Capítulo 7
Ingrid
Las tres nos giramos, como si hubiéramos escuchado la palabra de los dioses, porque ese anuncio nos venía como anillo al dedo. Sabía de quién estaba hablando mi amiga y no podía tener más razón.
—Espero que esa seas tú, porque no quiero más malentendidos entre nosotros.
—No, pero la tienes aquí delante. Es Valeria, la hermana de Ingrid, licenciada en empresariales y buscando trabajo.
—Veo que acaba de llegar, señorita Valeria.
—Sí, pero… —dijo mi hermana, algo avergonzada.
—No hay peros que valgan, Valeria. Si el señor Serrano está de acuerdo y pasas la prueba, no puedes decirle que no —le dije.
—Es que… hay algo que debe saber, antes que nada, y vosotras también. Es lo que no he querido contaros por teléfono.
—Pero eso es parte de tu vida privada, Valeria; no le tiene que importar a nadie, ni siquiera a mí —le dije.
—¿Qué os parece si nos vamos todos a comer? Así, podremos hablar de todo, tranquilamente. Yo invito —nos dijo Álvaro.
Como ya había terminado nuestra jornada laboral, tanto Lau como yo fuimos a fichar, como hacíamos todos los días, tanto al entrar como al salir, para controlar nuestros horarios.
Álvaro, porque no consintió que lo volviéramos a llamar con el don o por el apellido, nos llevó a un restaurante que había cerca de la revista, para que no fuéramos demasiado lejos, entre otras cosas, porque mi hermana Valeria iba cargada con dos maletas.
Una vez que estuvimos acomodados en una de las mesas, nos contó que ya habían arreglado las diferencias entre Lau y él y que, cuando ella supo que todo lo que Mónica había estado contando era mentira, habían decidido darse una oportunidad.
—Por eso la he despedido y por eso está vacante el puesto de secretaria.
—Y Valeria es la persona indicada para ocuparlo —dijo Lau.
—Pero es que yo no puedo. Que no digo que no quiera trabajar ahí, que para mí sería un sueño hecho realidad, aunque no puedo aceptarlo hasta que no os cuente todo —dijo mi hermana.
No sabía si nos estaba tomando el pelo, si es que ella pretendía llegar a Madrid y vivir del cuento, o qué coño era, pero necesitaba saberlo, y así se lo dije, muy clarito, además.
—Mira, Valeria, sabes que nunca he tenido pelos en la lengua y no los voy a tener ahora contigo. Si lo que quieres es vivir del cuento, desde ya te digo que, más que un cuento, nuestra vida es un chiste…
—Para nada. Sabes que nunca me ha molestado trabajar; es más, no podría estar cruzada de brazos. Eso no va conmigo.
—¿Entonces? Más vale que lo expliques todo y bien clarito.
—Estoy embarazada y, cuando se lo dije a mi novio, me dijo que ni se me ocurriera tenerlo, que, si quería seguir con él, tenía que interrumpir mi embarazo, porque él no estaba preparado para ser padre.
Cuando escuché a mi hermana decir eso, viendo cómo las lágrimas caían por su rostro, cómo había cambiado su vida de esa manera, sin esperarlo, y con algo tan bonito como era un bebé, miré a Álvaro, que pensaba lo mismo que yo, y así lo demostró.
—Te honra mucho decirlo antes de firmar el contrato, pero, ahora más que nunca, ese puesto es tuyo —le contestó.
—¿Me lo dices en serio?
—Por completo. Mañana te espero a primera hora en la empresa y firmarás el contrato. Ahora, vamos a disfrutar de la comida, que me muero de hambre.
Durante la comida, hablamos de todo, de cómo Lau iría a la fiesta de las manos de Álvaro, y de cómo se encargaría él de encontrarle el vestido que a ella le gustara y eligiera.
—¿De qué fiesta estáis hablando? —preguntó mi hermano.
—De la fiesta de gala de aniversario de una cadena de televisión —le contestó Lau.
—Jo, qué suerte tenéis. Yo la veré por la televisión —dijo mi hermana.
—Ah, no, de eso nada. Si yo voy a esa fiesta con Álvaro, tú puedes ir con tu hermana.
—Claro, con los shorts vaqueros y una camiseta de tirantes. Yo, mejor, lo veo por la televisión, que no quiero hacer el ridículo y salir en todos los programas.
—No te preocupes por el atuendo que, justo aquí, tenemos los dos modelos que vamos a lucir —le respondí, levantando las cajas.
—Ingrid, ¿me lo dices de verdad?
—Por supuesto, pero nada de excesos, que debemos cuidar a mi sobrinito, porque estoy seguro de que será un niño.
—Sabes que nunca he sido de beber alcohol, así que mucho menos lo voy a hacer ahora. Quiero a este bebé con toda mi alma.
—Por cierto, ¿qué piensan papá y mamá de todo esto?
—Sinceramente, no lo sé. No he sido capaz de decirle nada; se me caería la cara de vergüenza, te lo juro.
—¿Eres tonta? ¿Cómo se te ha ocurrido venirte sin contarles nada? Pensarán que todo ha sido idea mía, que he sido yo la que los he separado de su nieto.
—No, Ingrid, tú sabes, igual que yo, que eso no es así. Ahora, cuando me instale, les hago una videollamada y se lo cuento, te lo prometo.
Lau me miró, con una mirada, como si me quisiera decir algo, como si estuviera de parte de mi hermana, y lo confirmó con las palabras que pronunció a continuación.
—Ingrid, me parece que lo que tu hermana te quiere decir es que si después de toparse con la negativa del padre del bebé, se hubiera encontrado con el rechazo de vuestros padres, el mundo se le hubiera caído encima.
—Yo no podía haberlo expresado mejor, Lau. Si después de que mi novio me tirara como si fuera un pañuelo usado, veo la decepción en los ojos de mis padres, me hubiera muerto de pena —dijo mi hermana, agachando la cabeza.
—Bueno, ahora no pienses en ello, que el bebé se resiente. Cuando hables con tus padres, diles cómo te sientes; ellos sabrán entenderte —dijo Álvaro.
Después de que a Valeria y a mí nos dejara en mi casa, Álvaro se llevó a Lau de compras; decía que quería que fuera la mujer más bonita de la fiesta, aunque para que eso ocurriera, no tenía que hacer mucho.
Subimos a casa y mi hermana se quedó encantada con la casa. El único problema es que tan solo tenía dos habitaciones y, en la mía, tendría que hacer hueco para Valeria y para el bebé.
—Tenemos que buscar dos camas individuales para que quepa la cuna en medio de las dos.
—No puedes hacer eso, Ingrid. Es tu habitación, tu casa y tu vida, y no puedo llegar aquí y poner todo patas arriba.
—Ya lo has hecho, cariño, y en el buen sentido de la palabra, así que no me pongas esa cara. Venga, vamos a ver los vestidos de la fiesta, a ver cuál te gusta más.
—No, eso sí que no. Lo eliges tú primero; estaría bueno, encima de que voy a ir a esa fiesta por la cara…
—Está bien, vamos a probárnoslos y ya elegimos.
Por primera vez, veía a mi hermana ilusionada desde que me llamó aquel día para decir que venía a la capital, y eso me parecía genial. Quería que mi Valeria estuviera de vuelta, esa niña que siempre tenía una sonrisa en los labios y que se tomaba todo a broma.
Cuando la vi con aquel vestido puesto, que parecía que se lo habían cosido sobre su cuerpo, una oleada de orgullo me atravesó el cuerpo y así se lo hice saber.
—No se puede estar más bonita que tú, y eso que todavía no te has peinado ni maquillado.
—El vestido es precioso, pero no estoy acostumbrada a esto; me siento como pez fuera del agua.
—No digas tonterías, Valeria. Yo tampoco he ido nunca a ninguna de estas fiestas; si, de hecho, para poder salir un día a cenar y a tomar una copa, Lau y yo tenemos que hacer malabares.
—Joder, hermana, ¿por qué nunca nos lo contaste? Sabes que papá y mamá te habrían ayudado. No es que naden en dinero, pero algo tienen ahorrado.
—Eso mismo, sus ahorros son suyos, no míos, y así deberán seguir siendo. Nosotras nos vinimos; nosotras nos apañamos. ¿De acuerdo?
—De acuerdo, no diré nada.
—Eso es. Porque las fiestas y las cenas son algo que no es necesario, las necesidades básicas las tenemos cubiertas.
Mi hermana se acercó a mí y me dio un abrazo, como cuando era pequeña y venía porque se había peleado con su mejor amiga y venía buscando consuelo y la manera de arreglarlo.
Ya no era esa niña, ni había sido su amiga la persona que la había defraudado, pero yo seguía siendo esa hermana que le abriría los brazos, una mil veces, y que siempre estaría ahí para ella.
La videollamada con mis padres se dio mejor de lo que ella esperaba. Mi madre lloró de alegría y mi padre le dijo que si deseaba volver a casa, las puertas estarían abiertas para ella y para su bebé.