CAPÍTULO 60
Azriel se aproximaba a la entrada principal de la Torre Reid con un portafolio de cuero en una mano y un portatrajes cuidadosamente protegido en la otra.
Había llegado el gran día. La sesión de fotos para el reportaje de la revista Fortune.
—Buenos días —saludó al guardia de seguridad en el vestíbulo principal. Una sonrisa profesional firmemente en su lugar—. Azriel Fontaine. Tengo una cita para la sesión fotográfica de Fortune.
El guardia consultó su pantalla antes de asentir.
—Sí, señor Fontaine. Piso 68, sala de conferencias Este. Necesitará esto —añadió, entregándole una tarjeta de acceso temporal—. El equipo de la revista ya ha comenzado a configurar el espacio.
Azriel tomó la tarjeta con un gesto de agradecimiento y se dirigió hacia los ascensores, consciente de las miradas curiosas que atraía.
Con su traje púrpura impecablemente cortado, camisa de seda color marfil y zapatos de charol negro que brillaban como espejos, destacaba entre la multitud de ejecutivos vestidos en tonos grises y azul marino. Exactamente como le gustaba.
El ascensor lo dejó en el piso 68, un nivel que conocía solo por referencias de Felicity. Era uno de los pisos ejecutivos, aunque no tan exclusivo como el 70, donde se encontraba el despacho de Alexander Reid.
Siguiendo las indicaciones en las paredes, Azriel llegó a la sala de conferencias Este, que había sido transformada en un improvisado estudio fotográfico.
Un equipo de técnicos y asistentes de Fortune se movía eficientemente, ajustando luces, configurando fondos y organizando equipos. Una mujer de cabello corto y gafas de montura gruesa blanca se acercó a él inmediatamente.
—¿Azriel Fontaine? Soy Lisa Rodríguez, directora de arte para la sesión. Estábamos esperándolo —dijo, extendiendo su mano.
—Un placer, Lisa —respondió Azriel, estrechando su mano brevemente—. ¿Dónde puedo trabajar? Necesito preparar los trajes y accesorios antes de que llegue el señor Reid.
Lisa lo guio hacia una sección de la sala que había sido separada con biombos para crear un improvisado vestuario.
—Aquí tiene su espacio. El señor Reid está citado para llegar en aproximadamente quince minutos. La entrevista ya se realizó la semana pasada, así que hoy es exclusivamente para las fotografías.
—Perfecto —asintió Azriel, comenzando a abrir su portatrajes con movimientos precisos—. ¿Alguna instrucción particular del equipo editorial?
—Quieren algo que proyecte autoridad, pero con un toque moderno —explicó Lisa, consultando su tablet—.
El artículo se centra en cómo Reid Enterprises está navegando los cambios en el panorama financiero bajo el liderazgo de Alexander, así que buscan un look que refleje tradición con visión de futuro.
Azriel sonrió para sí mismo mientras extraía cuidadosamente el traje principal que había diseñado, el de Alexander.
—Creo que esto encarna exactamente ese equilibrio —dijo.
Lisa asintió al ver el traje.
—Impresionante —comentó—. ¿El señor Reid ha estado de acuerdo?
—Hasta el último centímetro de la solapa —bromeó Azriel.
Y no mentía. Había sido el propio Alexander quien le había pedido que la solapa fuera un centímetro más ancha.
Lisa lo dejó para continuar supervisando la configuración general, y Azriel se sumergió en la preparación meticulosa de las prendas.
Dejó todos los trajes en un perchero y se centró en el de Alexander, asegurándose de que no tuviera ni una arruga.
Dispuso los accesorios complementarios: una camisa blanca de seda, una corbata también de seda en un tono azul más claro, y un pañuelo de bolsillo en tono plata que añadía un toque de distinción sin resultar ostentoso.
Estaba ajustando los puños de la camisa cuando una conmoción en la entrada de la sala captó su atención. Alexander Reid había llegado, y no parecía estar de buen humor.
—... es completamente inaceptable. —La voz de Alexander, fría y cortante, rasgó el aire como un cuchillo—. Le di instrucciones específicas sobre la preparación para esta sesión.
Azriel se asomó discretamente por el borde del biombo para observar la escena.
Alexander, vestido con uno de sus habituales trajes oscuros de oficina, estaba enfrentando a un joven que parecía encogerse por momentos.
—Señor Reid, le aseguro que seguimos el protocolo estándar para este tipo de eventos —respondió el joven, visiblemente nervioso—. El departamento de relaciones públicas revisó y aprobó todos los detalles.
—¿Y desde cuándo el departamento de relaciones públicas tiene autoridad sobre mis preferencias? —replicó Alexander con tono gélido—. El fondo que han seleccionado es inadecuado. Parece algo apropiado para un catálogo de moda, no para una publicación financiera seria.
El joven palideció aún más, lanzando una mirada desesperada a Lisa, que se acercaba apresuradamente a ellos.
—Señor Reid, puedo asegurarle que fue aprobado por su equipo la semana pasada —intervino Lisa, manteniendo un tono sosegado, aunque Azriel podía notar la tensión en sus hombros—. Pero por supuesto, podemos hacer ajustes si lo considera necesario.
Alexander se pasó una mano por el pelo en un gesto de visible frustración.
—Lo que considero necesario es que mi equipo haga su trabajo correctamente la primera vez —respondió—. Parker, esto es exactamente el tipo de incompetencia que me hace cuestionar tu lugar en esta empresa.
El joven, aparentemente llamado Parker, pareció encogerse aún más, como si las palabras fueran golpes físicos.
—Señor Reid, yo... lo siento mucho. Puedo arreglarlo inmediatamente —tartamudeó.
—Quizás sea demasiado tarde para eso —continuó Alexander. Su voz bajó a un tono peligrosamente suave—. Tal vez deberías considerar si Reid Enterprises es realmente el lugar adecuado para tus... limitadas capacidades.
Azriel había visto suficiente.
Con la misma confianza con que se movía entre la elite de Manhattan, salió de detrás del biombo y se acercó al grupo con una sonrisa brillante.
—¡Señor Reid! Qué placer verlo nuevamente —exclamó, como si fuera completamente ajeno a la tensión que saturaba el ambiente—. Su traje lo está esperando.
Alexander se volvió hacia él, ligeramente desconcertado por la interrupción. Azriel aprovechó ese instante de vacilación para continuar:
—He estado observando los fondos que ha preparado el equipo —dijo, girándose para examinar el set—.
Son interesantes, aunque entiendo su punto de vista.
¿Qué tal si hacemos una pequeña modificación?
Quizás algo más arquitectónico, que refleje la solidez de Reid Enterprises, pero con líneas limpias y modernas...
Mientras hablaba, Azriel hizo un gesto sutil hacia Parker, indicándole silenciosamente que aprovechara la oportunidad para escabullirse. El joven captó la indirecta y retrocedió discretamente (aunque estuvo a punto de salir corriendo), agradecido por la intervención.
—... el color azul medianoche del traje se vería extraordinario contra un fondo más sobrio —continuó Azriel, guiando sutilmente a Alexander lejos del centro de la sala hacia el área de vestuario—. ¿Me permite mostrarle el resultado final? Creo que le gustará.
Esperaba que le gustara, sino estaba seguro de que le cortaría las pelotas. Había olvidado ese especial carisma suyo que inspira tanto... terror.
—Sí —respondió Alexander.
Juntos se dirigieron detrás del biombo.
Azriel cogió el traje del perchero y se lo mostró.
Mientras Alexander estudiaba el resultado final, Azriel contuvo la respiración, llevando las manos a la espalda y cruzando los dedos.
—¿Qué le parece? —le preguntó, al ver que no decía nada.
—Me gusta, has sabido captar la esencia de lo que quiero que Reid Enterprises transmita.
En otras circunstancias, Azriel se hubiera puesto a saltar o a aplaudir, pero se limitó a soltar el aire de los pulmones.
—Me alegro —dijo Azriel, mientras sostenía la camisa para que Alexander la cogiera—. El vestuario está allí. Por favor, cámbiese. La corbata va después. Yo mismo se la ajustaré.
Para su sorpresa, Alexander tomó el pantalón y la camisa sin protestar y se dirigió al pequeño espacio habilitado para cambiarse.
Azriel se puso a organizar los accesorios restantes, permitiéndose una pequeña sonrisa de satisfacción.
Cuando Alexander salió, ya vestido, Azriel notó que parte de la tensión parecía haber abandonado sus hombros.
Se acercó con la corbata en la mano.
—Permítame —dijo, colocándola alrededor del cuello de Alexander con la facilidad que da la práctica—. Un nudo Balthus quedará perfecto con el corte del cuello de la camisa.
Mientras trabajaba, Azriel estudiaba discretamente el rostro de Alexander.
Había ojeras bajo sus ojos que el fotógrafo tendría que tratar de disimular, y una tensión en su mandíbula. Ambas cosas hablaban de noches de insomnio y días de estrés acumulado.
—Se ve… cansado —comentó Azriel como por casualidad mientras ajustaba el nudo. Ya que estaba allí, iba a tatar de sonsacarle algo de información—. El peso de la corona debe ser considerable estos días.
Alexander lo miró directamente, y por un momento Azriel vislumbró algo en sus ojos que iba más allá del agotamiento.
—Están siendo unos días... difíciles —respondió.
Azriel asintió. Terminó con la corbata y alcanzó el chaleco del traje.
—Hay épocas que a veces se ponen cuesta arriba —dijo, manteniendo su tono neutro mientras ayudaba a Alexander a ponerse el chaleco.
Alexander llevó los ojos de un lado a otro, como si estuviera sopesando decir o no algo.
—¿Sigue compartiendo piso con Felicity? —preguntó.
Y ahí estaba la pregunta. Ese algo que estaba tanteando decir o no.
Azriel no sonrió, pero le hubiera gustado. Le hubiera gustado mucho.
—Sí —dijo escuetamente.
Alexander dejó transcurrir unos segundos.
—¿Y cómo está? —dijo, tratando de que su voz sonara casual.
Azriel tomó la chaqueta del perchero, pensando cuidadosamente su respuesta mientras sostenía la prenda para que Alexander deslizara sus brazos en ella.
—Bien —respondió finalmente—. Ha tenido varias entrevistas de trabajo esta semana. Hay una empresa en particular que parece muy interesada en ella. Probablemente reciba una oferta en los próximos días.
Alexander se ajustó los puños de la camisa. Su mirada permanecía fija en algún punto distante, indeterminado.
—Me alegro por ella —dijo, y a pesar de todo, Azriel detectó sinceridad en su tono—. Se merece una oportunidad donde valoren su talento.
Azriel sacó el pañuelo del bolsillo de la chaqueta y comenzó a doblarlo con precisión, reflexionando sobre la ironía de ese comentario.
—Cierto —afirmó—. Aunque es curioso cómo a veces las personas que más reconocen ese talento son las mismas que la dejan escapar. —Las palabras salieron disparadas de su boca, antes de que pudiera pensar lo que estaba diciendo.
Alexander lo miró con una expresión que combinaba irritación y algo más complejo de analizar.
—Estoy seguro de que Felicity le ha contado su versión de la historia —dijo visiblemente tenso—. Las circunstancias eran complicadas.
—Las circunstancias siempre lo son —respondió Azriel, colocando meticulosamente el pañuelo en el bolsillo superior de la chaqueta de Alexander—. Especialmente cuando implican elegir lo que uno cree que debe hacer.
Sus miradas se encontraron durante unos instantes, y Azriel vio algo vulnerable detrás de la fachada impenetrable de Alexander Reid, algo casi... humano.
—Dígale... —comenzó Alexander, para luego detenerse y reconsiderar sus palabras—. No, no importa.
Azriel terminó de ajustar el pañuelo, dando un paso atrás para evaluar el resultado.
—Perfecto —afirmó, refiriéndose al atuendo, pero observando atentamente la reacción de Alexander—. ¿Qué debería decirle a Felicity, señor Reid? —insistió.
Alexander respiró hondo, recomponiéndose.
—Dígale que le deseo lo mejor —dijo finalmente—. Que se merece lo mejor.
Azriel asintió, sin comentar la contradicción implícita en aquellas palabras viniendo del hombre que había permitido que Felicity saliera de su vida. Aunque, quizás, él no era lo mejor para ella, después de todo.
—Se lo diré —prometió, haciendo un último ajuste al pañuelo—. Está listo para la sesión. Vaya a deslumbrar a Fortune, mientras yo superviso los últimos detalles del vestuario del resto de los ejecutivos.
Alexander asintió y deslizó una máscara formal (como hacía siempre) sobre sus facciones, mientras se giraba para regresar al improvisado set.
Azriel lo observó alejarse, notando la rigidez en sus hombros, y una tensión en su postura que ni siquiera el traje impecablemente cortado podía disimular por completo.