Capítulo 6
Ingrid
Volvió otro lunes, otro día de prisas, de metro y café bebido a sorbos acelerados para no llegar tarde a la revista y perderme la llegada del señor Maldonado. Si llegaba siempre antes de tiempo, era para eso, no porque me fueran a echar una bronca por cinco minutos.
La noche del viernes fue fantástica; Alejandro y Mario eran dos encantos de hombres que en ningún momento intentaron nada con nosotras más que procurar ser dos amigos.
Nos reímos muchísimo, bailamos, cantamos y nos dejaron en casa a las tantas de la madrugada, con dolor en la mandíbula por las carcajadas que nos echamos y en los pies por los bailes que nos pegamos.
Mi hermana me llamó el sábado para decirme que el lunes de la próxima semana ya estaría aquí, con nosotras, y me dio muchísima alegría, porque se le veía mucho más animada.
—Valeria, sea lo que sea lo que te haya sucedido con tu novio, quiero que sepas que se puede superar, que nosotras estaremos aquí para ayudarte a hacerlo.
—No podré pasar página, en la vida, pero sé que, con vosotras a mi lado, en un lugar en el que nada me recuerde a él, podré aprender a vivir con ello.
—¿Tan malo es lo que te ha hecho, Valeria?
—No es malo, te lo aseguro, aunque al principio pensara que el mundo se me caía encima.
—¿No me lo vas a contar nunca?
—Sí que lo haré, pero no ahora ni por teléfono; te lo contaré todo cuando esté allí contigo, cara a cara.
—Te quiero, Valeria.
—Yo también, hermanita, a las dos.
Aunque para mí mi hermana seguiría siendo mi niña pequeña, siempre entendía que ya era toda una mujer. Pronto cumpliría los veintitrés años, había terminado la carrera de empresariales y tenía que buscarse un futuro acorde con ella.
—Baja de la luna, Ingrid, que menos mal que voy contigo en el metro, porque te hubieras pasado de parada.
—¿Ya es la nuestra?
—Pues sí, y como no te des prisa, no nos bajamos ni en la siguiente.
—Voy, voy, estaba pensando en la conversación que tuve con mi hermana.
—Ya tengo ganas de que esté aquí, con nosotras, las tres juntas como siempre ha sido.
Con esa conversación llegamos hasta el edificio en el que trabajábamos y ocupamos nuestros puestos. Minutos más tarde, entró Mónica, la nueva secretaria del señor Serrano, con una altivez que no era propia del puesto que ocupaba en la empresa, mirando a todo el mundo por encima del hombro.
—Buenos días, Mónica —le dije al verla entrar.
—Y tan buenos que han sido, no os podéis imaginar —contestó ella.
—Hala, pues yo que me alegro, fíjate.
Mónica se acercó al mostrador de recepción y, en un tono muy bajito, nos soltó una bomba que, pensándolo bien, no me la creía, pero no fue eso lo que le pasó a mi amiga.
—No os podéis imaginar el fin de semana que he pasado con Álvaro; es una fiera en la cama.
—Pues mira, eso que te has llevado en el cuerpo.
Lau se tuvo que sentar. La cara se le puso completamente blanca; era como si le hubieran dicho que se había muerto alguien cercano a ella. Pero no pudimos seguir hablando, pues justo en ese momento llegó don Álvaro.
Miró a mi amiga y la expresión de preocupación que puso en su cara me dejó claro que todo lo que había dicho esa mujer era mentira. No me pensaba quedar callada; eso lo sabían hasta los hebreos.
—Señorita Lau, ¿le ocurre algo? —Le preguntó y fue el momento perfecto.
—Lo normal que suele ocurrir cuando te dicen que el hombre del que llevas enamorada toda tu vida acaba de pasar el fin de semana con otra.
Pude ver el dolor en los ojos de don Álvaro, como si pensara que todas sus esperanzas se habían ido por el retrete, pero no era así, y esperaba que reaccionara a tiempo.
—Hay que ser muy gilipollas para no corresponder a una mujer como ella, bonita, amable, humilde…
—Pues mírate en el espejo, porque, de todas las cosas que me podía imaginar, jamás pensé que esta sería una de ellas —soltó Lau, recomponiéndose de inmediato.
—¿De qué estás hablando, Lau?
Por un momento, las formalidades se quedaron en un cajón; se estaban tuteando, sin pedir permiso, pero también sin pedir perdón, y eso me gustó mucho, pues era un acercamiento entre ellos que no esperaba.
—Don Álvaro, será mejor que subamos; hay mucho trabajo hoy —le dijo Mónica.
—Sí, vayamos subiendo, pero… señorita Lau, esto no ha terminado aquí; nos queda una conversación pendiente.
Don Álvaro se dio la vuelta y entró en el ascensor, sin apartar la mirada de encima de mi amiga, que agachó la cabeza y se dio la vuelta para que no la viera llorar. En cuanto que se cerraron las puertas, la que se giró fui yo, pero para hablar con Lau.
—Lo que ha dicho esa mujer es mentira; lo tengo claro.
—¿Por qué estás tan segura?
—Porque cuando ha llegado el señor Serrano, se ha puesto nerviosa y ha aprovechado la primera oportunidad para decir lo del trabajo. Además, en sus ojos he visto desilusión y amargura.
—¿Sabes lo que he visto yo? Remordimientos, nada más.
—No seas tonta, anda. Venga, volvamos al trabajo, que hay mucho que hacer.
Volvimos a nuestros puestos, ella haciendo las llamadas que tenía pendientes y yo enviando las citas confirmadas a cada departamento, cuando lo vi entrar. Como cada día desde que estaba aquí, lo saludé en cuanto que estuvo a nuestra altura y, también como todos los días, mi saludo fue ignorado.
—¿Vas a seguir haciendo el indio mucho tiempo más con ese hombre?
—Pues, ni más ni menos que el mismo tiempo que tardes tú en admitir que entre Álvaro y tú hay futuro.
—No me seas ridícula, por favor…
Estábamos hablando de ello cuando el señor Serrano se plantó delante de nosotras, con la chaqueta quitada, las mangas de la camisa remangadas y una cara de desesperación que lo decía todo.
—Tu amiga tiene razón y te lo he dicho mil veces —le dijo él.
—¿Por eso te has pasado el fin de semana con tu secretaria? —contestó mi amiga con rabia.
—¿De qué coño estás hablando, Lau?
—Eso es lo que ha dicho ella, nada más llegar. Que había pasado contigo el fin de semana y que…
—¿Qué, Lau? Continúa, por favor.
—Creo que esta no es una conversación para mantener aquí, en el trabajo y delante de la gente. Es algo que deberíais hablar los dos, a solas, sin testigos —les dije, pues no me parecía normal la manera en la que lo estaban tratando.
—Tienes razón, Ingrid. Lau, te recojo a las dos y media y comemos juntos.
Iba a marcharse cuando llegó un mensajero con dos paquetes enormes y un sobre a mi nombre. Todo era para nosotros y no teníamos ni idea de qué era ni de quién lo había enviado.
—¿Tenéis un admirador secreto? —preguntó, pero con cierto resentimiento.
—Pues, hasta hace un rato, no. Ahora, ya no le puedo decir, la verdad —contesté.
—Háblame de tú, por favor. Espero que muy pronto seamos medio cuñados, porque sé que quieres a Lau como si fuera tu hermana.
—Es que lo es, aunque no compartamos el mismo ADN.
Álvaro nos miró con una sonrisa, pero no se marchó, sino que esperó a que abriéramos el sobre; quería ver de quién era, y eso me hizo muchísima gracia. Actuaba como si tuviera que marcar el territorio.
Cuando lo abrí, era una invitación a la fiesta de gala de una de las cadenas de televisión, que cumplía años desde su fundación.
Lo enviaba Mario, junto con dos vestidos, uno para cada una, para que asistiéramos y, según sus propias palabras, para que no tuviéramos excusa de que no teníamos nada que ponernos.
—Me parece perfecto, aunque si todo va bien, tu amiga irá conmigo y yo me encargaré de que elija un vestido a su gusto —me contestó con cierto ataque de celos.
—Si voy, iré con mi amiga y me pondré exactamente el vestido que hay en esa caja. No hay necesidad de tirar el dinero —habló mi amiga.
—Pasaré lo del vestido, pero no irás con nadie más que conmigo, colgada de mi brazo y como mi pareja. Nos vemos para comer.
Lo que hizo a continuación me dejó completamente descolocada, porque se acercó a ella, la cogió por el mentón y le dejó un breve beso en los labios, que nos sorprendió tanto a ella como a mí.
—Joder, con el jefe de redacción. Parece que tiene las cosas claras.
—No digas tonterías; esto tan solo es el ego, que ha hablado por él.
—No ha sido el ego, Lau; es el amor el que ha hablado.
—Me da igual; no pienso claudicar.
—Lau, no seas más cabezona, come con él, déjalo que hable, ya me dirás después, cuando vuelvas a casa.
Cogí las cajas y las dejé en el suelo, debajo del mostrador, para que nadie las viera, y guardé la invitación en el bolso, para que no se me perdiera. Era la primera vez que acudía a un evento de ese tipo y me hacía muchísima ilusión.
El teléfono sonó y, como Lau se había ausentado para subir una carta urgente que había llegado y era para el señor Serrano, no tuve más remedio que contestar yo.
—Revista El Corazón Indomable , le atiende Ingrid. ¿En qué puedo ayudarle?
—No me imaginaba que tuvieras una voz tan sensual al teléfono.
—¿Mario? ¿Eres tú?
—El mismo que viste y calza. Llamaba para saber si habías recibido la invitación y todo lo demás.
—Sí que lo he hecho y no puedes imaginarte la ilusión que me ha hecho. Yo no soy de las que te dirían que no tendrías que haberte molestado, porque si no lo hubieras hecho, me lo perdería.
—Y eso es lo que más me gusta de ti, que no tienes falsa modestia.
—¿Para qué? Eso es de ser hipócrita, y podré tener mil fallos, pero ese no es uno de ellos; te lo puedo asegurar.
—Lo sé, lo sé. También te llamaba para decirte que os enviaré un coche para que vaya a recogeros. Estará en tu puerta a las nueve en punto; no lleguéis tarde.
—Gracias, Mario, de verdad, por darme la oportunidad de vivir algo que no habría logrado ni en sueños.
—No hay que darlas, preciosa. Nos vemos el sábado. Un beso.
—Otro para ti. Por cierto, anota mi número de móvil por si tienes que llamarme para cualquier cosa fuera del horario de oficina.
—Eso está muy bien; ahora te dejo una llamada perdida para que tú también tengas el mío. Nos vemos el sábado, bonita. Que te sea leve el trabajo.
Corté la llamada con una sonrisa en los labios, lo mismo, y decidía pasar de página. Si lo hacía, sería con este hombre; os lo puedo asegurar.
Cuando Lau llegó de entregar la carta, venía con una sonrisa en los labios, que se terminó de completar cuando vimos a mi hermana entrar por la puerta, con esa cara bonita que llevaba y una mirada de lo más triste.
—¿Qué haces aquí? ¿No llegabas el próximo lunes? —Le pregunté, pero no porque me molestara, sino porque me había sorprendido.
—Lo sé, pero es que ya tenía todo listo y me moría por volver a veros, por estar con vosotras.
—Ven aquí, bonita, y danos un abrazo.
Nos fundimos las tres en un abrazo, justo cuando vimos salir a Mónica, bastante enfadada. Tanto que no nos dijo ni adiós, y eso sí que me cogió por sorpresa, sobre todo lo que vino después.
—Se queda libre una vacante en la empresa, la de mi secretaria, para ser exactos —dijo el señor Serrano, que bajó detrás de ella.
—Y tengo a la persona indicada para ese puesto —le respondió Lau.