El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 61
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CAPÍTULO 61

El loft estaba inundado del aroma de curry y jengibre cuando Azriel llegó esa noche con su portatrajes considerablemente más ligero y su mente llena de observaciones que estaba ansioso por compartir.

Encontró a Felicity en la cocina, revolviendo algo en una sartén mientras consultaba ocasionalmente su teléfono, donde aparentemente estaba siguiendo una receta.

—¿Estás cocinando? —preguntó, dejando su maletín sobre el sofá—. ¿Voluntariamente? Esto debe ser un signo del apocalipsis.

Felicity le dirigió una mirada fingiendo irritación por encima del hombro.

—Tenía que mantenerme ocupada de alguna manera —respondió—. Y YouTube me convenció de que este curry de coco tailandés es «extremadamente sencillo de hacer, incluso para principiantes».

—No deberías creerte todo lo que dicen en YouTube —bromeó Azriel, acercándose para inspeccionar el contenido de la sartén—. Aunque debo admitir que huele a algo muy comestible.

—Tu confianza en mis habilidades culinarias es conmovedora —replicó Felicity secamente, pero había una sonrisa tirando de la comisura de sus labios—. ¿Cómo fue la sesión de fotos? ¿Reid Enterprises sigue en pie, o Alexander la ha incendiado en un ataque de mal humor?

Azriel se sirvió una copa de vino de la botella que había abierta en la nevera, observando a Felicity con atención.

A pesar de su tono ligero, incluso despreocupado, podía notar la tensión que había por debajo de su pregunta, el interés que intentaba disimular con indiferencia.

—El edificio sigue intacto —respondió, apoyándose contra la encimera—. Y Alexander Reid está siendo... más Alexander Reid que nunca, por así decirlo.

Felicity intentó mantener una expresión neutra en el rostro, pero Azriel notó cómo sus manos se detenían un instante en lo que estaba haciendo.

—¿A qué te refieres? —preguntó, manteniendo los ojos fijos en la sartén.

—Estuvo a punto de despedir a un pobre chico delante de todo el equipo de Fortune —explicó Azriel, tomando un sorbo de vino—. Al parecer no le gustaba el fondo fotográfico... El chico parecía a punto de desmayarse.

Felicity frunció el ceño, bajando ligeramente el fuego de la cocina.

—Eso no suena a algo que haga él —dijo, casi para sí misma—. Es exigente, sí, pero normalmente no humilla a la gente en público.

—Pues parece que ha desarrollado un nuevo pasatiempo —comentó Azriel—. Tuve que intervenir antes de que el pobre Parker terminara en posición fetal bajo la mesa de catering.

—¿Interviniste? —Felicity lo miró con una pizca de sorpresa—. ¿Qué hiciste exactamente?

Azriel hizo un gesto desdeñoso con la mano.

—Nada dramático. Solo lo distraje con el diseño del traje y quizás, posiblemente, le insinué que estaba comportándose como un tirano insufrible.

—¡Azriel! —exclamó Felicity, entre horrorizada y divertida—. ¿Le dijiste eso al presidente de Reid Enterprises? ¿Al hombre conocido por despedir a personas que se atreven a llegar tarde?

—Por favor —respondió él con una (exagerada y teatral) sonrisa de suficiencia—. Soy demasiado valioso como diseñador para que me despida.

Felicity volvió su atención a la sartén, pero Azriel podía ver que estaba procesando la información que le acababa de dar, intentando reconciliarla con el Alexander que ella había conocido.

—Parece que no está manejando bien... las cosas. La junta directiva le debe de estar presionando de cojones —comentó, eligiendo con cuidado sus palabras.

—Ese, querida, es el eufemismo del siglo —confirmó Azriel—.

El hombre prácticamente exuda miseria por cada poro.

Hay un aura de amargura a su alrededor que ni siquiera mi impecable traje de tres piezas pudo disimular completamente —dramatizó—, y no creo que todo sea fruto de la presión que la junta directiva esté ejerciendo sobre él.

—Hizo una pequeña pausa—. Preguntó por ti, ¿sabes?

La cuchara de madera que Felicity sostenía resbaló de su mano, cayendo dentro de la sartén con un chapoteo que salpicó salsa de curry en la encimera y en su delantal.

—¿Qué…? —dijo, girándose para mirarlo, olvidando el desastre—. ¿Qué dijo exactamente?

Azriel sonrió para sus adentros.

A pesar de todas sus afirmaciones de estar superándolo, era evidente que Alexander Reid seguía ocupando un espacio importante en el corazón de su amiga.

—Preguntó cómo estabas —respondió, alcanzando un paño para limpiar las salpicaduras de curry—. Le dije que habías tenido varias entrevistas en una empresa y que probablemente recibirías una oferta pronto.

Felicity recogió la cuchara, evitando cuidadosamente la mirada de Azriel.

—¿Y él qué dijo?

—Dijo que se alegraba por ti —respondió Azriel, observando atentamente su reacción—. Que mereces una oportunidad donde valoren tu talento.

Un destello de algo (dolor, esperanza, frustración, era difícil distinguir) cruzó el rostro de Felicity antes de que pudiera frenarlo.

—Bueno, al menos en eso tiene razón —dijo, intentando sonar despreocupada mientras volvía a revolver el curry—. ¿Algo más?

Azriel sopesó si mencionar la última parte, el «dígale que le deseo lo mejor, que merece lo mejor». Decidió que sí; Felicity merecía la verdad completa.

—Quería que te dijera que te desea lo mejor —añadió con voz suave—. Que mereces lo mejor.

Felicity se quedó quieta un segundo, y Azriel pudo ver cómo cogía aire.

—Qué considerado de su parte —dijo. Su voz tenía una nota de tensión y de mordacidad—. Sobre todo después de asegurarse personalmente de que tuviera que empezar de cero... otra vez.

Azriel dejó su copa de vino y se acercó a ella, colocando una mano sobre su hombro.

—Si te sirve de consuelo —dijo en voz baja—, no creo que esté precisamente radiante de felicidad con esa decisión. El hombre que vi hoy parecía estar sosteniendo el peso del mundo sobre sus hombros.

Felicity se volvió hacia él, y Azriel vio la lucha en sus ojos avellana: el deseo de aferrarse a esa información, de interpretarla como un signo de arrepentimiento, de esperanza, contra la necesidad de protegerse de más dolor.

—No importa lo que sienta ahora —dijo finalmente, volviéndose de nuevo hacia la cocina—. No cambia el resultado, ¿verdad? No luchó por mí entonces. No se ha puesto en contacto en estas semanas. Sus sentimientos, sean cuales sean, son problema suyo.

Apagó el fuego bajo la sartén con un movimiento decisivo, como si también estuviera cerrando la conversación, dándola por zanjada.

—El curry está listo —anunció, en un tono más ligero—. Espero que se pueda comer, porque si no, tendremos que pedir comida a domicilio por tercera vez esta semana.

Azriel reconoció la maniobra evasiva, pero decidió permitirla. Presionar demasiado a Felicity cuando se sentía vulnerable solo la haría cerrarse más.

—Tengo el número de emergencias en la marcación rápida del teléfono, por si acaso —bromeó, ayudándola a servir el curry sobre el arroz que había preparado anteriormente—. Y para que conste, creo que lo estás manejando admirablemente bien.

—¿El curry? —preguntó Felicity, forzando una sonrisa.

—La vida —corrigió él—. Todo.

Felicity le dirigió una mirada de agradecimiento, y su fachada de fortaleza se dulcificó un poco.

—No tengo más remedio —dijo, con sinceridad—. Es eso o desmoronarme, y ya he tenido suficiente por ahora.

Llevaron los platos a la pequeña mesa del salón, y mientras se sentaban, Azriel notó cómo Felicity miraba brevemente hacia la ventana, hacia la parte del horizonte de Manhattan donde se alzaba la Torre Reid, apenas visible desde donde estaban.

No dijo nada al respecto, pero internamente hizo una nota mental.

A pesar de sus palabras, a pesar de sus esfuerzos por seguir adelante, el capítulo de Alexander Reid en la vida de Felicity claramente no estaba tan cerrado como a ella le gustaría.

Y basándose en lo que había visto hoy, sospechaba que lo mismo podía decirse del poderoso CEO de corazón de hielo, por mucho que intentara ocultarlo detrás de su fachada de frialdad.

La pregunta era si alguno de los dos haría algo al respecto antes de que fuera demasiado tarde.

—Ya no trabajo en Reid Enterprises —le dijo Felicity a su madre por teléfono.

Aurora guardó silencio un momento al otro lado de la línea, procesando la información.

—¿Te han despedido? —preguntó. Su voz sonaba tranquila, pero había un deje de indignación en ella.

Felicity negó con la cabeza.

—Renuncié —aclaró, y luego, con una risa seca y sin humor, añadió—: Aunque técnicamente, me habían invitado a irme antes de que lo hiciera.

—Felicity Joanne Ashford —dijo Aurora, usando su nombre completo como solo hacía cuando la situación era seria—. ¿Qué ha pasado exactamente? Y quiero la verdad completa, no la versión censurada que seguramente has estado ensayando en tu cabeza.

Felicity dejó escapar un suspiro.

—Me he enamorado de él, mamá —confesó—. Me he enamorado de Alexander Reid.

Aurora parpadeó al otro lado, visiblemente sorprendida, pero no dijo nada, dándole espacio a su hija para continuar.

—Y pensé... —Felicity tragó saliva, luchando contra el nudo que se estaba formando en su garganta—…

pensé que él también sentía algo por mí.

—Sacudió la cabeza, como si intentara deshacerse de los recuerdos—.

Pero entonces, la junta directiva se enteró de que estábamos saliendo y comenzaron a presionar a Alexander para que me despidiera.

—Y por eso renunciaste —concluyó su madre.

—Sí. Él no me defendió, mamá. No defendió lo que teníamos, o lo que yo creí que teníamos. —Felicity se pasó la mano por la frente.

Una lágrima solitaria rodó por su mejilla, pero la limpió rápidamente con el dorso de la mano.

—Lo siento tanto, mi niña —dijo Aurora, en tono apesadumbrado.

Felicity dejó que las lágrimas que había estado conteniendo finalmente fluyeran.

Aurora volvió a tomar la palabra.

—¿Por qué no me lo has contado antes? —preguntó.

—No te lo he contado antes porque no quería preocuparte. Y porque en caliente hubiera sido peor. Necesitaba tomar perspectiva y enfriar la cabeza.

—Felicity, escúchame. Soy tu madre. Preocuparme por ti no es una carga, es mi deber.

De pronto Felicity se sintió como una niña pequeña nuevamente, buscando consuelo en los brazos de su madre después de una caída.

—Además —continuó Aurora—, a veces no nos enamoramos de la persona más adecuada. A veces el corazón elige por nosotros, sin preocuparse por la lógica o la conveniencia. Lo sé mejor que nadie.

Felicity pensó en las pocas historias que su madre había compartido sobre su padre a lo largo de los años.

Cómo se habían conocido en la universidad, cómo él la había deslumbrado con su carisma y sus grandes sueños, y cómo, cuando la realidad de la vida familiar y las responsabilidades se hizo demasiado pesada, simplemente había desaparecido, dejando atrás a una joven Aurora con una niña pequeña y un corazón roto.

—Lo sé, mamá —dijo Felicity—. Y siento no habértelo contado antes. Es solo que... —Suspiró—. He sido una ingenua. Pensé que era diferente, que lo que teníamos era especial. Que él era diferente a...

No completó la frase, pero no era necesario. Ambas sabían a quién se refería.

—A tu padre —completó Aurora, con una tranquilidad que solo los años y la aceptación pueden otorgar—. Pero, cariño, no todos los hombres son como él. Y no todas las historias de amor que no salen adelante son iguales. Lo que importa no es solo cómo comienzan, sino cómo reaccionamos cuando terminan.

Felicity tomó una bocanada de aire.

—Sí, supongo.

—¿Y qué planes tienes? Porque conociéndote, estoy segura de que ya tienes un plan.

Felicity sonrió débilmente, agradecida por el cambio hacia un tema más práctico.

—De hecho, sí —admitió, enderezándose ligeramente—. Azriel me consiguió una entrevista en Vogue, como asistente personal de Miranda Roberts, la directora de moda.

—¿Vogue? ¿La revista Vogue? ¡Felicity, eso es maravilloso! —exclamó Aurora.

—Aún no es seguro —advirtió Felicity, aunque no pudo evitar que una pequeña sonrisa se formara en sus labios—.

La entrevista es la próxima semana. Pero Azriel está convencido de que el puesto prácticamente ya es mío.

Según dice, mi experiencia gestionando a un «megalómano con tendencias dictatoriales» —citó, imitando el tono dramático de Azriel— me hace perfecta para el mundo de la moda.

Aurora no pudo evitar echarse a reír.

—Azriel definitivamente es todo un personaje —comentó—. Me alegra que tengas a alguien así en tu vida.

—Lo es —asintió Felicity, recordando con cariño los esfuerzos de su amigo por animarla durante los últimos días—. Él y su gato Gatsby han sido mi apoyo en Nueva York.

—Felicity, eres mucho más fuerte de lo que crees —dijo Aurora con admiración—. Mírate, ya estás planeando tu próximo paso, mirando hacia adelante en lugar de hacia atrás.

—Bueno, he aprendido de la mejor —respondió Felicity—. Te he visto levantarte cada día, trabajar en dos turnos para mantenernos, y nunca rendirte a pesar de todo. ¿Cómo podría hacer menos?

Aurora pareció quedarse sin palabras, conmovida por el reconocimiento de su hija.

—Vas a estar bien, Felicity —dijo al cabo de unos segundos, con una convicción que no dejaba lugar a dudas—.

Más que bien, en realidad. Porque eres inteligente, trabajadora y tienes un corazón que, aunque ahora esté herido, sigue siendo tu mayor fortaleza.

Alexander Reid puede que haya estado demasiado ciego para verlo, pero el mundo no lo está.

El mundo no está ciego, y algún día, encontrarás a alguien que valore todo lo que eres, sin reservas.

Alguien que te elija por encima de todas las cosas.

Felicity sintió que sus ojos se humedecían nuevamente. Sonrió un poco.

—Muchas gracias, mamá —dijo, sabiendo que esas dos palabras nunca serían suficientes para expresar todo lo que sentía.

—No tienes que dármelas, cariño —respondió Aurora—. Ahora, cuéntame más sobre Azriel y su gato. Cualquier hombre que llame a su mascota en honor a un personaje literario ya me cae bien.

Felicity rio.