Capítulo 4
Ingrid
En cuanto que llegamos a casa, y presas de la ilusión de lo que nos esperaba esa noche, nos sentamos a comer haciendo planes sobre lo que haríamos después.
Esa mañana me había llamado mi hermana Valeria; había tenido un problema con su novio y necesitaba salir de allí, poner tierra de por medio. No nos quiso contar lo que había sucedido con él, pero dijo que lo haría cuando estuviera aquí.
Por supuesto, ni mi amiga ni yo la íbamos a dejar en la estacada; así tuviera que dormir conmigo en mi habitación, en mi cama había sitio suficiente para las dos, y, de lo contrario, teníamos un sofá que era de lo más cómodo.
—¿Qué crees que le puede haber pasado a Valeria?
—No tengo ni idea, pero debe ser algo demasiado fuerte para que deje el pueblo de esa manera, cuando sabes que se lo hemos dicho en infinidad de ocasiones y no ha querido.
—Eso mismo estaba pensando yo, que a la niña le ha tenido que pasar algo muy decepcionante para venirse a la capital.
Estuvimos un buen rato especulando sobre lo que le había pasado, sin llegar a una conclusión clara, porque ni siquiera mis padres lo sabían. Cuando mi hermana me llamó, lo primero que hice fue ponerme en contacto con ellos.
—No tenemos ni idea, mi niña. Lo único que sabemos es que ese muchacho ha desaparecido; se marchó del pueblo al día siguiente de que tu hermana saliera con él por última vez.
—¿Sus padres no saben dónde está?
—Supongo que lo sabrán, pero ni a tu hermana ni a nosotros nos lo han querido decir. Su argumento es que es muy joven para tener novia y que quiere vivir la vida.
—Me ha pedido venirse aquí, conmigo.
—¿El novio de tu hermana?
—No, mamá, por favor. A ese no lo dejo entrar ni al portal de mi casa. Estoy hablando de mi hermana y le he dicho que sí.
—Yo misma se lo sugerí, que cambiara de aires, y me dijo que lo consultaría contigo. Sabía que no se lo negarías.
—¿Cómo se lo voy a negar, mamá? Ya va siendo hora de que busque un buen porvenir, como tú dices. Tiene una carrera muy bonita y estoy segura de que encontrará trabajo enseguida.
—Te quiero, mi niña. Cuidaos mucho, las tres.
—Pierde cuidado, mamá, que lo haremos. Yo también te quiero.
En cuanto que corté la llamada con mi madre, me metí en la ducha, pues Lau ya había salido del baño. Teníamos que arreglarnos o llegaríamos tarde a la reserva en el restaurante.
Los vestidos eran preciosos. El que había elegido Lau era estrecho hasta la cintura, con un fajín a modo de cinturón y una falda de vuelo hasta la rodilla. Iba cogido al cuello y llevaba el escote de pico. De color negro brillante y con una tela que tenía una caída espectacular.
Yo me decanté por otro modelo que resaltaba mi figura de manera espectacular. No es que tuviera un cuerpo de esos de revista, pero tampoco era un insecto palo; a pesar de mi delgadez, que tenía unas curvas muy bonitas.
Mi vestido tenía el escote en V, abotonado por delante y con toda la espalda al descubierto, estrecho y por debajo de la rodilla. Ambas elegimos unas sandalias de tacón en color plateado y el bolso de mano era de varios colores.
Yo me marqué los rizos negros y me recogí la parte delantera con unas pequeñas trenzas, para que mi cara quedara despejada y no me molestara a la hora de cenar. Mientras que Lau se decidió por recogerlo en una coleta alta, estirada.
Nos miramos en el espejo y no nos reconocíamos; estábamos espectaculares, aunque estuviera feo que yo lo dijera. Una sonrisa se pintó en nuestros labios, como si ambas estuviéramos pensando lo mismo.
—Lo sé; estamos pensando lo mismo.
—Pues no sé lo que estarás pensando, pero está claro que ahora entiendo muchas cosas, Ingrid.
—Y yo, cariño, y yo. Las mujeres no son feas ni guapas; tan solo son ricas o pobres, amiga.
—Estoy de acuerdo contigo, si nosotras tuviéramos este tipo de ropa para salir, triunfaríamos como la Coca-Cola, chica.
Salimos de la casa riendo porque ya nos había llegado el mensaje de que el taxi nos esperaba abajo. No es que estuviéramos acostumbradas a ir en ese medio de transporte, pero no era plan de coger el metro yendo así de arregladas.
Hacíamos verdaderas maravillas para poder darnos algún capricho o alguna salida al mes, pues el sueldo no es que fuera pequeño, pero tampoco grande, y los gastos era mucho todos los meses, empezando por el alquiler, que, en la gran ciudad, era excesivamente caro.
Pero bueno, esa noche queríamos disfrutar y lo íbamos a conseguir, dejando a un lado todas las penurias que vivíamos a diario para pasar una noche como dos personas adineradas.
Entramos y nos llevaron a una de las mejores mesas. Al parecer, el dueño había pedido expresamente que nos trataran como clientes vip y que registraran todo con fotos para subirlas a las redes.
Ese era uno de los requisitos que me pidieron al aceptar el premio: que todo se iba a publicar para que la gente comprobara que todo lo que se decía en el sorteo era cierto, pero a mí me daba exactamente igual.
La cena estuvo exquisita; eran dos menús degustación, pero de degustación tenían bien poco, porque las raciones eran más que generosas, y salimos de allí más que saciadas.
Cuando llegaron las tablas de postres, los ojos nos brillaban como los de dos niñas pequeñas, pero no solo por lo que estábamos viviendo, sino también por los dos hombres que estaban frente a nosotros y no apartaban la vista de nosotros.
—¿Te has fijado en quiénes son?
—No tengo ni idea; ya sabes que, de lejos, puedo confundir un autobús con un burro.
—Lo sé, hija mía, que ves menos que un gato de escayola, pero pensé que mirabas porque los habías conocido.
—¿Te importaría dejarte de adivinanzas y decirme ya si los conocemos o no? Porque no creo que sean nadie del barrio ni del trabajo, a no ser que se trate de alguno de los jefes.
—Anda ya, tonta, si son los dos presentadores de la televisión, esos que nos gustan tanto en los concursos.
—¿Alejando Benítez y Mario Antúnez?
—Los mismos.
—Pues se van a llevar una sorpresa cuando se enteren de a qué nos dedicamos. Bueno, eso suponiendo que se acerquen a nosotras.
Justo terminé de decir eso cuando se acercó el camarero que nos había atendido para avisarnos de que el premio seguía intacto, porque la cena había sido pagada por esos dos caballeros de la mesa cuatro.
Los vimos levantarse y acercarse a nosotras, con una sonrisa en los labios que era digna de un anuncio de pasta de dientes y que dejaba deslumbrado a todo el que se atrevía a mirarlo.
—Señoritas, ¿nos permiten acompañaros con los postres?
—Por supuesto, siéntense, por favor —les dije.
—Sería una descortesía por nuestra parte —contestó Lau.
—Camarero, una botella de champán, por favor —dijo uno de ellos.
—Chicas, somos Alejandro y Mario…
—Nosotras somos Ingrid y mi mejor amiga, Lau.
Nos dimos dos besos cada uno y volvimos a sentarnos. Resultaron ser dos chicos de lo más amables y simpáticos, a los que les dio igual que fuéramos recepcionistas, o al menos no demostraron que les importara.
—¿Qué os parece si nos vamos a tomar una copa? —preguntó Alejandro.
—Por nosotras, no hay ningún problema; tenemos toda la noche para disfrutar —contestó Lau.
Nos marchamos a una discoteca cercana, donde nos llevaron a uno de los reservados. Desde arriba pude ver a mi jefe, y se me descompuso la cara, pues estaba con la misma mujer con la que había aparecido en la cubierta del yate, en actitud muy sospechosa.
Sabía que se acostaba con otras; estaría bueno que no lo hiciera, ni que hubiera hecho votos de castidad, pero otra cosa muy distinta era que lo comprobara con mis propios ojos.
—¿Te ocurre algo, Ingrid? —Me preguntó Mario.
—No te preocupes, no pasa nada —contesté.
—Sí que me preocupo, porque me imagino lo que puede estar sucediéndote.
—¿Qué es eso que estás suponiendo?
—Pues que estás enamorada de un hombre y acabas de verlo con otra.
—Eso mismo me pasa, pero da igual, porque no sabe ni que existo. Digamos que soy un fantasma para él.
—Uy, sé lo que es eso y te puedo ayudar; no lo dudes.
—Somos de dos mundos completamente diferentes. Digamos que es un amor platónico. Es como si me enamorara de ti; tampoco podría ser.
—Para el carro, bonita. Si nosotros dos tuviéramos la suerte de enamorarnos, la diferencia de clase social no sería un problema. No te vayas a pensar que yo nací en una cuna de oro.
—¿No?
—Pues no, mi madre era costurera y mi padre mecánico; lo que tengo me lo he ganado yo.