EPÍLOGO
Seis meses después
Felicity contemplaba Manhattan mientras jugueteaba distraídamente con el elegante bolígrafo entre sus dedos. Como directora del departamento de Innovación y Sustentabilidad en Vogue, había logrado lo impensable: encontrar su voz en la industria de la moda sin sacrificar sus valores.
Seis meses habían pasado volando desde aquella tarde en el tren, cuando Alexander Reid había reaparecido en su vida con una disculpa, una declaración de amor y un beso que había sanado todas las heridas.
Seis meses despertando junto a él cada mañana, aprendiendo a conocer al hombre detrás del empresario, y construyendo algo que ninguno de los dos había creído posible al principio: una relación basada en la confianza, el respeto, y un amor que crecía con cada día que pasaba.
El teléfono sobre su escritorio vibró. Era un WhatsApp de Alexander:
Alexander: No olvides que hoy sales temprano. Cena importante. Te recojo a las 17:00. No trabajes demasiado, señorita Ashford.
Felicity sonrió al leer el «señorita Ashford». Era un juego entre ellos, la manera en que Alexander reconocía y respetaba su independencia profesional.
Ella había insistido en forjar su propio camino, rechazando la oferta de regresar a Reid Enterprises.
Felicity: ¿Tan importante es esa cena como para sacrificar mi reunión con el equipo de diseño?
Sabía la respuesta. Alexander nunca interrumpía su trabajo a menos que fuera realmente importante.
La respuesta llegó unos segundos después.
Alexander: Más importante de lo que imaginas. Confía en mí.
Aquellas dos últimas palabras la hicieron sonreír de nuevo.
«Confía en mí» se había convertido en su mantra, en la promesa que ambos habían hecho después de todo lo que había pasado con Isobel Winters y Morgan Hargrove y la conspiración de la junta directiva.
—Esa sonrisa solo puede significar dos cosas: o acabas de recibir un mensaje de cierto magnate empresarial guapísimo, o han anunciado una oferta de zapatos en Bloomingdale's —comentó Larissa, su asistente, mientras entraba con una carpeta de documentos.
Felicity rio, guardando el teléfono.
—La primera opción —admitió—. Alexander me recuerda que hoy salgo temprano.
—Ah, sí, la misteriosa cena —dijo Larissa, enarcando una ceja con curiosidad—. ¿Aniversario?
Felicity frunció el ceño ligeramente, tratando de hacer memoria.
No era el aniversario de cuando habían empezado a salir, ni el de cuando se dieron una segunda oportunidad después de la reconciliación. Tampoco era el cumpleaños de Alexander, ni el suyo.
Y entonces cayó en la cuenta.
Un año atrás, exactamente, había entrado desesperada en el compartimento VIP de aquel tren y había besado a un desconocido para escapar del revisor. Un año desde el beso que, sin saberlo, cambiaría su vida para siempre.
—Algo así —respondió enigmáticamente, mientras su mente comenzaba a dar vueltas. ¿Alexander recordaba esa fecha? No lo habían mencionado nunca explícitamente como un aniversario. Era demasiado... poco convencional.
A las 16:55, mientras guardaba sus cosas, su teléfono vibró con una llamada.
La foto de Azriel, con su inconfundible pelo azul eléctrico y una sonrisa deslumbrante, apareció en la pantalla.
—Azriel Fontaine, ¿a qué debo el honor? —respondió con una sonrisa, sujetando el teléfono entre el hombro y la oreja mientras cerraba su maletín.
—¡Felicity Ashford, luz de mi vida e impulsadora de mi carrera! —La voz teatralmente efusiva de Azriel llenó la línea—. Solo llamaba para recordarte que mañana es la prueba final del vestido para la gala del Met. Si no apareces, tendré que enviar a Gatsby a arañar tus zapatos favoritos.
Felicity se echó a reír.
Azriel y sus cosas.
Desde el reportaje en Fortune, la carrera de Azriel había despegado como un cohete. La colección que había creado para los ejecutivos de Reid Entreprises había captado la atención de celebridades y editores de moda por igual.
Apenas seis meses después, se preparaba para vestir a Felicity para la Gala del Met, un honor que no había dejado de mencionar en cada conversación.
—No lo he olvidado —le aseguró—. Estaré allí a las once en punto. Además, no me perdería la oportunidad de conocer mejor a Mateo. Todavía no puedo creer que no me lo presentaras formalmente antes de que se mudara contigo.
—Fue un torbellino, querida —se defendió Azriel, y Felicity podía verlo agitando dramáticamente la mano en el aire—.
Un fotógrafo de Puerto Rico apareció de pronto para hacer un reportaje en la revista Elle, donde yo había diseñado la ropa de las modelos de la portada, me miró con esos ojos de color chocolate intenso, y ese acento que hace que las rodillas se te conviertan en gelatina hizo el resto.
Francamente, fue un milagro que lográramos terminar la sesión de fotos.
Felicity sonrió.
Mateo había entrado en la vida de Azriel como un huracán de pasión latina, pero también con calma, el contrapeso perfecto para la energía caótica de su amigo.
En menos de tres meses, se había mudado al loft y había conquistado incluso a Gatsby, algo que Azriel calificaba como «prueba irrefutable de que es mi alma gemela, si no ya le habría llenado de pelo la ropa».
—Hablando de encuentros inesperados —continuó Azriel. Su voz había adoptado un tono conspirador—, ¿algún plan especial para esta noche?
Algo en su tono hizo que Felicity se detuviera.
—¿Por qué lo preguntas? —inquirió, recelosa.
—Por nada, por nada —respondió Azriel, demasiado rápido para ser convincente—. Solo curiosidad. Completamente inocente. Totalmente desinformada.
—Azriel Fontaine, si sabes algo que yo no sé...
—¡Oh, mira qué hora es! —la interrumpió con exagerada sorpresa—. ¡Mateo me está llamando para... algo importante que involucra... cosas! ¡Hablamos mañana! ¡Te quiero!
Y colgó antes de que Felicity pudiera interrogarlo más.
Con una mezcla de confusión y anticipación, Felicity tomó su abrigo y se dirigió al ascensor. Justo cuando las puertas se abrían, recibió otro WhatsApp de Alexander:
Alexander: Cambio de planes. El chófer te espera abajo. Él te llevará a nuestro destino. Te veo pronto.
—¿Qué estará tramando? —susurró, guardando el móvil en el bolso.
Intrigada y nerviosa, Felicity bajó hasta el vestíbulo. Efectivamente, James, el chófer de Alexander, la esperaba con una sonrisa discreta.
—Señorita Ashford —la saludó con una inclinación profesional—. El señor Reid me ha pedido que la lleve a su destino.
—¿Y cuál es exactamente ese destino, James? —preguntó, mientras él le abría la puerta del Bentley negro.
—Me temo que son órdenes estrictas del señor Reid no revelar esa información —respondió con una sonrisa cómplice—. Pero puedo asegurarle que es un viaje corto.
Durante el trayecto, Felicity intentó obtener alguna pista de James, pero el chófer se mantuvo hermético, respondiendo a sus preguntas con silencios o evasivas educadas. Finalmente, después de unos treinta minutos, el coche se detuvo.
Felicity miró por la ventanilla y su corazón dio un vuelco. Estaban en Grand Central Station.
—¿La estación de tren? —murmuró, más para sí misma que para James.
—El señor Reid la espera en el andén privado —explicó James, abriendo la puerta—. Me ha pedido que la escolte hasta allí.
Con cada paso que daba a través de la majestuosa estación, el corazón de Felicity latía más rápido.
No podía ser una coincidencia.
Alexander había recordado la fecha, había recordado cómo se conocieron realmente.
La mezcla de nerviosismo y emoción hizo que sintiera las piernas flojas, mientras seguía a James hasta una zona restringida de la estación, donde un empleado con uniforme esperaba junto a una puerta.
—Señorita Ashford —saludó el empleado—. Por aquí, por favor.
La condujo a través de la puerta, que daba a un pequeño andén privado donde había un único vagón de tren. Pero no era un vagón cualquiera. Era una réplica moderna y lujosa de un vagón de primera clase de los años veinte, construido con madera pulida, latón brillante y terciopelo de color carmesí.
Y allí, de pie junto a la entrada, estaba Alexander Reid.
El corazón de Felicity se detuvo un instante.
A pesar de verlo todos los días, la visión de Alexander siempre la dejaba sin aliento. Alto, atlético, vestido con un traje azul oscuro que resaltaba sus ojos; camisa blanca y corbata gris.
Su postura irradiaba la misma autoridad innata que había notado desde el primer día. Pero había algo más: una dulzura en su mirada, una calidez que solo quienes lo conocían realmente podían ver.
—Felicity —dijo simplemente cuando se acercó, extendiendo su mano hacia ella.
—Alexander —respondió, entrelazando sus dedos con los suyos—. ¿Qué es todo esto?
Una pequeña sonrisa jugaba en la comisura de los labios de Alexander.
—¿No reconoces la fecha? —preguntó. Sus ojos azules brillaban con una emoción contenida—. Hace exactamente un año, una mujer desesperada entró en mi compartimento y me besó para escapar del revisor.
Felicity notó un calor ascender por sus mejillas cuando lo recordó.
—No podría olvidar un aniversario tan poco convencional —comentó.
La sonrisa de Alexander se amplió en sus labios, transformando como siempre su rostro, que adquiría una expresión más jovial, más dulce, más risueña.
Felicity nunca dejaría de maravillarse ante ese cambio, ante el hecho de cómo una simple sonrisa podía convertir al intimidante dueño de Reid Enterprises en el hombre cálido y vulnerable del que estaba enamorada.
—Nada en nuestra historia ha sido convencional —comentó Alexander, guiándola hacia el vagón—. ¿Por qué empezar ahora?
El interior era aún más impresionante que el exterior. Una mesa elegantemente dispuesta con vajilla de porcelana fina, copas de cristal y candelabros de plata ocupaba el centro del espacio. Ramos de rosas blancas y orquídeas rosadas adornaban cada rincón, llenando el aire con su fragancia.
Pero lo que realmente captó la atención de Felicity fue la disposición del resto del vagón. Estaba diseñado para recrear el compartimento VIP de un tren de lujo, con asientos de cuero unos frente a otros, exactamente como aquel en el que se habían conocido.