El CEO de mis sueños Capítulo 25
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Capítulo 25

Neizan

Me vestí rápidamente y me fui hasta la casa de mis padres, esperaba que estuvieran allí y no en otro lugar, porque significaría que todo iba bien, que no había sucedido nada con ella o con el bebé.

Mi padre fue el que me abrió la puerta en cuanto que escuchó la verja abrirse y el sonido de mi coche aparcando donde lo hacía siempre. Su cara no me decía nada bueno, y empecé a ponerme nervioso.

—¿Qué haces aquí, Neizan?

—No pensaba que tuviera que pedir permiso para venir a casa de mis padres.

—Y no tienes que hacerlo, pero no te esperaba.

—¿No está mamá?

—No, ha salido esta mañana temprano.

—¿Ha ido a ver a Ingrid?

—De ella no te voy a decir nada, tengo que respetar su decisión.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Ayer, cuando hablaron sus padres con nosotros, ¿sabes lo único que dijo?

—No tengo ni idea, pero bueno, supongo que les diría que le contaran a la prensa todo, al fin y al cabo, su cuñado es el presentador del programa de corazón más visto del país.

—Pues no, te equivocas, lo que dijo fue que no quería ni tu apellido, ni un solo céntimo para el niño, ni, por supuesto, para ella.

—Eso, seguro que es de boca para afuera.

—Mira, Neizan, me da igual lo que tú digas, respetaré tu decisión de no querer saber nada de ella ni del niño, pero como ya te dije, que tu renuncies a ser su padre no implica que yo tenga que renunciar a ser su abuelo.

Supe, desde ese mismo momento, que mi padre no me contaría nada, ni de su estado de salud ni de lo que habían hablado en el hospital la tarde anterior, por eso, cambié de tema.

Le conté a mi padre los planes que tenía para adquirir otro medio de comunicación, pero esta vez no sería en España, sino en Italia, y que tendría que pasar allí algunos meses, hasta que lo tuviera organizado todo.

Mi padre me animó a hacerlo, quizás porque pensaba que, si estaba fuera, al volver, podría ver todo desde otra perspectiva, y por eso, llamé a Alberto, porque iba a adelantar mi viaje, me iría en esta misma semana, en cuanto dejara a alguien al frente de la revista.

—Papá, me marcho, dile a mamá que la llamaré antes de marcharme del país, y que espero que me conteste al teléfono.

—Eso no lo dudes, sabes que lo hará. Piensa bien todo lo que vas a hacer, Neizan, no te precipites porque tu vida puede estar en juego, y no solo eso, también tu felicidad.

—Gracias, papá, por el consejo.

Salí de allí con más dudas de las que tenía cuando llegué, pues mi padre no me había aclarado absolutamente nada, es más, metió los deditos en la llaga un poquito más, si es que eso era posible.

Llamé a mi amigo y le dije que iba para su casa, porque quería saber su punto de vista sobre mi viaje, y que me ayudara a decidir sobre la persona a la que dejar al frente de la revista en mi ausencia que, mínimo, serían cinco o seis meses, como ocurría siempre que cogía una empresa nueva.

Alberto me esperaba en la puerta de su casa, con el pijama y el batín puesto, y la nariz como si fuera un muñeco de nieve, roja como un tomate, síntoma inequívoco de que se encontraba enfermo.

—Si estabas enfermo, me lo hubieras dicho, podría haberlo hecho yo solo.

—Ni loco te dejo que tomes una decisión tú solo, ni siquiera puedes controlar tu vida privada, lo vas a hacer con los negocios.

—Pues no me ha ido nada mal, ni en una cosa, ni en la otra.

—En los negocios no voy a negarlo, pero en lo personal…

—Bueno, vale, lo que tú digas. Vengo a que me ayudes a elegir a alguien que se ponga al frente de la revista, mientras que estoy fuera.

—¿Te has decidido a irte, por fin?

—Sí, tengo que poner tierra y tiempo de por medio, así podré ver todo desde otra perspectiva.

—Si tú lo dices…

Pasamos al interior de su casa y, lo primero que hice fue calentarle un poco de sopa a mi amigo, y otro para mí, porque ni siquiera había probado bocado en todo el día, más que la media tostada que desayuné con Sergio.

—¿Has ido al médico?

—Neizan, es un resfriado, no me estoy muriendo.

—Aunque sea un resfriado, deberías tomarte algo para atajarlo, antes de que te dé fiebre.

—Tarde, amigo, porque llevo con fiebre todo el fin de semana, pero sí, lo llamé y me ha recetado algo, después de comprobar que no tengo bronquitis ni nada parecido.

—Está bien, pues tómatelo, que yo lo vea.

—Lo haré cuando hayamos hablado, antes de que te vayas, porque, es tomarlo, y caer sopa en el sofá.

—¿Necesitas que me quede contigo?

—Hombre, puestos a elegir, preferiría una enfermera cañón, pero te lo agradezco, amigo, Nerea vendrá de un momento a otro, ha salido un momento a su casa a por ropa.

—¿Nerea? ¿La chica con la que te fuiste de la fiesta de la cadena?

—Esa misma. Me encanta esa chica, es dulce cuando tiene que serlo, y pasional en los momentos en los que lo necesitamos.

Por un momento, me vino la imagen de Ingrid a la cabeza, porque parecía que la estaba describiendo a ella, y Alberto se dio cuenta de lo que me pasaba, por lo que se atrevió a decirme algo que jamás hubiera pensado escuchar de sus labios.

—Neizan, yo estoy enamorado de Nerea, y no pienso dejarla escapar. No te niegues la felicidad por malas experiencias.

—Por eso mismo me marcho, Alberto, para saber si, realmente, lo que quiero es tener una familia con Ingrid.

—¿Y sí, cuando vuelvas, es demasiado tarde?

—Entonces, me tendré que joder, como se suele decir.

—Venga, vamos a lo que vamos, antes de que venga Nerea, que cuando ella vuelva, tan solo quiero que me dé mimitos.

Solté una carcajada porque lo que me había dicho mi amigo era cierto, estaba completamente enamorado de esa mujer, y me alegraba por él, de verdad, desde el corazón.

Estuvimos un buen rato decidiendo a quién dejar al frente y, al final, después de poner sobre la mesa todas las opciones, ambos pensamos que la persona más idónea era Álvaro, y así se lo diría al día siguiente, en cuanto que llegara a la revista.

Justo cuando me levantaba para marcharme, llegó Nerea, cargada de bolsas con alimentos para su chico, pues, según decía ella, la nevera estaba que, como entrara un ratón, iba a terminar achocado si se caía.

—De verdad, no entiendo cómo puedes estar vivo con lo que hay en ese frigorífico.

—Es que no suelo comer aquí, casi nunca. Lo hago en el restaurante de la cadena.

—Pues, en estos días, se acabó la comida de la calle, te voy a preparar un pescado al horno que te vas a caer de espalda.

—Amigo, disfruta de esta mujer, porque, si sabe cocinar, vale su peso en oro —le dije, en plan broma.

—Vale su peso en oro, y no solo por lo que sabe, sino por lo que es. Porque, si bonita es por fuera, más lo es por dentro —me respondió Alberto.

Nerea se acercó y le dejó un breve beso en los labios, antes de volver a coger las bolsas y llevarlas a la cocina. Miré a mi amigo, que no la perdió de vista hasta que no entró en la cocina, y una sonrisa se pintó en mis labios.

—Me alegro, amigo, no la dejes escapar.

—Ni loco, estoy pensando que, en cuanto que esté mejor, le voy a pedir que se venga a vivir conmigo.

—Si eso es lo que necesitas y te apetece, adelante.

Me despedí de ellos, a pesar de que Nerea insistió en que me quedara para la cena, pero no me apetecía. Por un momento, me sentí desgraciado, porque todo el mundo tenía a una gran mujer a su lado, un gran amor con el que compartir su vida, y yo había sido un gilipollas de manual.

En cuanto que llegué a mi casa, me puse a preparar todo el tema del viaje, reservé el billete de avión con la vuelta abierta, reservé una habitación de hotel en el centro de Roma, porque me gustaba pasear por la ciudad cuando terminaba de trabajar y no quería coger el coche, y escribí el acuerdo para que Álvaro lo firmara.

Después de tenerlo todo listo, me fui a preparar la maleta. Me iba a marchar el mismo lunes por la noche, así estaría allí el martes y me podría reunir con el propietario actual, que tenía prisa por vender, ya que era una herencia y no estaba interesado en seguir con la empresa.