Capítulo 21
Ingrid
Mis padres me llevaron hasta una casa preciosa, algo más pequeña que la de ellos, pero ideal. Tenía su pequeño jardín, incluso una piscina de la que disfrutar en verano, pero seguí sin entender absolutamente nada.
—¿Te gusta? —preguntó mi padre.
—Es un jardín precioso, me encanta.
—Pues deja que la veas por dentro —respondió mi madre.
Efectivamente, al abrir la puerta, ante mí tenía un sueño de casa, tal y como siempre había soñado. Cuando era pequeña, y me sentaba con mi madre en el patio de nuestra casa, siempre le decía lo mismo, y ella me miraba con todo el amor del mundo.
—Mami, el día que yo sea grande, me voy a comprar una casa que tenga una cocina como las de las películas, desde la que se vea el salón, y que tenga una escalera para subir a las habitaciones.
—Y yo te ayudaré a cumplir tus sueños, mi vida, no lo dudes…
Me quedé mirando todo, como me hubiera gustado poder hacerlo, permitirme pagar algo así, ver a mi hijo corriendo por esos jardines, pero no podía ser, se tendría que conformar con hacerlo cuando viniéramos a casa de sus tíos.
Se me había ido el santo al cielo y ni siquiera me había dado cuenta de que una lágrima caía por mi rostro, pero me la limpié rápidamente para que mis padres no lo notaran, pero no eran tontos.
—¿Recuerdas lo que te decía cuando nos sentábamos en el patio para hablar de cómo veía el futuro? —me preguntó mi madre.
—Eso mismo estaba recordando, como, cuando somos niñas, soñamos con un futuro que, por desgracia, rara vez se cumple.
—Pues los tuyos se están cumpliendo, mi niña.
—¿Qué quieres decir, mamá?
—Tus sueños, mi vida. Siempre soñaste con ser madre, y tu hijo viene de camino, y también…
—También soñabas con una casa así, y ya la tienes —dijo mi padre.
—No me puedo permitir una casa así, papá. Si ya me cuesta llegar a fin de mes pagando una miseria de alquiler como el que estoy pagando, imagínate si tuviera que pagar algo así —respondí, con un nudo en la cabeza.
—Pero es que no vas a tener que pagar nada. Tu padre y yo pensamos que no sería justo que nuestros nietos no crecieran en las mismas condiciones, y por eso, Enzo también tendrá un jardín para correr y jugar —dijo mi madre.
—No puedo aceptarlo, mamá, mi hermana…
—Tu hermana ha tenido mucha suerte encontrándose con un hombre como Mario, y no me refiero a que sea famoso o tenga dinero, sino a que se desviva por ella y por la niña como lo hace.
—Lo sé, yo fui quién los presenté, y pude ver el amor en sus ojos desde el primer momento. Sé que yo no he tenido la misma suerte, que me he venido a fijar en un cretino, pero…
—Pero aquí están tus padres para ayudarte en todo lo que podamos. Además, que es tan solo nuestra obligación.
—No, papá, vuestra obligación fue mientras que yo era menor de edad, ahora, me toca a mí sacarme las castañas del fuego.
—Ingrid, la paternidad no caduca, cariño, y seremos tus padres mientras que nos quede un aliento de vida.
No pude hacer otra cosa que abrazarlos, porque, una vez más, me había visto respaldada por los míos. Mi mala cabeza me había traído momentos muy malos, pero también muy buenos, como eso que estaba viviendo y el niño que venía en camino.
Pero, si me quedé maravillada con la parte de abajo, no os podéis imaginar cómo me quedé cuando subí arriba, a la primera planta. Mis padres se habían encargado de amueblarla entera, y la habitación de Enzo no podía ser más bonita, os lo aseguro.
Tenía tres habitaciones, dos de ellas con el baño en suite, y una que era en la que habían instalado los muebles de mi hijo. No les faltaba un detalle, desde estores hasta juguetes de todo tipo, sin contar con el carro y la ropa que tenía colgada.
—Espero que no te importe que nos quedemos aquí cuando vengamos a veros, y en estos días, no queremos interrumpir la intimidad de tu hermana y tu cuñado —dijo mi madre.
—¿Estáis tontos? ¿Cómo me va a importar? Encima de que la habéis pagado vosotros, voy a poner pegas. Pero vamos, aunque no hubierais puesto ni un céntimo, esta seguiría siendo vuestra casa.
Esa noche la pasamos allí, en la casa nueva, y, aunque no tenía nada de ropa ni de nada, la ilusión de que mi hijo pudiera crecer ahí hizo que lo hiciera de lo más feliz. Cada vez que pensaba en la cantidad de cosas que tenía mi niño, una sonrisa venía a mis labios.
Al día siguiente, mientras que mis padres estaban en el hospital, yo me dediqué a guardar mis cosas, a avisar al propietario de la casa, para ver si me podía devolver la fianza y ahorrarme ese mes, y no tuvo inconvenientes, siempre y cuando le entregara las llaves antes del día cinco.
Ni tres días hacía que me lo dijo, cuando ya tenía todas mis cosas en mi casa, y esa tarde, cuando terminé de trabajar, había quedado con él para entregarle las llaves y que viera en el estado en el que le dejaba la casa.
Mis padres ya estaban con mi hermana en su casa, pero, tal y como ellos decían, se apañaba perfectamente, pues, al no tenerle que coger puntos, la recuperación fue fantástica. Iban a estar un par de días más y volvían al pueblo, hasta que me tocara a mí, como decían ellos.
Al salir de ver la casa, en la que el propietario se quedó maravillado por el estado en el que la entregaba, me dijo que me devolvería la fianza inmediatamente, y por eso, cuando tuve el mensaje del banco, decidí que me daría un pequeño homenaje.
Me dirigí hasta la cafetería a la que iba siempre, donde me tomaría un zumo de naranja y un croissant con jamón serrano, y allí me senté, en esta ocasión, buscando el sol, porque el invierno ya había llegado y se empezaba a notar el frío.
Acababa de tomar asiento cuando me sorprendió un saludo que no me esperaba, pero que me hizo una ilusión enorme.
—¡Cristina! ¡Qué sorpresa, cuanta alegría me da verte!
—Bueno, la sorpresa más bien me la estoy llevando yo. ¿Hiciste las paces con tu hombre?
—Uy, para nada, pero, antes de irse, me dejó este regalito.
—¿Él lo sabe?
—No, después de lo que me dijo no quiero que me humille más…
Le conté como estaba saliendo adelante, por supuesto con la ayuda de mis padres, que estaban encantados con su nieto, y como me habían regalado la casa en la que estábamos viviendo, para que mi hijo creciera en igualdad de condiciones que mis sobrinos.
Le hablé de que estaba trabajando de limpiadora, pero, en cuanto que naciera Enzo, quería buscar otro tipo de trabajo menos pensionado y que me diera más libertad para cuidar de mi hijo.
—Eres muy valiente, Ingrid.
—Lo que soy es muy insensata, tener un hijo sin contar con un trabajo que me dé una estabilidad económica, sin tener pareja y como está el mundo en estos momentos.
—Por eso te digo que tienes que estar muy orgullosa de ti misma, porque una chica como tú, se hubiera deshecho de ese bebé en menos que canta un gallo.
—No podría, jamás en mi vida. Entiendo a la mujer que decida hacerlo, sea por las circunstancias que sean, pero yo no podía abortar y quedarme con la cosa de cómo sería mi bebé, me moriría de pena.
—Y prefieres morir de cansancio antes que renunciar a tu sueño de ser madre.
—Pues sí, cuando noto como se mueve en mi interior, todas las penas y el cansancio se van de mi cuerpo.
Cristina me cogió de las manos y me contó que ella vivía muy cerquita de mí, en la misma urbanización, y que le gustaría que fuera al día siguiente, que era sábado, a comer a su casa.
—No me gustaría molestar, y sé que ese es el día en el que suele comer con su hijo.
—¿Molestar? Para nada. Además, mi hijo suele venir los domingos, aunque le preguntaré si quiere venir y cambiar el día. Lo mismo y le viene hasta bien, porque ese siempre va de falda en falda.
—Mientras que no engañe a nadie y le diga las cosas antes de empezar, hace bien en vivir su vida como le dé la gana.
—Pero yo tengo ganas ya de tener un nieto o nieta, de ver a un niño correr por mi casa, poder jugar con él, ahora que todavía que tenemos fuerzas.
—Bueno, si es por eso, no te preocupes, que yo te dejo al mío un fin de semana al mes.
—Eso sería maravilloso, te lo aseguro.
—Anda ya, si lo estaba diciendo en broma.