Capítulo 13
Ingrid
Esa mañana llegué al trabajo con otra manera de pensar. Me iba a costar muchísimo trabajo, lo sabía, pero era eso o no pasaría página en mi puñetera vida, y eso sí que no me lo podía permitir.
Siempre había tenido el sueño de encontrar a un buen hombre, de formar mi propia familia y, con la edad que tenía ya, el tiempo se iba agotando. Tenía que olvidarme de Neizan si quería que se cumpliera.
Esa mañana, en cuanto que entró, me di la vuelta, ni lo miré ni le di los buenos días, como hacía a diario, a pesar de que no me contestara, pero era mi minuto de gloria, como se solía decir.
Lau me miró asombrada; no se creía lo que estaba viendo. No me había dado tiempo de hablar con ella porque había pasado todo el fin de semana con Álvaro y se pensaba que yo había hecho lo mismo con Neizan.
—Dime que esto es porque no queréis que se entere nadie en la empresa.
—Ni él mismo sabe que trabajo aquí, Lau.
—¿Qué me estás contando? Pero si pasasteis la noche juntos, eso como mínimo.
—Sí, pero no tiene nada que ver con lo que estamos hablando.
—¿Cómo que no? Me estás volviendo loca, chica.
Le conté todo lo que había sucedido entre los dos y cómo, al despertarme por la mañana, había desaparecido del mapa, sin un adiós, sin un nos vemos otro día, aunque fuera mentira, y eso era lo que había provocado que yo no quisiera ser la misma de antes.
Lau no sabía qué decirme y, la verdad, agradecí su silencio, porque para decirme cosas que ya sabía, prefería que no me dijeran nada. Un minuto después, y cuando estaba a punto de abrir la boca, apareció Álvaro por la recepción.
—Ingrid, sé que lo que te voy a pedir es mucho, teniendo en cuenta lo que pasó el sábado entre Neizan y tú, pero necesitamos tu ayuda.
—¿Mi ayuda? ¿Qué ha sucedido? Miedo me da nada más que pensarlo.
—Verás…
Álvaro me contó lo que había pasado con la traductora y el dinero que ofrecía Neizan si era capaz de sacar adelante la reunión que tenía en un par de horas. Lo cierto es que me lo pensé porque ponerme delante de él, después de la noche del sábado, era para hacerlo.
¿El motivo para que aceptara? Sin ninguna duda, lo principal fue el dinero que me ofrecían. Esa cantidad me sacaría de muchos apuros, además de poder ayudar a mi hermana a comprar las cosas del bebé.
La segunda, pero no menos importante, porque una parte de mí me decía que tenía que ponerme frente a frente con él, que me viera, por una vez en su vida, con el uniforme, y que supiera quién era en realidad.
Álvaro me acompañó arriba, y al salir del ascensor, el chico de mi amiga me dijo algo para relajarme, y me provocó una carcajada que sabía que la iba a reconocer, pero me dio igual.
Respiré hondo y encaminé mis pasos hacia su despacho, aunque lo que no sabía era que también lo estaba haciendo hasta mi final en esa empresa.
El momento en que me tuvo delante fue el más surrealista que había vivido en mi vida. Mandaba cojones de que, encima, el ofendido fuera él, cuando había sido yo la ignorada durante tantos años, cuando había sido a mí, a la que habían dejado tirada en la habitación de un hotel.
Tuvimos más que palabras, algunas que me hirieron muchísimo, pero no se lo iba a demostrar. Llevaba muchos años ocultando mis sentimientos; por un día más, no iba a morir. Ya lloraría después, en mi casa, a solas y sin que nadie se enterara.
En un momento dado, eran tantos los reproches personales que me estaba haciendo que hasta Álvaro tuvo miedo de que yo me echara atrás y la reunión se fuera al garete, y así se lo hizo saber a su jefe, a nuestro jefe, que también le vio las orejas al lobo.
—Hablaremos de todo esto en cuanto terminemos la reunión.
—Yo no tengo nada que hablar con usted que no sea de trabajo, señor Maldonado. Y ahora, si es usted tan amable de indicarme el lugar de la reunión, se lo agradecería.
Con esas palabras le demostré que mi postura estaba tan clara como la de él. En su mirada vi la determinación de encontrar cualquier resquicio en mi manera de trabajar para echarme de la empresa, pero me adelantaría yo antes; eso ya estaba decidido.
Entramos a la reunión y le demostré mi profesionalidad, incluso cuando la negociación se quedó estancada y tuve que intervenir, haciendo creer a la otra parte que había sido un error de interpretación por mi parte.
—Gracias, Ingrid, no lo hubiéramos conseguido si no fuera por ti —me dijo Álvaro.
—Ha sido trabajo, nada más. Si no hubiera sido yo, habría sido otra —le contesté.
Dicho esto, me levanté de la silla, miré a Neizan a la cara y me antepuse a lo que él tenía pensado, demostrándole que, por mucho que me hiciera falta, por mucho que fuera un trabajo que me gustaba, mi orgullo estaba por encima de todo, y no iba a permitir que me pisoteara nadie.
—Señor Maldonado, a partir de este momento presento mi renuncia a mi puesto de recepcionista.
—Ingrid, no puedes hacer eso. Llevas aquí muchos años —me dijo Álvaro.
—Y por eso mismo, se le pagará hasta el último céntimo en su finiquito —le respondió.
¡Ahí estaba, premio para la señorita! Con todo el descaro del mundo, con esas palabras que soltó, destapó sus verdaderas intenciones. No fui capaz de mirarlo de nuevo a la cara; eso sí, no quería su dinero; ese no había sido el motivo por el que yo había estado con él, y así se lo dije.
—No me pertenece nada; soy yo la que me marcho y no usted el que me despide. Tan solo quiero mi salario hasta el día de hoy y la cantidad que se le abona a la traductora. Toda cantidad que me ingresen por encima de eso será devuelta de manera inmediata.
—Ingrid, no hagas eso, de verdad. Todos sabemos aquí el motivo por el que te marchas y que, tarde o temprano, iba a suceder —me dijo Álvaro.
—No hay más que hablar, Álvaro. Ahora mismo, recojo mis cosas y me marcho.
Salí de allí con la cabeza muy alta, pero con el corazón en los pies, destrozado y pisoteado.
Ahora tenía que buscar otro trabajo y en eso me enfocaría.
De lo que fuera, pues lo necesitábamos para poder comer y pagar, ya que con el sueldo de Lau no nos llegaría y mi hermana tenía sus propios problemas.
Neizan ni siquiera me miró; no fue capaz de pedirme que me quedara, pero claro, qué ilusa de mí, cómo iba a hacer eso si yo le había puesto en bandeja la solución a sus problemas.
Cuando llegué a la recepción, Lau me esperaba con una mezcla de miedo y expectativas, pero que se quedarían en decepción y enfado en cuanto que le conté lo que había sucedido ahí arriba.
—No me puedo creer que te haya dicho eso, Ingrid.
—Pues sí, y por eso, lo mejor es que me marche.
—¿Cómo vas a hacer eso? Ese dinero lo necesitas para vivir.
—Pues ya encontraré otro trabajo, Lau. En cuanto termine de recoger mis cosas, subiré a Recursos Humanos a firmar mi renuncia y a que me den el cheque.
—Si lo tienes tan claro, ya nos apañaremos con el tema económico. Como si tenemos que comer macarrones todos los días.
Mi amiga era así y me dio un abrazo de esos que llegan al alma e intentan repararla, aunque, en esta ocasión, lo tenía muy jodido; estaba claro. Era difícil, y mucho, pero no sería imposible, no si yo lo ponía de mi parte.
Subí a Recursos Humanos y dejé firmado todo. La chica me aseguró que, en menos de una hora, en cuanto el señor Maldonado firmara la transferencia, tendría mi dinero en la cuenta.
Os prometo que todo el tema del dinero, en este momento, me daba exactamente lo mismo; lo único que quería era salir de allí, irme a casa y poder desahogarme sola y a gusto.
Cuando bajé, no había nadie en la recepción, y eso me tranquilizó, pues no tendría que volver a ver la cara de compasión de nadie; no era lo que necesitaba en estos momentos, y por eso me fui sin avisarlos.
Podría haber cogido el metro o un taxi, pero no quería; necesitaba respirar y, por eso, decidí irme dando un paseo, a pesar del calor que ya empezaba a notarse.
No os puedo decir ni por las calles por las que paseé, ni el tiempo que tardé; lo que sí sé es que, cuando llegué a casa, ya era casi de noche y todo el mundo estaba en mi casa, bastante asustados.