El CEO de mis sueños Capítulo 9
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Capítulo 9

Ingrid

El sábado de la fiesta, desde por la mañana nos dedicamos a arreglarnos, pues la ocasión lo merecía. Mis padres, al enterarse de que iríamos a una fiesta de ese calibre y sabiendo que saldríamos en los programas del corazón, nos enviaron mil euros a cada una para que no nos faltara detalle.

Pero no solo lo hicieron a nosotros dos, sino que también Lau entró en el lote. No nos sirvió de nada que le dijéramos que ya teníamos los vestidos y demás, porque los enviaron de todas formas.

Lo primero que hicimos fue comprarnos los zapatos, el bolso y los complementos, para después marcharnos a la peluquería, para arreglarnos y maquillarnos para el evento.

Cuando las tres nos vimos ya arregladas y con los vestidos puestos, parecíamos unas de esas mujeres que salían en las revistas, y estaba completamente segura de que no desentonaríamos en esa fiesta.

Mario nos avisó de que el coche ya estaba en la puerta; no que no nos dijo; es que él venía en su interior y me dio muchísima alegría. El momento en el que se fijó en Valeria fue digno de haberlo grabado, al igual que ella cuando se fijó en él.

—¿Quién es esta mujer tan insultantemente bonita? —preguntó, sin dejar de mirarla.

—¿A quién te refieres, a ella o a mí? —contesté, con mucha guasa.

—Tú también eres preciosa, eso es innegable, pero es que ella…

—Ella es mi hermana pequeña, Valeria, que ha venido a quedarse con nosotros.

—Encantado, Valeria, soy Mario. Subid, por favor.

Subimos al coche, pero el presentador no le quitó el ojo de encima a mi hermana durante todo el trayecto y, a ella, la noté de lo más nerviosa. Era evidente que le había gustado, pero también que estaba pendiente de mi reacción.

Cuando nos bajamos y mientras que esperábamos que llegara Lau con Álvaro, me situé al lado de Valeria para dejarle claro que no me interesaba Mario, no de la manera en la que ella se imaginaba; para mí, tan solo era mi amigo.

—Valeria, por mi parte, tienes vía libre con Mario.

—¿Cómo voy a tener vía libre, Ingrid, con un bebé creciendo en mi vientre?

—Cariño, no llevas un cartel en la frente ni nadie te está diciendo que le pidas matrimonio, simplemente, que te dejes querer un poquito.

—No puedo hacer eso; no puedo engañar a nadie, menos a mí misma.

—Pues, díselo en cuanto que se te insinúe y que sea él quien decida.

Entramos a la fiesta cogidas cada una de uno de sus brazos, y con la mejor de las sonrisas, porque nada más atravesar las puertas, la prensa se dedicó a hacernos fotos.

—Señor Antúnez, lo veo muy bien acompañado —dijo una voz que reconocería entre un millón.

—Maldonado. Ya ves, dos amigas, la señorita Ingrid y su hermana, la señorita Valeria —le contestó Mario, sin decir apellidos ni nada por el estilo.

—Señorita Ingrid, ¿me permite que la invite a una copa, por favor? —Se dirigió a mí.

Mario sabía parte de la historia, pero no era consciente de quién era el hombre del que le hablé hasta ese momento. Me quedé sin habla; no sabía ni qué decir; es que ni me atrevía a mirarlo a los ojos.

—Neizan, discúlpanos un momento, enseguida volvemos —le dijo Mario, apartándose conmigo a un lado.

Me miró a los ojos y, antes de hablar, me dejó un abrazo, como solo da un amigo que te está animando a conseguir tus sueños, que no buscaba nada más que tu felicidad.

—No te preocupes por tu hermana, que yo me ocupo. Eso sí, ten mil ojos con Neizan; no es un santo y no quiero que juegue contigo.

—Lo sé; te recuerdo que lo veo todos los días.

—¿No quieres ir a tomar una copa con él?

—Por supuesto que me muero por hacerlo, y algo más que tomar una copa, pero no sé si me saldrán las palabras o quedaré como una necia.

—Eso es imposible; eres la persona más inteligente que tengo el placer de conocer, y eso, una mujer con conversación, es lo que más le puede gustar a ese hombre; te lo aseguro.

—¿Tienes algún problema con él? No sé, os he notado un poquito tirante.

—Digamos que tenemos una historia pendiente, pero, siendo sincero, como que ya la tengo olvidada. Ahora, disfruta de la noche; yo me ocupo de Valeria.

—Mario…

—Dime.

—Ten mucho cuidado con ella: acaba de salir de una relación bastante complicada que le ha dejado, digamos que… una secuela. Pero será mejor que eso te lo cuente ella.

—Lo tendré; me ha gustado muchísimo, creo que te has dado cuenta, y no me importará ir al ritmo que ella necesite.

—Escúchala, cariño, se lo merece.

Me giré y todavía estaba Neizan allí, esperando a que yo le diera una respuesta. Cogí una bocanada de aire para darme fuerzas y encaminé mis pasos hasta donde se encontraba esperando.

—Señor Maldonado. ¿Qué tal si nos tomamos esa copa que me ha propuesto antes?

—¿Solo una? Porque no tengo intención de separarme de usted en toda la noche.

—¿Nos vamos a hablar de usted? Porque entonces me parece que va a ser muy aburrida la noche.

—Para nada, mejor que seamos Neizan e Ingrid. ¿Te parece bien?

—Me parece perfecto.

Neizan me puso la mano en la parte baja de la espalda, que, al llevarla al descubierto, me hizo sentir el calor de la piel contra la piel, y tuve que reprimir un suspiro que se me quedó atorado en la garganta.

Nos dirigimos hasta una de las mesas altas que allí había, mientras que iban pasando camareros con copas y algo de picar, de cuyas bandejas Neizan cogió dos copas de champán, una para cada uno.

—Una copa de champán para abrir boca y para celebrar este encuentro —me dijo, dándome una y brindando conmigo.

—No es algo que me guste demasiado: el alcohol como que no me sienta demasiado bien.

—¿Lo dices en serio?

Lo miré, fijamente y muy seria, pero no me duró mucho, porque la carcajada me salió sola, y él me siguió, negando con la cabeza, mientras que yo le daba un sorbo de la copa.

—Tengo que reconocer que me lo he creído, pero también que me encanta tu risa. De hecho, desde que te vi el sábado con Mario en la discoteca, me llamaste mucho la atención.

—¿Me viste el sábado?

—Sí, fue la primera y la única vez que te he visto, pero se me quedó grabada tu risa.

Os prometo que se me revolvieron las tripas. ¿Cómo me podía decir que era la primera y única vez que nos veíamos, cuando lo saludaba a diario durante los cinco años que llevaba como CEO de la revista?

Hice de tripas, corazón, como se suele decir, y le mostré mi perfecta sonrisa; no pensaba desperdiciar la oportunidad de pasar la noche con él, aunque tan solo fuera charlando, porque, de ahí a que pasara algo más, era impensable.

Estuvimos charlando de todo un poco, pero el peor momento para mí fue cuando me preguntó a que me dedicaba.

No le mentí, pero tampoco le conté toda la verdad.

Le dije que me encargaba de filtrar la información y las personas que llegaban a mi empresa para que todo fuera el departamento correspondiente.

Se quedó maravillado cuando le dije que hablaba cuatro idiomas además del materno, inglés, francés, alemán y chino. Siempre se me habían dado bien aprender otras lenguas, además de que me encantaban, y lo aproveché.

—Tengo que dejarte, pero solo será momentáneamente, porque pienso volver a acapararte en cuanto que me baje de ese estrado.

—Espero que así sea y no me cambies por alguna de esas modelos de las que te sueles rodear.

—Esas no me interesan nada, mucho cuerpo, de los que, por cierto, no tienes nada que envidiarles, pero poca conversación.

Me cogió por sorpresa que me dejara un beso en la mejilla, pero muy cerquita de la comisura de los labios, antes de marcharse con una sonrisa de lo más pícara, que le duró hasta que se puso delante del micrófono.

—Buenas noches a todos, estamos aquí para celebrar el aniversario de la cadena de televisión en la que trabajan todos, o casi todos, los que estamos aquí.

Guardó silencio un momento, como si fuera a soltar una bomba que nadie se esperara, para continuar hablando poco después, cuando consiguió que todo el mundo le estuviera prestando atención.

—Pero también para anunciarles que esta cadena tiene nuevos propietarios, que somos el señor Alberto Márquez, mi socio, y yo mismo, Neizan Maldonado.

No me lo podía creer: otro negocio más que había comprado. Si seguía así, se iba a hacer con todo el emporio del corazón; no iba a haber nadie que le tosiera en este mundillo.

El trayecto desde el estrado hasta donde yo me encontraba lo fueron parando para felicitarlo, así como para presentarse; de ahí, pasaríamos al salón donde se celebraría la cena.