Capítulo 2
Ingrid
El día había transcurrido como siempre y, a la salida, hacía un calor de muerte. Lo que hubiera dado yo por vivir en una casita con jardín, con su piscina y poder darme un bañito después de trabajar.
Pero no, vivíamos en un piso de un barrio obrero, en un segundo piso sin ascensor, porque era un edificio antiguo, y en el que, si quería remojarme, me tenía que conformar con meterme bajo la ducha con agua fría.
Tenía dos habitaciones bastante amplias, con un armario empotrado en cada una, un salón de tamaño medio, unido a la cocina por una barra, un baño completo y una pequeña terraza en la que, si metías una maceta un poquito más grande de la cuenta, te tenías que salir tú.
—Por fin hemos llegado; creía que no lo íbamos a hacer nunca.
—Ni que lo digas, maldito metro y maldito autobús.
—Y maldito coche, que ha decidido morir en el mes más caluroso y, encima, durante una ola de calor.
—Lo extraño es que no lo haya hecho antes, Lau.
—Pues también, porque el pobrecito tiene más años que un bosque.
—¿Recuerdas cuando lo compramos?
—Claro que me acuerdo: fue al poco de conseguir el trabajo y se lo compramos al dueño de la pensión en la que nos estábamos quedando…
—Que, a su vez, se lo había comprado a su tío, así que no era de segunda mano; era de cuarta o quinta mano, eso que supiéramos.
Ambas estallamos en una carcajada porque sí, podríamos estar sin un solo céntimo, viviendo a la última pregunta y haciendo más cuentas que un contable, pero las risas estaban aseguradas.
Me di una ducha y me puse cómoda y, mientras lo hacía Lau, yo preparé la comida; bueno, en realidad, tan solo la tuve que calentar, pues solía hacerla los domingos para toda la semana.
Mi amiga era una negada para la cocina; hasta las tostadas se le quemaban. Por eso, en cuanto que llegamos a la ciudad, le dije que me dejara la cocina a mí y que ella se encargara de la plancha, que era lo que menos me gustaba hacer.
Os podéis estar preguntando qué hacía cuando estaba en el pueblo si su padre no movía ni un dedo, pero yo os lo cuento. Su padre, por lo poco que comía, lo hacía en el bar y ella solía hacerlo en nuestra mesa, con lo que mi madre hubiera cocinado para ese día.
Ese día, como hacía muchísimo calor, me decanté por hacer una ensalada fresquita y un pescado al horno, que ya tenía limpio y fileteado, y que no quise hacer la tarde anterior porque, si no, cuando nos lo comiéramos, iba a estar como la suela de un zapato, de tieso.
—Eso huele que alimenta.
—Para ti, todo huele que alimenta, Lau.
—Hija, ¿qué quieres que haga si yo soy de buen comer y tú tienes unas manos en la cocina que ya quisiera yo para mí?
—Eres de lo que no hay, de verdad.
Negué con la cabeza y, mientras que ella iba poniendo la mesa para las dos, yo servía el pescado y dejaba la ensalada en el centro, para que fuéramos comiendo de ahí.
Sí, os podéis pensar que era una guarrada no servirse lo que cada una quisiera en un plato, pero es que, a nosotras, y cuando estábamos a solas, nos encantaba hacerlo así; otra cosa es que hubiera invitados; en ese caso, nos servíamos individualmente.
—¿Me vas a contar lo que hay entre don Álvaro y tú?
—No hay nada, te lo juro.
—Entonces, ¿por qué dijo esas palabras y, lo más importante, por qué te pusiste roja como un tomate?
—Pues, porque…
—Venga, Lau, nunca ha habido secretos entre nosotras.
—Y no las hay; fue un comentario tonto que me hizo el otro día.
—Entiendo, por la forma en la que te has sonrojado, que muy tonto no es que haya sido.
—Bueno, no, pero no puedo pensar en eso, porque entre él y yo hay un abismo.
—El único abismo que existe es el que vosotros queráis que haya, amiga.
Mi amiga me contó que, hacía unos días, mientras yo había salido a hacer unos recados que me habían encargado, don Álvaro la invitó a cenar, pero no de forma directa, sino de una manera muy sutil.
—Ingrid, fue algo así como: «Si no tienes a nadie con quién cenar, yo me ofrezco voluntario para hacerlo, muy gustosamente, además».
—¿Qué hay de malo en eso? Podrías haber cenado con él, como si fueran dos compañeros de trabajo.
—Es que no puedo cenar si tú estás enamorada del señor Maldonado; yo lo estoy del señor Serrano desde que me crucé con él por primera vez.
Reconozco que me dejó un tanto anonadada, pues pensaba que entre nosotros no había secretos, pero, al parecer, tan solo era por mi parte, porque por la suya sí que teníamos, y muchos, como estaba comprobando.
—Pensé que eras mi mejor amiga, la hermana con la que no compartía ADN, pero veo que me he equivocado.
—Y lo eres; eso no lo dudes.
—Claro que lo pongo en duda, porque no tenía ni idea de lo que me estás contando.
—Pensaba que, si no lo decía en voz alta ni se lo contaba a nadie, era como si esos sentimientos no existieran, pero te prometo que no lo hice con la intención de hacerte daño ni de ocultarte nada.
—Estaría bueno; vamos.
—No te enfades, por favor. Te prometo que no volverá a pasar.
—Por supuesto que no, porque te juro que, como vuelvas a ocultarme algo, como no me lo cuentes todo, te aseguro que cojo tus cosas y te envío al pueblo de una patada en el culo.
Lau sabía que me había dolido, pero también me conocía lo suficiente como para tener la certeza de que no era rencorosa, de que no se lo guardaría eternamente.
Nos dimos un abrazo, mientras que mi amiga me contaba lo que la había frenado a no aceptar esa cena. Me dolía por ella, por su manera de ver la vida, que, lo mismo y estaba en lo cierto, pero no me parecía la apropiada.
—No quiero ser el entretenimiento de un ricachón, Ingrid, entiéndeme.
—Lau, pero no puedes negarte la oportunidad de conocerlo, de saber hasta dónde podéis llegar.
—¿Hasta dónde podemos llegar? Pues hasta la cama, Ingrid, que no soy tonta.
—Pues no veo yo que don Álvaro sea de ese tipo de hombres, la verdad.
—Ese, como todos los hombres de su nivel económico, lo único en lo que se fijaría en alguien como yo sería meterla en su cama hasta que se canse y luego buscar a otra de su mismo estatus para formar una familia.
—¿Y si está enamorado de ti, de verdad?
—Claro, ¿y si mañana me toca la primitiva y así estoy a su nivel?
Nos miramos y soltamos una carcajada porque no nos pondríamos de acuerdo en la vida. Yo seguía pensando que la diferencia de clase no tenía por qué ser un impedimento, mientras que ella aseguraba que era el primer escollo en una relación.
Al final, terminamos sentadas en el salón, con el aire acondicionado puesto al máximo y viendo una de nuestras series preferidas. No hacíamos eso nunca si no lo acompañábamos con un buen cuenco de palomitas y un montón de gominolas.
A la hora de la cena, ninguna de las dos teníamos hambre, lógico, por otro lado, por la cantidad de guarradas que nos habíamos metido entre pecho y espalda. Por eso, tan solo nos tomamos un buen tazón de leche fría con cacao y algunas galletas.
Nos fuimos a la cama, yo, en concreto, con un plan en la cabeza, y que no era otro que hablar con don Álvaro e intentar sonsacarle sus verdaderos sentimientos por mi amiga, y, a raíz de ahí, actuar en consecuencia.
Me costó quedarme dormida, pues el calor que hacía en la habitación era insoportable. Yo creo que si hubiera abierto la puerta del horno mientras que estaba en funcionamiento, hubiese estado mucho más fresquita.
A medianoche, y ya completamente desesperada, me volví a meter en la ducha, con agua fría. Sabía que, al día siguiente, como no me iba a secar el pelo, tendría que recogerme en una coleta o en un moño informal, porque me levantaría con la cabeza como si hubiera metido los dedos en un enchufe.
Cuando sonó el despertador, me quería morir porque hacía, si acaso, un par de horas que me había quedado dormida. Pero bueno, no me quedaba más remedio que levantarme o llegaría tarde al trabajo, y eso sí que no había ocurrido en los casi diez años que llevaba en la revista.
Me vestí con el uniforme, recogí mi pelo en una coleta y preparé el café para las dos, ese que, al final, nos tendríamos que tomar a prisa y corriendo, porque no contábamos con que no teníamos el coche y dependíamos del transporte público.