Capítulo 14
Ingrid
—¿Se puede saber dónde coño te has metido? —Dijo mi hermana.
—Ingrid, no has contestado ni al teléfono, por Dios, casi nos da algo —añadió Lau.
—Bueno, vamos a tranquilizarnos, que esto no le viene bien a nadie, empezando por el bebé y terminando por todos y cada uno de nosotros —aconsejó Mario, con toda la razón del mundo.
—Os pido perdón, lo siento de verdad, pero es que necesitaba estar sola y me vine dando un paseo —respondí.
—¿Un paseo de seis horas? Por Dios, Ingrid, que casi me da un infarto cuando iban pasando las horas y no estabas aquí —dijo mi hermana.
Las lágrimas acudieron a sus ojos y os prometo que fue el pistoletazo de salida para las mías. Nos abrazamos las dos, llorando a lágrima viva, hasta que ambas vaciamos nuestras penas.
Cuando nos separamos, Mario me ofreció hablar con Alberto y que me dieran un trabajo en la cadena, pero sería lo mismo, porque seguiría trabajando para él, y eso no era lo que quería.
—No, Mario, te lo agradezco de corazón, pero sería lo mismo y estaría bajo su yugo.
—No es lo mismo, Ingrid; Neizan no va por allí para nada.
—Da igual que no vaya; es su empresa, al igual que la revista. No os preocupéis por mí con lo que me tienen que pagar y lo que me sobró del dinero de mis padres; puedo tirar un par de meses.
—Coge también mi parte —dijo mi hermana.
—Y la mía —añadió Lau.
—No cogeré ninguna de las dos. Tú lo necesitas para el niño y para ti, para vivir. Ya me las apañaré, de verdad. Mañana mismo empiezo a buscar trabajo y veréis cómo, muy pronto, lo consigo.
Nos dimos un abrazo entre las tres, que me supo a gloria y, cuando nos separamos, fui hasta mi habitación, a dejar todo encima del escritorio y coger ropa para darme una ducha.
No me apetecía comer nada, pero llevaba todo el día sin probar bocado, y eso tampoco podía seguir así, o terminaría enfermando, y lo peor de todo sería que lo haría por un hombre que no merecía la pena.
El agua de la ducha no solo sirvió para limpiar mi cuerpo, sino también para limpiar mi alma, pues cuando salí, lo hice mucho más animada y con la clara determinación de que iba a cambiar mi vida y que ya me venían tiempos mejores.
Al llegar al salón, ya mis amigas, junto a sus parejas, habían pedido comida a domicilio. Nada como un buen trozo de pizza para quitarse las penas, como decía mi madre, tan solo que las suyas eran caseras y estas eran de un restaurante italiano.
—Mañana tengo la primera ecografía del bebé y me gustaría que me acompañaras, Ingrid —dijo mi hermana.
—¿De verdad? ¿Voy a poder ver la carita de ese bebé?
—Bueno, tanto como la carita, no lo sé, porque debe ser algo así como un guisante, que tan solo estoy de doce semanas.
—Bueno, pues será el guisante más bonito del mundo.
—Sobre todo si se parece a su madre. A mí también me gustaría poder acompañarte, Valeria —dijo Mario, algo así como con miedo.
—¿Estás seguro? Mira que la prensa puede decir muchísimas cosas…
—Me importa un carajo lo que diga la prensa. Si nos hacen una foto, pues tendré que confirmar que ese bebé es mi hijo.
—¿Cómo vas a decir eso? ¿Estás loco?
—Sí que lo estoy, pero loco por ti. Mira, entiendo que no he sido yo el que ha puesto la semillita en ese vientre, bueno, la he puesto, pero después de que tuviera inquilino…
—¿Quieres dejar de decir tonterías? —Dijo mi hermana, nerviosa.
—No son tonterías; yo no seré su padre biológico, pero, a todos los efectos, seré su padre, el real, porque no te pienso apartar de mi lado, por mucho que me digas.
—Esto es una locura, de verdad. ¿Y si la cosa no sale bien entre nosotros? Es lógico que, después de eso, rechaces al bebé y quedarás como un insensible ante todos, o peor, quedará como que yo he querido engañarte.
—¿Todavía no hemos empezado y ya estás pensando en terminar? Esa no es la actitud, Valeria —le dijo él, tomándoselo a broma.
—Mario, estamos tan acostumbradas a perder que, cuando ganamos, nos enfadamos —le dije, defendiendo la postura de mi hermana.
Era cierto: la vida nos había dado tantos palos que, cuando nos pasaba algo bueno, siempre nos adelantábamos a lo peor, para estar preparadas para cuando sucediera que no nos cogiera desprevenidas.
—Pues ya ha llegado el momento de que ganar sea lo habitual, Valeria. Estoy enamorado de ti y me gustaría que te vinieras a vivir conmigo, como mi pareja y la madre de mi bebé.
—No me lo puedes estar diciendo en serio. ¿Cuánto hace que nos conocemos? ¿Tres días? ¿Cuatro?
—El tiempo da igual cuando sabes que la persona que tienes delante es con la que quieres compartir el resto de tu vida, Valeria. ¿No sientes lo mismo por mí?
—Por supuesto que tengo los mismos sentimientos, pero eso no significa que no tenga miedo, Mario.
—Todos tenemos miedo, pero no por eso vamos a dejar de vivir y de intentarlo.
—¿Qué dirá tu familia cuando se entere de que este bebé no es tuyo?
—No tengo familia, cariño. Mi madre murió hace mucho y mi padre desapareció en cuanto eso ocurrió. Además de que, la opinión de los demás, me trae sin cuidado.
Valeria se levantó y le dio un beso en los labios a su novio, porque sí, eso eran ya y así lo habían hablado, con todos nosotros de testigos. Una sonrisa de lo más sincera se pintó en mis labios, porque era mi niña y se merecía ser feliz.
—¿Eso significa que te vienes a vivir conmigo? —preguntó Mario.
—Sí, pero tendrá que ser dentro de unos días, cuando vea que mi hermana está mejor. No me puedo ir y dejarla así.
—Ah, no, de eso nada. Tú metes ahora mismo tu ropa en la maleta y te largas. Yo necesitaré mi tiempo para estar bien, y no quiero presiones —le contesté.
La cogí del brazo y la llevé hasta la habitación, donde le puse la maleta encima de la cama y empecé a meter su ropa dentro, mientras que Mario reía a carcajadas al ver la cara de miedo que ponía mi hermana.
—Parece que estás deseando que me marche.
—Pues sí, mira, lo estoy deseando, pero porque te mereces ser feliz y vivir una historia bonita.
—¿Y si sale mal?
—Pues si sale mal, las puertas de esta casa siempre estarán abiertas para ti y para mi sobrino, pero no puedes boicotear tu propia felicidad por miedo, cariño.
Mi hermana se abrazó a mí, agradeciéndome el empujón que le había dado. Sabía que era poco tiempo el que hacía que se conocían, pero, como había dicho mi cuñado, si lo tenías claro, el tiempo era algo completamente relativo.
Los acompañé a la puerta y les dije que, a pesar de que me hiciera muchísima ilusión ir con ellos a la primera ecografía del bebé, sabía que tenía que dejarlos solos; ya iría a la próxima.
—Pero… no importa que vengas, Ingrid, de verdad.
—Y yo lo sé, pero quiero que ese momento lo vivas en la intimidad.
—Está bien, pero solo si me prometes que, para la próxima, vendrás conmigo, da igual si Mario puede venir o no.
—Te lo prometo. Eso sí, quiero que, en cuanto que salgáis de la consulta, me enviéis una fotografía de la ecografía del bebé.
—Así lo haremos, Ingrid. Y gracias por todo, pero, en especial, por ponerme delante de mis ojos a la mujer de mi vida. Cuñada, no pienso consentir que tengas ninguna carencia, así que para lo que necesites, aquí estoy.
—Y no sabes cuánto lo valoro, pero saldré adelante y lo haré por mí misma, te lo aseguro.
Cuando todos se fueron y me quedé sola en mi casa, fue el momento exacto en el que me derrumbé. Tenía que levantarme, pero, para que eso ocurriera, debía llegar al fondo, terminar de hundirme, y coger el impulso que necesitaba para salir a flote.
Lloré durante toda la noche, hasta bien entrada la madrugada, que fue cuando el cansancio y el sueño me vencieron, pero me levanté de otra manera muy diferente a con la que me había ido a la cama.
Tenía poco más de treinta años, era guapa y tenía toda la vida por delante para cumplir mi sueño. Por ello, me senté delante del portátil y empecé a enviar correos electrónicos con mi currículo a todas las empresas que ofrecían algún puesto vacante.
Me daba igual de lo que fuera, por eso, no solo envié a las empresas que buscaban recepcionistas o traductoras, sino que también lo hice a las vacantes de limpiadoras, reponedoras y todo lo que encontré.