CAPÍTULO 57
El sol de la mañana se filtraba perezosamente a través de las cortinas del loft, proyectando un resplandor dorado sobre la mesa del salón donde Felicity, con una taza de café ya fría a su lado, llevaba dos horas frente a su ordenador portátil.
La pantalla mostraba un documento que había estado editando, borrando y volviendo a escribir con una frustración creciente: su currículum vitae.
—¿Cómo demonios redacto esto sin que parezca que me contrataron dos veces para el mismo puesto después de pasar por el departamento de comunicación? —murmuró para sí misma, metiéndose un mechón de pelo ondulado detrás de la oreja.
Habían transcurrido diez días desde la conversación en el parque con Alexander.
Diez días de pasar por todas las etapas del duelo: negación, ira, negociación, depresión y, de vez en cuando, destellos de aceptación que nunca duraban lo suficiente.
Diez días en los que había alternado entre llorar hasta quedarse dormida y despertarse con una determinación feroz de seguir adelante, solo para que esa determinación se desvaneciera con el primer recuerdo que asaltaba su mente.
Pero aquella mañana había decidido que ya era suficiente.
No podía seguir vegetando en el apartamento, revisando obsesivamente las noticias sobre Reid Enterprises (que parecían haber superado rápidamente el «escándalo», a juzgar por la siguiente historia jugosa del mundo empresarial de la que todo el mundo hablaba) y viendo comedias románticas que, tal vez por las circunstancias, le parecían dolorosamente falsas.
Necesitaba un trabajo. No solo por el dinero, sino por su propia salud mental. Necesitaba un propósito, una rutina, algo en qué enfocar su energía que no fuera analizar cada momento de su relación con Alexander, buscando señales que hubiera pasado por alto.
El sonido de la llave en la cerradura interrumpió sus pensamientos.
La puerta se abrió para revelar a Azriel, vestido con un conjunto sorprendentemente sobrio para sus estándares: pantalones de vestir grises y una camisa azul pálido perfectamente planchada.
Incluso su pelo, normalmente estilizado en un desorden calculado al milímetro, estaba peinado hacia atrás con pulcritud.
—Buenos días, alma en pena —la saludó alegremente, dejando su maletín de cuero (que Felicity sabía que contenía muestras de tela y bocetos para sus clientes) sobre el sofá—. Veo que finalmente has abandonado el uniforme de «desamor».
Felicity bajó la mirada hacia su ropa: vaqueros oscuros y una camiseta sencilla de manga larga de color naranja. Un cambio bienvenido después de días en pijama o chándal.
—Decidí que ya era hora de parecer un ser humano funcional y no una indigente —respondió con una sonrisa tenue—. O al menos intentarlo.
Azriel se acercó a la mesa, inclinándose para mirar la pantalla del ordenador por encima de su hombro.
—¡Ajá! El temido currículum —comentó, arqueando una ceja perfectamente perfilada—. ¿Cómo va?
—Fatal —confesó Felicity con un suspiro, recostándose en la silla—.
No sé cómo explicar mi paso por Reid Enterprises sin que suene como un desastre total.
«Despedida de su puesto como asistente personal injustamente, recontratada por necesidad, despedida definitivamente por escándalo romántico con el presidente de la empresa» no es exactamente el historial laboral que impresiona a Recursos Humanos —dijo con ironía.
Azriel tomó una silla y se sentó a su lado, girando el portátil para ver mejor el documento.
—Mmmm —murmuró, entrecerrando los ojos mientras leía—. Bueno, para empezar, estás siendo demasiado escueta. «Asistente personal del CEO» no captura ni remotamente todo lo que hacías.
—¿Y qué sugieres? —preguntó Felicity—. ¿«Asistente personal y brevemente novia del CEO»?
Azriel le lanzó una mirada que combinaba compasión y exasperación.
—No, querida. Me refiero a detallar tus responsabilidades reales —explicó pacientemente—. Coordinabas su agenda, preparabas informes ejecutivos, servías de enlace con la junta directiva, redactabas correspondencia oficial, organizabas reuniones, investigabas futuros clientes...
Felicity parpadeó un par de veces, sorprendida por la precisión con que Azriel describía su trabajo.
—¿Cómo sabes todo eso? —preguntó.
—Porque te escucho cuando hablas, aunque a veces finjo que estoy demasiado ocupado admirando mi propio reflejo en las superficies brillantes —respondió con un guiño—.
La cuestión es que eras mucho más que una simple «asistente».
Eras prácticamente su mano derecha, su estratega, su filtro para el mundo exterior.
Felicity sintió una punzada de dolor al recordar lo estrecha que había sido su colaboración profesional con Alexander, cómo habían desarrollado casi un lenguaje propio, una especie de sincronización que hacía que a veces pareciera que uno podía leer la mente del otro.
—Supongo que tienes razón —dijo, intentando enfocarse en el aspecto profesional y no en los recuerdos sentimentales—. Pero sigo sin saber cómo explicar las circunstancias de mi salida.
Azriel chasqueó la lengua, tecleando rápidamente para editar algunas secciones del currículum.
—No necesitas explicarlo aquí —dijo—. El currículum vitae es para destacar tus logros, no para confesar tus dramas personales.
Deja que te lo pregunten en la entrevista, si es que lo hacen.
Y para entonces tendremos preparada una respuesta diplomática y profesional que haga que parezcas la empleada mártir del año.
A pesar de todo, Felicity sonrió.
Con Azriel siempre era así.
Su confianza era contagiosa, y su capacidad para dar solución a cualquier problema resultaba alentador.
—De acuerdo, experto en imagen —dijo, rindiéndose—. Te cedo el control creativo de mi currículum.
—Sabia decisión —respondió Azriel con una sonrisa triunfal—.
Ahora, mientras yo transformo este documento insípido en una obra maestra de marketing personal, ¿por qué no preparas café?
El tóxico instantáneo que bebes tú, no; el mío, el bueno, el que guardo en el fondo del armario y te prohíbo tocar.
Felicity puso los ojos en blanco, pero se levantó para cumplir con la petición, secretamente agradecida por la distracción y sus habituales bromas. Si Azriel no existiera, tendrían que inventarlo.
Mientras preparaba el café en la pequeña máquina de espresso que Azriel consideraba «el único electrodoméstico verdaderamente esencial», lo observó trabajar en su currículum.
Sus dedos volaban sobre el teclado con la misma precisión y confianza con que manipulaba agujas e hilos, transformando algo ordinario en extraordinario.
Era extraño, pensó, las vueltas que daba la vida.
Cuando había conseguido el trabajo en Reid Enterprises, había estado eufórica, convencida de que era el comienzo de algo grande, de una carrera brillante.
Nunca imaginó que terminaría así: en el paro, con el corazón roto, y dependiendo de la generosidad de su compañero de piso para mantenerse a flote.
Y, sin embargo, mientras observaba a Azriel trabajar tan diligentemente para ayudarla, sintió una gratitud tan grande que por un momento eclipsó todas las demás emociones.
Tal vez había perdido un trabajo y un amor, pero tenía algo igualmente valioso: una amistad que era oro puro.
—¡Voilà! —exclamó Azriel finalmente, girando el portátil hacia ella—. De «asistente personal» a «coordinadora ejecutiva de operaciones estratégicas». Mismas funciones, título mucho más impresionante.
Felicity se inclinó para leer el documento transformado, sorprendida por cómo Azriel había logrado presentar su experiencia de manera que sonaba no solo respetable sino francamente impresionante.
—Esto es... —comenzó, impresionada—. Wow, Azriel. Ni siquiera suena como si estuviera exagerando.
—Porque no lo estás —respondió él, aceptando la taza de café que le ofrecía Felicity—. Solo estás presentando los hechos desde su mejor ángulo. Es lo que todos hacen. Es lo que los altos ejecutivos hacen cada vez que presentan resultados trimestrales a sus inversores.
—¿Y ahora qué? —preguntó Felicity. De repente se sintió abrumada por la magnitud de lo que tenía por delante—. ¿Simplemente lo envío a todas las ofertas de trabajo que encuentre?
Azriel la miró como si acabara de sugerir salir a la calle desnuda.
—Por supuesto que no —respondió, horrorizado—. ¿Qué clase de bárbaro crees que soy? No, querida. Hay un arte en la búsqueda de empleo, especialmente en los círculos en los que nos movemos.
Tomó un sorbo de café, saboreando tanto la bebida como el momento de suspenso que estaba creando.
¡Qué teatral era!
—Ya he estado hablando de ti con varios contactos —continuó—. Clientes que también son ejecutivos, directores de empresas, personas con influencia y, lo más importante, con ofertas de trabajo potenciales.
Felicity lo miró con sorpresa y una pizca de alarma.
—¿Has estado hablando de mí? —preguntó—. ¿Qué les has dicho exactamente?
—Solo lo mejor, por supuesto —respondió Azriel con un gesto despreocupado—. Que eres una profesional extraordinaria, organizada hasta rayar en la paranoia, discreta como una tumba, y capaz de manejar personalidades difíciles con la gracia de una diplomática de la ONU en medio de una guerra.
Hizo una pausa, tomando otro sorbo de café.
—No mencioné el lío sentimental con Alexander ni que te rompió el corazón, si eso es lo que te preocupa —añadió—. Aunque debo decir que varios de mis contactos están al tanto del «escándalo Reid» y han expresado que consideran que la pérdida de Reid Enterprises podría ser su ganancia.
Felicity se hundió en la silla.
—No sé si sentirme halagada o mortificada —admitió.
—Halagada, definitivamente —insistió Azriel—.
El mundo empresarial de Manhattan es un pueblo pequeño disfrazado de metrópolis.
Todos hablan, todos saben. Y muchos han tenido sus propios roces con Alexander Reid a lo largo de los años.
No eres la primera persona que sale herida de una interacción con él, solo la que ha llegado más cerca de su corazón de hielo.
Algo en esa descripción hizo que Felicity frunciera el ceño.
A pesar de todo lo que había sucedido, no podía reconciliar la imagen del «CEO de corazón de hielo» con el hombre que le había abierto su casa, su vida, que le había contado todo sobre la pérdida de sus padres, que había reído con ella en la cocina de su mansión mientras preparaban pasta juntos.
—No es de hielo —dijo—. Solo... complicado. Y al final, incapaz de elegirme por encima de su deber.
Azriel la miró con ternura.
—Y esa es precisamente la razón por la que encontrarás un trabajo muy pronto —la animó—. Porque ves lo mejor en las personas, incluso cuando te han herido. Es un talento raro y valioso en el mundo.
Levantó su taza para hacer un brindis.
—Por la nueva etapa de Felicity Ashford —declaró—. Más brillante, más fuerte y, definitivamente, mejor pagada que la anterior.
Felicity no pudo evitar sonreír, contagiada por su optimismo.
—Lo de mejor pagada lo dudo, Alexander es el empresario que mejor paga a sus empleados —comentó.
Azriel encogió los hombros.
—Pero es algo que siempre queda bien en los brindis —rio.
Felicity rio con él y alzó su taza.
—Por mi nueva etapa —dijo finalmente, chocándola contra la de Azriel.