El CEO de mis sueños Capítulo 15
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Capítulo 15

Neizan

Cuando Ingrid abandonó la empresa, se llevó con ella parte de mi alma, pues no podía estar más desilusionado y decepcionado que yo. Pensé que esa mujer era diferente a todas las que se habían acercado a mí, pero era igual o peor que todas y cada una de ellas.

Álvaro se me quedó mirando, muy fijo, sin saber si atreverse a decirme lo que pensaba o no, pero su boca habló antes de que pudiera procesar si quería hacerlo o no.

—Neizan, te vas a arrepentir de todo lo que ha salido de tu boca.

—¿Me voy a arrepentir? Venga, ya, hombre, se ve a leguas que todo lo tenía planeado.

—Ingrid no es como tú estás pensando ni se le parece.

—A mí lo que me parece es que eres más ingenuo de lo que creía.

—Piensa lo que quieras; yo la conozco bien y sé lo que ella siente por ti.

—Lo único que siente es que no ha cazado mi fortuna; lo demás es todo mentira. Si lo sabré yo…

Esperé a que ella se marchara del todo y encaminé mis pasos hasta donde me esperaba Alberto para contarme las novedades de la cadena. Iba con la esperanza de que me quitara el mal sabor de boca que se me había quedado con lo de la revista.

Al llegar, me lo encontré en la barra, charlando con Mario Antúnez y, sinceramente, no tenía ni la más remota idea de lo que estaba haciendo allí, sobre todo cuando la reunión era entre nosotros dos.

—Buenas tardes —dije al llegar.

—Para quien lo sean —me respondió Mario.

—Mira, veo que ya te has enterado de todo, así que vamos a dejarlo a un lado, que esta comida es de negocios, no personal.

—Te aseguro que, si fuera personal, no se le hubiera ocurrido venir.

—¿Me puede contar alguien qué coño está pasando aquí? —preguntó Alberto.

—Que te lo cuente tu amigo, pero será mejor que lo haga cuando yo ya me haya ido; no me apetece escuchar cómo tergiversa las cosas y las pone a su favor —respondió Mario.

—En vez de preocuparte por mi vida sentimental, más te vale que te vayas preocupando por la tuya, porque me parece que la hermanísima también es igual que ella.

Si no llega a ser por Alberto, os prometo que hubiéramos llegado a las manos, porque Mario se lanzó a por mí sin mirar el lugar en el que estábamos, sin importarle que pudiéramos salir en las revistas o que cualquiera nos pudiera fotografiar.

Mi amigo, al ver como estaba de tenso todo, tomó la decisión de que dejaríamos la reunión para otro momento, que él tomaría las decisiones que fueran oportunas, hasta que yo me encontrara más calmado, que la retomaríamos.

Alberto se vino conmigo; cambiamos de restaurante, pero comimos juntos porque no me quería dejar a solas; decía que, en el estado en el que me encontraba, lo que menos necesitaba era eso.

Le conté con pelos y señales lo que había sucedido con Ingrid, y se quedó de piedra, pero no por lo que yo le había contado, y así me lo hizo saber, sin filtros y asumiendo todos los riesgos.

—¿Ha estado trabajando allí desde que la compramos y no te habías fijado nunca en ella?

—¿Crees que esa es la pregunta adecuada?

—Es que no lo entiendo, de verdad, no te creía tan clasista, mucho menos viniendo de donde vienes.

—Ahora, encima, me llamas clasista. ¿Algo más que no sepa?

—Es que, de verdad, no entiendo cómo te obsesionaste con esa mujer y que no fueras capaz de ver que la tenías delante.

—Pues, ¿qué quieres, chico? Hay más gatas que patatas.

—Sí, pero solo una gata que llamara tu atención y, por lo que he podido ver, no es, ni por asomo, como me la estás pintando.

—No, verás, si ahora voy a ser yo el culpable de todo.

—De todo, no, pero de alejarla de ti, no hay más culpable que tú.

—Bueno, viendo que todos estáis en mi contra, será mejor que me marche a casa y que me tome una copa, solo.

Me levanté de ahí y me marché, haciendo caso omiso de la llamada de mi amigo; no me apetecía seguir escuchando reproches de ningún tipo. Era mi decisión y me tendrían que respetar; si no lo hacían, el problema era de ellos.

En cuanto que entré en mi casa, me quité toda la ropa, llené el jacuzzi que tenía en la terraza del ático y me metí dentro, desnudo, a ver si así me relajaba de una puñetera vez.

La cara de desilusión de Ingrid cuando le dije esas palabras acudía a mi mente, una y otra vez, como si mi cerebro quisiera que yo las fuera viendo en bucle, y eso no hacía más que atormentarme.

—¿Será cierto lo que dicen Mario y los demás? No, no puede ser; yo reconozco a las mujeres así y ella cumplía todos y cada uno de los puntos que tracé cuando me encontré con la primera.

Hablaba conmigo mismo, pues no había nadie en la terraza conmigo. De pronto, una idea absurda se me vino a la mente, absurda, pero no por eso dejé de llevarla a cabo. Me la quitaría de la cabeza con la compañía de otra mujer.

Sabía que había una que estaría encantada de pasar la noche conmigo y, si la dejaba, de pasar todas y cada una de ellas. Martina Wafe me citaría con ella en el hotel en el que nos alojamos la noche que pasamos juntos.

—Martina, preciosa, te llamaba para saber si tienes planes para esta noche.

—No los tengo, pero si los tuviera, los aplazaría o anularía; no lo dudes. ¿Tenías pensado algo?

—Una cena en la terraza de una habitación de hotel, un buen vino y…

—Y un buen postre. Dime la hora y el lugar y allí estaré.

—No tengo que decirte lo que me gusta que lleves puesto, ¿verdad?

—Por supuesto que no, lo sé y tengo el atuendo ideal para esta noche. Tan solo te pido que me dejes llegar antes que tú, porque no lo podré llevar puesto de casa, o terminarían encerrándome por escándalo público.

Fue decirme eso e imaginármela con cualquiera de los modelitos con los que salía en las revistas, y mi miembro se alegró en demasía. No era una mujer con la que se pudiera tener una conversación medio decente, pero en la cama era una fiera.

No tan fiera como Ingrid, que me demostró que podía dejar la vergüenza a un lado y disfrutar de todas y cada una de mis caricias sin reservas, pero bueno, ella ya no estaba y Martina sí que estaría.

Quedé con ella a las nueve, pero le dije que la habitación estaría reservada desde las ocho, por si necesitaba más tiempo para ella, y que yo llegaría con puntualidad; no quería perder el tiempo en chorradas.

Cuando reservé la habitación, pedí también que nos tuvieran una cena fría preparada para el momento en el que la pidiéramos; no quería que la subieran mientras que estuviéramos ocupados en otros asuntos.

Entré en mi casa, me di una ducha y empecé a arreglarme para la cena. Sabía que estaba cometiendo el mayor error de mi vida, pero cuando se comete uno para olvidar otro, todo daba igual, o al menos así lo pensaba.

Salí sin tenerlas todas conmigo, porque sabía que, en el momento en el que le dijera a Alberto que había pasado la noche con Martina, y que había sido yo el que la había llamado, como mínimo, me diría que era un imbécil.

Sin saber cómo, llegué al hotel; lo hice dando un paseo para no llegar antes de tiempo a la habitación y que Martina no hubiera terminado de preparar todo y se enfadara por no cumplir con mi palabra.

Llegada la hora en la que le dije que estaría allí, entré en la habitación con la otra tarjeta, que pedí en la recepción antes de subir, y me la encontré allí, con un conjunto de lo más sensual que había visto en mi vida.

—Vaya, ¿eres real o eres producto de la inteligencia artificial?

—Soy real, chico, de carne y hueso, y puedes tocar todo lo que quieras; para asegurarte, me refiero.

—¿Sí? Pues ven aquí que quiero comprobarlo; además, también quiero saber si sabes hacer alguna que otra cosa.

Se fue acercando a mí como una gata salvaje, hasta hacer que mi deseo por ella superara cualquier expectativa, y me lancé a su boca como si no hubiera un mañana, haciendo que nuestros dientes chocaran, que nuestras lenguas se enredaran buscando excitar todavía más al otro.

El conjunto de lencería que llevaba terminó hecho girones, pues se lo arranqué jalando con todas mis fuerzas, y haciendo que sus gemidos me volvieran loco. Era ella a la que tenía entre mis brazos, pero Ingrid era la que habitaba en mi cabeza.