CAPÍTULO 63
En la Torre Reid, el ambiente no podía ser más diferente del apartamento de Felicity y Azriel.
Alexander estaba sentado en su escritorio, revisando informes financieros con la concentración que lo caracterizaba, o al menos intentándolo. En realidad, había estado mirando la misma página durante veinte minutos mientras su mente divagaba. Y divagaba. Y divagaba.
Un golpe en la puerta lo arrancó de su ensimismamiento.
Su asistente (¿cómo se apellidaba esta nueva asistente? ¿Albertson? ¿Andrewson?) asomó la cabeza con expresión cautelosa.
—Señor Reid…
—¿Sí?
La asistente tragó saliva.
—El señor… Hargrove está aquí y quiere verlo.
Alexander frunció el ceño con gravedad.
¿Qué cojones hacía allí Morgan Hargrove?
—No tengo nada que hablar con él —respondió secamente.
La asistente (definitivamente su apellido empezaba con A, Alexander estaba casi seguro) palideció ligeramente.
—Insiste en querer verlo. Dice… dice que tiene algo que contarle —dijo, temerosa de provocar en Alexander uno de sus cada vez más frecuentes arranques de mal humor.
Él reflexionó unos segundos sobre dejarle pasar a no.
—Está bien —dijo finalmente—. Hágalo pasar.
La asistente asintió, claramente aliviada de no recibir una regañina, y desapareció tras la puerta.
Alexander aprovechó aquel momento a solas para recomponerse, guardando los informes que había estado fingiendo leer y preparándose para lo que fuera que Morgan Hargrove tuviera que decirle
Morgan entró en el despacho como la sombra de lo que había sido los años que había trabajado en Reid Enterprises. Había adelgazado unos cuantos kilos y se veía demacrado.
—Señor Reid —saludó de manera formal—. Gracias por atenderme
Alexander señaló con la mano una de las sillas frente a su escritorio.
—¿A qué has venido Morgan? —se limitó a preguntar.
Hargrove tomó asiento. Su expresión se tornó seria.
—Quería hablar contigo sobre Isobel Winters —dijo, bajando ligeramente la voz.
—No quiero saber nada de Isobel —atajó Alexander rápidamente—. Además, no sé qué puedes contarme de ella…
—Ha estado reuniéndose por separado con varios miembros de la junta directiva —lo cortó Hargrove. Sabía que Alexander estaría reacio a escucharlo, sobre todo teniendo en cuenta que finalmente se había descubierto que él era el topo de Reid Enterprises. Pero estaba dispuesto a hacerse escuchar.
Alexander se inclinó hacia adelante. De pronto estaba interesado.
—¿Para qué? —preguntó, manteniendo la voz controlada, a pesar de la inmediata sensación de alerta que se activó en su interior.
Morgan lo miró directamente a los ojos
—Están conspirando contra ti. A tus espaldas. Reuniones secretas, conversaciones fuera del registro, alianzas estratégicas... todo con un único objetivo: destituirte como presidente de Reid Enterprises.
El silencio que siguió a esta declaración fue absoluto. Sepulcral.
Alexander mantuvo su expresión imperturbable, pero internamente, una tormenta comenzó a formarse.
—Esa es una acusación extremadamente seria, Morgan —dijo finalmente—. Especialmente viniendo de ti.
Morgan asintió, aceptando que Alexander cuestionara su credibilidad.
—Lo sé. Y entiendo tu escepticismo —respondió—. Pero tengo pruebas. O al menos, suficientes indicios para que investigues por tu cuenta.
—¿Y cuáles son esos indicios?
—Isobel se ha estado reuniendo privadamente con Lawrence Davidson, Anne Tiger y Ronan Brown —enumeró Morgan, refiriéndose a tres de los miembros más influyentes de la junta directiva—.
Lo han hecho en el Metropolitan Club, donde creen que nadie los reconocerá.
Y pronto caerá en sus redes Marnie Hoffman.
Alexander notó que una sensación fría comenzaba a extenderse por su pecho. Davidson, Tiger y Brown eran precisamente los miembros de la junta que más habían presionado para que Felicity fuera despedida, los que habían expresado «preocupaciones» sobre sus últimas decisiones. Y Marnie Hoffman…
—¿Cómo sabes todo esto? —preguntó, apoyando los codos en la mesa y juntando las puntas de los dedos.
La sonrisa de Morgan se volvió un gesto amargo.
—Porque hasta hace un par de semanas, Isobel me mantenía informado de cada detalle —confesó—. Me utilizaba como su consultor extraoficial, aprovechando mi conocimiento interno de la empresa. Hasta que, por supuesto, ya no le fui útil y me dio la patada.
Alexander procesó la información que le estaba dando Morgan.
Y empezó a atar cabos.
Las piezas encajaban con una claridad inquietante.
La insistencia de la junta en cuestionar todas sus decisiones ejecutivas, las preguntas cada vez más directas sobre su estabilidad emocional tras despedir a Felicity, los comentarios velados sobre nuevas direcciones que debería tomar la empresa...
Así que tenían pensado deshacerse de él.
Alexander sintió que su mandíbula se tensaba.
—Isobel ha estado compartiendo información sobre ti. Y sobre tu relación con la señorita Ashford —siguió hablando Morgan.
—¿Qué información?
—Ha estado insinuando que tu relación con la señorita Ashford comenzó mucho antes de lo que admitiste públicamente. Que efectivamente la contrataste debido a esa relación, y que luego la protegiste durante el incidente del topo corporativo porque era tu amante.
—Eso es mentira —dijo Alexander.
—Lo sé —asintió Morgan Hargrove—. Pero la junta no lo sabe con certeza. Y las insinuaciones constantes de Isobel están sembrando dudas sobre tu juicio. Especialmente porque...
Se detuvo, como si estuviera considerando si debía continuar.
—¿Especialmente por qué? —presionó Alexander.
Morgan suspiró.
—Porque últimamente tu comportamiento no ha ayudado a disipar esas dudas —admitió finalmente—.
Tu mal humor, los enfrentamientos con diversos departamentos, la manera en que has estado manejando las reuniones...
Algunos miembros de la junta están empezando a preguntarse si estás...
bueno, si estás emocionalmente capacitado para seguir liderando la empresa.
Alexander se quedó completamente inmóvil, perplejo.
¿Isobel estaba activamente socavando su posición? ¿Después de todo lo que había hecho por ella cuando habían sido pareja? ¿Es que no había tenido suficiente con todo el lío que había formado con Felicity y las filtraciones?
—¿Por qué me cuentas esto ahora? —preguntó, estudiando el rostro de Morgan—. Si lo que dices es cierto, podrías estar quemando los últimos puentes.
Morgan soltó una risa breve y sin humor.
—¿Quemando los últimos puentes? Esos puentes ya están en cenizas en lo que a mí respecta —respondió con franqueza—. Isobel me utilizó. Me manipuló con promesas de un futuro brillante a su lado, tanto personal como profesionalmente.
Hizo una pausa, y Alexander vio algo doloroso cruzar su rostro.
—Y cuando ya no pude proporcionarle información privilegiada sobre Reid Enterprises, cuando ya no tenía contactos útiles aquí dentro, me desechó como si fuera... basura. Sin una llamada, sin una explicación. Simplemente... desapareció.
Alexander permaneció en silencio, y reconoció la verdad en las palabras de Morgan. Sonaba exactamente como el modus operandi de Isobel: usar a las personas como herramientas y descartarlas cuando ya no servían a su propósito.
—Pero esa no es la única razón —continuó Morgan, después de un momento—. También te lo debo a ti.
Alexander arqueó una ceja.
—¿A mí?
—Traicioné a esta empresa —dijo Morgan, sosteniéndole la mirada—. Traicioné los principios que tu padre estableció, los mismos que tú has mantenido. Y aunque en ese momento me justifiqué con todo tipo de excusas, la verdad es que fue un error. Uno que ha destruido mi carrera y mi reputación.
Se inclinó ligeramente hacia adelante, su expresión se veía seria.
—No puedo deshacer lo que hice. Pero puedo advertirte sobre lo que está por venir. Porque por mucho que haya cometido errores, ver cómo Isobel y esos buitres conspiran para arrebatarte lo que has construido, lo que has protegido durante años... me parece imperdonable.
Alexander estudió a Morgan en silencio, evaluando su sinceridad. Siempre había sido bueno leyendo a las personas, una habilidad esencial en el mundo de los negocios. Y lo que veía en el rostro de su antiguo empleado era franqueza.
—Supongo que tienes algún tipo de evidencia más concreta que tus palabras —dijo.
Morgan asintió, sacando un pequeño dispositivo USB del bolsillo interior de su chaqueta.
—Correos electrónicos, transcripciones de conversaciones de WhatsApp, un borrador preliminar con los puntos claves que planean utilizar para forzar tu salida —respondió, colocando el dispositivo sobre el escritorio—.
No es todo lo que tienen, pero es suficiente para que entiendas contra qué te enfrentas.
Alexander miró el pequeño objeto, sintiendo cómo la furia comenzaba a bullir bajo su fachada de calma. Después de todo lo que había sacrificado por Reid Enterprises. Después de haber renunciado a su juventud, a cualquier rastro de vida personal normal, a Felicity...
La mención mental de su nombre fue como un puñal inesperado.
Había renunciado a Felicity por la empresa, por mantener la estabilidad y la buena imagen que aquellos mismos cabrones ahora querían destruir.
—Imagino que también tienes alguna idea de cómo debería responder a esto —dijo.
Morgan se levantó, ajustándose la chaqueta del traje con un gesto que recordaba a sus días como ejecutivo seguro de sí mismo.
—Eso, Alexander, depende solamente de ti —respondió—. Yo solo cumplí con mi parte al advertirte. Lo que hagas con esta información... —Lo dejó en el aire—. Siempre has sido conocido por tu capacidad estratégica. Estoy seguro de que encontrarás la forma adecuada de frenarlos.
Se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo antes de abrirla, girándose una última vez.
—Solo un consejo, si me permites la impertinencia: no esperes demasiado. El tiempo juega a su favor, no al tuyo.
Y con eso, salió del despacho, dejando a Alexander solo con el pequeño dispositivo USB y una tormenta de rabia creciendo en su interior.
Durante varios minutos, permaneció completamente inmóvil, contemplando el USB como si fuera una bomba a punto de explotar.
Finalmente, lo cogió, lo conectó al ordenador y comenzó a revisar los archivos que contenía.
Lo que encontró confirmó cada palabra de Morgan.
Correos electrónicos cuidadosamente redactados con un lenguaje neutro que, entre líneas, detallaban planes para una reestructuración completa de la dirección ejecutiva.
Transcripciones de conversaciones donde Isobel aseguraba a los miembros de la junta que Alexander estaba «emocionalmente inestable» después del «fiasco Ashford».
Un documento titulado «Transición», que detallaba un plan para, efectivamente, forzar su salida mientras se mantenía la estabilidad pública de la empresa.
Y en el centro de todo, Isobel.
Y aquellos traidores que estaban esperando a que él cayera para lanzarse como buitres.
Apretó los dientes con tanta fuerza que le rechinaron.
«Hijos de puta.»
La traición no debería haberle sorprendido. Y, sin embargo, dolía. Y no por ellos mismos, sino por lo que representaba.
En silencio, contempló las opciones que tenía.
Finalmente, tomó una decisión.
Presionó el intercomunicador.
—¿Sí, señor Reid? —respondió la asistente personal al otro lado.
—Convoque una reunión de la junta directiva para primera hora de esta tarde. Con carácter urgente e inamovible. —Era hora de terminar con aquello de una vez por todas. De poner las cartas sobre la mesa.
Hubo una breve pausa, y Alexander casi pudo imaginar la expresión de sorpresa en el rostro de su asistente.
—¿Toda la junta, señor? Algunos miembros tienen compromisos y...
—Toda la junta —la interrumpió con una contundencia aplastante—. Asegúrese de que no falte absolutamente nadie. Especialmente Lawrence Davidson, Anne Tiger y Ronan Brown
—Por supuesto, señor. ¿Debo indicar el tema de la reunión?
Alexander se permitió una pequeña sonrisa que no contenía ni un ápice de humor.
—Dígales que se trata de una reconsideración estructural para el futuro de Reid Enterprises —respondió—. Y que exijo que todos estén presentes.
—Entendido, señor Reid. Me pondré a ello inmediatamente.
El intercomunicador se apagó.
Alexander recostó la espalda en la silla.
Si Isobel y sus conspiradores querían guerra, la tendrían. Pero se llevarían una sorpresa cuando descubrieran que Alexander Reid no era el hombre roto y distraído que creían.