CAPÍTULO 65
Alexander salió de la Torre Reid con la adrenalina todavía bombeando por sus venas. El enfrentamiento con la junta directiva había sido intenso, pero su trabajo aún no estaba terminado.
Mientras su chófer le abría la puerta del Bentley negro, él ya estaba marcando el número de su despacho en el teléfono. No quería perder ni un segundo de tiempo, así que no se iba a molestar en ir a la oficina.
—¿Sí, señor Reid? —preguntó su asistente.
—Cancele el resto de mis compromisos de hoy —ordenó sin preámbulos—. Y prepare un dossier completo sobre todas nuestras interacciones con Winters Corporation en los últimos años. Lo quiero en mi correo en una hora.
—Por supuesto, señor Reid —respondió la asistente—. ¿Necesita algo más?
—Sí. Contacte con el departamento legal. Quiero que estén alerta. Es posible que los necesitemos pronto.
Terminó la llamada sin esperar respuesta y se recostó contra el asiento de cuero mientras el vehículo se incorporaba al tráfico de Manhattan.
—¿Adónde, señor? —preguntó el chófer, mirándolo a través del espejo retrovisor.
Alexander respiró profundamente.
Desde que se había hecho cargo de la empresa de su padre, había jugado según las reglas, había mantenido las apariencias, había sido el empresario perfecto incluso con sus adversarios más encarnizados. Pero ahora era diferente. Esto era personal.
—A Winters Corporation —respondió, con una voz dura como el acero.
El trayecto desde la Torre Reid hasta el edificio de cristal y acero que albergaba las oficinas de Winters Corporation, llevó apenas veinte minutos. Alexander los aprovechó para repasar mentalmente todo lo que sabía sobre Isobel Winters.
Habían sido pareja unos seis años atrás, cuando ella estaba ascendiendo en su carrera. La relación había sido intensa pero superficial. Dos personas demasiado centradas en sus propias ambiciones como para construir algo verdaderamente profundo.
O al menos, eso era lo que Alexander había creído. Ahora, a la luz de las recientes revelaciones, se preguntaba si Isobel había tenido una visión muy diferente de aquellos años juntos.
El Bentley se detuvo frente al impresionante vestíbulo de Winters Corporation.
Alexander ajustó su corbata, un gesto automático más que necesario, y salió del vehículo con la determinación escrita en cada línea de su rostro.
El guardia de seguridad en el mostrador principal apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando Alexander pasó junto a él.
—Alexander Reid para ver a Isobel Winters —dijo, sin detenerse realmente—. Me está esperando.
Era una mentira, por supuesto, pero pronunciada con tal autoridad que el guardia simplemente asintió, asumiendo que un hombre de su calibre no necesitaba anunciarse como el resto de los mortales.
En el ascensor, Alexander se encontró a solas con sus pensamientos.
La furia que lo había impulsado hasta allí comenzaba a cristalizarse en algo más frío, más calculado.
Isobel había jugado un juego peligroso, utilizando su influencia (y a saber qué más) para manipular a algunos de los miembros de su junta directiva, tratando de socavar su posición, y también había utilizado a Felicity como peón en su venganza personal.
Y por ahí Alexander no estaba dispuesto a pasar.
El ascensor se detuvo en el piso 42, y Alexander salió directamente hacia la zona ejecutiva.
Conocía el camino.
Había estado allí antes, en reuniones donde ambos bandos fingían cordialidad mientras buscaban debilidades en el contrario.
La asistente de Isobel, una mujer de unos treinta años, de aspecto eficiente, con gafas de montura gruesa de color negro, levantó la vista por encima de la pantalla del ordenador, sorprendida cuando él se aproximó a su escritorio.
—¡Señor Reid! —exclamó, poniéndose de pie rápidamente—. No tenía... Es decir, no hay ninguna cita en la agenda de la señorita Winters con usted...
—No necesito cita —la interrumpió Alexander, dirigiéndose a zancadas hacia la puerta del despacho—. Ella sabrá de qué se trata.
La asistente se interpuso con valentía en su camino, aunque su expresión revelaba que se sentía intimidada por el metro noventa de Alexander.
—Lo siento, señor Reid, pero la señorita Winters está en una llamada importante y dejó instrucciones explícitas de no ser interrumpida bajo ninguna circunstancia.
Alexander la miró directamente, y algo en sus ojos hizo que la chica se pusiera roja como un tomate.
—Créame, señorita... —Hizo una pausa, buscando el nombre en su placa identificativa—...
Collins. Esta interrupción es una circunstancia que su jefa querrá atender inmediatamente.
A menos que prefiera salir mañana en la primera plana de todos los periódicos del país, y no precisamente por nada bueno.
—Yo... déjeme al menos anunciarle —intentó la asistente como último recurso.
Pero Alexander ya había pasado junto a ella, abriendo la puerta del despacho de Isobel sin llamar.
El espacioso despacho, decorado en tonos minimalistas de gris y blanco con toques de acero, estaba dominado por un impresionante escritorio de cristal tras el cual Isobel Winters hablaba por teléfono.
Al ver a Alexander irrumpir de aquella manera, sus ojos se abrieron con sorpresa.
—Te llamaré después —dijo abruptamente a la persona que estaba al otro lado de la línea telefónica, colgando sin esperar respuesta.
La asistente apareció detrás de Alexander. Su expresión era el reflejo de una mezcla de pánico y disculpa.
—Lo siento muchísimo, señorita Winters. Intenté explicarle que estaba en una llamada muy importante, pero el señor Reid insistió en que era urgente y...
Isobel levantó una mano, interrumpiéndola.
—Está bien, Claire. Déjanos solos —dijo.
La asistente asintió, lanzando una última mirada nerviosa a Alexander antes de retirarse y cerrar la puerta a su espalda.
Durante un momento, el silencio llenó el espacio entre ellos.
Isobel se recostó ligeramente en el sillón, componiendo en su rostro una máscara de fría profesionalidad que contrastaba con la tormenta evidente en sus ojos.
—Alexander —dijo finalmente. Su voz cuidadosamente modulada—. Qué inesperada... intrusión. ¿A qué debo el honor?
Alexander avanzó hasta quedar frente a su escritorio, pero no se sentó. Prefería mantener la ventaja de la altura, mirándola desde arriba.
—Sabes perfectamente por qué estoy aquí, Isobel —respondió—. O debo suponer que Lawrence, Anne y Brown aún no te han informado de los resultados de vuestra pequeña conspiración.
Un destello de alarma atravesó el rostro de Isobel, no tan rápido como para que pudiera ocultarlo completamente. Sin embargo, se recuperó con admirable velocidad.
—No tengo ni idea de qué estás hablando —respondió, cruzando las manos sobre el escritorio—. Si has venido a lanzar acusaciones infundadas, te sugiero que lo reconsideres. Winters Corporation tiene un excelente departamento legal.
Alexander sonrió, pero era una sonrisa afilada como una navaja.
—Acusaciones infundadas —repitió, sacando su teléfono del bolsillo—.
¿Como esta conversación de WhatsApp entre tú y Lawrence Davidson discutiendo la mejor manera de utilizar mi relación con Felicity para socavar mi posición?
¿O quizás te refieres a este correo donde detalláis el plan para filtrar información estratégicamente a la prensa?
Deslizó el teléfono sobre el escritorio, mostrando las pruebas que había recibido de Morgan Hargrove. El rostro de Isobel perdió algo de color mientras sus ojos recorrían rápidamente los mensajes.
—¿Cómo has conseguido esto? —preguntó. Su voz era ligeramente más tensa que al principio.
—Eso es irrelevante —respondió Alexander—. Lo importante es que lo tengo. Esto y mucho más. Suficiente para dejar claro que has estado orquestando un intento de sabotaje en mi contra utilizando a miembros de mi propia junta directiva como si fueran tus marionetas.
Isobel echó hacia atrás el sillón y se levantó, igualando su posición, aunque Alexander le sacaba media cabeza.
—¿Y has venido hasta aquí solo para decirme eso? —preguntó con cierto desafío, recuperando algo de su compostura—. ¿Para alardear de que has descubierto nuestro pequeño juego? Es bastante infantil por tu parte, Alexander. Creía que tenías más clase.
—No, he venido a dejarte claro que esto termina aquí —respondió él, inclinándose hacia adelante, apoyando las manos sobre el escritorio—. Lawrence, Anne y Ronan ya han sido despedidos. Tu pequeño golpe de estado ha fracasado.
Una sombra de frustración pasó por los ojos verdes de Isobel, pero rápidamente la transformó en una sonrisa fría.
—Un contratiempo menor —dijo, encogiendo los hombros—. Siempre hay más piezas en el tablero, Alexander. Más personas que pueden ver lo que yo veo: un hombre distraído por una aventura con su secretaria, tomando decisiones emocionales, perdiendo el norte…
—¡Basta! —la interrumpió Alexander. Su voz fue como un latigazo—. No te atrevas a mencionar a Felicity. No después de lo que has hecho.
Isobel lo miró durante un largo rato, y de repente, su expresión cambió. La máscara se agrietó, revelando algo más visceral. Más personal.
—¿Qué tiene ella que yo no tuviera? —La pregunta escapó como si hubiera estado conteniéndola durante mucho tiempo.
Y tomó a Alexander por sorpresa. No había esperado que Isobel expusiera aquello tan abiertamente.
—¿Qué has visto en esa... don nadie que nunca viste en mí? —añadió.
—Cuida tus palabras, Isobel, no te voy a permitir que ofendas a Felicity —le advirtió Alexander con los ojos entornados.
Isobel lanzó un bufido despectivo.
—¿Es eso lo que ha sido todo esto para ti? —preguntó Alexander, comprendiendo finalmente lo que pasaba—. ¿Una venganza personal disfrazada de estrategia empresarial? ¿Estás celosa de Felicity?
Isobel soltó una risa breve y amarga.
—¿Celosa? Por favor, Alexander, no seas ridículo. Soy la vicepresidenta ejecutiva de Winters Corporation. No necesito estar celosa de una simple asistente.
Pero había algo en su tono, en la tensión de su mandíbula, que contradecía sus palabras.