Capítulo 19
Ingrid
Ese día tenía mi primera ecografía e iba a ir sola porque quería que ese primer momento fuera solo nuestro, aunque sabía que mi hermana y mi mejor amiga se iban a enfadar; era mi decisión.
Me levanté temprano, desayuné ligero y me marché a mi trabajo. Esa tarde la había pedido libre y cogí la cita con el ginecólogo a las seis. Pensaba irme a casa cuando terminaran mis funciones, darme una ducha y arreglarme para tener la cita más importante de mi vida.
Ese fin de semana venían mis padres y quería que vieran que todo iba a pedir de boca, que mi bebé estaba más sano que una pera y que, en seis meses, aproximadamente, serían abuelos por segunda vez.
Llegué a la consulta, me senté en la sala de espera y esperé a que me llamaran. Estaba de lo más nerviosa, no lo podía negar, porque si después de todo lo que me había costado asimilar la noticia, ahora algo iba mal, me moriría de pena.
—¿Ingrid Peñalver?
—Soy yo.
—Pase a la consulta; el doctor la está esperando.
Me levanté de la silla como si tuviera un resorte y entré en la consulta. Detrás del escritorio me encontré con un hombre un poquito más mayor que yo, increíblemente guapo y con una sonrisa de esas de anuncio.
—Buenas tardes, señora Peñalver.
—Buenas tardes, pero no me diga señora Peñalver, por favor, Ingrid, mejor.
—Está bien, Ingrid, yo soy Javier Cano y seré tu ginecólogo durante todo el proceso.
—Uy, el proceso, qué mal suena eso. Parece que estamos hablando de las conservas de pescado.
El doctor Cano soltó una carcajada; no sé si por lo que dije o por la cara que puse, que también podía ser posible, porque arrugué la cara como si me diera un asco de muerte.
—Está bien, ¿qué te parece que digamos, entonces, durante toda la gestación?
—Eso suena mucho mejor. Cuéntame. ¿Desde hace cuánto tiempo crees que estás?
—Me hice una prueba de esas digitales que indicaba que el embarazo estaba entre las nueve y las diez semanas, pero de eso ya hace como dos semanas, así que, según mis cálculos, debo estar en la semana doce, aproximadamente.
—¿Por qué ha tardado tanto en venir?
—Porque tenía que asimilarlo, la verdad.
—La llegada de un bebé siempre es una buena noticia; se lo aseguro, venga en las circunstancias que vengan.
—Ya, pero es que…
Necesitaba desahogarme y nada mejor que hacerlo con alguien que no me conocía de nada. Por eso, empecé a contarle mi historia, como si, en vez de un ginecólogo, se tratara de mi psicólogo y estuviera en una terapia.
Me escuchó con atención, como si lo que le estuviera contando fuera la historia más emocionante e interesante del mundo, a pesar de que tan solo se trataba del desahogo de una paciente.
—Yo te entiendo a la perfección, Ingrid.
—No creo, pero bueno, se acepta la intención.
—Lo que se tiene que aceptar es la invitación que te voy a hacer para tomar algo. Eres mi última paciente del día, salvo que entre un parto urgente, y voy a cruzar los dedos para que eso no ocurra.
—¿Qué es lo que no quieres que ocurra? ¿Qué acepte la invitación o que entre un parto urgente?
—Lo segundo, por supuesto. Pero ahora, vamos a la camilla a ver a ese pequeñín o pequeñina.
Me llevó hasta la camilla, donde la enfermera me ayudó a prepararme, vertiendo el gel en mi vientre bajo y esperando a que llegara el doctor, que seguía escribiendo en mi expediente.
—Bueno, vamos allá —dijo el doctor, entrando en la habitación.
—Estoy nerviosa, doctor Cano.
—Ingrid, si tú no quieres que te llame por tu apellido, yo tampoco. Soy Javier, sin doctor y sin nada más.
—Está bien, Javier. Estoy nerviosa…
—No tienes de qué preocuparte. Las analíticas están bien y no hay nada que indique que algo va mal. Además, en un par de minutos, si miras a esa pantalla, podrás comprobarlo.
Empezó a pasar el ecógrafo por mi vientre, con una sonrisa en los labios, y supe que todo iba bien, por su manera de mirarme, por la forma en la que estaba mirando la pantalla.
—Mira, aquí tienes la cabecita, las piernas y los bracitos —me dijo, señalando cada una de las partes.
—¿Está todo bien?
—Todo perfecto, y espera, vamos a escuchar el latido de su corazoncito…
En cuanto a que ese sonido se escuchó en toda la habitación, fue como si estuviera en el concierto de mi cantante favorito y estuviera cantando mi canción preferida.
Dos lágrimas cayeron por mis mejillas, pero, en esta ocasión, eran de pura felicidad. Miré a Javier y dije: ¿Por qué no tomarme un café o un refresco con este médico tan guapo? No le debía nada a nadie y me apetecía hacerlo.
No como algo romántico, a pesar de lo guapísimo que era, pero sí como un amigo, como alguien que había tenido la deferencia hacia mi persona para escucharme, sin juzgarme y sin decir ninguna palabra.
—Sí, quiero tomarme ese café contigo —le dije, de golpe.
—Bueno, más que un café, y viendo la hora que es, te invito a cenar.
—Pero solo porque es la hora que es…
Javier me miró y soltó una carcajada, de esas que se contagian, y terminamos los dos riendo de la misma manera, sin saber el motivo, o bueno, quizás tan solo eran los nervios, al menos por mi parte.
—Anda, me salgo y te dejo que te vistas; te espero en la consulta.
—Gracias, Javier, por hacerme sentir tan cómoda.
—Es mi trabajo, Ingrid.
—Aun así, gracias.
Javier me dejó a solas con la enfermera, que me limpió el vientre y me ayudó a vestirme. Al final, y tal y como yo pensaba, estaba embarazada de trece semanas, que era el tiempo que había transcurrido entre la noche en que me acosté con Neizan y este momento.
Salimos de la consulta sonrientes y, aunque me estaba gustando mucho su compañía, quería dejarle claro que, en estos instantes y hasta que sanara mi corazón, no tenía intención de tener nada con nadie.
Llegamos al restaurante en el que pensábamos cenar y en el que nos acomodaron en una mesa, junto a la ventana. Pedimos un par de refrescos y la carta para pedir la comanda de la cena.
—Javier, me encanta tu compañía, pero me gustaría comentarte algo antes de seguir, y que seas tú el que decida…
—No hace falta que me digas nada, Ingrid, sigues enamorada de ese hombre, pero, aunque no lo estuvieras, entre nosotros no podría pasar nunca nada.
—¿Estás casado?
—No, tenía pareja, pero…
—Cuéntamelo, anda, que estoy aquí para escucharte, igual que tú lo has hecho conmigo hace un ratito.
—Mi historia es un poquito más complicada que la tuya, pero bueno, allá voy…
Javier me contó que tenía una pareja, un chico, que se llama Tony, y que era su enfermero en la consulta. Después de mucho tiempo, cuando llegó un día al trabajo, se lo encontró allí, liado con otra doctora.
—Joder, eso debió ser un palo gordo.
—Uy, eso no es nada para lo que me enteré después.
—¿Todavía hay más?
—Mucho más, esto no ha hecho nada más que empezar.
—Joder, pues vaya culebrón, y digo yo que el mío…
—Esa doctora con la que lo encontré, era su novia de toda la vida. Al parecer, es bisexual, y ella era la oficial y yo el clandestino. Cuando pasaba las noches conmigo era porque ella estaba de guardia y, cuando las pasaba con ella, me decía a mí que le había cambiado el turno a alguien.
—¿Cuánto tiempo estuvisteis así?
—Cinco años, un tiempo tirado a la basura, porque, en cuanto que a su novia le dieron el traslado a este hospital, le faltó tiempo para venir a amenazarme.
—¿Cómo pudo tener ese descaro? Es increíble, vamos.
—Pues sí, al parecer, nadie sabía que llevaba esa doble vida, es más, siempre me dijo que en el hospital procuráramos ser discretos que no quería estar en la boca de todo el mundo.
—Cuando lo que no quería era que llegara a los oídos de su novia.
—Exactamente, y por eso, me juré que, antes de volver a fijarme en un hombre, le pediría hasta los antecedentes penales.
Cuando Javier dijo eso, lo hizo con una sonrisa en los labios, pero era una que no le llegaba a los ojos, y supe que, entre nosotros había nacido una bonita amistad, que duraría más allá del tiempo del embarazo.
La cena se nos pasó volando, entre risas y confidencias, hasta que llegó la hora de marcharse a casa, pues, al día siguiente tenía que trabajar y levantarme temprano, al igual que él.
Por supuesto, no me quiso cobrar la consulta, y me dijo que el embarazo me lo llevaría él, sin ningún coste, porque nuestra amistad estaba por encima de todo el dinero del mundo.
Me dejó en casa, en el portal, y quedamos en que nos veríamos pronto para ir a comer o a cenar de nuevo, y me gustó que me lo dijera. Nos habíamos intercambiado los teléfonos y, nada más llegar a mi casa, me envió un mensaje para agradecerme la noche tan bonita que había pasado.
Por primera vez en mucho tiempo, me fui a la cama con una sonrisa en los labios. Mi vida no era perfecta, y lo sabía, pero al igual que la de todo el mundo, quién más y quién menos, tenía sus problemas a cuesta.