El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 59
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CAPÍTULO 59

—Estas proyecciones son inaceptables —espetó Alexander, deslizando los documentos a través de la mesa de conferencias, con tal fuerza que varios ejecutivos se sobresaltaron—.

¿Esto es lo mejor que puede ofrecer el departamento de finanzas?

¿Unos cálculos que hasta un estudiante de primer año de carrera podría cuestionar?

Roderick Marshall, el director financiero que llevaba con la empresa más de dos décadas, intercambió miradas incómodas con sus compañeros antes de responder.

—Señor Reid, estas proyecciones están basadas en los mismos modelos que hemos utilizado durante años, los mismos que usted ha aprobado —dijo con cuidado, como quien intenta calmar a un animal impredecible—. Si hay algo específico que le preocupa...

—Me preocupa la incompetencia —lo interrumpió Alexander. Su voz era cortante como el filo de una navaja—. Me preocupa que estemos conformándonos con la mediocridad cuando deberíamos estar estableciendo nuevos estándares.

Se levantó abruptamente. Recogió su tablet y se dirigió hacia la puerta.

—Rehaced eso —ordenó sin mirar atrás—. Y la próxima vez, venid preparados para impresionarme, no para desperdiciar mi tiempo.

Salió de la sala de conferencias dejando tras de sí un silencio sepulcral.

Los ejecutivos que estaban dentro de la sala se miraron entre sí, desconcertados por lo que acababa de ocurrir.

—¿Qué demonios le pasa últimamente? —murmuró una de las vicepresidentas cuando estuvo segura de que Alexander no podía oírla—. Está imposible.

Roderick Marshall suspiró, masajeándose las sienes.

—Está así desde que la señorita Ashford se fue —respondió en voz baja—. Cada día peor.

De vuelta en su despacho, Alexander se dejó caer en su sillón, aflojándose la corbata con un movimiento brusco.

Su mirada se desvió involuntariamente hacia el escritorio fuera de su oficina, visible a través de los paneles de vidrio, donde ahora se sentaba una joven eficiente, pero completamente anodina que Recursos Humanos había seleccionado como sustituta de Felicity.

No recordaba su nombre.

No se había molestado en aprenderlo, convenciéndose de que era innecesario para un puesto que probablemente volvería a quedar vacante pronto. Era competente, sí, pero carecía de... todo lo que había hecho a Felicity especial.

No anticipaba sus necesidades. No cuestionaba sus decisiones cuando era necesario. No entraba en su oficina con una taza de café egipcio y una observación mordaz que lo hacía sonreír incluso en los días más difíciles. Y eso que a él le gustaba poco sonreír.

Era simplemente una empleada más.

Reemplazable.

Olvidable.

Como Felicity debería haber sido.

Alexander apartó la mirada del escritorio vacío, y trató de centrarse en los informes que tenía frente a él, pero su mente insistía en divagar.

Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. Marnie Hoffman, la presidenta de la junta directiva, entró sin esperar respuesta.

—Alexander —dijo. Su tono era formal, pero dejaba entrever un deje de preocupación—. Necesitamos hablar.

Él la miró sin levantarse. Su expresión era intencionadamente neutral.

—¿Sobre qué, exactamente?

Marnie cerró la puerta tras ella y tomó asiento frente a su escritorio.

—Sobre el comportamiento que estás teniendo últimamente —respondió de manera directa—. Has tenido tres enfrentamientos con diferentes departamentos solo esta semana. Los ejecutivos están nerviosos, los empleados caminan de puntillas, y la moral está por los suelos.

Alexander se recostó en su silla, manteniendo una apariencia de calma que no sentía en absoluto.

«Lo que me faltaba», pensó.

—Si el equipo no puede manejar críticas constructivas, quizás deberíamos reconsiderar su capacidad para sus puestos —respondió fríamente.

Marnie suspiró. Un sonido cargado de una exasperación apenas contenida.

—Ambos sabemos que lo que has estado haciendo va mucho más allá de la «crítica constructiva» —dijo—. Roderick Marshall ha estado con nosotros desde que tu padre dirigía la empresa. Es uno de nuestros activos más valiosos. Y hoy lo has humillado frente a todo su equipo.

Alexander sintió algo que podía ser una punzada de culpa, pero que rápidamente suprimió bajo capas de resentimiento.

—Si no puedo exigir excelencia de mi equipo ejecutivo, ¿de quién puedo exigirla? —replicó.

—Esto no se trata de excelencia —respondió Marnie, inclinándose hacia adelante—. Se trata de ti, comportándote como un tirano desde que… la señorita Ashford se marchó.

La mención de Felicity fue como un golpe en el estómago. Alexander mantuvo su expresión impasible solo gracias a años de práctica ocultando sus emociones.

—No mezcles asuntos —dijo, con una voz peligrosamente baja—. Mi gestión del equipo ejecutivo no tiene nada que ver con decisiones de personal pasadas.

Marnie lo miró directamente a los ojos, sin dejarse intimidar.

—Ambos sabemos que eso no es cierto —respondió—. La junta tomó una decisión que consideramos necesaria para proteger a la empresa. Tú estuviste de acuerdo.

—¿Estuve de acuerdo? —la interrumpió Alexander. La fachada de calma empezó a agrietarse—. ¿O simplemente hice lo que todos esperabais de mí, como siempre? ¿Lo que mi padre habría hecho? ¿Lo que era «mejor para la empresa»?

Echó la silla hacia atrás y se levantó de golpe, caminando hacia la ventana para mirar el panorama de Manhattan que se extendía bajo él.

Dios, le hervía la sangre.

—Ya obtuvisteis lo que queríais —continuó—. Felicity se ha ido. La reputación de Reid Enterprises está intacta, a salvo. Las acciones están estables. Así que dejadme en paz.

El silencio que siguió fue pesado, denso como un chorro de miel. Finalmente, Marnie se levantó, alisando su falda con un gesto deliberado.

—Solo te diré una cosa más —dijo. Hizo una pausa, esperando que Alexander se girara para mirarla. Cuando no lo hizo, continuó hablando de todas formas—: Te debes al legado de tu padre, a lo que construyó, a lo que te dejó. Te debes a Reid Enterprises.

Ella no le vio, pero Alexander esbozó una sonrisa llena de amargura.

—No te confundas, Marnie, a lo único a lo que queréis que me deba es a la riqueza que os puedo proporcionar a través de la empresa. A los beneficios —contestó, tan directo como lo había sido ella. Por supuesto, se necesitaba más que una junta directiva para intimidar a Alexander Reid.

Marnie no replicó, se limitó a salir de la oficina, cerrando la puerta tras ella.

Alexander permaneció inmóvil frente a la ventana, con los brazos a ambos lados de los costados, observando la ciudad que se extendía ante él: edificios, calles, y miles de vidas entrecruzándose bajo el cielo grisáceo de finales de otoño.

Y en algún lugar entre esa multitud estaba Felicity, siguiendo adelante con su vida. Sin él.

Por primera vez desde que podía recordar, el panorama desde la cima no le ofrecía ningún consuelo.