Capítulo 12
Neizan
Había pasado una de las mejores noches de mi vida, pero eso no significaba que fuera a atarme a una sola mujer. Lo cierto es que no confiaba en ninguna; casi todas las que se habían acercado a mí, con las que inicié algo más en serio, lo hicieron por mi dinero.
De Ingrid no sabía casi nada y, por eso, no me pensaba arriesgar a llevarme otro desengaño; el cupo de desastres amorosos ya lo tenía cubierto y no pensaba poner en juego mi corazón ni una vez más.
Por eso, en cuanto que Ingrid se quedó dormida, salí de la cama, me vestí y puse rumbo a mi casa. No sabía ni la hora que era, pero me daba igual, al día siguiente no tenía por qué salir de mi casa y podía descansar.
Sé que dije que no tenía intención de sacarla de mi cama en todo el fin de semana, pero mis intenciones cambiaron en el mismo momento en el que descubrí que esa mujer me podía volver loco, y no en el mejor sentido de la palabra, precisamente.
Me gustaba físicamente; era una mujer de bandera y eso era innegable, pero cuando empecé a hablar con ella, cuando me contó que hablaba varios idiomas, descubrí que eso me gustaba aún más.
El domingo lo pasé tirado en el salón, con el aire acondicionado puesto y viendo una de las series que empecé y que no pude terminar por razones de trabajo y cansancio.
No tuve noticias de Alberto en todo el día; lo que quería decir era que le había ido de maravilla con la mujer a la que conquistó durante la fiesta y que era una de las mejores modelos que había en el país.
En cuanto que me acosté, la imagen de Ingrid mientras que tenía sexo conmigo acudió a mi cabeza, y me costó conciliar el sueño. No le había pedido su número de teléfono, pero bueno, eso no me sería difícil de encontrar, pues Mario y yo habíamos vuelto a retomar nuestra amistad.
Lunes, y vuelta a la rutina, había quedado para comer con Alberto, pues tenía que comentarme algo sobre los nuevos programas y el equipo que tendríamos que contratar. Sobre la mesa, tenía varios contratos de publicidad que tenía pendientes, y que miraría en cuanto que llegara.
Entré en la oficina y me sorprendió que nadie me diera los buenos días, como hacían a diario, pero tampoco le di mucha importancia, pues pensé que ya se habrían cansado de no obtener respuesta por mi parte.
—Manuela, necesito los contratos de publicidad que hay pendientes.
—Ahora mismo, señor Maldonado. Le recuerdo que a las doce tiene la reunión con los empresarios chinos.
—Sí, lo sé, supongo que ya habrás avisado a la traductora, ¿me equivoco?
—No, no se equivoca. Está avisada desde el viernes y supongo que llegará de un momento a otro. Sabe que le gusta programar bien todas las reuniones.
—En cuanto que llegue, me avisa, por favor.
—Pierda cuidado, que hago como siempre.
—Gracias, Manuela.
—Es mi trabajo, señor Maldonado.
Entré en mi despacho y, por un momento, estuve tentado de llamar a Mario y pedirle el número de teléfono de Ingrid, pero me contuve; no debía hacerlo.
Álvaro, el jefe de redacción, llegó para avisarme de que ya tenía nueva secretaria y le dije que subiera; tendría que conocerla para futuras reuniones con él.
—Me gustaría que viniera; así la conozco.
—Está bien, dame diez minutos y la traigo.
—No tardes mucho, por favor, que tengo una reunión con China a las doce y estoy esperando a la traductora.
—Enseguida subo, no te preocupes.
Álvaro salió de mi despacho en dirección al suyo para traer a su nueva secretaria. Mientras, recibí una llamada de Alberto, esa que contesté de inmediato, porque no era normal que me llamara a estas horas.
—Hola, amigo mío.
—¿Ocurre algo?
—Sí, pero no es nada malo, más bien todo lo contrario.
—Pues cuéntamelo y me sacas de dudas.
Alberto me contó que había recibido una llamada de una importante productora que quería firmar con nosotros un contrato millonario, en el que se incluían varios programas de formato de máxima audiencia, que nos reportarían muchísimos beneficios.
Me encontraba hablando con Alberto cuando llegó Álvaro, con su nueva secretaria. Era una chica de unos veintipocos años, bastante guapa, la verdad, y que tenía una formación muy completa, sobre todo para la edad que tenía.
Se la veía muy predispuesta, y cuando le dije que si podía echarle un vistazo a uno de los contratos, se fijó en un detalle del que ninguno de nosotros se había dado cuenta, y eso me dijo lo eficiente que era.
—Señor Maldonado, aquí hay un error que podría costarle mucho dinero.
—¿De qué habla, señorita Valeria?
—Justo aquí, en esta cláusula, no se han incluido los costes de la impresión, con lo cual el beneficio sería mucho menor.
—Tiene razón y ninguno nos habíamos percatado de eso. Gracias, Valeria.
Llamé a Manuela, mi secretaria, y le indiqué lo que nos había dicho Valeria. Se puso roja como un tomate porque era ella la que tendría que haberse fijado, pero lo que más me gustó de esa chica es que se giró hacia ella y, en vez de hacerse valer por encima de mi secretaria, la animó.
—Tranquila, mujer, que todos cometemos errores y es normal, teniendo en cuenta el volumen de contratos que manejas.
—Ya, pero eso no es de recibo, no después de tanto tiempo…
—Manuela, no se preocupe, no pasa nada. Lo único que tienes que hacer es revisar con más precisión los próximos contratos y, si tienes alguna duda, estoy seguro de que Valeria la podría ayudar —les dije, y ambas asintieron.
La hora de la reunión se iba acercando y la traductora no llegaba y estaba empezando a ponerme un poquito nervioso. Valeria y Manuela seguían allí, repasando uno por uno todos los contratos pendientes, cuando el teléfono de mi secretaria empezó a sonar.
—No puede ser, señorita Chon; nos aseguró que estaría aquí.
No sabía qué era lo que estaba pasando, así que me levanté y me dirigí hasta su escritorio, justo en el momento en el que colgaba el teléfono. La miré a los ojos, esperando a que me contara lo que ocurría, cuando la escuché respirar profundamente.
—Manuela, ¿es usted tan amable de decirme qué es lo que sucede?
—La traductora, la señorita Chon, que me acaba de decir que el trabajo anterior al nuestro se ha alargado más de la cuenta y no llegará a tiempo.
—No me lo puede decir en serio. ¿Qué hacemos ahora? Dios, tendré que retrasar la reunión, con lo que me ha costado poder conseguirla. Joder, ¿de dónde saco yo ahora otra traductora?
—Puedo intentar buscar una, señor Maldonado, pero no creo que pueda llegar a tiempo; al menos, tendremos que retrasar la reunión un par de horas…
—No vuelvo a contratarla más; esa mujer es muy poco profesional…
Vi cómo Valeria estaba cavilando algo, como si no se atreviera a decirlo, no sé si por miedo o por cualquier otra razón, pero justo cuando iba a preguntarle, se atrevió a abrir la boca.
—Señor Maldonado, quizás me esté metiendo en algo que no me importa, pero…
—Hable, señorita Valeria, si me soluciona esta papeleta, le juro que le subo el sueldo y le doy un buen incentivo económico.
—Lo mismo y mi hermana me mata, pero ella domina perfectamente el chino, además de otros idiomas, podría intentar llamarla...
—Si acepta y está aquí en menos de una hora, le pago cinco mil euros más que lo que le pago a la otra traductora.
—¿En menos de una hora? Si acepta, no tardaría ni cinco minutos. Trabaja en esta empresa.
—¿Tengo una traductora entre mis empleados y no lo sabía?
—Bueno, ella no es traductora, es recepcionista, pero habla a la perfección varios idiomas, el único problema es…
—Déjame a mí, Valeria; yo bajaré y hablaré con ella —dijo Álvaro, y ella asintió.
Mi jefe de redacción salió del despacho y una cosa me vino a la cabeza. Si hubiera tenido el teléfono de Ingrid, la podría haber llamado y pedirle que me echara una mano. Por ello, en cuanto que resolviera todo esto, iba a ponerme en contacto con Mario para que me lo facilitara.
No era buen fisonomista; no me solía quedar con las caras de las personas, al menos de las que no me interesaban, pero la de Valeria me sonaba, y mucho, aunque no podría decir de qué.
Iba a preguntarle si nos habíamos visto antes cuando una risa al salir del ascensor hizo que girara mi cabeza por completo. Esa risa la reconocería entre un millón de ellas, pero no podía ser; mi mente me estaría jugando una mala pasada.
Me levanté de mi sillón como si tuviera un resorte en el trasero, pero no me dio tiempo a salir del despacho cuando entraron Álvaro y esa recepcionista, que, al levantar la vista, vi que se trataba de ella.
—¿Qué haces tú aquí, y con el uniforme de mi empresa?
—Trabajo aquí, soy una de las recepcionistas y, al parecer, se requieren mis servicios para una traducción.
—No me lo puedo creer, de verdad que no. Todo esto es surrealista y, te aseguro que, si tuviera tiempo de buscar a otra persona para hacer este trabajo, no dudes de que lo haría.
—Si no me quieres aquí, puedo marcharme y volver a ser invisible, como lo he sido todos estos años.
—¿Encima me vas a hacer sentir culpable?
—No quiero que te sientas de ninguna manera. Estoy aquí para trabajar, porque me hace falta ese dinero que has prometido pagarme, nada más.
—Esto no se va a quedar aquí, te lo prometo. Me has engañado y he caído como un idiota. ¿Por eso me has buscado? ¿Por qué tenías problemas económicos?
—Yo no he engañado a nadie ni he buscado a ningún hombre; te recuerdo que fuiste tú quién se acercó a mí.
—No le he dado permiso para que me tutee. Seguiré siendo el señor Maldonado, señorita Ingrid.
—Neizan, te recuerdo que la necesitamos; no tendrías por qué hablarle de este modo —me dijo Álvaro.
Me mantuve en silencio; no quise decirle nada más para que no se arrepintiera, pero mi lengua iba por delante de mi cabeza, y eso nunca traía nada bueno.
—Hablaremos de todo esto en cuanto terminemos la reunión.
—Yo no tengo nada que hablar con usted que no sea de trabajo, señor Maldonado. Y ahora, si es usted tan amable de indicarme el lugar de la reunión, se lo agradecería.
Me estaba demostrando que tenía más clase y orgullo que yo, pero me había mentido y eso no podría olvidarlo en mil vidas. No la quería cerca de mí; no podía mirarla a los ojos y hacer como si no la viera.
Entramos en la sala de reuniones, donde ya estaba la pantalla gigante preparada para conectar con los chinos. La profesionalidad con la que Ingrid estaba trabajando me dejó completamente asombrado.
Si no llega a ser por ella, la reunión hubiera sido un fracaso, porque, además de traducir todo lo que decíamos, suavizó el asunto en gran medida, sobre todo en el momento en el que se estancaron las negociaciones y ella intervino para salir de allí.
En cuanto que terminó la reunión, Ingrid se levantó, me miró y me dijo algo que me dejó chafado, pero que pensé que sería lo mejor para ambos, al menos de momento.
—Señor Maldonado, a partir de este momento presento mi renuncia a mi puesto de recepcionista.
—Ingrid, no puedes hacer eso. Llevas aquí muchos años —dijo Álvaro.
—Y por eso mismo, se le pagará hasta el último céntimo en su finiquito.
Lo sé, soy gilipollas, pero no podía hacer otra cosa que eso.