El CEO de mis sueños Capítulo 10
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Capítulo 10

Ingrid

—Pensé que no llegaba nunca.

—Es normal que lo quieran felicitar; es una compra muy importante.

—No lo voy a llevar yo; demasiado tengo ya con la revista. La cadena la dirigirá mi socio, Alberto.

—Espero que las rencillas entre Mario y tú no sirvan de excusa para despedirlo; es un buen presentador.

—¿Cómo sabes lo que hay entre él y yo?

—Soy muy observadora y, cuando te acercaste a nosotros, la tensión se podía cortar con un cuchillo, así que le pregunté.

—¿Se puede saber qué fue lo que te contó? Porque, digo yo, que tendrás que escuchar las dos versiones.

—No me dijo nada en concreto, tan solo que teníais una historia que, siendo sincero, él ya la había olvidado.

—Pues espero que no haya mentido, porque me encantaría que nos pudiéramos sentar a tomar algo, algún día.

—Eso es muy sencillo: que se siente en nuestra misma mesa; está ahí, con mi hermana.

—Tienes razón, siempre y cuando me garantices que no me vas a cambiar por él, porque no lo soportaría.

—Digamos que él tiene toda su atención puesta en mi hermana y a mí me parece perfecto.

—Pues, si a ti te parece perfecto, no te puedes imaginar lo que me parece a mí.

Tal y como se lo dijo, les hizo un gesto a Mario y a mi hermana, así como a Álvaro y a Lau. Antes de entrar en la fiesta, les advertí a todos que no dijeran que trabajábamos en la revista, ninguna de las tres, y, aunque Álvaro no sabía el motivo, prometió que no diría nada.

Nos sentamos todos a la misma mesa, igual que Alberto y la chica que venía con él, que era una modelo que salía muy a menudo en todas las revistas, y que me dio una inseguridad que no sabía que tenía.

Pero esa inseguridad me duró poco, pues Neizan no le dirigió la palabra en toda la noche, por mucho que ella insistiera. Me parecía a mí que esos dos habían compartido a esa mujer en muchas ocasiones, por lo que ella había insinuado.

Empezaba a sentirme incómoda con tanta preguntita de esa mujer, que si a qué me dedicaba, porque cuerpo de modelo no tenía, que sí cuando había conocido a Neizan, que si en qué parte de Madrid vivía…

—Chica, ¿me estás haciendo una entrevista de trabajo? Porque el currículo no lo traigo en el bolso, se me olvidó en casa —le dije, y Neizan soltó una carcajada.

—Me encantas, Ingrid; te lo juro. Ha sido el corte más ingenioso que se le puede dar a alguien —me respondió.

—Te lo he dicho antes: Ingrid no conoce la hipocresía ni el filtro; ella lo suelta tal y como lo piensa. Y, en este mundo, es muy difícil de encontrar —le explicó Mario, como si hubieran enterrado el hacha de guerra.

—Que me lo digan a mí, que todos son adulaciones, y esta mujer no me ha dicho ni una sola vez que le gusta mi pelo o que estoy muy elegante hoy —respondió Neizan.

—Es que lo evidente no hace falta decirlo; sería algo así como una redundancia.

Terminamos de cenar entre risas y bromas y llegó la hora de ir al salón de baile. Neizan no se separó de mi lado hasta que tuve que ir al baño, al que me acompañó mi hermana, pues Lau y Álvaro ya se habían marchado.

—Ingrid, Mario es un hombre increíble.

—¿Le has contado ya lo de tu embarazo?

—No, no me he atrevido; me da tanto miedo de que no me vuelva a mirar de la manera en la que lo hace.

—Confía en él, Valeria; no dejará de mirarte como lo hace; te lo aseguro.

—Y tú, ¿qué tal con el amor de tu vida?

—No me quiero hacer ilusiones. Sé que cuando salga de aquí se olvidará de mí, como lo ha estado haciendo todos estos años.

—Pasa la noche con él, al menos, que te quede ese recuerdo.

—¿Tú la vas a pasar con Mario?

—Si no le digo la verdad, no. No me gustaría que pensara que le quiero endosar el embarazo a él.

—Cuéntaselo y disfruta, cariño, te lo mereces.

Salimos del baño y volvimos al salón, donde ya estaban esperándonos con una copa a las dos. Mi hermana aprovechó ese momento para contarlo, y la cara de Mario fue de absoluto asombro, pero no por el embarazo así, como lo demostró más tarde.

—¿Tienes pareja, Valeria?

—No, Mario, el padre se desentendió de todo en cuanto que se enteró. Es más, me aconsejó que me deshiciera de este embarazo y que siguiera con mi vida.

—Ese es un malnacido; quien reniega de un hijo no quiere a nadie —dijo Neizan, completamente convencido.

—Eso mismo pienso yo. Pero a mí, querida Valeria, cuando me gusta una mujer, me da exactamente lo mismo lo que arrastre de su vida pasada. Y si hay que esperar, se espera, y si hay que correr, se corre; no sé si me he explicado —le dijo Mario a mi hermana.

Valeria lo miró y, contra todo pronóstico, porque ninguno nos lo esperábamos, enmarcó su cara con las manos y le dejó un beso en los labios, que Mario aprovechó para profundizar en él.

Neizan me miró, con una ceja arqueada, mientras que yo lo hacía, pero con una sonrisa en los labios. Mi hermana se merecía a un hombre como él y sabía que, después de esta noche, no se volverían a separar.

—Vaya, los hay con suerte —me dijo.

—Sí, mi hermana es muy bella y tiene un gran corazón.

—No lo dudo ni lo niego, pero no lo decía por ella, sino por él, que ha recibido un beso de la mujer que le gusta.

—Lo mismo hay que echarle un poco de valor al asunto para conseguirlo —le dije, y me arrepentí al instante de haberlo dicho; no quería que pensara que yo haría lo mismo.

Neizan me cogió por la cintura, me pegó a él y me dio un beso de esos que te dejan con las piernas colgando. Ni en mil vidas hubiera soñado con que me diera un beso así, pero tampoco con que me dijera las palabras que escuché a continuación.

—Me gustaría pasar la noche contigo, Ingrid.

Os prometo que me dejó sin palabras; no sabía si decirle que sí y cumplir mi sueño, o decirle que no y arrepentirme luego. Pero, entonces, recordé las palabras que decía siempre mi madre. «Más vale arrepentirse de lo que has hecho, que pensar en lo que habría ocurrido si te hubieras atrevido» .

—Yo también quiero pasar la noche contigo, Neizan.

—Entonces, no se hable más; vayamos a una habitación.

Me cogió de la mano y, sin despedirnos de nadie, entramos en el ascensor. Al parecer lo tenía muy claro que pasaría la noche con alguna mujer, porque ya tenía habitación reservada.

—No es lo que te imaginas: la habitación la reservo siempre que hay fiesta, así no tengo que salir de aquí si he tomado unas copas de más.

—Bien pensado, pero, siendo sincera, no sé si creerte o no.

—Me encanta que no tengas miedo a decirme tus dudas.

—No tengo filtro, lo siento.

—Eso es lo que quiero: que nos sintamos los dos.

Me arrinconó en el fondo del ascensor, y me besó, mientras que sus manos amasaban mis nalgas, pegándome a él para que sintiera la dureza de su miembro en mi vientre bajo.

—Me vuelves loco, Ingrid; te lo aseguro.

—No pares, Neizan, necesito sentirte.

—Aquí no, en la habitación.

Salimos del ascensor y entramos en la habitación. Una vez que se cerró la puerta a nuestras espaldas, se desató la locura entre nosotros, de una manera en la que no os podéis imaginar.

Mi vestido terminó en el suelo, tirado de cualquier manera, al igual que la chaqueta de su esmoquin, la pajarita y el fajín. Me moría por tocar su pecho, por sentir su piel en las palmas de mi mano y por eso, abrí los botones de un tirón.

No sé cuántos saltaron por los aires, pero Neizan soltó una carcajada, que acallé con mis labios, porque ahora fui yo la que lo besé, tirándolo en la cama de un empujón, en la que cayó sentado.

Me subí a su regazo, sentándome a horcajadas, para hacer realidad uno de los muchos sueños que había tenido a lo largo de todos estos años con él, sintiendo su dureza sobre mi sexo.

No sé cómo ni cuándo, pero cuando me di cuenta, ya estábamos los dos completamente desnudos y besando cada rincón de nuestros cuerpos; recorrer su torso con mi boca fue una auténtica locura, al igual que sentir su lengua recorrer mis pechos.

Si eso fue una maravilla, el momento en el que me penetró no pudo ser mejor. Lo hizo de una fuerte embestida, haciendo que un grito de placer saliera de mi garganta.