CAPÍTULO 69
Felicity sintió como si todo el aire se le escapara de los pulmones. Lo miró fijamente, segura de haber escuchado mal.
—¿Qué has dicho? —susurró.
Alexander se levantó de su asiento y, en un movimiento que la sorprendió, se arrodilló frente a ella, tomando sus manos entre las suyas. El contacto envió una corriente eléctrica por todo su cuerpo.
—Dije que estoy enamorado de ti —repitió, con una voz firme pero suave—.
Perdidamente enamorado. De tu inteligencia, de tu determinación, de la forma en que te enfrentas a mí sin miedo cuando todos los demás agachan la cabeza.
De cómo mordisqueas tu labio cuando estás concentrada y de cómo tus ojos de color avellana brillan cuando descubres la solución a un problema.
Estoy perdidamente enamorado de tu lealtad, que nunca merecí, pero que siempre me diste.
Estoy enamorado de cada parte de ti, Felicity Ashford.
De tus ojos, de tu naricilla, de tus labios carnosos.
De la forma en que frunces la boca cuando estás enfadada.
Felicity se quedó sin palabras.
Su mente estaba intentando procesar lo que estaba ocurriendo.
Alexander Reid, el hombre más controlado y reservado que había conocido, estaba de rodillas frente a ella, declarándole su amor en términos que jamás habría esperado escuchar de él.
—No... no sé qué decir —balbuceó finalmente.
—No tienes que decir nada —respondió él, apretando suavemente sus manos—.
Solo escúchame. Cuando acepté tu renuncia cometí el peor error de mi vida.
No solo porque tenía que haberte defendido ante la junta directiva, sino porque alejé a la única persona que había logrado atravesar todas mis defensas, la única persona con quien sentí que podía ser simplemente Alexander, no el dueño de Reid Enterprises, no el heredero del imperio Reid. Solo un hombre. Solo yo. Sin más.
Felicity sintió cómo un nudo se formaba en su garganta. Quería mantenerse fuerte, recordar todo el dolor de las últimas semanas, pero las palabras de Alexander estaban desmoronando el muro que había construido cuidadosamente alrededor de su corazón.
—Me rompiste el corazón, Alexander —confesó, y su voz se quebró ligeramente—. Confiaba en ti. Creía en ti. Y a la primera señal de problemas, me descartaste sin pestañear.
—Lo sé —asintió él. La culpa era evidente en sus ojos azules—.
Y pasaré el resto de mi vida intentando compensarte por ello, si me das la oportunidad.
No te pido que me perdones hoy, ni mañana.
Solo te pido una oportunidad para demostrarte que he cambiado, que he aprendido la lección más importante de mi vida: que ninguna junta directiva, ningún escándalo, ningún rumor es más importante que tú.
Tú estás por encima incluso del legado que me dejó mi padre.
He dado la vida por él, por la empresa, desde que tenía veinte años, pero creo que es tiempo de dar prioridad a otras cosas.
El tren tomó una curva. La inercia los empujó ligeramente. Pero Alexander mantuvo su postura, con la mirada en Felicity.
—¿Sabes qué es lo que más me ha atormentado estas semanas?
—continuó—. Recordar nuestra noche en Boston, durante la tormenta.
La primera vez en mi vida adulta que me permití ser realmente yo mismo con alguien.
Y luego, ese momento en mi oficina, cuando estuvimos a punto de besarnos...
Antes de que Isobel interrumpiera. He revivido esos momentos cada noche, preguntándome qué habría pasado si hubiera confiado en mis instintos en lugar de en mis miedos.
Felicity sentía que las lágrimas amenazaban con desbordarse. Intentó mantenerlas a raya. No quería mostrarse débil, pero la sinceridad en la voz de Alexander estaba desarmándola por completo. Dios, la estaba dejando sin defensas.
—¿Por qué debería creerte ahora? —preguntó, necesitando aferrarse a algún tipo de resistencia.
Alexander soltó sus manos y, para su sorpresa, sacó algo del bolsillo interior de su chaqueta. Era su teléfono. Lo desbloqueó y se lo entregó.
—Lee el último email que envié —dijo simplemente.
Felicity tomó el teléfono con cautela, como si pudiera quemarla.
La pantalla mostraba un email enviado a todos los directores de departamento de Reid Enterprises, con copia al departamento de Recursos Humanos. El asunto: «Restablecimiento de Felicity Ashford como Asistente Personal Ejecutiva».
Sus ojos recorrieron rápidamente el texto, ensanchándose con cada línea.
Alexander no solo anunciaba su reincorporación a su puesto original, sino que también incluía una disculpa pública, reconociendo que había sido injustamente acusada y exonerándola completamente.
Además, dejaba claro que cualquier rumor o comentario sobre el incidente sería tratado como una violación grave del código de conducta de la empresa.
—Alexander... —murmuró, levantando la mirada del teléfono—. Esto es...
—Lo mínimo que podía hacer —terminó él—. Y hay más. He reestructurado la junta directiva.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Felicity.
Alexander se levantó finalmente, pero en lugar de volver a su asiento, se sentó junto a ella.
—Isobel Winters no actuaba sola —explicó—. Tres miembros de la junta estaban conspirando contra mí para destituirme como presidente de Reid Enterprises. La filtración del acuerdo de BioGen y todo lo que pasó con Morgan Hargrove era solo una parte de un plan mucho mayor.
Felicity lo miró boquiabierta, sin dar crédito a lo que estaba escuchando.
—¿Te estaban traicionando? ¿Los miembros de tu propia junta directiva? —preguntó con incredulidad—. ¿Cómo es posible?
—El poder atrae a los buitres —respondió Alexander con una nota de amargura—. Llevaban semanas socavando mi autoridad, cuestionando mis decisiones, intentando crear divisiones dentro de la empresa, y nuestra relación fue más leña para el fuego.
—¿Y cómo te has enterado?
—Me lo contó Morgan Hargrove.
Felicity abrió los ojos de par en par.
—¿Morgan Hargrove?
—Sí, fue él el que me facilitó todas las pruebas para desenmascararlos.
—No me lo puedo creer…
—No es tan extraño —dijo Alexander—. Isobel le dio una patada en cuanto le dejó de servir como espía y Morgan Hargrove decidió vengarse de ella contándome sus artimañas a mí.
—Isobel es una arpía, como dice Azriel —comentó Felicity.
Sacudió la cabeza, como si aún le costara creerlo.
—Lo irónico es que, si no hubiera dejado que te alejaras de mí, probablemente los habría descubierto mucho antes —añadió Alexander—. Siempre fuiste mejor que yo para leer a las personas.
Aquella última confesión, tan sincera y desprovista de su habitual arrogancia, provocó que algo se rompiera dentro de Felicity.
Una lágrima solitaria rodó por su mejilla antes de que pudiera detenerla. Eran demasiadas emociones.
Alexander la observó. Su expresión se suavizó.
Extendió la mano y, con el pulgar, limpió delicadamente la lágrima de su rostro. El contacto fue eléctrico, enviando un escalofrío por la columna vertebral de Felicity.
—No llores, por favor —susurró—. No soporto verte llorar sabiendo que yo soy la causa.
Felicity cerró los ojos unos instantes, permitiéndose sentir el calor de su mano contra su piel.
—No has dicho nada sobre el email —observó Alexander—. ¿Aceptarías volver? ¿Darme una segunda oportunidad?
Felicity abrió los ojos y lo miró directamente. En su mirada de color azul había una súplica silenciosa que contrastaba con el hombre poderoso y seguro que todo el mundo conocía.
—No lo sé, Alexander —respondió honestamente—. Todo esto es... abrumador. El email, la conspiración, tú diciendo que estás... —no pudo completar la frase, como si las palabras fueran demasiado grandes para pronunciarlas.
—Enamorado de ti —terminó de decir él por ella—. Y lo estoy, Felicity. Tan enamorado que estas han sido las peores seis semanas de mi vida. No sé si igual que cuando perdí a mis padres. Porque entonces perdí mi pasado, pero cuando dejé que te alejaras, sentí que había perdido mi futuro.
Esas palabras, tan poco habituales del Alexander que conocía, tan sinceras y directas, provocaron que otra lágrima escapara de los ojos de Felicity, seguida de otra y otra más. No podía detenerlas, pero es que ni siquiera lo estaba intentando.
—Yo… te he echado de menos —admitió finalmente. Su voz apenas era audible por encima del traqueteo del tren. Suspiró—. Más de lo que quería admitir, incluso a mí misma. He intentado odiarte, Alexander. De verdad que lo he intentado.
—¿Y lo has conseguido? —preguntó él.
Felicity negó lentamente con la cabeza.
—No —susurró—. No he podido. Por mucho que me haya dolido lo que hiciste, no he podido dejar de... —Tomó aire, y su rostro reflejó una expresión de resignación—. No he podido dejar de quererte.
El tiempo pareció detenerse.
El mundo exterior se esfumó, reducido a ese compartimento de tren, a ese momento suspendido entre ellos.
Alexander alargó la mano despacio, colocándola sobre la de Felicity. Fue un gesto tentativo, como si temiera que ella pudiera desvanecerse si se movía demasiado rápido.
—Felicity Ashford —dijo, en un tono rico y profundo—, el día que entraste en mi compartimento y me besaste para escapar del revisor, cambiaste mi vida para siempre.
Tuve que perderte para darme cuenta de lo mucho que significas para mí.
Te quiero, y si me das una segunda oportunidad, pasaré cada día demostrándotelo.
Felicity miró sus manos unidas, sintiendo cómo el calor de la suya se fundía con el de Alexander.
Seis semanas de dolor, de confusión, de intentar odiarlo mientras secretamente anhelaba aquel momento. Y ahora que había llegado, parecía casi irreal, como si fuera un sueño.
—¿Sabes qué es lo que nunca te dije? —preguntó Felicity, levantando la mirada para encontrarse con sus ojos—. Que aquel beso, a pesar de todas las circunstancias, fue el mejor de mi vida. Incluso siendo tan breve, tan impulsivo, tan... inapropiado.
Un brillo travieso apareció en los ojos de Alexander, algo tan inesperado que Felicity casi no lo reconoció.
—¿Mejor que este? —murmuró, y antes de que ella pudiera reaccionar, se inclinó y capturó sus labios con los suyos.
A diferencia de aquel primer beso fruto de la desesperación, ese fue suave, tierno, casi reverente.
Los labios de Alexander se movieron contra de Felicity con una dulzura que la dejó sin aliento. Felicity sintió que su corazón se expandía en su pecho, amenazando con estallar.
Por fin.
Después de un rato, rompieron el beso. Alexander dejó descansar su frente contra la de ella. Sus ojos permanecieron cerrados como si estuviera memorizando el momento.
—No —susurró Felicity, con una pequeña sonrisa formándose en los labios—. Este es definitivamente mejor. Mucho mejor. —Su sonrisa se amplió.
Alexander abrió los ojos. Y también sonrió. Y era como ver el sol salir después de una larga noche de tormenta.
—¿Sabes? —dijo, en un tono juguetón, rozando la punta de su nariz con la de Felicity—. Creo que deberíamos seguir investigando cómo funciona entre nosotros esto de besarnos. Por razones científicas, por supuesto.
Felicity rio. Y el sonido que produjo resonó en el compartimento.
—¿Alexander Reid haciendo bromas? —preguntó, fingiendo asombro—. ¿Quién eres tú y qué has hecho con mi exjefe gruñón?
—¿Exjefe? —repitió él.
—Me temo que no voy a poder aceptar de nuevo el puesto de tu asistente personal. Desde hace una semana y media he empezado a trabajar en Vogue. Soy la asistente personal de Miranda Roberts.
Alexander alzó las cejas.
—¿Me dejas por Vogue? —bromeó, colocándole un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Es un trabajo que me encanta y creo que es lo mejor para nosotros.
Alexander sujetó su rostro entre las manos
—Me parece perfecto si lo has decidió así. —Le dio un beso rápido en los labios—. De ahora en adelante, soy simplemente el hombre que te ama. Y que, si tú me lo permites, quiere convertirse en mucho más que solo tu exjefe.
El tren atravesó un túnel, sumiendo el compartimento en la penumbra. Cuando volvió la luz, Felicity vio en los ojos de Alexander todo lo que necesitaba saber: arrepentimiento por el pasado, promesas para el futuro, y un amor tan grande que hizo que todas sus dudas se desvanecieran.
—Te quiero, Alexander Reid —aseveró. Su voz era firme y segura—. Con todos tus defectos, con toda tu intensidad, con todas tus manías por el control. Y sí, te permitiré demostrármelo cada día.
Esa vez fue ella quien inició el beso, exactamente como había hecho aquel primer día cuando le robaron el billete de tren.
Pero a diferencia de entonces, ahora no había desesperación, ni miedo, ni incertidumbre.
Solo había certeza, calor y la promesa de un futuro juntos que, de alguna manera, había comenzado con un beso robado en un tren.
El tren continuó su marcha hacia Filadelfia, llevándolos no solo hacia un destino geográfico, sino hacia una nueva vida, una nueva historia.
Y mientras el paisaje pasaba velozmente por la ventanilla, Felicity supo, con una certeza que nunca antes había sentido, que había encontrado finalmente su destino.
No en un lugar, sino en una persona. En Alexander Reid, el hombre que había pasado de ser el señor Limón Amargo a ser el amor de su vida.