El CEO de mis sueños
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Capítulo 1
Ingrid
Tenía entre mis manos el número de esta semana y ahí, en primera plana, estaba mi jefe, en la cubierta de un yate, con una rubia explosiva, de piernas interminables y aspecto de no haber trabajado en su vida.
A mi lado estaba Lau, mi mejor amiga y compañera de trabajo, que la miraba al mismo tiempo que yo.
No es que a mi jefe le gustara salir en el papel cuché, ni mucho menos, pero era el cumpleaños de uno de los empresarios más influyentes del país, y él le había dado la exclusiva a cambio de que no se escondiera.
—No se puede estar más guapo que él. Esta revista me la guardo.
—Como si fuera la primera vez que lo haces.
—No, no es la primera ni será la última, pero eso ya lo sabes.
—Ingrid, no puedes seguir así; ese hombre, al que ves todos los días, ni te mira; es que no sabe ni de tu existencia.
—Hombre, de mi existencia sí que sabe; al menos debe tener mi ficha de empleada.
Esa era una de las conversaciones que Lau y yo teníamos casi a diario. No entendía que estaba completamente enamorada de ese hombre desde que lo vi entrar por esa puerta por primera vez.
Pero antes de contaros mi historia, será mejor que os cuente algo de mí: que ni siquiera me he presentado en condiciones; he empezado a hablar de la situación que se estaba dando en mi puesto de trabajo.
Mi nombre es Ingrid; tengo treinta años y llevo trabajando en esta empresa desde que tenía veinte, en el mismo puesto y con dos jefes distintos, pues la revista atravesó un mal momento y la compró el señor Neizan Maldonado, para ser más exactos.
Neizan tenía treinta y cinco años, pero desde bien jovencito, y en cuanto que terminó la carrera, se dedicó a los negocios, hasta que dio con la horma de su zapato, con lo que más le gustaba, la revista de la que era propietario y CEO.
El primer día que nos reunieron a todos, el momento en el que el antiguo propietario, el señor Manuel Melara, nos dijo que había vendido la empresa y que nos iba a presentar al nuevo CEO, todos temblamos un poco.
No sabíamos si nuestros puestos de trabajo correrían peligro, por eso de que tuviera que hacer recortes por la situación de la empresa, o si sería uno de esos jefes autoritarios que todo lo hace a gritos.
Con don Manuel nunca había sido así; siempre tenía la puerta de su despacho abierta para cualquiera de nosotros, tanto si teníamos un problema personal como si lo que teníamos que contarle era una buena noticia.
—Señores, estoy aquí para hacer funcionar esta empresa, para que vuelva a ser una de las principales del mercado y, para que eso suceda, van a tener que cambiar algunas cosas —nos dijo aquel día que pisó por primera vez la redacción de la revista.
—Pero no teman por sus puestos de trabajo, que esos seguirán intactos; ya me he encargado yo personalmente de que sea de este modo —nos tranquilizó don Manuel.
—Siempre y cuando todos cumplan con las nuevas directrices…
Me quedé embobada mirándolo, pues no solo era su presencia, que era muchísimo, porque tenía un porte que no os podéis imaginar, bueno, tenía y tiene que sigue estando buenísimo, sino el carisma que demostraba.
Nos quedó claro que no era un hombre cercano, tal y como estábamos acostumbrados, pero lo que no me esperaba era que no mirara a ninguno de sus empleados, que cumpliera la jerarquía a la perfección.
Él tan solo se dirigía a su secretaría y, como mucho, a los jefes de departamento. El resto éramos tan solo meros peones en el engranaje de una gran empresa y, como tal, nuestra única labor era que todo siguiera girando perfectamente.
Bueno, a lo que iba, que me desvío del tema. Vivía con mi amiga Lau, pues mis padres, junto a mi hermana Valeria, no quisieron abandonar su pueblo natal para venirse a la capital, y a mí, seguir viviendo en ese sitio me estaba asfixiando.
Me vine a estudiar idiomas a la capital y los primeros días no es que lo pasara excesivamente bien, ya que el cambio fue brutal. Para empezar, estaba acostumbrada a saludar a todo el mundo por la calle y pensé que eso era igual en todos lados.
¡Qué equivocada estaba! Ni siquiera los vecinos de nuestro bloque nos saludaban en el rellano. Aquí, cada uno iba a lo suyo y suerte tenías si te ocurría algo en la calle y se acercaban a socorrerte.
Fueron muchas noches las que pasé entregando currículos, hasta que llegó el momento en que me llamaron de la revista y conté con un ingreso fijo todos los meses.
Lau y yo éramos como hermanas y, en el momento en el que le dije que me marchaba a Madrid, no tardó ni cinco minutos en preparar su maleta y venirse conmigo. Como decía ella, allí nadie la retenía.
Cuando su madre falleció, su padre se hundió en la miseria y se refugió en la bebida. Perdió su trabajo y se dedicó a vivir de su hija, que se mataba trabajando en todo lo que le salía para que él terminara gastándoselo en borracheras.
En el momento en el que se enteró de que su hija se marchaba, los gritos se escucharon en todo el pueblo y le dijo que, si salía por esa puerta, se hiciera cuenta de que no tenía padre, que no volviera por ahí cuando fracasara, porque la dejaría en la calle.
Mis padres nos contaban que se había echado una nueva mujer, a la que tenía igual que a su hija, con llagas en los dedos de tanto trabajar para que él siguiera emborrachándose a gusto.
Y volvamos a Madrid en este preciso momento, en el que Lau y yo seguíamos en la recepción de la revista y con esa revista en la mano. Vimos cómo la puerta se abría y entraba el señor Maldonado, con cara de pocos amigos, como siempre.
—Será mejor que guardemos esto y lo dejemos para cuando estemos en casa…
—Buenos días, señor Maldonado.
Como todos y cada uno de los días desde que compró la revista, ese era mi saludo cuando llegaba. ¿Su respuesta? La ignorancia más absoluta: ni siquiera levantaba la cabeza para contestar; bueno, es que ni siquiera contestaba.
—¿Vas a seguir así mucho tiempo?
—Así, ¿cómo?
—Pues haciendo el indio con ese hombre, Ingrid. Sal ya de ese bucle en el que estás metida, por favor. Te lo pido: que tengas una cita con otro hombre.
—¿Para qué voy a tener una cita con otro hombre si el que me gusta es él?
—Por eso mismo, para que lo olvides, ¿no ves que no juega en la misma liga que nosotras?
—Bueno, pero es que a mí me da igual. Sobre los sentimientos no se manda.
—Pues nada, hija mía, iré al convento a comprarte yemitas por Navidad.
Solté una carcajada justo cuando pasaba uno de los jefes de departamento. Por lo menos tuve la suerte de que no fuera uno de los siesos, sino Don Álvaro, el jefe de redacción, y que era un hombre de lo más cercano y amable.
—Veo que el ambiente de la recepción de hoy está plagado de felicidad —nos dijo.
—Disculpe, don Álvaro, ha sido esta mujer, que se le ocurre cada cosa… Es que no las piensa —contesté, un tanto avergonzada.
—Eso es bueno; la naturalidad nunca debe perderse; es la esencia de las personas.
—Perdone, don Álvaro, intentaba hacer que Ingrid entrara en razón, que se quitara un amor imposible de la cabeza —le explicó Lau, ante mi auténtico estupor.
—Lau, eso no se puede remediar; siempre nos queda la esperanza de que esa persona se fije en nosotros. Ahora, si me disculpan, tengo trabajo. No pierdan nunca esa sonrisa.
Mi amiga se puso roja como un tomate después de escuchar las palabras del jefe de redacción. La miré, me crucé de brazos, esperando a que me explicara todo, porque estaba claro que algo me estaba perdiendo, por mucho que ella negara con la cabeza.
—Ya mismo me estás contando el motivo de ese sonrojo y de las palabras de don Álvaro.
—Ingrid, no es nada, de verdad.
—Claro, y yo me lo creo. Ahora, Lau, la descarada se sonroja por nada.
Me fue a contestar, pero en ese momento sonó el teléfono y tuvo que atenderlo, ya que ella se encargaba de eso, mientras que yo era la que recibía a las visitas y les indicaba el despacho al que tenían que dirigirse.
—Salvada por la campana, pero no pienses que esto se va a quedar aquí y así, porque en cuanto que volvamos a casa, quiero todos y cada uno de los detalles. ¿Te ha quedado claro?
Lau me miró y asintió con la cabeza, pero vi el terror en sus ojos.