El CEO de mis sueños Capítulo 16
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Capítulo 16

Ingrid

El primer día no hubo suerte, ni el segundo, ni tampoco el tercero, pero dos semanas después de que me hubiera marchado de la revista, mi teléfono sonó y era una de las muchas empresas a las que había enviado mi currículo.

No era de recepcionista ni de traductora; era de limpiadora en una empresa de limpieza, pero no me importó. Lo importante era trabajar; daba igual de lo que fuera, siempre que se tratara de algo legal y honesto.

—Buenos días, pregunto por la señorita Ingrid Peñalver.

—Soy yo. ¿En qué puedo ayudarle?

—Le llamamos de La Bayeta Veloz . Hace unos días recibimos un currículo suyo y nos gustaría hacerle una entrevista. ¿Sigue interesada?

—Por supuesto que sí. Dígame a qué hora tengo que estar y el lugar, y allí estaré.

—Me parece perfecto. Ahora mismo le envío un mensaje con toda la información. La esperamos.

—Muchas gracias, no dude que no fallaré.

Corté la llamada con una sonrisa en la boca y empecé a pegar saltos de alegría porque, por fin, tenía una nueva oportunidad de trabajar. Estaba sola, entre otras cosas, porque mi mejor amiga ya estaba en su puesto de trabajo.

Encendí la televisión y ahí estaba él, saliendo de un hotel de la mano de la modelo esa, Wafer, creo que se llamaba. En las imágenes se les veía entrando por separado, pero saliendo juntos por la mañana.

Me dolió, por supuesto que lo hizo, pero, por otro lado, ya estaba acostumbrada a este tipo de imágenes; no era la primera vez que se le veía con una mujer, aunque sí que era la primera vez que repetía con la misma.

No quise pensar más en ello y por eso apagué la televisión y puse música, que aplacaba un poquito mi soledad. Lau cada vez pasaba más tiempo en casa de Álvaro, y no quedaría mucho para que se terminara de marchar a vivir con él, como era lógico.

Mi hermana estaba de lo más feliz con Mario Antúnez, y estaban esperando una niña, sí, lo digo en plural porque él mismo lo anunció en la prensa, en la que dijo que se conocían desde hacía casi un año y que este bebé había venido a llenar por completo sus vidas.

No tuvo más remedio que hacerlo, ya que lo captaron saliendo de una tienda de bebés, agarrados y con mi cuñado dándole un beso a mi hermana. Por supuesto, en todo el pueblo se habló de ello, pero mi madre les paró los pies a todos.

La tacharon de oportunista y le echaron la culpa de que su novio se marchara del pueblo por ser cornudo. Como sabía que él no diría nunca que el niño era suyo, mi madre les dijo a todos que entre el novio de mi hermana y ella no había nada desde hacía mucho tiempo.

Ese fin de semana íbamos a ir al pueblo porque Mario quería conocer a mis padres, y a mí me vendría bien pasar unos días lejos de Madrid, olvidándome de todo y de todos, y con todos quiero decir de Neizan.

Acudí a la cita con la entrevistadora de la empresa de limpieza y fui muy sincera con ella; no quería más malentendidos en el tema laboral, con los que ya había tenido; ya era bastante.

—Como habrá comprobado, no tengo experiencia demostrable en esto de la limpieza, pero sí necesito el trabajo con urgencia y me dejaré la piel por conseguirlo.

—No todo es experiencia, Ingrid. ¿Quién no ha hecho nunca una limpieza a fondo en su casa? Nadie nace sabiendo, guapa.

—Entonces… ¿tengo posibilidades de conseguir el trabajo? O, al menos de que se me tenga en cuenta para las próximas vacantes…

—Pues no, no tendrás posibilidades, porque…

—Porque no cumplo con los requisitos, no se preocupe.

—No, te decía que no tendrás posibilidades porque el puesto es tuyo. Baja a firmar el contrato y a que te den el uniforme. Empiezas el lunes.

—¿De verdad? ¿Me lo estás diciendo en serio?

—Absolutamente en serio. No me falles, Ingrid, y te podré ir dando más trabajo y subiendo de categoría a medida que pasen los meses.

—No lo haré, Aurora, te lo prometo.

Le di un abrazo como si nos conociéramos de toda la vida y ella me correspondió. Por fin, mi vida iba a empezar a encauzarse de nuevo y este era el principio.

A mis padres no les había contado que había dejado el trabajo, o me enviarían dinero en cuanto se enteraran.

Tenía algo de dinero guardado porque, por mucho que dije que no y que intenté devolverlo, Neizan me ingresó los cinco mil euros que prometió pagar a la traductora para que sacara adelante la reunión.

Además de eso, tenía mi mensualidad y lo que me había sobrado del dinero de mis padres, del que tan solo había gastado doscientos euros en estas semanas. Podría estar un poco más de tiempo sin trabajar, pero no quería estar mano sobre mano; yo no era así y me aburría como una ostra.

Lo primero que hice nada más salir de la empresa fue enviar un mensaje en el grupo de WhatsApp que tenía con mis hermanas, porque para mí ambas eran igual de importantes en mi vida.

Ingrid: Chicas, ya tengo trabajo y tenemos que celebrarlo. Espero que dejéis a un lado los planes que tengáis y que brindéis conmigo.

Ni un minuto después, empezaron a llegar los mensajes de vuelta: el primero el de mi cuñado Mario. Ni me había dado cuenta de que habían metido en el grupo a él y a Álvaro, que también me felicitó y propuso un plan.

Mi intención era pasar la noche con las dos, las tres a solas, como en los viejos tiempos, pero no pude rechazar a esos dos hombres que tanto me habían apoyado y que ya eran parte de mi familia, como ellas dos.

Álvaro: Cena en mi casa; yo me encargo de todo.

La cena era a las nueve en su casa, y mi hermana me dijo que ellos pasaban a recogerme en coche, pues el mío había muerto hacía unos días y ahora mismo no podía comprar otro, aunque quisiera.

Tomé el autobús para volver a casa y lo hice sonriendo, pues no podía tener más suerte al contar con todas las personas que tenía a mi alrededor y con todo el apoyo que me estaban dando, y eso no lo tenía todo el mundo.

Llegué a casa, me di una ducha y me vestí para la cena. Había comprado una botella de champán, pero del bueno: no de ese que vale seis euros en el supermercado, sino que lo compré en una licorería y era francés. Por una vez en mi vida, había tirado la casa por la ventana.

Me puse un vestido que tenía en el armario, uno de los cogimos cuando hicieron el cambio de armario en el vestuario de la revista. Era tipo años veinte y me sentaba como un guante. Lo combiné con unas sandalias que tenía desde hace tiempo y recogí mi pelo en una coleta alta.

Me puse un poquito de máscara de pestañas, brillo labial y cogí el bolso para bajar hasta el portal, donde me estaría esperando mi hermana con mi cuñado y, si no había llegado todavía, que al menos no tuvieran que esperarme.

—Cuñada, no se puede estar más guapa que tú, pero siempre por detrás de mi chica, por supuesto.

—Y que no te escuche yo decir lo contrario, o te corto los huevos.

—Esa es la Ingrid que yo conozco, la que dice las cosas sin pensar. Enhorabuena, cariño. Me alegra mucho que hayas vuelto.

Nos montamos en el coche y pusimos rumbo a la casa de Álvaro. Mi hermana sí que había ido un par de veces junto a Mario, pero yo no tenía el gusto de conocerla.

En cuanto que la vi me quedé con la boca abierta, no podía ser más bonita. Tenía un amplio jardín, con piscina en la parte trasera, y una zona de barbacoa que era una delicia. Allí justo era donde nos estaban esperando.

—Si lo hubiera sabido, me habría traído el bikini, porque la noche invita a eso.

—Pues eso tiene fácil solución, te pones uno de los míos, y nos damos un chapuzón —me dijo mi hermana.

—Yo lo traigo debajo del vestido; pensé que te lo habíamos dicho… —dijo mi hermana.

—Pues no sé si me lo dijiste o no, porque con el mensaje número treinta y cuatro, dejé el móvil a un lado y no leí más.

Entramos en el interior de la casa, que era mucho más bonita por dentro que por fuera, y fuimos hasta la habitación de ella, donde abrió el armario y sacó uno. Al hacerlo, pude ver que allí tenía casi toda su ropa y no dudé en hablarle con claridad.

—Lau, no puedes vivir a caballo entre las dos casas; tendrías que venirte ya a vivir con Álvaro.