Capítulo 5
Neizan
Esa mujer me estaba volviendo loco, os lo juro. La conocí en el cumpleaños de Mateo Galarza, un viejo amigo que le dio la exclusiva de la fiesta a mi revista, pero siempre y cuando no me escondiera y apareciera en las fotos.
Al principio, Martina Wafer, que así se llama la criaturita, me pareció una delicia.
Guapa, pechos turgentes y piernas infinitas, además de que cuando la fiesta llegó a su punto álgido, ese en el que los fotógrafos ya se habían marchado y tan solo nos habíamos quedado los más íntimos, apareció en la cubierta con un biquini imposible.
Creo que tenía menos tela que el pañuelo de una Barbie y su cuerpo me resultó de lo más tentador y apetitoso. Alberto, mi socio y mejor amigo, me hacía gestos para que le entrara y eso hice.
No diré que no pasé una noche fantástica, ni que el sexo con ella no fuera de los mejores que había tenido en mi vida, pero en cuanto que empezó a hablar, todo el encanto se desvaneció.
Era modelo y su conversación se limitaba a eso, a los desfiles, a las firmas con las que había trabajado y poco más. Nunca me había sucedido eso, pues normalmente, las mujeres que me atraían eran bien distintas y debían tener buena conversación, o me aburría como una ostra.
Justo era eso lo que me estaba sucediendo en esos momentos, que no la soportaba más y estaba deseando que le pusiera el ojo a otro hombre y me dejara en paz, pero todo indicaba que eso no iba a suceder.
No es que hubiéramos quedado para cenar o tomar algo, al menos, no con ella. Con quien sí lo había hecho era con Alberto y, nada más entrar en el restaurante, nos encontramos con ella y con una amiga.
Ni qué decir tiene que no se separaron de nosotros en toda la noche y que nos tocó pagar la cena de ambas. No era cuestión de dinero, que, por suerte, no me faltaba; tenía para vivir tres vidas y no lo terminaría de gastar.
—¿Aprovechamos y nos vamos a un reservado antes de que vuelvan del baño?
—Por favor, y advierte al personal de que no le digan a nadie dónde estamos.
—Eso está hecho; ve subiendo al nuestro, que está libre esta noche.
Cuando Alberto y yo veníamos a esta discoteca, siempre tomábamos algo en ese reservado, porque el bullicio de la gente me agobiaba muchísimo. Si no habíamos entrado ya a tomarnos esa copa, era porque, si lo hacíamos, no nos la íbamos a quitar de encima en toda la noche.
Al llegar hasta la primera planta, que era el lugar donde estaban situados los reservados, no pude evitar fijarme en una de las mujeres que había allí, asomada a la balaustrada y mirando hacia abajo, como si estuviera buscando a alguien.
Era de esas mujeres que tenías que mirar a la fuerza, porque tenía un magnetismo arrollador, pero no me quise acercar, pues estaba junto a Mario Antúnez, uno de los presentadores que trabajaban para la cadena de televisión de la que también éramos propietarios.
La habíamos adquirido hacía poco tiempo y todavía no había trascendido. Queríamos hacerlo en una fiesta de gala y aprovechar que, en unos días, sería el aniversario de la cadena para celebrar ambas cosas.
Cuando la escuché reír, algo me resultó familiar; no sabía lo que era, si el tono en el que lo hizo, la manera de hacerlo, pero esa risa yo la había escuchado antes, pero no lograba saber en el lugar en el que había sido.
—¿Te ocurre algo, Neizan?
—Nada. ¿Por qué?
—Porque te estaba hablando y me has prestado la misma atención que a tu madre cuando te pregunta cuándo vas a llevar a una chica a comer a su casa.
—Es la risa de la mujer que está con Antúnez; la he oído antes, pero intento recordar dónde, sin conseguirlo.
—¿Desde cuándo te fijas más en la risa de una mujer que en su culo?
—No he dicho que no me haya fijado en su trasero, pero esa risa…
Alberto soltó una carcajada que resonó en todo el reservado y recibió un codazo por mi parte, porque lo que menos me apetecía era que esa mujer lo oyera reírse y no pudiéramos deshacernos de ella en todo lo que quedaba de noche.
Estuvimos ahí, hablando de mil cosas y riéndonos de mil cosas, sobre todo cuando me fijé en que Martina había puesto a otro hombre en su punto de mira.
Aunque, conociéndolo, lo tendría crudo con él, porque estaba completamente enamorado de su mujer.
Lo extraño es que no estuviese ahí, con él, porque no solían salir por separado.
Llegado el momento, vi pasar a esa mujer de nuevo, y lo hacía con Antúnez, riendo y de bromas, y supe que tenía que saber quién era. No tenía pinta de modelo, pero lo mismo era alguna alta ejecutiva de producción y pensaba averiguarlo.
Me puse a pensar en la mejor manera de hacerlo sin que se dieran cuenta de mi interés y la encontré. Alberto me miraba con una ceja levantada a modo de interrogación, como si no supiera lo que pasaba por mi cabeza, que, de hecho, no lo sabía.
—Tengo que averiguar quién es esa mujer y he encontrado la manera perfecta de hacerlo.
—¿Me lo dices en serio?
—Sí, y te contaré mi plan…
Me puse a contarle a Alberto que, cuando llegara el lunes a la revista, les diría a los redactores que había rumores de que Mario Antúnez tenía una nueva conquista y que quería averiguar quién era, y que teníamos que conseguir esa exclusiva antes que nadie.
Mi amigo me miraba como si estuviera loco, pues nunca me había obsesionado con una mujer tanto como con esta. No sé qué era lo que tenía, lo que me empujaba a hacerlo, pero había sido verla y sentir que quería a esa mujer en mi cama.
No os vayáis a pensar que me había enamorado de ella, que había sido un flechazo, que eso tan solo ocurre en las películas de la sobremesa de los sábados, pero sí que me había atraído mucho físicamente.
El domingo lo pasé en casa de mis padres, como todas las semanas. Los señores Maldonado seguían con las mismas costumbres, a pesar del dinero que su único hijo había logrado.
En cuanto que destaqué un poquito y me hice con un buen colchón de dinero, quise que a mis padres no les faltara de nada, y por eso, lo primero que hice fue sacarlos del cuchitril en el que vivían y comprarles una buena casa a las afueras de la ciudad.
Ellos se sacrificaron por mí todo lo que pudieron y más. Mi madre limpió más casas y escaleras de las que una persona pudiera limpiar en un día, y mi padre, además de su trabajo en la fábrica, se encargó de la contabilidad de varias empresas para obtener un ingreso extra.
Todo eso para que yo pudiera estudiar, para que pudiera tener una carrera y un buen futuro y, por eso, todo lo que yo les pudiera dar, todo lo que pudiera facilitarles la vida, me parecía poco.
—Aquí está tu niño, Cristina —dijo mi padre en cuanto me vio entrar en la casa.
—Papá, ya tengo treinta y cinco años; no creo que sea el niño de nadie.
—Uy, para tu madre, aunque tuvieras más años que ella, seguirías siendo su niño.
—Por supuesto que para eso lo llevé nueve meses en mi vientre y lo parí yo —dijo mi madre.
—Aquí huele que alimenta. ¿Con qué nos vas a deleitar hoy, mamita? —Le pregunté, intentando frenar ese debate que siempre terminaba de la misma manera.
—Pues he hecho una paella de marisco que está para chuparse los dedos. Ven, acompáñame a la cocina y vamos poniendo la mesa.
Sí, tal y como estáis escuchando, era ella la que cocinaba y se comía en la cocina, salvo en las fiestas, que lo hacíamos en el salón. Mi madre no había consentido que yo le pusiera servicio; lo único que permitió fue que contratara a una chica que fuera a limpiar tres horas diarias.
Mi madre no era demasiado mayor, pues tenía sesenta años, pero ya había limpiado y trabajado bastante en su vida y no quería que cogiera una fregona ni aun cuando se le derramaba un vaso de agua.
Nos sentamos a la mesa y volvió a surgir la misma pregunta de cada sobremesa, esa que odiaba sobremanera y que me hacía mi madre cada semana.
—Neizan, cariño, ¿no conociste a una mujer la semana pasada?
—No, mamá, no he conocido a nadie… Bueno, sí que la he conocido, pero que es una amiga nada más… ni siquiera eso, vamos a dejarla en una conocida… —no sabía cómo explicarle a mi madre lo que era Martina, hasta que mi padre habló.
—Vamos, Cristina, que se ha acostado con ella y, después, si te he visto, no me acuerdo.
—Antonio, por favor, no tengo que saber esas cosas que luego, cuando la vea en una revista o algo, pensaré en este momento.
—Ay, cariño, que las cosas ya no son como antes, que te casabas virgen o tenías que hacerlo a las siete de la mañana un miércoles.
—Sí, pero la ilusión de la noche de bodas la tienes perdida; ya vas con todo hecho y todo aprendido —reclamó mi madre.
—Gracias a Dios, porque si te casas con alguien y luego en la cama no sois compatibles, es una pérdida de tiempo —le dije, y para qué.
—Mira, hijo mío, cuando estás enamorado de otra persona, se congenia en la cama, en la ducha y donde surja en ese momento. Lo único que hay que hacer es ponerle ganas —dijo mi madre, como si fuera algo evidente.
—Mamá, ahora soy yo el que no necesitaba tanta información. Por favor, me has dicho todos los lugares en los que has chiscado con mi padre. Argg.
Mis padres se miraron y soltaron una carcajada, mientras que mi cara debía ser un poema, porque no podían parar de reír. Al final, terminé riéndome con ellos; era inevitable hacerlo, pues mi madre tenía una de esas risas contagiosas.
Por primera vez, me acordé de la risa de esa mujer y la volví a escuchar en mi cabeza. ¿Desde cuándo me llamaban tanto la atención esas cosas? Y sí, quizás me había fijado en ella porque su risa me recordaba a la de mi madre…
Tendría que comprobarlo y, para eso, antes, tendría que situarla en el mundo. Debía ser alguien grande en el mundo de la comunicación, porque, de lo contrario, no se habría encontrado esa noche con Mario Antúnez.
También podría llamarlo y preguntarle, pero no quería destapar mis cartas antes de tiempo, entre otras cosas, porque no quería crear ilusiones en nadie y que pensara que quería algo más que un buen revolcón con ella.
Me despedí de mis padres después del café, y quedando en volver el domingo que viene, pero no para comer, sino para merendar con ellos, porque ese sábado era la fiesta de la cadena y terminaría demasiado tarde como para levantarme temprano.
Me fui hasta mi casa. Yo vivía en el centro, en la calle Serrano, en un magnífico ático reformado que contaba con unas vistas exquisitas, en las que se podía ver gran parte de la ciudad.
Fue mi primera adquisición y, aunque lo reformé con la idea de venderlo luego, me gustó tanto la reforma que le hicieron que me quedé con él como mi vivienda habitual.
En cuanto que llegué, me di una ducha para quitarme ese calor infernal que hacía y, con las primeras estrellas en el cielo, me senté en mi terraza con una buena copa de licor, pensando en esa mujer, de nuevo, y en lo que tendría que hacer para conocerla.