EPÍLOGO #2
—Alexander... —murmuró, sin palabras ante el detalle y el significado detrás de todo aquello.
—Pensé que podríamos revivir nuestro primer encuentro —explicó él, guiándola hacia uno de los asientos—. Aunque con algunas mejoras. —Le guiñó un ojo—. Esta vez no hay ningún revisor que te persiga, el tren es solo para nosotros, y tenemos una cena de cinco platos esperando.
Se sentaron uno frente al otro, exactamente como aquella primera vez, pero con una diferencia. En lugar de la sorpresa y la indignación que habían caracterizado aquel primer encuentro, ahora sus miradas estaban llenas de complicidad y amor.
—¿Adónde vamos? —preguntó Felicity, al advertir que el tren comenzaba a moverse.
—Solo un recorrido panorámico —respondió Alexander—. El río Hudson arriba y de vuelta. Aproximadamente tres horas.
Un camarero apareció discretamente, sirviendo champán en sus copas antes de retirarse a otro compartimento, dejándolos solos.
Alexander levantó su copa.
—Por los besos inesperados y los revisores oportunos —dijo, enfatizando la palabra «oportunos».
Felicity rio, chocando suavemente su copa contra la de él.
—Por los jefes gruñones que resultan tener corazón, después de todo.
Bebieron, sin que sus ojos abandonaran los del otro por encima del borde de las copas.
La cena transcurrió entre risas y recuerdos.
Alexander, que una vez había sido tan reservado, tan parco en palabras, ahora hablaba abiertamente sobre sus sueños, sus miedos, sus planes para el futuro. Un futuro que, claramente, imaginaba junto a Felicity.
Después del postre, mientras el tren avanzaba suavemente por las orillas del Hudson, bañadas por la luz dorada del atardecer, Alexander sacó su teléfono.
—Hay alguien que insistió en ser parte de esta noche —explicó, iniciando una videollamada.
El rostro de Azriel apareció en la pantalla, con Mateo y Gatsby flanqueándolo a ambos lados.
—¡Al fin! —exclamó—. ¡Pensé que no llamarías nunca! ¡Gatsby está a punto de sufrir un colapso por culpa de la ansiedad!
—El gato está literalmente dormido a tu lado, amor —comentó Mateo con su marcado acento, rodando los ojos con cariño hacia Azriel.
—Está fingiendo —insistió Azriel—. Es su manera de manejar el estrés. Muy avanzada, psicológicamente hablando.
Felicity no pudo evitar reír.
Azriel seguía siendo el mismo hombre excéntrico y dramático, pero había una nueva luz en sus ojos desde que Mateo había entrado en su vida. El fotógrafo puertorriqueño, con su calma serena y su sentido del humor tranquilo, complementaba perfectamente la personalidad extravagante de Azriel.
—¿Qué está pasando? —preguntó Felicity, mirando alternativamente a la pantalla y a Alexander—. ¿Por qué tengo la sensación de que todos sabéis algo que yo no?
Alexander intercambió una mirada con Azriel a través de la pantalla.
—Porque es así —admitió, tomando su mano por encima de la mesa—. Azriel ha sido... una parte bastante importante en la planificación de esta noche.
—¡¿Bastante importante?! —repitió Azriel, fingiendo indignación—. ¡Soy el cerebro detrás de todo esto! ¿Quién crees que sugirió lo de las rosas blancas? ¿Y el recorrido por el Hudson? ¿Y el…?
—Azriel —lo interrumpió Alexander con firmeza, aunque había un visible afecto en su voz—. ¿Puedes callarte por una vez y dejarme hacer esto a mi manera?
Azriel hizo un gesto como si cerrara una cremallera sobre sus labios, aunque sus ojos brillaban alegres.
Alexander se levantó de su asiento y, para absoluta sorpresa de Felicity, hincó una rodilla delante de ella. El corazón de Felicity comenzó a latir tan fuerte que estaba segura de que todos podían oírlo, incluso a través de la videollamada. Lo sentía en el pecho, en el cuello, en la garganta…
—Felicity Ashford —comenzó Alexander—, hace un año entraste en mi vida de la manera más inesperada posible. Literalmente me besaste antes de que supiéramos nuestros nombres.
Felicity sintió que las lágrimas comenzaban a formarse en sus ojos mientras Alexander continuaba, pero dejó escapar una risilla.
—Ese beso, aunque nació de la desesperación, cambió mi vida para siempre. Me despertó de un letargo que ni siquiera sabía que tenía. Me mostró que había más en la vida que acuerdos y beneficios, que existía un mundo entero de posibilidades que yo había estado ignorando.
Desde el teléfono, se escuchó un sollozo ahogado.
Azriel ya estaba llorando sin ningún reparo, mientras Mateo le pasaba un pañuelo con una sonrisa indulgente.
—Nos ha tomado tiempo, obstáculos, lágrimas, incluso una separación, llegar a donde estamos ahora —continuó Alexander, sacando una pequeña caja de terciopelo azul de su bolsillo—. Pero cada momento, incluso los dolorosos, nos ha traído aquí. A este tren, a este instante.
Abrió la caja, revelando un anillo de platino con un solitario de zafiro del mismo color que sus ojos, flanqueado por pequeños diamantes que brillaban como estrellas.
—Así que, Felicity, en el aniversario del día que cambiaste mi vida con un beso... —Alexander respiró profundamente, con sus ojos azules fijos en los de ella—. ¿Me darías otro beso que cambie mi vida? ¿Te casarías conmigo?
El tiempo se detuvo. O esa era la sensación que tuvo Alexander.
El suave traqueteo del tren, los sollozos emocionados de Azriel a través del teléfono, incluso el propio latido de su corazón parecieron desvanecerse mientras Felicity procesaba sus palabras.
Un año.
Había transcurrido un año desde que había entrado desesperada en aquel compartimento de tren.
Un año desde que había besado a un desconocido para escapar del revisor.
Un año desde que, sin saberlo, había encontrado al amor de su vida de la manera más improbable posible.
Las lágrimas corrían libremente por las mejillas de Felicity, aunque sonreía. Una sonrisa brillante, resplandeciente, que iluminaba todo su rostro.
—Sí —respondió. Su voz se escuchaba temblorosa (por la emoción) pero segura—. Sí, Alexander Reid. Te daré todos los besos que quieras. Me casaré contigo.
La sonrisa que destelló en el rostro de Alexander en ese momento era más radiante que cualquier otra que Felicity hubiera visto.
Con manos ligeramente temblorosas (otra rareza para un hombre normalmente tan controlado) deslizó el anillo en su dedo.
Le quedaba perfecto. Como si hubiera sido creado específicamente para ella.
—¡DIOS MÍO, HA DICHO QUE SÍ! —La voz de Azriel resonó a través del teléfono, recordándoles que tenían público—. ¡GATSBY, DESPIERTA! ¡TU MADRE HUMANA VA A CASARSE!
Mateo rio, abrazando a Azriel mientras intentaba contener su entusiasmo.
—Felicidades a los dos —dijo con sinceridad—. Aunque creo que tendremos que soportar a este dramático diseñando obsesivamente tu vestido de novia durante los próximos meses.
—¿Meses? —Azriel se apartó indignado—. ¡Ya tengo bocetos desde hace semanas! Será el vestido más espectacular que el mundo haya visto. Estaba pensando en una cola que simbolice...
Alexander tosió discretamente, interrumpiendo a Azriel.
—Quizás podríamos discutir los detalles del vestido otro día —sugirió, con una mirada significativa—. Ahora mismo, me gustaría un momento a solas con mi prometida.
—¡Oh! —exclamó Azriel, comprendiendo—. Por supuesto, por supuesto. Vamos, Gatsby, dejemos a los tortolitos. —Dirigió una última mirada a la cámara—. Felicity, mañana quiero todos los detalles. Y digo TODOS. Y Alexander...
—¿Sí? —preguntó él, enarcando una ceja.
—Si alguna vez vuelves a hacerle daño, recuerda que tengo acceso a tus medidas exactas y puedo asegurarme de que cada traje que te hagan para el resto de tu vida tenga las mangas desiguales.
Alexander dejó escapar una carcajada. Aquel hombre era imposible.
—Mensaje recibido, Azriel —dijo.
Después de despedirse, la llamada finalmente terminó, dejando a Felicity y a Alexander solos en el vagón, que continuaba su camino por la orilla del río, iluminado ya por la luna.
Alexander, todavía arrodillado junto a Felicity, tomó su rostro entre sus manos.
—Te quiero, Felicity Ashford —dijo simplemente, sin adornos. Sin florituras. No las necesitaba. En esas dos palabras estaba contenido todo: su pasado, su presente, su futuro.
—Te quiero, Alexander Reid —respondió ella, inclinándose hacia él—. Aunque sigas siendo un gruñón y un poco Limón Amargo la mitad del tiempo.
—¿Solo la mitad? —bromeó Alexander, acercándose hasta que sus labios estaban a solo un suspiro de distancia—. Estoy mejorando.
Y entonces, exactamente un año después de aquel primer beso desesperado e impulsivo, Felicity cerró la distancia entre ellos. Pero ese beso era una promesa, una celebración, un comienzo.
El tren continuó su camino a través de la noche, llevándolos no solo a lo largo del Hudson, sino hacia un futuro que ninguno de los dos habría imaginado aquel día en la estación de Pittsburgh, donde el destino, un carterista y un revisor de billetes conspiraron para reunir a dos almas destinadas a encontrarse.