Capítulo 20
Ingrid
Habían pasado ya tres meses desde que me enteré de mi embarazo, y mi hermana me había llamado que se había puesto de parto, por lo que, terminé pronto mi trabajo y salí disparada para el hospital.
Javier también llevaba el embarazo de mi hermana, ella misma fue la que me lo recomendó. Ni que decir tiene que, cuando se enteraron de que había acudido a la primera visita sola, los gritos llegaron al cielo, pero terminaron entendiendo el motivo por el que lo había hecho.
Yo estaba ya en el último trimestre de mi embarazo, y como podéis imaginar, era una mujer pegada a una barriga. Javier insistía en que no había cogido mi la mitad del peso máximo, y que el volumen de mi vientre se debía a que tenía poco hueco y el niño era muy grande, porque sí, era un varón.
Me enteré del sexo del bebé hacía tan solo unos días. Enzo, mi precioso Enzo, porque estaba segura de que sería el niño más bonito del mundo, al menos, para los ojos de su madre, que era yo.
Empezaba a dolerme la espalda del peso de la barriga, pero no iba a decir ni esta boca es mía, porque, entonces, todos empezarían a decirme que si tendría que dejar el trabajo, que, si no podía seguir así y, en estos momentos, era lo que menos me apetecía del mundo.
—¿Cómo está mi hermana? —pregunté nada más llegar.
—La acaban de meter en paritorio, Mario está con ella —me contestó Lau.
Mis padres habían sido avisados en cuanto que rompió aguas, y venían de camino. Habían decidido, junto con Mario, que se quedarían un tiempo para ayudar a mi hermana con la niña, por lo menos, hasta que estuviera recuperada del todo.
No podía estar sentada, porque los nervios no me dejaban estarlo, pero tampoco podía estar de pie, porque la espalda me estaba matando. El primero que se dio cuenta fue Álvaro, que se acercó a mí de inmediato.
—Ingrid, no puedes continuar en ese trabajo.
—Claro, porque anoche me tocó la primitiva y trabajo por gusto.
—Puedes buscar otra cosa, tienes formación suficiente para hacerlo. De traductora, dar clases de idiomas, lo que sea.
—¿Te piensas que no lo he intentado ya?
—Pero no has permitido que te ayude nadie. Déjame que hable con Neizan y…
—Ni muerta vuelvo yo a trabajar para un hombre así. Antes, acudo a la beneficencia.
—Tienes que pensar que ya no estás sola, Ingrid, ahora tienes un hijo que cuidar y por el que mirar en un futuro.
—Y por eso mismo lo hago. Es un trabajo de lo más honrado, y como otro cualquiera, tengo un sueldo con el que poner un plato de comida en la mesa, y darle un techo sobre su cabeza.
—Un trabajo en el que te matan los dolores, mucho más con esa barriga. Cógete la baja, al menos.
—No puedo cogerla ya, porque, si lo hago, los primeros quince días no los cobro y, además, tendría menos tiempos para cuidar después de mi hijo.
—Ese dinero lo cubro yo, y la excedencia de un año que quiero que te cojas para cuidar de Enzo.
—Mira, te aconsejo que cambies de camello, porque lo que te está dando está adulterado, seguro.
—Sabes demasiado bien que no consumo nada de esto, que ni siquiera fumo.
—Ay, hijo, sigues sin cogerle el punto a mi ironía. Te lo he dicho porque lo que dices es una locura, no pienso aceptar la caridad de nadie.
—No es caridad, Ingrid, somos familia.
—Si no acepto la ayuda de mis padres… ¿qué te hace pensar que voy a aceptar la vuestra?
—Eres una cabezona, de verdad. ¿Cuándo te vas a dar cuenta de que tan solo queremos lo mejor para vosotros?
—Lo sé, pero su madre tiene los cojones suficientes para sacarlo adelante…
Estábamos hablando de todo eso, cuando llegaron mis padres, entrando por el hospital preguntando por mi hermana, y dándome un fuerte abrazo, mirándome a los ojos, analizándome, como hacía siempre.
Iba a decirme algo, lo vi en sus ojos, pero fue interrumpida por mi cuñado, que venía con Lola en sus brazos y con una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja, no podía estar más feliz y orgulloso.
—Chicos, os presento a mi hija, Lola Antúnez —nos dijo.
La niña era preciosa, pero lo que más nos impresionó a mi madre y a mí, fue la dulzura con la que hablaba de ella, y el hecho de que la hubiera reconocido como hija suya, no solo de manera figurada, sino también de manera legal.
—¿Cómo está mi hermana? —le pregunté, una vez que tuve a la niña en brazos.
—Ha sido una campeona, ni un solo punto le han tenido que dar. La están lavando y ahora mismo la suben a planta —dijo mi cuñado.
—Pues ya saben lo que dicen, que, si no te tienen que coger puntos es porque, durante el embarazo ha tenido una vida sexualmente muy activa —dijo Lau.
Mi madre la miró con una sonrisa, pues la conocía, al igual que mi padre, que soltó una carcajada, mientras que mi cuñado tenía la cara roja como un tomate, se notaba que todavía no había cogido la suficiente confianza y, para ayudarlo, solté una de las mías.
—Chica, pues si es por eso, le diré a Javier que compre dos bobinas de hilo grandes, que yo me voy a llevar mis puntos y los de todas las parturientas en diez kilómetros a la redonda.
Todos soltaron una carcajada y, hasta mi sobrina, parecía estar sonriendo. Por suerte, era clavadita a su madre, de ese modo, no tendría que soportar ver en ella al cabrón de su padre biológico.
Lola tenía el pelo negro como el tizón, con bastante cantidad, y unos ojos rasgados y verdes como los de su madre. Había nacido con tres kilos y ochocientos gramos, y cincuenta centímetros de largo. Vamos, una niña de una sola vez.
En cuanto que subieron a Valeria a la habitación, nosotros hicimos lo mismo, subimos a verla, mientras que a la niña se la llevaban a hacerle las pruebas correspondientes, antes de llevarla a la habitación, junto a su madre.
—Valeria tienes una cara estupenda, cariño —le dije, dándole un beso.
—Sí, tan estupenda que me podían contratar ahora mismo para un anuncio de cremas faciales.
—No seas tan dura contigo misma, mi amor. Eres y estás preciosa, mi vida.
—Eso mismo, mi niña, estás preciosa y la maternidad te ha sentado muy bien —le dijo mi madre.
—Estoy agotada, mamá. Te prometo que la experiencia ha sido preciosa, sobre todo cuando me han puesto a mi niña en el pecho, pero no tengo fuerzas ni para sostener mis pestañas.
—Ya nos vamos, bonita, para que descanses —le dije, dejándole un beso en la mejilla.
—Yo me quedaré esta noche con ella, Mario, así tú también podrás descansar —le dijo mi madre.
—No te lo tomes a mal, Celia, pero me quedaré yo. En mi casa, sin ella, no podría dormir, además de que, tanto ella como yo, necesitamos acostumbrarnos a ser padres —le respondió mi cuñado.
La cara de satisfacción de mi hermana no tenía precio, y mi madre, como la buena suegra que era, que no le gustaba meterse en absolutamente nada de nuestras vidas, aceptó la decisión de su yerno.
Le dejamos un beso a cada uno de ellos, y salimos del hospital, con alegría. Era para lo único que me gustaba acudir a un sitio de esos, cuando una nueva vida se abría paso, pero supongo que como a todo el mundo.
Tenía la intención de parar un taxi, pero mis padres no me lo permitieron. Decían que, antes, tenían que enseñarme algo. Vi sus caras de satisfacción, como si supieran algo que yo no sabía, y eso me enfadaba muchísimo, siempre me había pasado lo mismo.
—¿Me vais a decir dónde vamos?
—No, lo verás cuando lleguemos —me dijo mi madre.
—Eso no es justo, sabéis que no me gusta que me oculten el destino a donde me llevan.
—Hay tantas cosas que no nos gustan en esta vida —respondió mi padre.
—Está bien, espero que, al menos, la sorpresa sea buena, porque si, después de todo esto, es algo malo, me vais a oír.
Vi como mi padre entraba en la misma urbanización en la que vivían mi hermana y Mario, y supuse que lo que querían enseñarme era algo que habían comprado para mi sobrina o para Valeria, pero me equivoqué, y a lo grande.
—Papá, te has pasado de largo la casa de Mario —le dije.
—¿Quién te ha dicho a ti que íbamos a la casa de tu hermana y tu cuñado? —respondió.
—Entonces, ¿dónde vamos? Porque, por aquí, te aseguro que no conozco a nadie, ya que, la casa de Álvaro y Lau queda al otro lado de la urbanización.