El CEO de mis sueños Capítulo 23
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Capítulo 23

Ingrid

Llegué un poquito antes a casa de Cristina y Antonio, su marido, un hombre encantador cuyas facciones me resultaron muy familiares, aunque no sabía el motivo.

Quizás me había cruzado por la calle con él, o habíamos coincidido cuando vine a casa de mi hermana Mario, que tenían su casa justo en la acera de enfrente.

Ayudé a Cristina con la comida, me encantaba cocinar y le di alguna de mis recetas, que ella anotó para hacerlas otro día, pues decía que su hijo era de muy buen comer, y que se solía llevar algunas raciones cuando comía en su casa.

Estábamos hablando y riendo, cuando llamaron a la puerta. Tenía que ser su hijo, porque ya casi era la hora de comer. Estaba un poquito nerviosa, pues no sabía si me caería bien o no, o si podía pensar algo raro sobre mí, pero, lo que de verdad no me esperaba fue lo que sucedió a continuación.

—¿Tan bajo has caído como para utilizar a mi madre para acercarte a mí?

—No sabía que Cristina era tu madre, pero no voy a perder el contacto con ella porque a ti te dé la gana.

Sí, tal y como pensáis, se trataba de Neizan, ese era su hijo adorado, del que me había hablado maravillas, y del que yo le había dicho todo lo contrario, sin saber que era su madre, pero bueno, cada uno contaba la feria según le iba.

Neizan y yo nos enzarzamos en una discusión, en la que me cogió del brazo y me zarandeó, de tal manera que, cuando me soltó, caí de bruces, dando con mi trasero en el suelo, y haciendo que me muriera de miedo.

—¡Ingrid! —gritó su madre, asustada.

—¡Ingrid, lo siento, por favor, perdóname! —exclamó, llevándose las manos a la cabeza, como si estuviera desesperado.

—¡No me toques! ¡No vuelvas a ponerme un dedo encima y reza todo lo que sepas porque a mi hijo no le haya pasado nada, o verás a la verdadera Ingrid!

Su padre se lo llevó de allí, y lo hizo a rastras, mientras que llamaban a una ambulancia. Lo tenía claro, como mi hijo corriera algún riesgo, lo pensaba denunciar, no me iba a quitar lo único que me quedaba y marcharse de rositas.

—Discúlpalo, Ingrid, no tenía la intención de hacerte daño.

—No lo justifiques más, Cristina. Sé que es tu hijo, pero es un cabrón de los pies a la cabeza. Creo que te has dado cuenta de que es el hombre del que te he estado hablando.

—Sí que me he dado cuenta, pero no entiendo los motivos por los que se ha comportado así contigo.

—Yo sí, pero mejor me los guardo. Eso sí, no me temblará el pulso en denunciarlo como a mi hijo le pase algo. Me lo ha quitado todo, pero no me quitará a mi niño.

Empecé a llorar como una descosida, mi niño no, por favor, no ahora que ya casi estaba a punto de verle la carita, no, la vida no podía ser tan jodidamente malvada para quitarme a mi hijo, mucho menos de manos de su padre.

La ambulancia llegó y, pese no haber sangrado, decidieron llevarme al hospital, para descartar cualquier complicación y para asegurarse de que el bebé estuviera bien.

Durante el trayecto, un dolor muy fuerte me atravesó, partiéndome en dos, de manera figurada, por supuesto, y eso alertó a los sanitarios.

—Que alguien avise al hospital, creo que tendrán que hacer una cesárea de urgencias en cuanto que lleguemos —dijo uno de los enfermeros.

—No, por favor, mi niño, tan solo estoy de treinta dos semanas, todavía me faltan ocho para llegar a término.

—Tranquila, señora, a partir de las veintiocho semanas, los riesgos son mínimos.

Empecé a llorar, no me lo podía creer y, mientras que lo hacía, Cristina me cogía de las manos, aterrada, lo que no sabía era si por lo que le pasara al bebé o me pasara a mí, o por las consecuencias que podía traerle a su hijo.

En cuanto que llegamos al hospital, ya había un equipo allí esperándome, capitaneado por Javier, al que avisaron de inmediato, porque había dejado dicho en el hospital que, si por alguna razón yo llegaba y él no estaba, que lo avisaran.

—Tranquila, Ingrid, que verás que todo va a salir bien —me dijo, en cuanto que me tuvo a su lado.

—Javier, tengo miedo, mucho miedo, si le pasa algo a Enzo…

—No le pasará nada, ni a él ni a ti, te lo juro por mi vida, o dejo de traer niños al mundo.

—Si tienes que hacer algo…

—No voy a tener que hacer nada, mi niña, estaréis los dos, en mi vida, hasta que Enzo se case.

Eso me hizo soltar una pequeña carcajada, aunque no era una de felicidad, sino una mezcla de nervios y miedos que me atravesaban en esos momentos. Javier, que me conocía bien, me cogió la cara para que me centrara en sus palabras, y me tranquilizó un poquito.

—Ingrid, no podemos perder más tiempo. No hay sangrado externo, pero no sabemos si puede haber alguno interno. Confía en mí, por favor.

—Salva a mi niño, Javier, por favor te lo pido.

—Os voy a salvar a los dos, no lo dudes.

Entramos con la misma camilla hasta el quirófano, que ya me estaba esperando, pero, antes de dormirme, Javier tuvo una corazonada, y pidió que me hicieran una ecografía y varias pruebas de diagnóstico.

Al obtener los resultados, vio que mi hijo no corría peligro, y que ese dolor que me había atravesado no fue una contracción, como todos habían pensado, sino una fisura en una de las vértebras de mi espalda, que fue la que recibió mayor impacto en la caída.

No me tuvieron que hacer una cesárea de urgencia, como habían dicho los sanitarios, pero sí que tendría que estar en reposo hasta el final del embarazo. Además, por precaución, me ingresarían unos días, para que estuviera en observación.

—Cristina, ¿podrías avisar a mi familia, por favor?

—Enseguida, cariño. No me moveré de aquí hasta que os den el alta.

—Tu marido y tu hijo te necesitan.

—No, aquí, la única que me necesitas eres tú.

—Siento haberte puesto en contra de tu hijo, Cristina, pero, te aseguro que yo no sabía nada de lo que él me ha acusado.

—Mi hijo, a pesar de que sigo pensando que no lo hizo a propósito eso de tirarte al suelo, es un cretino.

—Es un hijo de puta, aunque tú seas una santa.

Cristina soltó una carcajada, y yo reí con ella. Cuando Javier entró y nos vio así, él también pintó una sonrisa en sus labios, no podía tener un amigo mejor que él, que me apoyaba y acompañaba en todas mis decisiones.

—Veo que ya estás mucho más relajada —me dijo.

—No te creas, pero esta mujer tiene una risa tan contagiosa, que es imposible permanecer seria.

—Y eso es bueno, así me gusta, que te rías y le plantes cara a la vida.

—Uy, a la vida le he plantado hasta berenjenas, no solo cara, pero parece que ella tiene otras reglas un poquito más estrictas para mí.

—Ya te vendrán tiempos mejores, verás.

—Eso espero, porque creo que el cupo de fatalidades ya lo tengo cubierto.

—Yo quería decirte algo, aunque mi hijo no se quiera hacer cargo de este bebé, sus abuelos sí que estaremos aquí para los dos, porque tú, siempre, y a pesar de todo, seguirás siendo la madre de mi nieto —me dijo Cristina.

—Eso es muy bonito por tu parte, señora Maldonado —le respondió Mario.

—Es la verdad, ni más ni menos…

Estábamos hablando de todo eso, cuando entraron en la habitación todos mis amigos, acompañados de mi hermana y de mis padres. Me miraron contrariados, como si no entendieran lo que había pasado para que estuviera en esa cama.

—No me miréis así, un resbalón y me he caído de culo —les dije.

Tanto Javier como Cristina me miraron, pero de forma muy diferentes. Mientras que ella lo hacía agradeciéndome con la mirada por no delatar a su hijo, mi amigo lo hacía como si yo estuviera loca, pero ya hablaría después con él, cuando estuviésemos a solas.

—Te dije que tenías que dejar ese trabajo, y no me hiciste caso —me dijo Álvaro, bastante enfadado.

—No ha sido en el trabajo, ha sido en mi casa —le dijo Cristina.

—Y… ¿usted es? —preguntó Mario.

—Yo soy la madre de Neizan, la abuela de ese niño, y no ha sido una caída sin más, mi hijo…

—Si su hijo le ha puesto una mano encima, le juro por Dios que le reviento la cabeza.

—Ha sido un accidente, Mario, por favor, tranquilízate —le dije.

Salió de la habitación como alma que lleva el diablo, y supe que iba a ir a decirle cuatro cosas a Neizan, pero no tenía manera de pararlo, por eso le hablé a mi hermana, para que ella intercediera.

—Valeria, tú eres madre, igual que yo, para a Mario, por favor.

—No pienso mover un dedo, y lo siento por su madre, que está aquí, porque se merece que le pongan los puntos sobre las íes de una puñetera vez.

—Por mí, no te preocupes, yo opino lo mismo que tú. Y, si le da una buena somanta de palos, mejor que mejor.

Yo miré a Cristina, y ambas empezamos a reír, porque le había salido de una manera que parecía que su hijo tenía cuatro años y había roto un jarrón de esos caros e irremplazables.

Mis padres, hasta este momento, se habían mantenido en completo silencio, ni siquiera habían abierto la boca, pero tenía claro que no se mantendrían durante mucho más tiempo así, pues la mirada de mi madre me lo decía todo.

—Señora Cristina…

—Cristina, por favor.

—Está bien, Cristina, yo soy Celia, la madre de Ingrid, y me gustaría hablar con usted, a solas.

—Por supuesto, salgamos al pasillo —le dijo la abuela de mi hijo.

—Mamá, por favor… —le pedí, y ella sabía lo que le quería decir con esas palabras.

—No te preocupes, mi vida, que no seré grosera ni nada por el estilo.

—Ella no tiene la culpa de lo que haya hecho su hijo.

—Y soy consciente de ello, pero tenemos que sentar unas bases, el que no tiene la culpa es el niño que llevas en tu vientre.

—No quiero dinero, ni apellidos, ni nada parecido, mamá.

—No voy a hablar con ella de nada de eso, Ingrid. Vamos a hablar de abuela a abuela.

Salieron las dos de la habitación, con una sonrisa en los labios, y supe que, a pesar de todo, se llevarían bien, y eso me gustó, no por mí, ni, por supuesto, por Neizan, por mi hijo, que podría disfrutar de sus dos abuelos.

Mi hermana me dijo que la niña se había quedado con la madre de Álvaro, que estaba encantada con ella, y que no paraba de pedirle a su hijo que le diera un nieto o una nieta, que se le iba a pasar el arroz, y eso me hizo mucha gracia.

Entre el trabajo de todos y el embarazo, la verdad es que nos habíamos distanciado un poco, pero solo físicamente, porque, me habían demostrado que, en cuanto que alguno de nosotros lo necesitaba, ahí estaban todos los demás.

Un buen rato después, mi madre y la madre de Neizan entraron por la puerta, con una sonrisa en los labios, y detrás, lo hizo Mario, que venía con el labio partido y un buen moratón en la mejilla, que era el producto de las palabras que habían tenido con su amigo.

—Mi amor, ¿qué te ha pasado? —le preguntó mi hermana.

—Lo que tenía que pasar. Tan solo te diré que el otro, ha terminado peor que yo.

Cristina lo miró y todos soltamos una carcajada.