El CEO de mis sueños Epílogo
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Epílogo

Ingrid

Diez años después…

Desde la boda de mi hermana hasta el momento en el que nos encontramos, han pasado muchas cosas, algunas buenas, otras no tan buenas y algunas que no hubiéramos querido nunca que pasaran, pero no os preocupéis, que os lo cuento todo ahora mismo.

Como ya sabéis, Neizan me pidió matrimonio en la boda de mi hermana, pero no nos pudimos casar hasta dos años más tarde. ¿El motivo? Pues que lo celebramos con tantas ganas y en privado que me volví a quedar embarazada.

Sí, tal y como estáis leyendo. Yo, que decía que no volvería a pasar por otro parto ni muerta, pues ahí estaba la tía, como una jabata, poniendo en el mundo a una niña de cuatro kilos y cincuenta y dos centímetros, casi nada.

Mi niña se llamaba Paula, en honor a mi padre, y ahora entenderéis el motivo de que eligiéramos ese nombre. ¿Recordáis cuando mi madre nos decía que mi padre estaba resfriado y tenía fiebre? Pues nada más lejos de la realidad.

A mi padre le diagnosticaron un cáncer de pulmón, pero no nos dijeron nada, según ellos para no preocuparnos, falleció dos días antes de que yo diera a luz a nuestra hija, sin poder conocerla. Para mí fue un mazazo gordo el que me asestó la vida, pero tenía dos hijos y debía seguir adelante.

Nos casamos en el pueblo, porque, aunque mi padre no estuviera físicamente con nosotros, era como si estuviera un poquito más presente, ya que él siempre decía que quería ver a sus hijas entrar de blanco por la puerta de la ermita.

Nuestra boda no fue tan multitudinaria como la de mi hermana y mi cuñado, quisimos que fuera más íntima, por lo que significaba para nosotros hacerla allí. No quise que me acompañara nadie hasta el altar, aunque mi cuñado Mario me convenció de lo contrario.

Lo hizo Álvaro, fue el que ejerció como mi padrino, y lo hizo con un orgullo y un cariño que me llegó al alma. Cuando me vio vestida de novia salir de la que había sido la casa de mi infancia, no pudo evitar llorar, y yo lo hice junto a él.

La ceremonia no pudo ser más bonita, con el recuerdo de mi padre siempre presente, tanto en las palabras que pronunció el sacerdote como en la gente que nos acompañaba aquel día.

Y sí, no solo había una niña más en la familia, porque mi amiga Lau y ese retraso que fingió para tapar todo lo que tenían organizado en el despacho de mi ya marido, resultó ser cierto, y había tenido un niño, que se llamaba Álvaro, como su padre, y estaba embarazada de nuevo en el momento de la boda, aunque todavía no se lo había dicho a su chico.

Ellos decidieron que no querían pasar por el altar, se hicieron pareja de hecho y vivían felices juntos a sus dos hijos, porque el segundo también fue niño, y se llamaba como mi marido Neizan.

Mi hermana y Mario también tuvieron dos hijos más, mellizos, para más señas, que tenía ahora cuatro años y que eran dos trastos de cuidado.

Según su padre, eran igualitos a él cuando tenía su edad, y traían a su madre completamente desesperada, sobre todo cuando Lola era una princesita de lo más buena.

Javier y Óscar seguían en las mismas diez años después, se veían, se acostaban, hacían vida de pareja, pero, según ellos, cada uno tenía su vida y su casa, y eso lo hacía todavía más emocionante.

Tuvieron un par de rupturas por terceras personas, tanto de uno como de otro, pero siempre volvían. Al final, su decisión fue tener una pareja abierta, algo que yo no compartía, pero que respetaba. Era su vida y su pareja, y tan solo ellos podían poner las reglas.

Con respecto al socio y amigo de mi marido, se casó con Nerea, su novia, poco tiempo antes que nosotros, pero ellos habían decidido no tener hijos. Cuando les entraba las ganas de ser padres, se llevaban un ratito a los nuestros, y se les pasaba las ganas durante otra buena temporada.

Y aquí estaba yo, otra vez a punto de entrar en paritorio, pero os juro que esta era la última. En esta ocasión eran mellizos, niño y niña, y como tenían que hacerme una cesárea por la posición en la que estaban, les dije que aprovecharan y cerraran la fábrica.

—Venga mi amor, que seguro que todo sale bien.

—Bien te va a salir a ti la jugada, ahora, que esta es la última vez que paso por aquí, garantizado.

—¿Estás segura de querer hacer eso?

—Tan segura como que siempre has sido el CEO de mis sueños, el padre de mis hijos y la persona con la que quiero seguir compartiendo mi vida, pero con cuatro, ya vamos en coche de caballos.

—Yo siempre he querido ser familia numerosa, el ser hijo único me resultaba muy aburrido, sobre todo cuando veía a mis amigos jugar y pelearse con sus hermanos.

—Hala, pues ya tenemos suficientes hijos para que se peleen entre ellos. Además, no me has dicho dónde vamos a meter a estos dos. De momento, pueden estar en nuestra habitación, pero de aquí a unos meses.

—Te prometo que, cuando salgas de aquí, verás la sorpresa.

Mis niños nacieron bien, sanitos e igual de grandes que sus hermanos. Al parecer, nosotros no sabíamos hacer niños de tamaño normal, nosotros todo a lo grande, como el caballo del dicho.

Cuando me dieron el alta, mi marido se desvió hacia otra zona de la urbanización en la que las casas eran más grandes, y el jardín tenía más terreno que el nuestro, y se paró delante de una con una verja alta, como con más seguridad.

—Aquí tienes tu nueva casa. Creo que cabemos todos.

—Estás loco, lo sabías.

—Sí, pero loco por ti y por familia. Os quiero con toda mi alma.

—Nosotros a ti también, mi vida.

Sellamos esas palabras con un beso porque, mi marido, a pesar de que ya estaba rondando los cincuenta, seguía estando igual de bueno que el primer día que entró por las puertas de la revista.