El CEO de mis sueños Capítulo 18
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Capítulo 18

Ingrid

Dos semanas habían pasado ya desde aquel fin de semana que habíamos pasado en el pueblo, con mis padres. Mi madre me preguntaba, a diario, si ya me había hecho la prueba de embarazo, y siempre le cambiaba de tema, para que se diera cuenta de que no quería ni oír hablar de eso.

El trabajo de limpiadora era más que agotador. Tal y como me prometió Aurora, en cuanto que vio mi manera de trabajar, no dudó en darme más trabajo, lo que también significaba más dinero.

Salía de mi casa a las siete de la mañana y volvía sobre las nueve de la noche. La mayoría de los días, ni comía en casa. Cuando sabía que eso iba a suceder, salía de mi casa con el táper a cuestas, porque no me podía permitir el lujo de comer en ningún restaurante.

Mis padres me compraron un coche de segunda mano, que estaba como nuevo, y me lo regalaron por mi cumpleaños, que había sido hacía una semana. Este año no quise celebrarlo; no me encontraba ni con ganas ni con fuerzas para hacerlo. Me limité a comer con mi hermana y con Lau, nada más.

Las náuseas cada día eran mayores, sobre todo al levantarme y con determinados olores. Por ejemplo, no he podido volver a hacer café porque en cuanto llegaba su aroma a mi nariz, tenía que salir corriendo a vomitar.

Ya no podía esperar más porque cada minuto que pasaba los síntomas eran más evidentes; eso sin contar con que no me había bajado la regla. Por eso, esa mañana, cogí esa prueba que seguía en mi bolso, como recordatorio de lo que me estaba pasando.

Entré en el baño, hice pis en el palito y esperé a que me diera el resultado, uno que ya tenía claro, pero que debía confirmar, por mucho miedo que me diera.

Pasaron los cinco minutos de rigor y, cuando lo cogí, ahí estaba el resultado, un «Embarazada de diez semanas» que hizo que casi me cayera de culo, porque coincidía con la noche que pasamos juntos.

Vamos, tampoco es que tuviera mucho que pensar, pues desde que él llegó a la empresa no me había acostado con nadie y después de hacerlo con él, tampoco. No había más opciones que la suya.

Tengo que reconocer que, al principio, me chocó muchísimo, pues no lo asimilaba, pero, una vez que lo mastiqué y lo digerí, le vi el lado positivo al asunto. Ya tenía parte de esa familia que quería; aunque no tuviera pareja, tendría a mi bebé.

Reuní a las chicas en mi casa esa misma noche, sabiendo que vendrían con sus chicos, eso por descontado. Cuando estuvieran todos aquí, les haría una videollamada a mis padres para contárselos al mismo tiempo.

Preparé una lasaña de atún enorme, y una ensalada para cenar, y cuando todos llegaron, ya tenía hasta la mesa puesta. Estaba atacada de los nervios y, el momento en el que eso ocurría, lo único que me salvaba de ese estado era meterme en la cocina.

—Esto huele que alimenta, cuñada —me dijo Mario.

—¿Lasaña de atún? Mi hermana tiene algo importante que contarnos —dijo Valeria.

—No sabía yo que era tan previsible, la verdad.

—No es que seas previsible, es que, los que te conocemos, sabemos que la única manera de tranquilizar tus nervios es meterte en la cocina —dijo Lau.

—Pues a ver si te pones nerviosa más a menudo, Ingrid, que ya estoy harto de comer comida precocinada —dijo Álvaro, riendo.

—Oye, guapo, que cuando me pediste que me fuera a vivir contigo ya sabías que no tenía ni puta idea de cocina —le contestó Lau, fingiendo indignación.

—Bueno, cuñado, no te preocupes que, a partir de ahora, cuando haga la comida los domingos, prepararé táperes para que te los lleves.

—Mira, yo con eso no tengo problemas; Valeria cocina como los ángeles —dijo Mario, para seguir pinchando.

—Bueno, vamos a dejar el programa de cocina para otro día, que aquí ninguno vamos a ir a Master Chef, y habla de una vez. Cuéntanos el motivo por el que nos has reunido a todos.

—Lo haré, pero espera un momento, que quiero que mis padres estén presentes en esta reunión.

Cogí mi móvil y marqué el número de mi madre, pero en videollamada, que me contestó enseguida. Al vernos allí, todos reunidos, supo de antemano lo que le iba a decir y se nos adelantó a todos.

—¡Pablo, ven corriendo, que vamos a tener otro nieto! —Exclamó, gritando y completamente feliz.

—Joder, mamá, que todavía no les había dicho nada a ellos.

—¿Mamá lo sabía antes que yo? Joder, hermanita, yo te lo dije a ti primero.

—Tu hermana no me ha contado nada, Valeria, pero nada más que había que sumar dos más dos para averiguarlo.

Todo se volvió jolgorio y fiesta, sobre todo por mi cara de felicidad, que lo decía todo. Eso había sido lo que necesitaba para volver a ser la misma de antes y mi madre se dio cuenta. Pero también se dio cuenta de que había un padre y me hizo la pregunta que más temía que me hiciera.

—Ingrid, ¿se lo vas a contar a ese hombre?

—Ni loca, mamá. Este hijo es mío y de nadie más.

—Bueno, esa es una decisión tuya y no seré yo la que te diga nada más que te apoyaremos en todo. La semana que viene iremos a Madrid unos días y ya hablaremos. Os queremos.

Mi madre colgó el teléfono, pero el debate continuó en la mesa en la que todos empezamos a comer. Álvaro fue el único que no habló, al menos no tan a la ligera como lo hicieron los demás.

—Es su padre y tiene derecho a saberlo —dijo Mario.

—Tú no estabas ahí cuando me dijo que era una cazafortunas que me había acercado a él por su dinero.

—Eso también me lo dijo a mí, advirtiéndome de tu hermana, pero lo puse en su sitio, por ella y por ti.

—¿Por qué no me has contado eso a mí? Lo hubiera puesto como una vela. Vamos, conmigo ha venido a dar, y con las hormonas revolucionadas —dijo Valeria, visiblemente cabreada.

—Porque no tenía por qué hacerlo. Yo os conozco, a las dos, y sé que eso no tiene ni pies ni cabeza.

—Bueno, me da igual lo que digáis; es mi decisión y es inamovible. No pienso humillarme más ni tengo por qué escuchar que lo único que voy buscando es el dinero.

—Di que sí, amiga, que su madre y sus tías tienen cojones para que salga adelante sin necesidad de su padre, que ese bebé no va a sentir ninguna carencia —dijo Lau, apoyándome.

—¿Sabéis lo humillante que sería para mí que ese hombre rechazara a mi bebé? ¿Qué me dijera que utilizaba ese embarazo para conseguir una mejor vida?

En ese momento, las lágrimas me caían por las mejillas. No todo el mundo tenía la suerte que había tenido mi hermana de encontrar a un buen hombre que se hiciera cargo de ella y de la niña.

Mi hermana, que sabía exactamente lo que yo le estaba diciendo, porque había pasado por lo mismo que yo había dicho, meses antes, se levantó y me dio un abrazo. Me reconfortó mucho, pero no quería llorar más; mi bebé no se lo merecía.

Valeria y Lau se quedaron esa noche conmigo, pues me dijeron que querían celebrarlo junto a mí, pero solo de chicas, hablando de todo y de nada, y donde las risas estaban aseguradas.

—¿Sabes ya el nombre que le vas a poner? —Me preguntó Lau.

—Hija, si yo estoy de más tiempo y todavía no me he decidido, ¿cómo lo va a saber ella —dijo mi hermana.

—Bueno, algo sí que tengo en mente. Si es niño, me gustaría que se llamara Enzo y si es niña, Cecilia.

Las dos se quedaron en completo silencio, sin saber qué decir, pero es que llevaba tanto tiempo deseando ser madre que siempre había pensado en los nombres y los tenía muy claros.

—Hermana, joder, me has dejado completamente impactada.

—Pues a mí, no tanto. Porque fueron muchas las noches, cuando éramos adolescentes, que hablamos de los nombres que les pondríamos a nuestros hijos —respondió Lau.

—Entonces, ilumíname, ¿cuáles serían tus elegidos? —preguntó mi hermana.

—Uy, yo lo tengo muy claro. Si es niño, se llamará Alberto, y si es niña, Paula —contestó Lau.

—Joder, pues parece que la única que no lo tenía pensado era yo.

—¿De verdad no sabes cómo le vas a poner a la niña?

—Bueno, siempre me ha gustado el nombre de Lola, pero no sé si Mario estará conforme, porque es el nombre de su madre.

—Entonces, estará feliz de que lo hayas elegido.

—Podría darle pena; su madre murió hace bastante tiempo…

Mi hermana no había terminado de decir la frase cuando yo ya tenía el móvil en la mano y estaba marcando el número de mi cuñado, que me contestó algo asustado.

—Ingrid, ¿le ha pasado algo a tu hermana?

—Sí, que tiene una duda.

—¿Cómo que tiene una duda? Me estás asustando, Ingrid.

—No es nada malo, te lo aseguro. Mi hermana había pensado en ponerle Lola a la niña, pero no se atreve a decírtelo por el miedo de que te duela pronunciar ese nombre.

—¿Me puedes pasar con ella, por favor?

La voz de mi cuñado estaba entre lo emocionado y lo sorprendido, y así me lo hizo saber mi hermana cuando cortó la llamada, con lágrimas en los ojos, después de hablar con su chico.

—¿Qué te ha dicho?

—Que, para él, es un honor que nuestra hija lleve el nombre de su abuela.

—Entonces, ya tenemos nombre: la pequeña Lola, lo más bonito del mundo para su tía.

Esa noche la pasamos charlando, porque, al día siguiente ninguna teníamos que trabajar, al ser festivo. Trataron de convencerme de que dejara el trabajo de limpiadora, pero, ahora menos que nunca, podía dejarlo.

No lo entendían, por mucho que les expliqué que lo había estado haciendo desde antes de saber que estaba embarazada y que no me había pasado nada. Cuando estuviera más pesada, pues me cogería una baja, y se terminó el problema.

A la mañana siguiente, el timbre sonó demasiado temprano para mi gusto, pero, en cuanto que abrí la puerta y olí los churros y el chocolate que traía Álvaro, el enfado de que me despertara se me pasó de inmediato.

—Cuñado, me encanta que vengas así, con estos manjares tan deliciosos.

—Sabía que eras una golosa, y no he podido resistirme.

Lau, al escuchar la voz de su novio, no dudó en salir hasta el salón, donde se abrazó a él y le dejó un beso en los labios. Me encantaba cuando las veía así, tan felices y con hombres tan bueno a su lado.

—No nos mires así, Ingrid, cuando menos te lo esperes, aparecerá el hombre que te haga feliz —me dijo Álvaro.

—Pues como no sea que lo que llevo en mi vientre sea un niño, no sé de qué estáis hablando.

—No te cierres al amor por una mala experiencia. Si tu hermana lo hubiera hecho, no estaría ahora mismo con Mario —añadió Lau.

—No es lo mismo, amiga. Pero bueno, no estoy cerrada al amor; estoy dispuesta a que la vida me sorprenda, pero para bien, espero.