El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 68
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CAPÍTULO 68

La puerta del compartimento terminó de abrirse hacia un lado.

Felicity todavía esperaba ver la figura estrambótica de Azriel diciendo que todo era una broma.

Azriel era así.

Sin embargo, el tiempo pareció detenerse cuando, en lugar del pelo azul eléctrico de su amigo, apareció la silueta inconfundible de Alexander Reid.

Felicity parpadeó varias veces, como si sus ojos le estuvieran jugando una mala pasada.

Pero no, era él. Alexander Reid en carne y hueso, vistiendo un traje azul marino impecablemente cortado, con una camisa blanca inmaculada y sin corbata, un detalle que, aunque no sabía por qué, la desconcertó aún más.

—¿Alexander? —Su voz salió como un susurro lleno de incredulidad. Se enderezó instintivamente y su cuerpo se tensó como las cuerdas de una guitarra—. ¿Qué... Qué haces tú aquí?

Alexander permaneció en el umbral un instante. Sus ojos azules estaban clavados en ella con una intensidad que la hizo estremecer. Después, con un movimiento deliberadamente lento, dio un paso hacia el interior del compartimento y cerró la puerta tras él.

—Hola, Felicity —dijo, con una voz más suave de lo que ella recordaba.

Felicity sintió que su corazón daba un vuelco traicionero.

Seis semanas.

Seis semanas sin escuchar su voz pronunciando su nombre, sin esos ojos azules mirándola directamente. Seis semanas intentando odiarlo y fallando en el intento.

—No has respondido a mi pregunta —insistió, sin saludarlo, cruzando los brazos sobre el pecho en un gesto defensivo—. ¿Qué haces aquí? ¿Dónde está Azriel? Su madre...

—Su madre está bien. No se ha roto la pierna —la interrumpió Alexander, dando otro paso cauteloso hacia ella—. En realidad, está en un crucero por las islas griegas según tengo entendido.

La confusión de Felicity, que había alcanzado su cuota máxima, se transformó rápidamente en indignación.

—¿Me habéis tendido una trampa? —preguntó con el ceño fruncido. La incredulidad teñía sus palabras—. ¿Tú y Azriel? ¿Habéis conspirado juntos para engañarme y hacerme subir a este tren?

Alexander tuvo la decencia de parecer ligeramente avergonzado, algo que Felicity jamás había visto en él.

—Técnicamente, fue mi idea —admitió—. Aunque Azriel aportó... ciertos detalles creativos.

Felicity soltó una risa seca, desprovista de humor.

—Por supuesto que sí. Debí imaginarlo cuando vi el champán —señaló la botella en la cubitera—. ¿Y ahora qué? ¿Vamos a tener una reunión de negocios improvisada? ¿Más acusaciones de espionaje industrial, quizás?

El sarcasmo en su voz era evidente. Un escudo para protegerse del torbellino de emociones que amenazaba con abrumarla. Porque bajo la indignación y la confusión, había algo más peligroso: esperanza. Una pequeña, traidora y persistente esperanza que se negaba a morir a pesar de todo.

Alexander no respondió inmediatamente. En su lugar, tomó asiento frente a ella, exactamente en el mismo sitio donde había estado sentado aquel primer día, cuando Felicity irrumpió en su compartimento y lo besó impulsivamente para evitar que el revisor la pillara.

El paralelismo no pasó desapercibido para Felicity, que se tensó aún más.

—No estoy aquí por negocios —dijo finalmente Alexander, sin apartar los ojos de ella—. Estoy aquí por ti, Felicity.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, cargadas de un significado que Felicity no estaba segura de querer descifrar.

—Pues has perdido el tiempo —replicó, aunque su voz carecía de la firmeza que hubiera querido darle—. No tenemos nada de qué hablar.

Hizo ademán de levantarse, pero Alexander extendió su mano y le agarró el brazo con suavidad. Un gesto de súplica tan impropio de él que la dejó unos segundos paralizada.

—Por favor —pidió, y esa simple expresión, pronunciada con una vulnerabilidad que nunca había mostrado, la dejó clavada en el asiento—. Dame cinco minutos. Es todo lo que pido. Después, si quieres irte, no intentaré detenerte.

Felicity lo miró, estudiando su rostro.

Había algo diferente en él. Las líneas duras que siempre habían definido su expresión parecían haberse suavizado.

Y sus ojos... había una profundidad en ellos (como si estuvieran llenos de sentimientos) que nunca había visto antes, ni siquiera durante aquella noche en Boston, cuando se habían abierto el uno al otro en medio de la tormenta.

—Cinco minutos —accedió finalmente, mirando su reloj con deliberada indiferencia—. El tiempo corre, Alexander.

Él asintió, y durante un momento pareció casi... nervioso. Alexander Reid, el hombre que podía intimidar a cualquier persona con una simple mirada, parecía inseguro sobre cómo tenía que proceder.

—He cometido el peor error de mi vida —comenzó a decir. Su voz era firme, pero poseía un temblor casi imperceptible—. Y no me refiero a los negocios o a una mala inversión. Me refiero a lo que te hice a ti, Felicity.

Ella intentó mantener su expresión impasible, pero sintió que algo se removía en su interior. ¡Mierda!

—¿A no defenderme ante la junta directiva? —lanzó. manteniendo un tono engañosamente ligero—. Sí, no fue tu momento más brillante.

Alexander encajó el golpe sin parpadear. Era lógico que Felicity estuviera resentida.

—Lo sé —admitió—. No tengo excusa. Actué por impulso, dejándome llevar por viejos miedos y paranoias. Antepuse la empresa a ti, y me equivoqué.

Felicity se sorprendió ante la franqueza de su confesión. El Alexander que ella conocía nunca reconocía sus errores tan abiertamente.

—¿Por qué me estás diciendo esto ahora, Alexander? —preguntó.

Él se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Porque quiero pedirte perdón —dijo—. Y no podía hacerlo por teléfono, ni en la oficina, ni en cualquier otro lugar. Tenía que ser aquí —respondió.

El tren comenzó a ganar velocidad.

El paisaje urbano se transformó gradualmente en suburbios y luego en campos abiertos. La luz de la tarde entraba por la ventana, bañando el compartimento con un resplandor dorado que recordaba a aquel primer día.

—¿Por qué aquí? —preguntó Felicity, aunque una parte de ella ya conocía la respuesta.

Alexander tomó aire.

—Porque todo comenzó aquí, en este tren, cuando una chica desesperada entró en mi compartimento y me besó para escapar del revisor —dijo, esbozando una pequeña sonrisa en la comisura de los labios—.

Convirtiéndolo en el momento más inesperado y desconcertante de mi vida.

Y también, aunque me llevó algún tiempo darme cuenta, en el mejor.

Felicity sintió que su corazón se aceleraba. Sentía los latidos en las sienes.

Esto no era lo que esperaba.

No estaba preparada para aquella versión de Alexander Reid, vulnerable y abierto.

—Alexander, no sé qué pretendes con todo esto, pero...

—Estoy enamorado de ti, Felicity.

Las palabras cayeron entre ellos como una bomba, silenciando cualquier cosa que ella hubiera estado a punto de decir.