CAPÍTULO 67
Alexander Reid no era un hombre acostumbrado a la incertidumbre. Durante más de una década había construido un imperio basado en decisiones firmes, rápidas y certeras. Pero ahora, mientras su dedo índice golpeaba rítmicamente el escritorio, la duda se había convertido en su única compañera.
Miró su Patek Philippe en su muñeca.
Llevaba exactamente siete minutos de retraso, algo inédito en su obsesiva puntualidad.
—Señorita Andrewson —llamó a través del intercomunicador—, ¿ha habido alguna noticia de Azriel Fontaine?
La voz de su asistente respondió inmediatamente.
—Aún no, señor Reid. ¿Quiere que vuelva a llamarlo?
Alexander dejó escapar un suspiro apenas perceptible. Despreciar la puntualidad era algo que normalmente consideraría imperdonable, pero en aquella ocasión, estaba dispuesto a hacer una excepción.
—No, gracias —respondió, y apagó el intercomunicador antes de que la asistente pudiera decir nada más.
Se levantó y caminó hacia el ventanal de su oficina. Manhattan se extendía a sus pies como un reino de cristal y acero. Había llegado a la cima, exactamente donde siempre había querido estar. Pero nunca se había sentido tan vacío. Tan solo.
El reflejo en el cristal le devolvió una imagen que ya no reconocía: un hombre de traje impecable con unos ojos azules que habían perdido su chispa.
No era la primera vez que notaba ese cambio. Había comenzado exactamente cuatro semanas y tres días atrás, cuando Felicity Ashford renunció a su puesto y él no hizo nada al respecto.
El sonido de la puerta al abrirse lo sacó de su ensimismamiento.
—Señor Reid —anunció la asistente desde el umbral—, el señor Fontaine está aquí.
Alexander se giró para ver a Azriel entrar en su despacho.
Llevaba un traje color mostaza con una camisa violeta que en cualquier otra persona habría parecido un despropósito, pero que él conseguía lucir con una elegancia excéntrica y exótica.
Su habitual sonrisa, sin embargo, había sido reemplazada por una expresión seria.
—Gracias —dijo Alexander a su asistente—. No quiero interrupciones durante esta reunión.
La chica asintió en silencio y cerró la puerta, dejándolos solos.
—Señor Fontaine —comenzó Alexander, extendiendo su mano para saludarlo.
—Mejor llámeme Azriel —dijo él, estrechando su mano con firmeza, pero sin la calidez que lo caracterizaba.
—Perfecto —accedió Alexander—. Agradezco que haya podido venir.
—Cuando Reid Enterprises llama para discutir pagos, uno hace hueco en su agenda —respondió, sarcástico—. Aunque debo admitir que me sorprendió recibir la llamada directamente de su despacho, considerando que el departamento financiero ya había procesado mi factura.
Alexander asintió, reconociendo el escepticismo en la voz de Azriel.
—Por favor, tome asiento —señaló los sillones de cuero que había en un rincón de la oficina, lejos del escritorio que solía usar como barrera física.
Azriel se sentó, cruzando elegantemente sus largas piernas, mientras sus ojos estudiaban a Alexander con una mezcla de curiosidad y desconfianza.
Alexander tomó asiento frente a él, consciente de que el siguiente movimiento determinaría el éxito o fracaso de su plan. Necesitaba a Azriel Fontaine de su lado, y eso significaba hacer algo a lo que no estaba acostumbrado.
—Azriel —comenzó, ajustándose la corbata en un gesto nervioso impropio de él—, debo ser honesto. No lo he llamado para discutir el pago por su trabajo para el reportaje de Fortune.
—Vaya, qué sorpresa —murmuró Azriel, con un tono que indicaba que no estaba sorprendido en absoluto—. Entonces, ¿para qué estoy aquí exactamente, señor Reid?
Alexander respiró hondo.
—Necesito su ayuda —dijo simplemente.
Azriel parpadeó varias veces seguidas, como si estuviera procesando una información en un idioma desconocido.
—¿Mi ayuda? —repitió, inclinándose ligeramente hacia adelante—. ¿El todopoderoso Alexander Reid necesita la ayuda de un simple diseñador de moda? Esto es... fascinante.
Alexander notó el tono mordaz, pero decidió ignorarlo. Había cosas más importantes en juego que su orgullo.
—Se trata de Felicity —añadió, y el simple acto de pronunciar su nombre en voz alta pareció cambiar algo en la atmósfera de la habitación.
El rostro de Azriel se transformó instantáneamente. La máscara de frivolidad desapareció, reemplazada por una dureza que Alexander no había visto antes en él.
—No —dijo tajantemente, levantándose del asiento—. Si crees que voy a ayudarte a hacer algo que pueda herir a Felicity, estás completamente equivocado. Ya le has hecho suficiente daño —dijo, empezando a tutearle.
Alexander también se puso de pie, pero mantuvo una distancia respetuosa.
—No quiero hacerle daño, joder —respondió de un modo que sorprendió a ambos—. Quiero... arreglar las cosas.
Azriel soltó una risa amarga que resonó por toda la oficina.
—¿Arreglar las cosas? —Su voz se elevó con cada palabra.
Frunció el ceño—. ¿Tienes idea de lo que le hiciste?
La acusaste de traición sin pruebas concluyentes.
La humillaste públicamente. La desterraste a un departamento que no tenía nada que ver con su profesión, como si fuera una apestada, o peor aún, una delincuente.
—Dio un paso hacia Alexander. Su indignación era evidente en cada gesto—.
¿Sabes que lloró durante un montón de noches?
¿Que ha tenido que soportar miradas y susurros a sus espaldas durante días mientras estaba aquí, y tú no saliste a defenderla?
Cada palabra era como un puñal para Alexander. No porque no las mereciera, sino porque confirmaban lo que ya sabía: había cometido el peor error de su vida.
—Lo sé —dijo en voz baja, sorprendiendo a Azriel con su tono arrepentido y su confesión—. Y no hay día que no me arrepienta de ello.
Azriel lo estudió con escepticismo, buscando algún signo de manipulación o de mentira. No encontró ninguno.
—¿Por qué debería creerte? —preguntó. Su tono todavía sonaba defensivo, pero era menos hostil—. ¿Por qué ahora, después de más de un mes?
Alexander caminó hacia el ventanal, como si necesitara distancia para encontrar las palabras adecuadas.
—Porque estoy enamorado de ella —soltó, sin rodeos, girándose hacia Azriel.
Por primera vez (probablemente de su vida) Azriel se quedó sin palabras.
—¿Lo dices en serio?
—No he hablado más en serio en toda mi vida.
Azriel se llevó las manos a la boca.
—Oh, Dios mío.
—Estoy enamorada de ella hasta el último de mis huesos — dijo Alexander.
—Vale, vale, estás enamorado de ella —repitió Azriel, adoptando un tono de voz más suave. Toda su hostilidad inicial se diluyó ante la inesperada confesión—. Pero ¿por qué no has llamado a Felicity para quedar, disculparte y decirle que estás enamorado de ella?
—Porque una simple disculpa no es suficiente —respondió Alexander—. No después de lo que hice. No después de cómo la traté. Necesito... necesito hacer algo más. Necesito demostrarle que la quiero.
—Entiendo —murmuró Azriel.
—El problema es que no sé si ella aún siente algo por mí —continuó Alexander, sentándose de nuevo—. No después de todo lo que ha pasado. Por eso necesito tu ayuda, Azriel. Tú la conoces. Eres su amigo.
Azriel observó a Alexander con fascinación (porque resultaba fascinante).
El poderoso magnate empresarial, conocido por su frialdad y precisión, por tener el corazón de hielo, ahora se mostraba vulnerable, humano, incluso… desesperado.
—Te contaré algo, Alexander —dijo finalmente, usando deliberadamente su nombre de pila—. Felicity ha pasado por un infierno por tu culpa.
—Lo sé —dijo él.
—Pero —continuó Azriel, inclinándose hacia adelante—, ni una sola vez, ni siquiera en sus momentos más oscuros, ha dejado de hablar de ti con un brillo especial en los ojos.
Nunca ha dicho explícitamente que te quiere, pero cualquiera con dos dedos de frente puede verlo.
Felicity está tan enamorada de ti que es casi doloroso presenciarlo.
Alexander sintió que algo se expandía en su pecho, una emoción tan intensa que tuvo que coger una bocanada de aire.
—¿De verdad lo crees? —preguntó, con una fragilidad que hizo sonreír a Azriel.
—Estoy absolutamente seguro —respondió—. Lo cual, debo añadir, me parece completamente inexplicable dado lo imbécil que has sido con ella.
Alexander asintió, aceptando la crítica sin protestar. No podía decir que no había sido un imbécil, porque lo había sido.
—Por eso necesito hacer algo especial —dijo, con determinación—. Algo que no solo muestre mi arrepentimiento, sino también lo que realmente siento por ella. —Entornó los ojos—. Y creo saber exactamente qué hacer.
Se levantó y caminó hacia su escritorio, sacando un pequeño cuaderno de cuero del cajón superior. Lo abrió y se lo entregó a Azriel.
—¿Qué es esto? —preguntó Azriel, tomando el cuaderno con curiosidad.
—Mi plan —respondió Alexander—. Quiero recrear nuestro primer encuentro, pero con un importante giro.
Azriel comenzó a leer.
Sus ojos se abrían cada vez más a medida que avanzaba por las páginas.
—Dios mío —murmuró finalmente, mirando a Alexander con verdadera sorpresa—. Esto es... increíblemente romántico. Nunca hubiera imaginado que tenías esto dentro de ti.
Alexander se pasó una mano por el pelo, en un gesto nervioso que Azriel nunca había visto en él.
—¿Crees que funcionará? —preguntó.
Y por primera vez desde que había empezado la conversación, Azriel vio al hombre real detrás de la fachada del poderoso empresario, detrás de la persona que decían que tenía el corazón de hielo.
—Si lo haces exactamente como está escrito aquí —respondió Azriel, cerrando el cuaderno—, o Felicity cae rendida a tus pies, o yo personalmente la empujaré a ellos.
Alexander no pudo evitar sonreír ante su descripción.
—Entonces, ¿me vas a ayudar?
Azriel dejó escapar un suspiro teatral.
—Contra todo sentido común y posiblemente en contra del código de mejores amigos del mundo, sí, te voy a ayudar —dijo. Levantó un dedo a modo de amenaza—. Pero con una condición.
—La que sea —respondió Alexander sin dudar.
—Si vuelves a hacerle daño, te perseguiré hasta el fin del mundo y sustituiré todos tus trajes de diseñador por poliéster barato y corbatas de clip para que te pique todo el cuerpo.
Alexander extendió su mano mientras dejaba escapar una carcajada.
—Trato hecho —dijo.
Azriel la estrechó, sellando lo que posiblemente fuera el acuerdo más inusual que Alexander Reid había hecho jamás.
—Ahora, hablemos de los detalles —dijo Azriel, en actitud conspiranoica—. Tu plan es bueno, pero le falta ese toque... Fontaine.
Durante la siguiente hora, los dos refinaron el plan, debatiendo cada aspecto, mejorando los detalles, y asegurándose de que todo fuera perfecto.
El serio despacho de Alexander, normalmente un santuario de reuniones y debates de negocios, se había transformado temporalmente en el cuartel general de una elaborada operación romántica.
Finalmente, ambos estuvieron satisfechos con el resultado.
—Entonces, está decidido —dijo Alexander, consultando su reloj—. La «emergencia familiar» de tu madre será este viernes.
—Sí, mi pobre madre se romperá ficticiamente una pierna este viernes —asintió Azriel, conteniendo una sonrisa—. Debo decir, Alexander, que para ser alguien con fama de calculador y frío, y alguien que tiene el corazón de hielo, has concebido un plan sorprendentemente romántico.
Alexander se encogió de hombros, permitiéndose una pequeña sonrisa.
—Es culpa de Felicity —dijo.
Azriel se levantó, alisando las arrugas inexistentes de su traje mostaza.
—Solo espero que Felicity aprecie el esfuerzo —comentó—. No suele ser fan de las sorpresas desde que un exnovio le llevó una banda de mariachis a la biblioteca universitaria.
Alexander frunció el ceño.
—¿En serio?
—Tranquilo —respondió Azriel con un guiño—. Tu plan no incluye nada que haga ruido, así que saldrá bien. Además —añadió, dirigiéndose hacia la puerta—, ella nunca estuvo realmente enamorada de ese chico. No como lo está de ti.
Alexander se quedó unos segundos sin palabras. Una condición rara también en él.
—Gracias, Azriel —dijo finalmente—. Por todo.
Azriel se detuvo en la puerta y se giró con el pomo en la mano. Su expresión se volvió seria.
—No me agradezcas nada todavía. Hago esto por Felicity, no por ti. Aún tienes muchas cosas que demostrar.
Y con esas palabras, salió del despacho, dejando a Alexander solo con sus pensamientos.
El plan estaba en marcha.
Ahora solo quedaba esperar hasta el viernes y que, por una vez en su vida, Alexander Reid fuera capaz de expresar lo que sentía.
Tres días después, Felicity esperaba en el compartimento VIP de un tren que iba a Filadelfia.
La madre de Azriel se había roto la pierna y él le había pedido que lo acompañara a verla. Felicity, por supuesto, había accedido. Azriel era su mejor amigo.
Consultó su reloj por tercera vez en cinco minutos. Azriel llevaba ya diez minutos de retraso. Algo raro en él, especialmente considerando la supuesta emergencia de su madre.
El compartimento era lujoso, mucho más de lo que habría esperado.
Espacioso, con asientos de cuero, una pequeña mesa de caoba, e incluso una botella de champán enfriándose en una cubitera plateada.
Parecía excesivo para un viaje de aquel tipo, pero era típico de Azriel: incluso en momentos de crisis, mantenía ciertos estándares.
Felicity sacó el teléfono y marcó su número otra vez. Salió directamente el buzón de voz. Colgó.
Frunció el ceño.
Una punzada de preocupación la atravesó. ¿Y si le había pasado algo? ¿Y si la situación con su madre era más grave de lo que había dicho?
De pronto, el tren comenzó a moverse. El suave balanceo indicaba que se había iniciado el viaje.
Felicity miró impaciente hacia la puerta del compartimento. ¿Dónde narices estaba Azriel?
Justo cuando estaba a punto de llamar a uno de los empleados del tren para preguntar si habían visto a un chico con el pelo azul eléctrico, su teléfono vibró con un WhatsApp.
Era de Azriel:
« Lo siento mucho, cariño. No voy a poder llegar a tiempo al tren.
Pero no te preocupes, he enviado a un sustituto.
Confía en mí, va a ser mucho mejor que acompañar a un diseñador de moda melodramático a visitar a su madre.
Disfruta del viaje y recuerda: a veces, los primeros encuentros merecen una segunda oportunidad. »
Felicity releyó el mensaje tres veces, intentando descifrar su significado.
¿Un sustituto? ¿Qué demonios significaba eso? ¿Y a qué se refería con «primeros encuentros»?
Justo en ese momento, escuchó pasos acercándose por el pasillo. La puerta del compartimento comenzó a abrirse lentamente.
Felicity contuvo la respiración, completamente desconcertada.