CAPÍTULO 65 #2
—Y, sin embargo —continuó Alexander, viendo que había tocado un punto sensible—, has dedicado una cantidad considerable de tiempo y recursos para destruir su carrera e intentar sabotear la mía. Todo porque no puedes aceptar que lo nuestro terminó hace años.
Isobel lo miró directamente a los ojos. Y algo peligroso destelló en su mirada.
—Lo nuestro no terminó, Alexander. Lo terminaste tú. Unilateralmente. Sin dar explicaciones reales, sin una oportunidad para arreglarlo. Simplemente decidiste que ya no encajaba en tu vida perfectamente planificada.
Alexander sacudió la cabeza, exasperado.
—Ambos acordamos que la relación no funcionaba, Isobel. Éramos dos personas demasiado centradas en nuestras carreras, demasiado ambiciosas para comprometerse realmente. Fue una decisión mutua.
—¡No, no lo fue! —respondió ella—. Tú lo decidiste y yo acepté porque no quería parecer patética rogándote que lo reconsideraras.
Pero nunca fue mutuo, Alexander. Y luego, aparece esta chica de la nada, sin contactos, sin pedigrí, sin nada especial, y de repente estás dispuesto a arriesgar tu reputación y tu empresa por ella. ¿Cómo esperabas que reaccionara?
Alexander la observó, viendo por primera vez la herida que había estado alimentando durante años, el resentimiento que había crecido y fermentado hasta convertirse en aquella campaña de venganza.
—Lo que hubo entre Felicity y yo es completamente diferente a lo que tuvimos nosotros —dijo—.
Y nada, absolutamente nada, justifica lo que has hecho.
Utilizaste tu influencia para manipular a mi junta directiva, filtraste información privada a la prensa, y tendiste una trampa a Felicity, y todo con el objetivo de destruir la carrera de una chica inocente y desestabilizar mi posición dentro de mi empresa. Es despreciable, Isobel.
Ella lo miró fijamente. Su expresión se endureció nuevamente.
—Son negocios, Alexander. Algo que siempre has entendido perfectamente. Al menos hasta que ella te ablandó.
Alexander dio un paso atrás, enderezándose.
—No, esto va más allá de los negocios. Esto es personal, mezquino e ilegal —respondió—. Y quiero que te quede muy claro: se acabó. Aquí y ahora.
Sacó una pequeña unidad USB de su bolsillo y la colocó deliberadamente sobre el escritorio.
—Aquí tienes copias de todas las pruebas que he recopilado sobre tu participación en esta conspiración.
Correos, mensajes de texto, testimonios, todo.
Si alguna vez vuelves a interferir en mi vida, en mi empresa o, especialmente, en la vida de Felicity, haré que todo esto llegue a la junta directiva de Winters Corporation, a la prensa especializada y a la policía.
Isobel miró la pequeña unidad como si fuera una bomba a punto de explotar.
—¿Me estás amenazando? —preguntó.
—Te estoy haciendo una advertencia —corrigió Alexander—. Y para que quede absolutamente claro: tú y yo nunca volveremos a estar juntos. Nunca. Esa puerta se cerró hace años, y cualquier fantasía que hayas estado alimentando sobre una reconciliación debe terminar ahora.
Se inclinó ligeramente hacia adelante. Su voz bajó a un tono peligrosamente suave.
—No tengo ningún problema en destruir tu carrera, Isobel. No después de lo que has intentado hacernos a Felicity y a mí. Así que te sugiero que aceptes la derrota con dignidad y sigas adelante con tu vida. Lejos de la mía y de Reid Entreprises.
Isobel lo miraba fijamente, con la respiración ligeramente agitada y una mezcla de emociones cruzando su rostro: furia, humillación, indignación.
—Realmente la quieres, ¿verdad? —preguntó.
Alexander guardó silencio, porque ¿cómo podía explicar algo que ni él mismo había comprendido hasta ese momento? ¿Cómo articular la diferencia entre lo que había sentido por Isobel y lo que sentía por Felicity?
Lo que sentía por Felicity.
Fuera lo que fuese, iba más allá de cualquier cosa que hubiera experimentado antes.
La forma en que pensaba en ella constantemente.
Cómo su ausencia había dejado un vacío que nada parecía llenar.
Cómo la idea de que estuviera en algún lugar de la ciudad, viviendo su vida, posiblemente encontrando a alguien más, le causaba un dolor físico.
Era amor.
Sí, definitivamente era amor.
Estaba enamorado de Felicity Ashford.
La verdad cayó sobre él con la contundencia de una maza, dejándolo sin palabras.
Había estado tan ocupado intentando cumplir con las expectativas de todos; la junta directiva, la empresa, el legado de su padre, que no se había permitido reconocer la profundidad de sus propios sentimientos.
Y en el proceso, había perdido lo único que realmente importaba.
Isobel observaba el rostro de Alexander, y algo en su expresión debió revelar la verdad que había descubierto, porque su semblante se endureció aún más.
Se cruzó de brazos.
—Veo que finalmente lo entiendes —dijo, con voz gélida—. Qué conmovedor —se burló—. El frío Alexander Reid descubre que tiene corazón, después de todo. Lástima que sea demasiado tarde.
¿Era demasiado tarde?
—Has sido un idiota —continuó Isobel, con las palabras llenas de veneno—. La tenías y la dejaste ir. Al menos yo luché por lo que quería.
—Sí, he cometido el peor error de mi vida dejándola ir y poniendo a la empresa por delante de ella —confesó Alexander—. Pero tú luchaste de la manera equivocada. Y a costa de personas inocentes.
Se dio la vuelta, dirigiéndose hacia la puerta, pero se detuvo antes de abrirla, girándose una última vez.
—Esto es una advertencia final, Isobel. Mantente alejada de mi vida y de la de Felicity. O descubrirás que puedo ser un enemigo mucho más implacable de lo que jamás pensaste. Y ten cuidado con andar mandando detectives privados que me sigan.
Y con eso, salió del despacho, cerrando la puerta firmemente tras él.
La asistente de Isobel lo miró con los ojos muy abiertos mientras pasaba junto a su escritorio, pero él apenas fue consciente de que estaba ahí.
Al salir del edificio de Winters Corporation, el aire fresco de Manhattan lo golpeó, y Alexander sintió una extraña sensación de ligereza. Como si hubiera cerrado finalmente un capítulo tóxico de su vida que había estado envenenando silenciosamente todo lo demás.
—¿Dónde lo llevo, señor Reid? —le preguntó su chófer cuando alcanzó el coche.
—De vuelta a Reid Entreprises.
El chófer asintió con la cabeza y le abrió la puerta trasera del vehículo.