CAPÍTULO 64 #2
Miró a cada uno de los miembros de la junta.
—Lo que había entre Felicity y yo no era un «incidente», ni un «error». No era un polvo casual ni una distracción temporal —continuó. Las palabras emergían de sus labios con una honestidad tan brutal que sorprendió incluso a él mismo—. ¡Estábamos…!
La última frase quedó suspendida en el aire, resonando en la silenciosa sala.
Y mientras la pronunciaba, Alexander sintió una claridad mental repentina y abrumadora. No era solo una declaración para la junta, era una verdad que finalmente se permitía reconocer. A sí mismo.
«… Enamorados», terminó de decir para sus adentros.
Estaba enamorado de Felicity Ashford.
Lo había estado durante semanas, tal vez desde el primer momento en que ella lo había desafiado, mostrándole una versión de sí mismo que había olvidado que existía. O desde que le dio un beso en tren para que el revisor no la echara.
Y perderla, dejarla ir por el bien de la empresa, por mantener el buen nombre, un nombre que esa misma junta ahora usaba en su contra, había sido el mayor error de su vida.
Eso sí que había sido un error. Uno muy grande.
—Me conocéis lo suficiente para saber que lo que digo es verdad —continuó.
Su voz era más contenida pero no menos vehemente—.
Nunca he puesto mis deseos personales por encima del bienestar de esta empresa.
Y, sin embargo, cuando finalmente encontré a alguien que me importaba más que el rendimiento, que el precio de las acciones o que los beneficios, esta junta decidió que era una amenaza que debía ser eliminada.
La incomodidad en la sala era palpable. Incluso los que no tenían nada que ver con la conspiración que se había tejido alrededor de Alexander parecían avergonzados, evitando su mirada.
—Alexander —intervino Anne Tiger, en un tono deliberadamente suave—. Entiendo que estés enfadado, pero estás mezclando asuntos personales con profesionales. La preocupación de la junta siempre ha sido el bienestar de Reid Enterprises, no tu vida amorosa.
—Deja la hipocresía a un lado, Anne —respondió Alexander con mordacidad.
Su mirada afilada se posó en ella—. Tú, Lawrence, Ronan...
todos sabéis exactamente lo que habéis estado haciendo.
Habéis estado conspirando a mis espaldas para echarme.
¡De mi propia empresa! —Apretó los dientes—. Pero se ha acabado.
Se enderezó, adoptando la postura que había perfeccionado a lo largo de los años: los hombros rectos, la barbilla ligeramente elevada, los ojos implacables.
—Lawrence Davidson, Anne Tiger, Ronan Brown —comenzó. Su tono nuevamente frío y controlado—, vuestros servicios en esta junta directiva ya no son requeridos. El efecto es inmediato. Estáis despedidos. Y es una decisión irrevocable.
Los tres reaccionaron con expresiones que mezclaban indignación e incredulidad.
—No puedes hacer eso. No puedes echarnos como si no fuéramos nada —protestó Ronan Brown. Su rostro se veía enrojeciendo—. Los estatutos de la empresa establecen que...
—Los estatutos establecen que el presidente de la compañía tiene autoridad para expulsar a miembros de la junta en casos de conducta grave o acciones que perjudiquen a la empresa —lo interrumpió Alexander—.
Conspirar para destituir a la persona que ostenta el liderazgo legítimo de la compañía ciertamente me capacita para echaros de esta junta y de Reid Enterprises.
A menos, por supuesto, que prefiráis que haga públicas todas las pruebas que tengo en contra vuestra y dejemos que los accionistas, los inversores y la prensa decidan.
Los tres intercambiaron miradas impacientes.
La amenaza implícita era clara: un escándalo público no solo terminaría con sus carreras en Reid Enterprises, sino que nadie los contrataría en cualquier otra empresa respetable.
—Marnie —dijo Anne, desesperada, dirigiéndose a la presidenta de la junta directiva.
La mujer paseó los ojos por los tres, sin dejar entrever ningún tipo de emoción en ellos.
—Alexander tiene razón —fue su respuesta.
Ya estaba todo dicho.
Alexander tomó de nuevo la palabra.
—En cuanto a Isobel Winters y su participación en todo esto —añadió. La expresión de su rostro se endureció aún más—, también me voy a encargar de ella, y lo haré personalmente.
La forma en que pronunció aquellas últimas palabras envió un escalofrío por los miembros de la sala. Nadie dudaba de que Alexander Reid, cuando se proponía destruir a un adversario, rara vez fallaba.
—Espero vuestras cartas de dimisión en mi escritorio antes del final del día —continuó, dirigiéndose nuevamente a Lawrence, Anne y Ronan—. O puedo hacer que Recursos Humanos prepare los finiquitos. Es vuestra elección.
Recogió los documentos esparcidos sobre la mesa, devolviéndolos ordenadamente a la carpeta.
—Esta reunión ha terminado —declaró—. Para aquellos que permanecen en la junta, espero su total cooperación en la transición hacia una nueva estructura directiva. Para aquellos que se van... les sugiero que lo hagan rápida y silenciosamente. Por su propio bien.
Sin esperar respuesta, Alexander tomó la carpeta y se dirigió hacia la puerta.
Podía sentir las miradas atónitas clavadas en su espalda, la mezcla de miedo, respeto y resentimiento que había generado con su inesperado contraataque.
Pero mientras salía de la sala de juntas, dejando tras de sí el caos que había desatado, Alexander Reid solo podía pensar en una cosa: Felicity.
En cómo la había dejado ir, en cómo había priorizado a esa misma empresa y a esos mismos ejecutivos que habían intentado destruirlo, por encima de la única persona que realmente le importaba.
Lo había hecho todo mal con ella.