CAPÍTULO 64
La sala de juntas era un espacio que rezumaba poder y exclusividad por cada uno de sus poros.
Con sus amplios ventanales que ofrecían una vista panorámica de Manhattan, la enorme mesa ovalada de nogal pulido que dominaba el centro del espacio, y las doce sillas de cuero dispuestas a su alrededor, había sido diseñada específicamente para intimidar a cualquiera que no perteneciera al selecto grupo que podía sentarse allí.
Para Alexander, sin embargo, era simplemente otro campo de batalla.
Y aquella tarde de diciembre, estaba a punto de convertirse en el escenario de un enfrentamiento que tenía pinta de convertirse en épico.
Llegó diez minutos antes de la hora programada.
Un movimiento calculado para observar las entradas individuales de cada miembro de la junta. Quería ver sus rostros, sus expresiones, evaluar sus niveles de nerviosismo o confianza antes de que tuvieran tiempo de componer en sus rostros sus respectivas máscaras.
La asistente había dispuesto en su lugar habitual, en el extremo de la mesa, una carpeta negra que contenía copias impresas de toda la evidencia proporcionada por Morgan Hargrove. Nada más.
—Gracias —dijo Alexander—. Puede retirarse. Le avisaré cuando necesite que tome acta.
—Por supuesto, señor Reid —respondió ella, asintiendo con la cabeza, aunque Alexander notó cierta curiosidad en sus ojos.
Las reuniones de la junta siempre tenían a alguien tomando acta desde el principio. Que la enviara fuera era la primera señal de que algo inusual estaba a punto de ocurrir.
Una vez solo, Alexander permaneció de pie junto a la ventana, observando el flujo constante de la ciudad varios cientos de metros por debajo.
Se sentía extrañamente tranquilo, casi desapegado, como si estuviera observando los acontecimientos desde fuera de sí mismo, como si fuera el espectador de una película.
La furia que había sentido inicialmente al descubrir la traición se había transformado en algo más frío, más calculado.
Más letal.
La primera en llegar fue Anne Tiger, puntual como siempre. Su expresión se tensó visiblemente al ver a Alexander ya presente en la sala.
—Alexander —lo saludó con cautela—. No esperaba que estuvieras aquí tan temprano.
—Anne —respondió él con un asentimiento leve—. Últimamente parece que hay muchas expectativas que no se están cumpliendo, ¿no crees?
El destello de incertidumbre en los ojos de la mujer fue como un pequeño triunfo.
Antes de que pudiera responder, la puerta volvió a abrirse, esa vez dando paso a Ronan Brown y Lawrence Davidson, que entraron juntos, inmersos en una conversación que se interrumpió abruptamente al notar la presencia de Alexander.
—Señores —saludó Alexander—. Por favor, tomen asiento. Tenemos mucho que discutir hoy.
Poco a poco, la sala comenzó a llenarse.
Cada miembro de la junta directiva fue ocupando su lugar habitual alrededor de la mesa, mientras el ambiente se tensaba progresivamente con cada nueva entrada.
Alexander permaneció de pie, observando, calibrando, evaluando cada gesto, cada mirada.
Cuando finalmente todos estuvieron en sus sitios y un silencio expectante se instaló en la sala, Alexander se dirigió a su propio lugar en la cabecera de la mesa, pero no se sentó.
—Agradezco su presencia, avisándoles con tan poco tiempo —comenzó. Su voz era engañosamente tranquila, como la calma que precede a la tormenta.—. Especialmente considerando lo ocupadas que han estado algunas de sus agendas últimamente.
Hizo una pausa deliberada, dejando que sus ojos se posaran brevemente en Davidson, Tiger y Brown.
—Reuniones en el Metropolitan Club, llamadas con la competencia... —continuó, notando con satisfacción cómo los tres se tensaban visiblemente—. Una agenda verdaderamente agotadora, debo decir.
El silencio que siguió fue denso, cargado de una tensión casi palpable. Fue Lawrence Davidson quien finalmente lo rompió, aclarándose la garganta con una incomodidad mal disimulada.
—Alexander, no estoy seguro de entender a qué te refieres exactamente —dijo, intentando mantener un tono casual—. Pero si hay alguna preocupación que quieras discutir, estoy seguro de que podemos...
—Ahórrate la condescendencia, Lawrence —lo interrumpió Alexander.
Su voz adquirió de repente un filo cortante—.
No estamos aquí para discutir preocupaciones.
Estamos aquí porque tengo pruebas concretas de que varios miembros de esta junta han estado conspirando activamente para destituirme de mi posición como CEO de Reid Enterprises.
El efecto de sus palabras fue inmediato.
Lawrence palideció visiblemente, mientras Anne y Ronan intercambiaban miradas alarmadas. El resto de la junta, aquellos no implicados directamente, mostraban expresiones que iban desde la sorpresa hasta la incómoda confirmación de rumores que ya habían escuchado.
—Esa es una acusación extremadamente seria, Alexander —arguyó Lawrence en tono serio, intentando recuperar la compostura—. Y francamente, suena un poco exagerada. Especialmente considerando la manera en la que te… comportas últimamente.
Alexander sonrió. Una sonrisa fría como hielo. Fría como decían que tenía el corazón.
—Estaba esperando que mencionaras eso, Lawrence —dijo, abriendo la carpeta frente a él y extrayendo varios documentos impresos—.
Mi comportamiento. Mi inestabilidad emocional.
Mi juicio. Todas esas frases aparecen, curiosamente, en estos correos electrónicos que has estado intercambiando con Anne y Ronan durante las últimas semanas.
Correos donde también aparece el nombre de Isobel Winters, vicepresidenta de nuestra principal competencia, con quien aparentemente habéis estado colaborando muy estrechamente.
Sin ceremonia alguna, deslizó las copias impresas hacia el centro de la mesa, donde todos podían verlas. Los correos electrónicos estaban cuidadosamente resaltados, con las frases más incriminatorias destacadas en amarillo fluorescente.
—O quizás prefieras explicar este documento titulado «Transición» —continuó, extrayendo otra hoja—.
Un plan detallado, paso a paso, para forzar mi salida de la empresa que mi padre fundó.
La empresa que he dirigido desde que tengo veinte años.
La empresa a la que he dedicado cada hora de mi vida desde que mi padre murió.
Su voz se mantuvo templada, pero había una intensidad en ella que hizo que varios miembros de la junta se removieran incómodamente en sus asientos.
—Alexander, creo que estás malinterpretando... —comenzó Ronan, pero Alexander lo interrumpió con un golpe seco de su palma contra la mesa.
—¡No he terminado! —dijo. Su voz ya era abiertamente dura—.
Durante semanas, he soportado vuestras miradas de preocupación, vuestras sugerencias veladas, vuestros «consejos bienintencionados», vuestra presión.
Todo mientras conspirabais a mis espaldas, socavando mi autoridad, cuestionando mi capacidad para liderar esta empresa.
Y lo que es peor, colaborando con Isobel Winters, una persona que representa directamente los intereses de nuestra competencia.
Se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando ambas manos sobre la superficie pulida de la mesa.
—Reid Enterprises es, a pesar de todo, mía —declaró, enfatizando cada palabra—.
La creó mi padre desde cero, con su visión, su tenacidad, su talento.
Y yo he continuado ese legado, sacrificando mi juventud, mi vida personal, incluso...
—Hizo una breve pausa, el rostro de Felicity apareció fugazmente en su mente—...
incluso relaciones que significaban más de lo que me he permitido reconocer.
Respiró profundamente, recorriendo con la mirada a cada miembro de la junta.
—He convertido esta empresa en una de las más grandes del mundo.
He triplicado nuestro valor en el mercado.
He navegado por crisis económicas sacándola a flote, cambios tecnológicos, desafíos que habrían hundido a competidores menos preparados.
Y no voy a permitir que un grupo de traidores oportunistas me arrebate lo que he construido.
La sala quedó en completo silencio. Incluso aquellos no directamente implicados en la conspiración parecían haberse quedado sin aliento ante la intensidad de sus palabras.
—Alexander —dijo Anne, intentando adoptar un tono conciliador—. Nadie está cuestionando tus logros pasados. Pero debes admitir que últimamente no has estado… centrado. Sobre todo, desde el incidente con tu asistente, la señorita Ashford.
La mención de Felicity fue como un detonante. Alexander se irguió completamente en su metro noventa, sus ojos acerados fijos en Anne con una intensidad que la hizo retroceder imperceptiblemente en su asiento.
—¿El «incidente con mi asistente»? —repitió. Su voz se escuchaba peligrosamente suave—. ¿Te refieres al momento en que esta junta utilizó a una empleada inocente como arma arrojadiza contra mí? ¿Cuándo decidisteis que mi vida personal era de repente un «riesgo para la empresa»?
Hizo un gesto hacia los documentos esparcidos sobre la mesa.
—Porque curiosamente, entre todas estas pruebas, hay también varias referencias a cómo planeasteis usar mi relación con Felicity como justificación para cuestionar mi liderazgo.
Cómo filtrasteis estratégicamente información a la prensa.
Cómo presionasteis para su despido, no porque realmente creyerais que era lo mejor para la empresa, sino porque os daba más munición contra mí.
Todo en coordinación con Isobel Winters, quien, debo añadir, es nuestra mayor competencia. Pero eso vosotros ya lo sabéis.
Lawrence se aclaró la garganta, visiblemente incómodo.
—Alexander, la política de que no haya relaciones entre superiores y sus subordinados existe por una razón. Como presidente de Reid Enterprises deberías ser el primero en respetarla. Tu relación con la señorita Ashford fue claramente un error y...
—¿Un error? —lo interrumpió Alexander. Una vena se hizo visible en su frente—. ¿Es eso lo que creéis que fue? ¿Una aventura de oficina? ¿Un capricho pasajero? ¿Unos cuantos polvos?