Capítulo 22
Neizan
Mi madre me había llamado por teléfono el viernes por la tarde, después de que hubiera visto a esa mujer de la que me había hablado con anterioridad. Por lo visto, se había acostado con su jefe y este, después de que pasara por su cama la había puesto de patitas en la calle.
Al parecer, se habían vuelto a encontrar y, como ahora vivía cerca nuestra, la había invitado a comer. No es que me gustaran este tipo de comidas, con gente que no conocía y en mi casa, pero tampoco pasaba nada porque hiciera un esfuerzo durante un rato.
Tenía la intención de llegar antes de tiempo, como siempre hacía, pues me encantaba charlar con mi madre, delante de una cerveza, pero la lluvia, los atascos de coches y que salí casi con el tiempo justo de mi casa, intentando arreglar unos asuntos del trabajo, lo hice casi cuando ya estaba el plato en la mesa.
—Uf, casi no llego. La maldita lluvia ha hecho que todo Madrid coja hoy el coche y los embotellamientos eran un infierno —le dije.
—Pasa, hijo, tu madre y esa chica, están en la cocina.
—¿Cómo es? Me refiero a la manera que tiene de ser, no físicamente.
—Es un encanto, además de una mujer luchadora. ¿Te puedes creer que sigue trabajando de limpiadora con la barriga hasta la boca?
—¿Cómo? ¿Qué quieres decirme, papá?
—Pues que el sinvergüenza del hombre con el que se acostó, la dejó embarazada y ni siquiera ha sido capaz de llamarla para saber cómo está.
—Hay hombres para todo, papá.
Iba camino de la cocina, seguido por mi padre, cuando escuché una risa, y no me lo podía creer. No podía ser ella, no se le podía haber ido tanto la cabeza como para utilizar a mi madre para acercarse a mí.
Di dos grandes zancadas y llegué hasta el umbral de la puerta de la cocina, donde estaban las dos, riendo, como si, de verdad, fueran suegra y nuera disfrutando de una comida familiar, y la rabia me cegó.
La cogí por el brazo, zarandeándola, ante la atenta mirada de mis padres, que no entendían nada de lo que estaba ocurriendo.
—¿Tan bajo has caído como para utilizar a mi madre para acercarte a mí?
—No sabía que Cristina era tu madre, pero no voy a perder el contacto con ella porque a ti te dé la gana.
—Claro que sí, ¿y tengo que creerte?
—Me da igual que me creas o no, y suéltame ahora mismo.
—Si pretendías que te dijera que lo sentía mucho y que me iba a hacer cargo de este niño, lo llevas claro. Pídeselo a la chusma con el que te hayas acostado y que se haga cargo él.
Me miró a los ojos con una rabia y un odio que no había sentido en mi vida, levantó la mano y me dio un tortazo en la mejilla que todavía me estaba doliendo. Eso fue lo que me remató y lo que provocó que hiciera algo de lo que me arrepentiría toda mi vida.
La solté de tal manera que no cayó en la silla que estaba sentada, sino sobre el suelo de la cocina, dándose un golpe horrible. Os prometo que no lo pensé, si hubiera sabido que no caería en la silla, jamás lo hubiera hecho, mucho menos a una mujer embarazada.
—¡Ingrid! —gritó mi madre.
—¡Ingrid, lo siento, por favor, perdóname! —exclamé, llevándome las manos a la cabeza.
—¡No me toques! ¡No vuelvas a ponerme un dedo encima y reza todo lo que sepas porque a mi hijo no le haya pasado nada, o verás a la verdadera Ingrid!
—Vamos, hijo, salgamos de aquí y llamemos a una ambulancia.
El tiempo que transcurrió entre que llamamos a la ambulancia y esta llegó, se me hizo eterno. No paraba de dar vueltas por el salón, no entendía por qué había actuado de este modo.
Mi madre se fue con Ingrid, mientras que mi padre intentaba tranquilizarme, pero sin conseguirlo. Quería ir hasta el hospital, enterarme de todo lo que estaba sucediendo, pero mi padre insistió en que no era conveniente.
—¿Me puedes explicar tu relación con esa mujer?
—No hay ninguna relación, nos acostamos una noche y me ocultó que trabajaba para mí.
—¿Qué tiene de malo en eso? Quizás no te lo dijo porque tenía miedo a que la rechazaras.
—Valiente tontería, si, de todos modos, la he rechazado igual. Es una cazafortunas, y a la vista está.
—¿Qué estás diciendo? Ingrid no es de ese tipo de mujer, no hay más que verla.
—Ah, ¿no? Entonces, me dirás que es normal que tenga una casa en esta zona trabajando de limpiadora. Seguro que ha engatusado a cualquiera para que se la compre.
—Esa casa se la han regalado sus padres, hijo.
—Sus padres son dos personas de pueblo, que llevan toda su vida trabajando, no creo que tuvieran tanto dinero como para comprarla.
—Veo que estás empeñado en no darle una oportunidad a esa mujer, ahora entiendo el motivo de que te ocultara el embarazo.
—¿De qué estás hablando, papá? Ese hijo no es mío, yo tomé precauciones.
—Pues de poco te sirvieron, pero allá tú. Aunque una cosa te pienso decir, tú podrás renunciar a tu hijo, pero yo no pienso hacerlo de mi nieto.
Con esas palabras, mi padre me dejó clara su postura, que era creerla a ella e ignorar todo lo que yo le había contado, por eso, ni esperé a que mi madre llamara, ya me enteraría más tarde, porque no dudaba de que me iba a enterar.
Salí de allí como alma que lleva al diablo, y justo cuando iba a arrancar mi coche, recibí una llamada de mi madre, respiré hondo y contesté a través del altavoz del coche.
—¿Qué quieres, mamá?
—¿Cómo me puedes hablar en ese tono, después de la que has liado?
—Mira, mamá, me ha quedado clara tu postura y la de mi padre, pero yo, no quiero saber nada, ni de ella, ni ese bebé.
—Pensé que había educado a un hijo con cabeza, con la capacidad para hacerse responsable de sus actos, pero veo que no, que tan solo eres un cobarde que no es capaz de mirar más allá de sus narices.
—Piensa lo que quieras. Lo único que me interesa saber es si ambos están bien, y no por lo que crees, sino porque mi conciencia no me permitiría vivir con un cargo así.
—Entonces, déjame que te diga que, de mi boca, no vas a saber nada.
Y me cortó la llamada, como si su hija fuera Ingrid y yo un cabrón que la había dejado tirada con un hijo mío en su vientre. Mandaba cojones, pero bueno, allá ellos, ya se darían cuenta de su error, tan solo esperaba que no fuera demasiado tarde.
En vez de irme para mi casa, me fui para las oficinas de la cadena de televisión, en las que estaba seguro de que me encontraría con Alberto, además de que luego había quedado para cenar con Martina.
No es que tuviera nada serio con ella, pero ambos teníamos un acuerdo tácito en el que no nos acostaríamos con otra persona. Con ella podía desahogar mi tensión sexual y ella estaba encantada con que lo hiciera.
Aparqué el coche y, todavía no había puesto el segundo pie dentro del edificio, cuando Mario me asestó un puñetazo en toda la cara, haciendo que mi nariz empezara a sangrar.
—Eres un hijo de puta. No te ha bastado con dejarla prácticamente en la indigencia, que ahora también tenías que hacer que casi pierda a tu hijo.
—¿Mi hijo? No me hagas reír, por favor, las mujeres como ella…
No me dejó terminar la frase, cuando me asestó otro puñetazo, esta vez en mi boca, pero esta vez no me quedé quieto, y le respondí, con dureza. Nos enzarzamos en una pelea, en la que pocas veces acertamos en el otro, todo hay que decirlo, hasta que los de seguridad nos separaron.
—¿Se puede saber qué coño está pasando aquí? No estamos en el patio de un colegio y no pienso tolerar que haya una pelea por saber quién es el que mete más goles en los partidos.
—Este hijo de puta ha empujado a Ingrid, haciéndola caer al suelo, sabiendo que está embarazada de siete meses, que, además, es su hijo.
—¡Ese niño no es mío!
—Dejando ese tema a un lado. ¿Me puedes decir si es cierto lo del empujón?
—Sí, pero no es lo que estáis pensando, yo…
—¿Tú? ¿En qué carajo estabas pensando para hacer eso?
—Joder, pensé que iba a caer en la silla en la que estaba sentada antes. Además, era ella la que se había acercado a mi madre para coaccionarme.
—Si hubiera querido acercarse a ti, si hubiera querido que respondieras por ese hijo, lo que hubiera hecho es plantarte una demanda de paternidad, no ir a buscar a tu madre —me dijo Mario, mirándome con rabia.