El CEO de mis sueños Capítulo 8
24%

Capítulo 8

Neizan

El lunes, en cuanto llegué a las oficinas de la revista, lo primero que hice fue llamar al jefe de redacción para que reuniera a toda la redacción. Tenía la necesidad de saber quién era esa mujer y no me iba a quedar quieto hasta conseguirlo.

—Este viernes por la noche me ha llegado a los oídos que el señor Mario Antúnez tiene nueva novia, o al menos, se le está viendo con una nueva mujer, y quiero ser el primero en saber quién es.

—Señor Maldonado, con todos mis respetos, eso es como buscar una aguja en un pajar —me dijo el jefe de redacción.

—Me da igual, como si tenéis que montarle guardia veinticuatro horas, quiero todo lo que podáis averiguar sobre esa mujer en mi mesa lo antes posible.

Los murmullos se escucharon en toda la planta; eran cosas como que eso no era posible, que, si no tenían ni una sola imagen de la que tirar, pero me daba exactamente igual; esa mujer, esa risa no se me había ido de la cabeza y se había vuelto una obsesión para mí.

Alberto estaba ahora mismo en la cadena de televisión, organizando todo el tema de la fiesta y mi encargo fue que le preguntara a Mario de quién se trataba, pero sin decirle que yo estaba interesado.

Antúnez y yo no éramos los mejores amigos, precisamente, entre otras cosas, porque la última novia conocida que tuvo se empeñó en meterse en mi cama, y yo, como un imbécil, se lo permití, arruinando mi amistad con él.

Sabía que, como se enterara de que era yo el que estaba interesado en ella, no me iba a dejar que supiera ni el nombre; por eso, tenía que evitar que supiera que era un asunto personal.

Me senté en mi despacho, esperando a que Alberto me llamara y me dijera que sabía algo, pero los minutos se me estaban haciendo eternos; por eso, después de casi media hora, fui yo el que lo llamé.

—Dime que tienes algo, por lo que tú más quieras.

—Pues no ha habido manera de sacarle prenda, te lo aseguro. Lo único que me ha dicho es que la podré ver en la fiesta porque irá con él colgada del brazo.

—No me jodas, Alberto. Si va con él, no podré acercarme a ella en diez kilómetros a la redonda.

—Pues es lo que hay y te tendrás que conformar con eso.

—Encontraré la manera de acercarme a ella. Lo sabes, ¿verdad?

—Lo tengo claro. Tanto como que me llamo Alberto Márquez.

Soltamos una carcajada porque así éramos los dos, aunque entre nuestros empleados teníamos fama de rectos, fríos y antipáticos. Eso era así desde que tuvimos un problema con uno de los empleados, al principio de empezar en esto.

Le dimos confianza suficiente, pensando que, si éramos cercanos, si nos mostrábamos con ellos como si fuéramos familia, todo iría mejor, pero nada más lejos de la realidad que eso.

Ese empleado, al que le contamos lo que sucedía en nuestro día a día, como si fuera un amigo más, resultó ser un traidor que, por falta de dinero, contó toda nuestra vida en un programa de televisión.

Desde ese mismo momento, nos juramos, tanto Alberto como yo, que tendríamos el trato justo con los empleados y siempre con los que no tuviéramos más remedio que codearnos. Con el resto, ni el saludo, y nos daba igual lo que pensaran de nosotros.

Los días fueron pasando lenta y tortuosamente, pues nadie me daba ningún dato de quién era esa mujer, era como si hubiera sido un espejismo, ni siquiera se la había visto con Mario en estos días.

Pero por fin, ya estábamos a viernes y mañana por la noche era la fiesta de gala. Esa tarde había quedado con mi mejor amigo para ir a comprarnos un esmoquin nuevo, ya que ese era el código de vestimenta: los hombres tenían que llevar esmoquin y las mujeres, vestidos de fiesta.

Me moría de ganas de ver a esa mujer con un vestido de ese calibre. Si con un simple traje de cóctel estaba impresionante, con un vestido de fiesta debía ser un caramelito y me daba lo mismo que estuviera en ese local con Antúnez, porque no dejaría pasar la oportunidad de conocerla.

—Estás dispuesto a todo, ¿no es así?

—No lo sabes tú bien y, para eso, necesito lucir impecable, que no tenga ojos nada más que para mí.

—Ya lo veo, ya.

Nos miramos y soltamos una carcajada. Habíamos quedado en que pasaríamos el sábado en mi casa, relajados en el jacuzzi de la terraza, y arreglarnos allí, para salir juntos hasta la fiesta.

Ahora, después de las compras, me puse en camino para ir a la casa de mis padres. Me apetecía verlos y cenar con ellos, por si todo lo que tenía planeado para mañana me salía bien. Entonces, no pensaba salir de la cama todo el domingo. Os lo puedo jurar.

—Pero bueno… ¿Qué haces aquí, Neizan? —Me preguntó mi padre en cuanto que me vio entrar en la casa.

—¿Es malo que quiera cenar con mis padres?

—Un viernes por la noche, pues no es que sea malo, pero es raro de cojones —me contestó, y solté una carcajada.

—Antonio ¿de qué te ríes? —preguntó mi madre.

—Tu hijo, que ha venido a cenar con nosotros un viernes por la noche —le respondió él.

—¿Me lo dices en serio? Pues eso tan solo se puede dar por dos motivos, o se marcha de viaje y no puede venir el domingo, o pretende conquistar a una mujer y pasarse el fin de semana con ella. ¿Cuál de las dos cosas es, mi vida?

Parecía mentira, pero mi madre me conocía mejor que nadie. Ella, que siempre iba distraída por el mundo y no se le pasaba ni una a la capulla, me lo acababa de demostrar al preguntarme eso.

—Pues ni una cosa ni la otra, querida madre. Mañana por la noche tengo una fiesta de gala de una de las empresas que hemos comprado, y no sé hasta qué hora se alargará.

—Lo que yo te diga, este le tiene el ojo echado a una moza y…

—Cristina, y pretende echarle más que el ojo mañana y, si se deja, hasta pasado mañana —le dijo mi padre, sin parar de reír.

—Tres velas le pongo a San Antonio si esa mujer hace que mi hijo se siente la cabeza. Hijo, que cuando me vayas a dar nietos, vamos a tener que compartir el andador.

A esas alturas, ya las lágrimas corrían por mi rostro, pero no de pena, sino de risa, de la manera en la que mis padres veían mi vida. Para ellos, vivían en una juerga continua, rodeado de mujeres, por lo que podía ver.

La cena se alargó hasta bien entrada la madrugada, entre risas y comentarios de mi madre, de esos sarcásticos e irónicos que hacían que me doblara de la risa. Porque sí, porque ella era así, te soltaba las cosas con una gracia infinita, pero te las soltaba de todas formas.

Y había llegado el esperado día de la fiesta y estaba tan nervioso como si fuera la primera vez que hablaba en público, cuando, por suerte o por desgracia, lo había hecho en infinidad de ocasiones.

Pero no era el discurso lo que me preocupaba, ni siquiera lo era que todos los empleados supieran que era el nuevo propietario, porque, siendo sincero, eso me traía sin cuidado, pero el saber que esa mujer estaría allí me tenía atacado.

—Será mejor que nos marchemos o llegaremos tarde a nuestra propia presentación.

—Mucho mejor, así, cuando lleguemos, ya estarán todos allí.

—No, querrás decir que ya estará ella allí. No sé lo que te ha dado con esa mujer, cuando ni siquiera has cruzado dos palabras con ella.

—Lo sé, pero es algo que no puedo explicar.

—¿Y si, cuando hables con ella, te pasa como con Martina Wafe?

—Pues entonces, descubriré que no me gusta y, a otra cosa, mariposa.

—De verdad, me estás dando miedo, amigo.

—Sí, claro, mucho miedo y muy poca vergüenza; eso es lo que tú tienes.

Alberto soltó una carcajada mientras que salíamos de mi casa. Esa noche un coche nos recogería para llevarnos hasta allí, pues ninguno de nosotros quería conducir, para poder tomarnos una copa a gusto.

En cuanto que llegamos, lo primero que hice fue buscarla con la mirada, por todo el salón, pero no la encontraba, era como si no hubiera venido, hasta que Alberto me señaló a la puerta.

Terminó de abrirse y ahí venía Antúnez con dos mujeres, una más joven que la otra, pero supe quién era la que me había cautivado nada más que la vi sonreír, y no podía ser más bonita.