el rey de mi casa, y lo será toda la vida —respondí.

—Es precioso, mi niña. No se puede ser un niño más bonito —contestó Cristina, con lágrimas en los ojos.

—Claro que es precioso, pero es idéntico a su padre, para desgracia mía.

—No digas eso, Ingrid.

—Por supuesto que lo digo, porque su carita me recordará todos los días el error que cometí, pero bueno, de los errores también salen cosas bonitas, como mi niño.

Me tuvieron que coger tan solo dos puntos, porque no hubo que hacer episiotomía, a pesar de lo grande que era mi hijo. En cuanto que estuve lista, me subieron a la habitación, donde ya estaban todos esperándome.

A mi hijo se lo llevaron, como a todos los niños, para hacerle las pruebas pertinentes, antes de subirlo a la habitación en la que yo me encontraba. Mi padre tenía una sonrisa de oreja a oreja, y mi madre lloraba de felicidad.

—Si Valeria fue una campeona durante el parto, no os podéis imaginar cómo ha luchado esta guerrera para poner a Enzo en el mundo —dijo Javier, sonriendo.

—Ni que lo digas, no he visto un parto más largo y más duro en mi vida, pero ahí ha estado ella, con dos pares, sin rendirse. Si a mí me toca un parto así, hubiera pedido una cesárea en el minuto dos —dijo Cristina.

—Gracias, Cristina, por estar al lado de mi niña durante este momento tan especial —le dijo mi madre, con cariño.

—No hay que darlas, aunque mi hijo no haya querido estar aquí, este también es mi nieto —respondió.

—Por cierto, ¿continúa en Italia? —preguntó mi padre.

—Como se nota que no has visto la televisión, ha salido en todos los programas. La fiesta de presentación de la nueva programación de la temporada ha sido un éxito —dijo mi cuñado, negando con la cabeza.

En ese momento trajeron al niño, en su cunita de metacrilato, ya lavadito y precioso, y mi madre empezó a llorar mientras que lo cogía en sus brazos. Lo miraba con un amor que tuve claro que duraría para toda su vida.

Fue pasando de mano en mano, hasta terminar en las manos de Álvaro, que lo trataba como si fuera de cristal. Ahí entendí algo, si alguien en esta vida lo iba a proteger, ese sería él. Si Javier iba a ser una figura importante en la educación de mi hijo, Álvaro no lo iba a ser menos.