El CEO de mis sueños Capítulo 11
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Capítulo 11

Ingrid

No habíamos parado en toda la noche y, cuando nos quedamos dormidos, era bien entrada la madrugada.

No os voy a decir que estuviéramos haciendo el amor, porque, aunque mis sentimientos eran claros desde el primer momento, también lo era el hecho de que él no sentía por mí nada más que atracción física.

Cuando me desperté, la luz que entraba por la ventana me decía que era ya pasado el mediodía. Toqué su lado de la cama y estaba demasiado frío, tanto como para saber que se había marchado ya hacía bastante tiempo.

Lo sabía y lo tenía asumido desde antes de que subiéramos a la habitación, pero eso no significaba que no estuviera decepcionada. Bueno, no creo que esa sea la palabra adecuada, quizás desilusionada, desencantada… no lo sé.

Y no era porque esto se hubiera quedado aquí, sino porque me hubiera gustado que se despidiera antes de marcharse, que me dijera algo, lo que fuera, pero eso no había sucedido.

Me metí en el baño, con todas las imágenes de la noche en mi cabeza, me lavé la cara para quitarme los restos del maquillaje, me volví a colocar el vestido de la noche anterior y me recogí el cabello en una coleta antes de salir de la habitación.

Eché un último vistazo a la estancia antes de cerrar la puerta definitivamente, para ver si se me había olvidado algo o a Neizan, y tener la excusa perfecta para plantarme delante de él y decirle quién era en realidad.

Bajé a la recepción para entregar la tarjeta de la habitación y preguntar si había algo pendiente, esperaba que no, porque una noche en este hotel sería como la mitad de mi sueldo mensual.

Por suerte, Neizan había dejado todo abonado, incluso había encargado un desayuno completo, que anulé, porque no me apetecía sentarme a comer en el restaurante de un hotel, sola y con un vestido de noche. Era como si le estuviera diciendo a todo el mundo lo que había sucedido.

Todavía me quedaba dinero del que me habían enviado mis padres; por eso desistí de ir en metro o en autobús y le pedí a la chica de la recepción que me llamara un taxi. Me moría por llegar a casa.

Veinte minutos después, ya estaba abriendo la puerta de mi hogar, de mi zona de confort, y no veía el momento de quedarme ahí, de recomponerme y volver a mi vida diaria.

Nada más entrar, ahí estaba mi hermana, en pijama, entre fogones, preparando la comida del día de hoy, pero en cuanto que me vio, puso el fuego al mínimo y se vino corriendo a mi lado.

—Ay, hermanita, Mario es un hombre excepcional.

—Me alegro de que hayas visto al verdadero Mario, al que hay detrás del presentador.

—Ha quedado en venir a comer hoy con nosotras.

—¿Aquí? Valeria, creo que esto está, no sé cómo decirlo…

—¿Intentas decirme que no está a la altura de un hombre como Mario? Es curioso que seas tú, la que dices que hay un hombre sencillo detrás de la fama.

—No quería decir eso, pero me resulta extraño ver a un hombre como Mario Antúnez sentado a nuestra mesa, en un barrio humilde como el nuestro.

—Ingrid, a Mario no le importa el barrio ni le importa la comida, tan solo quiere pasar un día conmigo, en mi casa, y continuar con la conversación que empezamos ayer.

—Lo siento, mi vida. Es cierto que no todos los hombres son como el señor Maldonado.

—¿Tan mal te ha ido la noche?

—¿Mal? No podía haber sido más perfecta y ese es el problema.

—¿Por qué tiene que ser un problema?

—Porque cuando llegue el lunes, volverá a ignorarme como ha hecho siempre. Soy una simple recepcionista. ¿Crees que se fijará en mí?

—Ya lo ha hecho; no sería nada nuevo.

—Sí, pero lo ha hecho en otras condiciones, con un vestido que no podría pagar ni en mil vidas, y pensando que soy algo así como una alta ejecutiva.

—No pienses eso, Ingrid; eres preciosa y vales mucho, de verdad.

—Bueno, me voy a dar una ducha, me cambio y ahora mismo te ayudo; me vendrá bien dejar la mente en blanco y entretenerme.

No le di a mi hermana la opción de contestarme nada, y entré en el pasillo que llevaba hasta mi habitación, en la que preparé mi ropa antes de entrar en el baño. Necesitaba notar el agua caer por mi piel y que me quitara la sensación tan fea que tenía encima.

Cuando las primeras gotas cayeron sobre mi cabeza, también lo hicieron mis lágrimas sobre mis mejillas. Ahora entendía que no lo debería de haber hecho, que debí seguir soñando con ese momento, considerándolo un amor platónico e inalcanzable.

Os estaréis preguntando por qué pensaba eso ahora, pero está muy claro: si no lo hubiera probado, si no hubiera comprobado cómo sabía su piel, no querría repetirlo; no querría saber lo que era pasear de su mano y pasar todas las noches de mi vida junto a él.

Me sequé las lágrimas, además de la piel y el cabello, me vestí con una de las camisetas largas que utilizaba para estar en casa y salí para ayudar a mi hermana en la cocina.

Además de la comida de hoy, también iba a dejar lista la de toda la semana, pues no me gustaba llegar de trabajar y tener que meterme en la cocina; lo hacía nada más que cuando se trataba de ensalada o filetes a la plancha.

—¿Estás mejor?

—No te preocupes, cariño, lo estaré en cuanto que me olvide de ese hombre.

—¿Olvidarte? La Ingrid que salió del pueblo no era una cobarde, así que no entiendo esa frase que has soltado.

—La Ingrid que salió del pueblo era una ingenua. La de ahora, si quiere ser feliz, tendrá que olvidar a ese hombre.

Mi hermana estaba dispuesta a hablar, pero llamaron al telefonillo en ese momento y empezó a ponerse nerviosa. Era Mario, así que la envié a la habitación para que se quitara el pijama.

No es que se fuera a poner ahora un vestido de noche, ni mucho menos, pero sí haría igual que yo: ponerse una camiseta de las largas que utilizábamos para estar en casa. No habíamos hablado de lo que pasó entre ellos anoche, pero me enteraría pronto.

Fui a abrir la puerta para que pasara Mario, que salía ahora mismo del ascensor. En cuanto nos vimos, una sonrisa apareció en nuestros rostros, aunque la mía era un tanto melancólica.

—Te lo advertí, Ingrid; te dije que no te enamoraras de él.

—Demasiado tarde, amigo, ya lo estaba antes de que ni siquiera me mirara.

—Entonces, recuerda el momento y sigue adelante, amiga; será lo mejor.

—Eso es lo que voy a intentar, pero no sé si llegaré a conseguirlo.

En ese momento, salió mi hermana de la habitación, recogiéndose el pelo en una coleta y levantándose su camiseta hasta la mitad del muslo. Mario la miró como un niño mira sus juguetes el día de Reyes y esa reacción me gustó mucho.

No era solo deseo; tras esa mirada había mucho más. Había admiración, había ilusión, pero también había determinación, la que solían tener los hombres que estaban decididos a luchar por lo que querían.

—No se puede estar más bonita que tú, sin despreciar a tu hermana, por supuesto —le dijo Mario.

—Ay, chico, su hermana tiene ojos en la cara; no te preocupes.

—Venga, vamos a sentarnos, que ya está la comida —dijo mi hermana, intentando cambiar de tema.

—Sí, que, en cuanto que terminemos de comer, yo me marcho a mi habitación, que vosotros tenéis mucho de lo que hablar y yo mucho que dormir, que estoy agotada.

Tanto uno como el otro me miraron con la ceja arqueada, como si quisieran decirme que eso no me lo creía ni yo, pero bueno, era mi decisión y pensaba hacer lo que había dicho.

Durante la comida, Mario le dejó claro a mi hermana que el tema del bebé no le importaba y que, si era necesario, él mismo lo adoptaría en cuanto que naciera y le daría sus apellidos.

—Eso dice mucho de ti como hombre, Mario, pero no quiero que estés conmigo porque me veas como una mujer desvalida y sola a mis veintitrés años.

—No lo hago por eso. Si estoy contigo, es porque desde el momento en el que te vi salir de este portal fue como si viera a un ángel, uno que me cautivó desde el primer momento.

—No me puedes decir eso, Mario, por mi salud mental.

—Claro que puedo; de hecho, lo acabo de hacer. No te voy a decir que estoy enamorado, porque es muy pronto, pero sí que me gustas muchísimo.

Valeria agachó la cabeza, completamente avergonzada, y decidí que era el momento de marcharme y dejarlos a solas. En vez de meterme en mi habitación, lo que hice fue vestirme e irme a la calle.

Me iría a tomar un café o al cine, quizás así pudiera quitarme de la cabeza a ese hombre que me traía loca, lo mismo, y conocía a alguien que me hiciera olvidarlo para siempre, aunque no creía, pues estaba demasiado metido en mi corazón.

Me fui alejando de mi casa, pero no mucho, y llegué hasta una cafetería cercana, donde me senté en la terraza, pedí un café con hielo y encendí un cigarrillo.

Junto a mí había una señora de lo más elegante, pero se veía que era amable por la manera de hablarles a los camareros. No era la típica persona adinerada que era altiva y trataba a todos por encima del hombro.

—Estás sola y tienes la cara triste. ¿Necesitas hablar con alguien?

—Pues, siendo sincera, lo mismo y me vendría bien tener el punto de vista de otra persona ajena a mi entorno.

—¿Te importa si me siento contigo?

—Para nada, sería todo un honor. Yo soy Ingrid.

—Mi nombre es Cristina, encantada. Ahora, cuéntame eso que te entristece o te atormenta.

Nos dimos dos besos; nos pedimos dos cafés y dos croissants. Estuve como dos minutos en completo silencio, mientras que Cristina me miraba sin decir nada, hasta que encontré el valor suficiente como para empezarle a contar mi historia.

Cristina me escuchó, en silencio, como si estuviera analizando todas y cada una de mis palabras, hasta que terminé. Por supuesto, ni di nombres personales ni le di el de la empresa en la que ambos trabajábamos; eso se quedaba para mí.

—Dicen que la edad da experiencia y, aunque no soy demasiado vieja, sí que tengo experiencia suficiente.

—¿Vieja? Pero si estás estupenda, por favor.

—Bueno, podría estar mejor, pero eso no es lo que nos está ocupando ahora…

Cristina me dio su punto de vista y me dijo que lo dejara pasar, que ni siquiera le diera los buenos días cuando él entrara, que aprendiera a mirar primero por mí, que el tiempo pondría todo en su sitio.

—Me ha encantado charlar contigo, Ingrid.

—A mí también me ha gustado mucho, Cristina.

—¿Te importaría si quedáramos otro día? Quizás yo también te cuente mi historia.

—Me encantaría que así fuera, Cristina. Toma, apunta mi número de teléfono y me llamas cuando quieras.

Decidimos que nos íbamos a tutear desde el primer momento en el que nos sentamos. La sentí tan cercana como a una madre y me dio los mismos consejos que me podría haber dado la mujer que me parió.

Nos dimos dos besos para despedirnos y cada una cogió para una parte. Yo, de camino a mi casa, con las ideas un poquito más claras, mientras que Cristina paró un taxi para ir donde quiera que tuviera que ir.

Al llegar a mi casa, estaba en completo silencio; no había nadie en ella, tan solo una nota en el imán de la cocina; era de mi hermana y decía que nos veríamos mañana en el trabajo.