Capítulo 3
Ingrid
Llegamos al edificio de la revista justo a tiempo, vamos, dos minutos antes de que tuviéramos que fichar, aunque lo hicimos con la lengua fuera.
Desde la estación del metro hasta donde estaban las oficinas había como media hora y lo hicimos en menos de quince minutos. Os podéis imaginar cómo corrimos.
—Voy a entrar al baño; necesito refrescarme la cara —me dijo Lau.
—En cuanto tú regreses, iré yo, porque me están cayendo los goterones de sudor hasta en lugares de los que no tenía ni idea de que pudieran sudar.
—No tardo; vuelvo en un minuto.
Justo cuando salía hacia el baño, llegó don Álvaro con su característica sonrisa en los labios, pero en esta ocasión acompañado de una mujer preciosa, algo que no le iba a gustar nada a mi amiga.
—Señorita Ingrid, le presento a Mónica, mi nueva secretaria —me dijo.
—¿Qué le ha pasado a la señora Margarita? —pregunté, extrañada, porque no sabíamos nada de que se hubiera jubilado, aunque ya debía tener la edad.
—A la señora Margarita le diagnosticaron una enfermedad cardíaca hace unos meses y hemos tramitado su baja para que se trate. Como después de eso tendría una larga recuperación, decidió que se jubilaría.
—Pues no ha dicho nada; podríamos haberle hecho una pequeña despedida. Esa mujer siempre me cayó bien.
—No quiso, aunque se lo propuse; no lo dude.
Esa mujer ni siquiera abrió la boca; se dedicó a mirarme de arriba abajo, como si estuviera analizando si podía considerarme una amenaza o alguien que pudiera ser competencia para ella, porque estaba claro que ella tenía otras intenciones con su jefe.
No tenía de qué preocuparse, al menos en el sentido de que ella estaba pensando, porque por supuesto que era una amenaza, porque no iba a permitir que don Álvaro se acercara a ella más de la cuenta, y empecé por tocarle la moral un poquito.
—Don Álvaro, ¿podemos hablar, a solas, por favor? —Le dije.
—Claro, señorita Ingrid, ¿le ocurre algo?
—A mí no, pero a mi compañera Lau sí que le ocurre.
—¿Está enferma, es algo grave? Dígame, por favor, que me estoy preocupando.
No me hizo falta preguntarle nada más, supe que estaba tan enamorado de mi amiga como ella de él, y por eso intenté tensar un poquito más la cuerda, a ver si me salía con la mía.
—No es ningún tema de salud, don Álvaro.
—¿Entonces? ¿Son problemas económicos?
—Uy, esos los tenemos mes sí y mes también, pero ya estamos acostumbradas; no es nada nuevo para nosotras.
—Señorita Ingrid, ¿quiere hacer el favor de explicarme, de una puñetera vez, qué le ocurre a la señorita Lau? —Me preguntó, pero no me dio tiempo de contestar.
—¿A mí? No me ocurre nada; se lo aseguro. No sé qué se le ha podido ocurrir a la loca de mi amiga —dijo Lau, mirándome con los ojos completamente abiertos del asombro.
—No se me ha ocurrido nada de lo que no hayamos hablado antes. No entiendo cómo, estando Lau aquí, con los estudios necesarios para ocupar ese puesto, y con la antigüedad que lleva en la empresa, se haya buscado a otra persona antes de preguntarle a ella. Hala, ya lo he dicho.
Los dos me miraron a la vez, don Álvaro, como si yo tuviera tres cabezas, mientras que mi amiga lo hacía como si me las quisiera arrancar las tres de un solo plumazo, y una sonrisa apareció en mis labios.
—Le prometo que no sabía nada, señorita Lau —dijo él, como si hubiera desperdiciado la oportunidad de su vida.
—No pasa nada, don Álvaro, ni siquiera sé de lo que estáis hablando.
—Pues nada, que la señora Margarita se ha jubilado y aquí el señor Serrano ha contratado a una nueva secretaria. Concretamente, esa que está ahí, a la espera de ocupar su puesto.
Mi amiga la miró, así como quien no quiere la cosa, y su rostro mudó de inmediato, de la incredulidad por lo que le había dicho a la más absoluta inseguridad, y Don Álvaro también se dio cuenta.
—Señorita Lau, yo…
—Usted, señor Serrano, ha cumplido con su trabajo, nada más. Ahora, si me disculpan, tengo mil cosas que atender en la recepción. Que le vaya bien el día —dijo mi amiga, dejándolo allí sin saber qué hacer ni qué decir.
Ahora me tocaría abrirle los ojos a ella, para que espabilara y no dejara pasar de largo al amor de su vida, aunque tenía claro que no iba a ser nada fácil. En los ojos de don Álvaro vi el miedo a que se cerrara más de lo que ya lo estaba, pero también comprobé todo el amor que sentía por ella.
Cuando llegué hasta la recepción, don Álvaro y su nueva secretaria ya subían en el ascensor, ante la atenta mirada de mi compañera, al menos, hasta que se cruzó con la de él, que fue cuando agachó la cabeza, cortando el contacto entre ambas.
—Esa mujer que ha contratado va a terminar por meterse en su cama, te lo digo yo.
—¿También te has dado cuenta de la forma en la que lo miraba? Me parece que es una lagarta de mucho cuidado, pero también creo que don Álvaro no va a caer en sus redes.
—Porque tú lo digas…
En ese momento, llegaron dos personas que tenían una cita programada y, mientras que mi compañera atendía las llamadas que iban entrando, yo les indiqué a los invitados el camino hasta los despachos; una vez que estuvieran allí, ya serían las secretarias las encargadas de anunciarlos.
La mañana fue caótica y, con todo el jaleo de la nueva secretaria de don Álvaro, no me había dado cuenta de la llegada del señor Maldonado, y eso siempre me entristecía, porque eran los únicos minutos en que podía verlo al día, y encima, mañana era sábado y no se trabajaba.
Pero no pensaba desperdiciar el premio que había ganado en un concurso de internet hacía ya unos meses, y hoy era el día ideal para hacer uso de él, así que, antes de decirle nada a mi compañera, llamé al restaurante para concretar la reserva.
Ese premio era el resultado de un sorteo que una cadena de ocio había lanzado en su perfil de las redes sociales y que consistía en una cena en uno de sus muchos restaurantes de lujo, además de un reservado con una botella en una de sus discotecas.
—Esta noche, tú y yo nos vamos a ir a cenar y a bailar, mientras que tomamos una copa.
—¿Con qué presupuesto, si se puede saber?
—Con ninguno, porque iremos gratis.
—¿De qué coño estás hablando, Ingrid?
—Hace unos meses gané una cena en el restaurante La Canela y un reservado en la discoteca El Azúcar , con una botella de lo que nosotros queramos y barra libre de refrescos.
—¿De verdad? ¿Me lo estás diciendo en serio?
—Completamente, ya he hecho la reserva en el restaurante y tenemos mesa a las diez de la noche.
—Joder, pero no tenemos nada que ponernos para estar a la altura de lo que se ve en ese restaurante.
—Ya encontraremos algo; no te preocupes. Siempre puedo hacerle algún arreglo a lo que tenemos en el armario; ya sabes que la costura se me da bien y mi máquina de coser está lista para trabajar.
Estábamos hablando de ello cuando llegó una de las chicas de vestuario.
En la revista, en muchos de los anuncios que salían entre sus páginas, sobre todo aquellos que no correspondían a una campaña ya formada, sus fotos se tomaban de abajo hacia arriba y, para ello, había un vestuario que se renovaba cada cierto tiempo.
—Chicas, vengo a deciros que el vestuario se renueva y ya sabéis lo que eso significa. Sé que vosotras nunca cogéis nada, y por eso os he avisado a la primera, antes de que llegue a oídos de las demás.
—Nos acabas de salvar la vida, Patricia; te lo aseguro.
—Pues venga, bajad conmigo y coged dos prendas cada una, un par de zapatos y dos complementos, por todas las veces que se ha hecho esto y no os habéis llevado nada.
Nos quedaban dos minutos para terminar nuestra jornada, pero como las chicas del turno de tarde ya habían llegado, nos dimos patadas en el culo para bajar y no quedarnos sin nada.
Elegimos dos vestidos para la cena, que eran una preciosidad, además de un pantalón para mí y un top a juego que eligió Lau; tanto una prenda como la otra las utilizaríamos las dos. Dos pares de sandalias de tacón y un bolso para cada una.
Hala, ya teníamos atuendo para esta noche; ahora tan solo nos quedaba llegar a casa, arreglarnos el cabello y seríamos la sensación de la noche, porque pensaba quemar hasta el último cartucho.
Nos marchamos de allí con una sonrisa en los labios. La noche nos saldría redonda y tan solo nos costaría el dinero del taxi.