El CEO de mis sueños Capítulo 24
71%

Capítulo 24

Neizan

Volví a mi casa y llamé a Martina, no quería salir y que me vieran de esa guisa. No era la primera vez que venía, aunque prefería que nos viéramos en un hotel, pero había ocasiones en los que no me apetecía salir, porque la prensa siempre estaba al acecho.

Que yo fuera uno de los empresarios más acaudalados y famosos de la ciudad tampoco ayudaba a que pasara desapercibido, y ver titulares como los que veía en algunas ocasiones, no me hacían ni pizca de gracia.

—¿Qué te ha pasado, mi amor?

—Deja los apelativos cariñosos para cuando te eches un novio, a mí no me gustan y los sabes.

—Entonces… tú y yo ¿qué somos?

—Nada, Martina, y lo sabes, te lo he repetido hasta la saciedad.

—Algo seremos ¿no? Porque no creo que traigas aquí a todas las mujeres con las que te acuestas.

—No me acuesto con nadie más que contigo. ¿Acaso tú sí lo haces?

—Ese fue el trato, no nos acostamos con nadie más, y no soy de las que incumplen su palabra.

—Pues eso, tan solo somos dos personas que se acuestan y lo pasan bien juntos, nada más.

—No es eso lo que dicen en la prensa, incluso un programa de corazón de tu cadena ha insinuado que estás empezando a sentar la cabeza conmigo.

—Eso no es fiable, teniendo en cuenta que yo soy uno de los protagonistas.

—Lo mismo y la información ha salido de alguien de nuestro entorno, alguien que esté muy interesado en quitarnos del mercado de la soltería.

—Mira, si te he llamado es para pasar un buen rato de sexo, no para hacer una tesis o iniciar un debate, no tengo cuerpo para eso. Si no estás por la labor, te rogaría que te marcharas.

Martina se acercó a mí y me dio un beso que hizo que la herida de mi labio volviera a sangrar, pero me daba igual. Como siempre, la imagen de Ingrid acudía a mi mente y, aunque lo hacía con la mujer que estaba en mi cama en ese momento, para mí, era como si lo hiciera con ella.

La cogí en brazos y me la llevé hasta mi habitación, ya cenaríamos más tarde, cuando estuviera completamente desahogado. Sé que os puedo parecer un insensible, pero no estaba dispuesto a que nadie gobernara mi vida, mucho menos con las triquiñuelas que había llevado a cabo Ingrid.

Estuvimos como dos horas practicando sexo, de todas las maneras y en todos los lugares. Martina sabía que, cuando lo hacíamos en mi casa, en cuanto que yo decía que se había terminado, ella debía vestirse y marcharse de allí.

—Esta noche podríamos hacer una excepción…

—No sigas, no termines esa frase, sabes lo que hay, no te he engañado nunca.

—Neizan, pero es que, ya es muy tarde, y por un día no va a pasar nada.

—Ni uno, ni medio, Martina, y si no estás dispuesta a respetar las reglas, será mejor que no nos veamos más.

—Pues mira, es la única verdad que has dicho hasta ahora. Estoy cansada de ser la mujer con la que te desahogas sexualmente. Si no es a mí a quién quieres en tu cama, llama a esa tal Ingrid.

—¿De qué estás hablando, Martina?

—De que ya no aguanto más que, cada vez que estamos en la cama, es a ella a quién nombras, es su nombre el que gritas cuando te corres, y yo no soy la sustituta de nadie.

—Eso no es cierto. Yo no pronuncio su nombre, mucho menos cuando llego al orgasmo.

—Sí, sí que lo haces. Al principio pensaba que sería cuestión de tiempo, que podía ser la última mujer con la que estuviste, pero sigues igual y yo no pienso permitirlo más, no me lo merezco.

—Tienes razón, te mereces a un hombre que te quiera al cien por cien, y no uno con el que solo practicar sexo. Lo siento, Martina, pero yo no puedo ser ese hombre.

Martina salió de mi cama, cogió su ropa y entró en el baño, mientras, yo me puse mi bóxer y me fui hasta la cocina, a preparar algo de comer, pero ella ya tenía otros planes.

—¿Te apetece cenar algo antes de irte?

—No, no quiero nada o, bueno, lo que quiero, no me lo puedes dar, y no voy a hacerme más ilusiones contigo y, lo que todavía es más importante, no me permitiré hacerme más daño.

Se acercó a mí y me dejó un beso en los labios, deseándome buena suerte en la vida y despidiéndose de mí, cuando cerró la puerta de mi casa, supe que lo había hecho para siempre.

Me preparé un sándwich y me senté en la terraza a comerlo, con un botellín de cerveza. Me puse a pensar en lo que me había dicho Martina sobre Ingrid y, aunque me había costado creerlo, descubrí que mi subconsciente había hablado por mí.

Os prometo que me llegué a plantear ir a hablar con ella, intentar entender su manera de actuar, pero no me atreví, mucho menos después de lo que había pasado esa misma tarde.

Otra opción era llamar a mi madre, interesarme por ella, pero tampoco lo hice, primero porque eran casi las tres de la madrugada, y se llevaría un susto de muerte, y segundo, porque sabía que ella no se pondría de mi parte, por muy madre mía que fuera.

Es niño no podía ser mi hijo, de ninguna de las maneras. Tan solo estuvimos juntos una noche y, a pesar de que en una ocasión no me protegí, porque no me dio tiempo a hacerlo, debía tener mucha puntería para que se hubiera quedado embarazada.

Intenté convencerme a mí mismo de que no podía ser, de que ella debía tener un novio o algo, del que se quedó embarazada, y luego, al verse sola y sin dinero, se acostó conmigo y así tenía una pensión para el niño asegurada.

Odiaba a la gente que utilizaba a los niños como moneda de cambio, como cajero automático para conseguir dinero fácil. Lo único que me quedaba era pedirle una prueba de paternidad sobre el niño, y callarle la boca a todo el mundo.

Definitivamente, sí, eso sería lo que haría. Me quedaría a un lado, como había hecho hasta ahora, hasta que naciera el bebé y, cuando ya estuviera en el mundo, le haría una prueba de paternidad. Para ello, debería llamar a mi abogado al día siguiente, aunque fuera domingo.

Me fui a la cama con esa idea en la cabeza y, en cuanto que me levanté, lo primero que hice fue llamar a Sergio, mi abogado y amigo, el que me llevaba los temas de la empresa desde hacía mucho tiempo.

—Dime, Neizan, ¿qué te ocurre para llamarme un domingo a las nueve de la mañana? Espero que sea importante, porque si no es así, te pienso cobrar el doble de la minuta.

—Es importante, pero no te lo quiero contar por teléfono. ¿Podemos vernos hoy?

—Dame un minuto que le pregunte a mi mujer a qué hora hemos quedado para comer, y te digo algo, no me cuelgues.

Sergio llevaba casado con María más de diez años, y tenían dos hijos, de siete y cuatro años, y sabía que los fines de semana eran sagrados para él, pues los pasaba en familia.

Fue lo primero que me dijo cuando lo contraté como abogado de mi empresa, que, si pensaba hacerlo trabajar los fines de semana, desde ya me decía que no, por eso, él sabía que si lo había llamado era porque el asunto era importante, o hubiera esperado al lunes.

—Puedo estar en tu casa en quince minutos, pero no te puedo dedicar más que media hora, a lo sumo, cuarenta y cinco minutos, pues tenemos planes.

—Te lo agradezco, Sergio. Te prometo que no te entretendré demasiado.

—Pues ve preparando café, porque voy hasta sin desayunar.

—Eso está hecho, amigo.

Corté la llamada, me di una ducha y puse la cafetera a funcionar, porque a Sergio el café de capsulas no le gustaba, decía que eso era como beberse el agua sucia de un barreño. Me hacía mucha gracia cuando me decía eso, además, puse un par de tostadas a calentar.

Exactamente quince minutos después de que me hubiera cortado la llamada, Sergio estaba llamando a mi puerta. Puntualidad británica, como era lo habitual en él, que detestaba que la gente llegara tarde.

—¿Has puesto el cronómetro o algo?

—No, ese lo voy a poner en cuanto que ponga un pie dentro de tu casa.

—Entonces, lo tengo fácil, hablamos en la puerta, y listo.

—Quita, y sírveme un café, que estoy que me caigo de sueño.

—Pasa, ya está todo listo en la cocina.

Pasamos a la cocina, porque él no concebía otro lugar para desayunar que no fuera ese, y le serví la taza de café y la tostada, que le había untado con mermelada y mantequilla.

Empecé a contarle lo que me ocurría, mientras que él continuaba tomándose el café y comiéndose la tostada. No se lo estaba contando como si fuera mi abogado, sino como si le estuviera pidiendo un consejo a un amigo, y de la misma forma me contestó.

—Neizan, lo primero que haría, si fueras tú, es contratar a un detective privado y que investigue sobre la vida de esa mujer, no solo el presente, sino también el pasado.

—Eso no lo había pensado, la verdad.

—Mientras tanto, iremos preparando la demanda de paternidad. Tengo que reconocer que normalmente las piden las madres ante un padre que no quiere asumirla, pero no al contrario.

—Ella ni siquiera me lo ha dicho, pero ha intentado buscar mi dinero por otros métodos, y eso es lo que más me escama de que ese niño no pueda ser mío.

—No te preocupes, que lo comprobaremos en cuanto que el niño esté en el mundo. Ahora, si me disculpas, me marcho, que me esperan mis hijos y mi preciosa mujer, y no quiero llegar tarde.

—Tienes suerte, Sergio, una familia así no se encuentra tan fácilmente.

—Ni que lo digas. ¿Me dejas que te dé otro consejo? Pero no como abogado, sino como amigo tuyo después de tantos años.

—Por supuesto, dime eso que se te está pasando por la cabeza.

—Estás enamorado de esa mujer, por mucho que te lo niegues a ti mismo. Te brillaban los ojos cuando hablabas de ella, al igual que lo hacen los míos cuando hablo de María.

—No digas tonterías, Sergio, me mintió y…

—¿Es un delito? Porque, según tengo entendido, ella no te ha pedido nada.

—No directamente, pero se ha acercado a mi madre y…

—Amigo, si quisiera dinero, lo primero que hubiera hecho es ponerte una demanda por ese mal empujón que le diste, sacaría una buena pasta en un acuerdo.

—Eso sería si le admitían la demanda, porque no podría demostrar que lo hice de mala fe.

—Con un simple parte médico le valdría, mucho más si está ingresada o si le pasara algo a ella o al bebé.

—Pero no lo ha hecho, lo mismo tiene pensado hacer otra cosa, porque sabe que mi madre jamás declararía en mi contra.

—Entonces, según lo que tú dices, ya hubiera estado en todas las cadenas de televisión contando vuestra historia, y no lo ha hecho.

Las palabras de mi abogado me dejaron temblando, porque si iba a cualquier programa y contaba lo que había vivido conmigo, me iba a condenar públicamente para los restos.

No sabía si hacer yo primero una declaración o esperar a que ella diera el primer paso y, en ese caso, defenderme y demandarla a ella por difamación, aunque no lo tendría muy fácil, porque Álvaro y Mario podrían testificar en mi contra.

Me estaba volviendo loco, y decidí ir a ver a mis padres, a ver lo que ellos me tenían que decir.