El CEO de mis sueños Capítulo 17
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Capítulo 17

Ingrid

Mi amiga me miró y agachó la cabeza, y eso me indicó que, si no lo había hecho ya, era por no dejarme sola con todos los gastos, y eso sí que no lo iba a permitir. Su felicidad no dependería de mi economía.

—Ya te lo ha pedido y le has dicho que no.

—No te puedo dejar sola, Ingrid. No en este momento.

—En este momento es justo cuando me apetece quedarme sola, y por eso, ahora, en cuanto bajes, le vas a decir que, a partir de esta misma noche, te instalarás con él.

Lau me dio un abrazo; no sabía si era de agradecimiento o de alivio por haberla entendido, pero eso era lo de menos. Nuestra amistad y su felicidad estaban por encima de todo y de todos, especialmente de mí misma.

Por supuesto que me puse el bikini que me dejó mi amiga y, cuando bajamos, ya estaban los tres metidos en la piscina, haciéndose bromas entre ellos, mientras mi hermana se reía a carcajadas al ver el juego que había entre Álvaro y Mario.

Una sonrisa se asomó a mis labios, pero era una que tenía más melancolía que felicidad. Pero no por ellos; no me entendáis mal, sino porque si el gilipollas de Neizan hubiera sido de otra manera, habría estado aquí disfrutando de todo esto.

La cena transcurrió entre risas y anécdotas de Mario, pues le habían pasado miles de cosas en el plató, desde la invitada que se puso de parto durante la primera parte de la entrevista hasta quien llegó borracho y vomitó en un directo.

A la mañana siguiente salíamos para el pueblo; por eso les pedí a mi hermana y a mi cuñado que me llevaran a casa para preparar la ropa y que me recogieran al día siguiente a primera hora.

Lo hicieron a regañadientes, pero ya no era una niña y tenía todo el derecho del mundo a querer estar sola cuando me diera la gana. Tendría más gastos, sí, pero ya me las apañaría para llegar a todo, así tuviera que coger otro trabajo para mis horas libres.

La noche la pasé regular porque me sentía como una intrusa en mi propia vida. Maldije un montón de veces el momento en que decidí acostarme con Neizan, pues él había sido el causante de todo lo malo que me había pasado en la vida.

Empecé a pensar en qué hubiera sido de mi vida si, en vez de poner mis ojos en él, los hubiera puesto en otro hombre; quizás mi situación hubiera sido otra y, en estos momentos, tendría la familia que siempre había soñado tener.

Pero no había sido así y, por ello, tendría que volver a encauzar mis pasos para olvidarlo y empezar una nueva vida, lejos de él y de todo lo relacionado con él.

Mi hermana y mi cuñado me recogieron temprano, pero lo que no esperaba era que en ese mismo coche también estuvieran Lau y Álvaro, y una sonrisa de lo más sincera se me pintó en los labios.

—No entiendo esa expresión de sorpresa. ¿Acaso te pensabas que no iría a ver a mi madre? —Me dijo Lau.

—Anoche no me dijiste nada; por eso me ha extrañado.

—No solo tiene que conocer a un yerno; tiene que conocer a dos.

Mi mente me jugó una mala pasada y pensé: ojalá y hubieran sido tres los yernos que conociera. Aunque intenté disimularlo, Lau me conocía mejor que nadie y me dio un apretón de mano para mostrarme su apoyo.

—No dudes que se va a arrepentir de haber perdido a una mujer como tú —me dijo Mario, que también lo había notado.

—No digas tonterías, Mario. Soy consciente de que no le llego ni a la suela del zapato a las mujeres de las que se rodea.

—Todo lo contrario. Esas mujeres podrán tener un físico imponente; con eso no digo que tú no lo tengas, pero lo que tienes en tu cabeza, eso no lo tiene ninguna de ellas.

—Pues, para lo que me ha servido…

—Bueno, has conseguido un trabajo en un tiempo récord y eso no lo consigue cualquiera.

—Ya, pero no tiene nada que ver con lo que he estudiado; el trabajo que he conseguido es de limpiadora en una empresa.

El silencio que se quedó en el interior del coche fue el indicio de lo que me esperaba a continuación, como así fue. Uno, detrás de otro, empezaron a decirme que no tenía que coger el primer trabajo que me saliera, que me esperara a que saliera algo mucho mejor…

—Es mi vida y necesito trabajar. Tengo la mala costumbre de comer varias veces al día.

—Y nosotros podemos ayudarte con eso, Ingrid.

—El contrato ya está firmado y no pienso echarme atrás, por mucho que insistáis.

Con esa frase intenté que el debate terminara, pero no fue así. Mi hermana incluso me amenazó con contárselo a nuestros padres, aunque sabía que eso me importaba menos que nada.

Llegamos hasta el pueblo y mi cuñado aparcó delante de la puerta de la casa de mis padres, que no tenían ni idea de que veníamos a verlos. Ni qué decir tiene que mi madre se volvió loca de contenta cuando nos vio a todos.

—Ahora mismo voy a llamar a las viejas del visillo del pueblo, para que vean que mi yerno va en serio con mi hija, que no es un juguete para él —dijo mi madre.

—Señora Celia, le aseguro que, si de por mí fuera, ya habríamos pasado por la vicaría, pero su hija prefiere esperar a que nazca la niña.

—Es lógico: querrá lucir bien en las fotos de la boda. Mario… Porque te puedo tutear, ¿no?

—Por supuesto, aquí no soy el presentador; aquí soy vuestro yerno, y no me gustan las formalidades. Siempre hablando de la manera en la que nos dirijamos los unos a los otros…

—No lo líes más, que mi madre te ha entendido, Mario —le dijo mi hermana.

Entramos al interior de la casa; mi padre no estaba allí, pues había ido a jugar su partida de dominó de los sábados por la mañana y no volvería hasta la hora de comer. Quise ir a buscarle, pero mi madre me lo impidió, diciendo que así la sorpresa sería mayor.

Lau también le presentó a Álvaro y a mi madre le cayó genial. Decía que se veía un hombre honesto y muy amable, al igual que Mario, quien no paró de darle abrazos y besos a mi hermana y de mirarla con todo el amor del mundo.

Me levanté un momento para ir hasta la cocina y, en cuanto mi madre me vio, hizo lo mismo y vino detrás de mí, interrogándome con la mirada, como siempre hacía cuando le escondía algo.

—¿Me vas a contar ya lo que te estás guardando o tengo que esperar a que llegue el momento de que te marches?

—No sé de lo que me estás hablando.

—Claro que no, y yo soy monja clarisa.

—Mamá, de verdad que no tengo ganas de hablar de nada ahora.

—Eso te está carcomiendo por dentro y cuanto más lo dejes ahí, más se te va a enquistar.

Mi madre me conocía mejor que nadie y sabía qué tecla tocar para hacerme caer en sus redes, pero hablando de manera positiva, por supuesto, porque si supiera que eso que tenía dentro no me hacía daño, no me hubiera dicho nada.

El momento en el que una lágrima caía por mi mejilla fue el que mi madre eligió para darme un abrazo, limpiarme esa lágrima y cogerme de la mano para salir a la parte trasera de la casa.

Le conté a mi madre todo lo que me había sucedido desde que llegó ese hombre a la revista, cómo me había enamorado de él y el error que cometí pasando la noche junto a él. Había pasado ya más de un mes y no había logrado olvidarme de él ni un poquito.

—Es normal, cariño: el primer amor no se olvida de la noche a la mañana.

—Pues tendría que hacerlo, mamá; ya tengo una edad y no solo he tenido que olvidarme de mi amor, sino que también he tenido que hacerlo con mi trabajo.

—Bueno, pero tienes otro y eso es lo importante.

—Te lo diré yo antes de que te lo diga mi hermana: trabajaré de limpiadora en una empresa.

—¿Eso te hace feliz, hija mía?

—Hombre, no es que sea el trabajo de mis sueños, pero sí que estoy contenta porque podré disponer de mi sueldo, de nuevo.

—Entonces, eso es lo importante, mi vida, nada más.

El fin de semana lo pasamos genial. Ni qué decir tiene que cuando las mujeres del pueblo se enteraron de que Mario Antúnez estaba en el pueblo, la cola de visitas para conocerlo y para hacerse una foto con él no terminaba nunca, hasta que mi hermana se cansó.

—Se acabó todo esto. Mi novio está aquí para pasar el fin de semana en familia, no para ser el mono de feria en el que lo habéis convertido.

—Valeria, no pasa nada, de verdad.

—Sí que pasa: o cortamos esto pronto o se convertirá en costumbre cada vez que vengamos, y quiero poder pasear por el pueblo con mi novio sin sentir que estoy de penitencia en una procesión, parándome cada dos minutos.

Yo solté una carcajada por la manera en que mi hermana dice las cosas. Como decía mi cuñado, cada vez se parecía más a mí. En un momento determinado, cuando estábamos a punto de montarnos en el coche para volver, me dio un mareo que casi me hizo caer al suelo.

—Ingrid, ¿qué te pasa? —preguntó mi madre.

—No lo sé; me he mareado.

—Ven aquí, siéntate un poco, que lo mismo es del calor.

—No, de verdad, mamá, que prefiero salir ya para Madrid.

Fui a sentarme y, de repente, un olor que antes me encantaba me provocó una arcada que no tuve manera de disimular y tuve que salir corriendo a un parterre para vomitar.

Mi madre me miró, muy seria; le hizo un gesto a mi hermana, que salió corriendo a la farmacia, que estaba de guardia, y vino a los pocos minutos con una bolsita.

—¿Se puede saber qué es esto?

—¿Se puede saber desde cuándo no te pones con la regla?

—Me tendría que haber bajado la semana pasada, pero con los nervios de todo…

—Hermana, no te hagas la tonta, que sabes tan bien como yo que esas náuseas no son ni medio normales.

—Habré cogido un virus o algo así.

—Sí, sí, y te va a durar unos siete u ocho meses más.

—No me pienso hacer esa prueba; no estoy embarazada.

—Está bien, no te la quieres hacer aquí, te la llevas y te la haces en casa, tú sola y cuando encuentres fuerzas para hacerla —me dijo mi madre, metiendo la bolsita en mi bolso.

El trayecto de vuelta lo hicimos en completo silencio, porque así lo advertí antes de subirme. Prefería volver en autobús antes de tener que escuchar las quejas y los reproches de esos cuatro.

Cuando llegamos a la puerta de mi casa, mi hermana me miró muy fijamente, para, a continuación, dirigirse a mí, sin dobleces y directa al grano.

—Ingrid, si yo fuera tú, me haría esa prueba más pronto que tarde.

—Ya, pero como no lo eres, no tienes nada que hacer.

—Eres una cabezona, Ingrid, y no podrás seguir con la incertidumbre mucho más tiempo.

—Gracias, cariño, yo también te quiero.

Sabía que mi hermana tenía razón, pero tenía tantísimo miedo que tenía claro que la prueba se llevaría en mi bolso bastante tiempo, vamos, hasta que ya no pudiera esperar más, porque me saltaría todas las pruebas que me tuvieran que hacer.