CAPÍTULO 56 #2
—No te preocupes por el alquiler ni por los gastos —dijo con firmeza—. Yo me haré cargo.
Felicity levantó la mirada, sorprendida.
—¿Qué? No, Azriel, no puedo permitir que...
—No estoy pidiendo tu permiso —la interrumpió él con una sonrisa—. Te recuerdo que cuando te alquilé la habitación, te dije que no necesitaba el dinero, que lo hacía por la compañía. Esa verdad no ha cambiado.
Era cierto.
—Pero... —Felicity intentó protestar.
—Nada de «peros» —insistió él—. Esto es lo que hacen los amigos, Felicity. Se ayudan cuando lo necesitan. Tú lo harías por mí sin pensarlo dos veces, si las situaciones estuvieran invertidas.
Tenía razón, por supuesto. Lo haría en un abrir y cerrar de ojos.
Pero aceptar ayuda, especialmente económica, siempre había sido difícil para ella. Un vestigio de años luchando por ser independiente y autosuficiente, de ver a su madre hacer malabarismos con las facturas.
—Gracias —dijo, con el corazón en la mano—. No sé qué haría sin ti, Azriel. De verdad.
—Afortunadamente nunca tendrás que averiguarlo —respondió él con un guiño, intentando aligerar el ambiente—. Estás atrapada conmigo para siempre, me temo.
Felicity dejó escapar una risilla, agradecida por el momentáneo alivio de la tensión.
—Te quiero, ¿sabes? —dijo impulsivamente. La vulnerabilidad emocional del momento hacía que las palabras fluyeran con más facilidad de lo habitual—. Muchísimo.
La expresión de Azriel se suavizó. Su habitual fachada de divo dio paso a la ternura.
—Yo también te quiero —respondió—. Y Gatsby te adora, ya lo sabes —añadió, señalando al gato que acababa de entrar en el salón, atraído por el sonido de sus voces—. Lo cual, debo decir, es un honor mayor que mi afecto, considerando lo exigente que es —bromeó.
Como si entendiera que estaban hablando de él, Gatsby saltó al sofá y se acomodó en el regazo de Felicity, ronroneando sonoramente mientras se acurrucaba contra ella.
—¿Ves?, sabe que necesitas consuelo extra —comentó Azriel, rascándolo detrás de las orejas—. Es sorprendentemente empático para ser un animal cuyo hobby principal es mirar fijamente su comedero durante horas hasta que le sirva la comida.
Felicity sonrió. Una sonrisa pequeña pero sincera mientras acariciaba el pelaje suave del gato.
Era un momento de paz en medio de la tormenta. Un recordatorio de que, aunque Alexander Reid no la hubiera elegido, no estaba sola. Tenía a Azriel, tenía a Gatsby, tenía un hogar seguro donde sanar.
—Tienes razón —dijo finalmente, sintiendo que algo se asentaba dentro de ella. Una resolución, dolorosa pero necesaria—. Si realmente le importara a Alexander, habría encontrado una manera. Habría luchado por nosotros.
Azriel afirmó con la cabeza y su rostro adoptó de nuevo una expresión seria.
—Sí —dijo—. El amor verdadero no se rinde a la primera dificultad, Felicity. Pelea. Persiste. Encuentra soluciones, no excusas.
Felicity se limpió las lágrimas que aún se deslizaban por sus mejillas con el dorso de la mano, e inhaló una profunda bocanada de aire para calmarse.
Sentía como si hubiera corrido una maratón, dejándola agotada, pero extrañamente más lúcida.
—¿Sabes qué es lo más patético? —dijo después, transcurridos unos segundos—. Una parte de mí sigue queriendo disculparlo. Sigue pensando en toda la presión que tiene, en la responsabilidad que carga, en cómo perdió a sus padres y tuvo que asumir el control de Reid Enterprises siendo tan joven...
Se interrumpió, sacudiendo la cabeza con una mezcla de frustración y resignación.
—Pero eso no justifica esto, ¿verdad? No justifica dejarme tirada cuando las cosas se ponen difíciles.
—No, no lo justifica —confirmó Azriel—. Entender sus circunstancias es una cosa. Permitir que te traten como algo desechable es otra completamente distinta.
Felicity asintió despacio, acariciando distraídamente a Gatsby, cuyo ronroneo le proporcionaba una sensación reconfortante.
—Supongo que ahora tengo que averiguar qué hacer con mi vida —dijo, intentando esbozar una sonrisa—. Otra vez.
Azriel se incorporó de un salto, con una determinación que iluminó su cara.
—Y no lo harás sola —afirmó—. Te ayudaré a buscar trabajo. Tengo contactos en prácticamente todas las industrias de Manhattan gracias a mis clientes. Alguien estará buscando una profesional brillante con tu experiencia.
Su entusiasmo era tan real, tan característicamente Azriel, que Felicity sintió una gratitud tan grande que por un momento desplazó el dolor.
—Ya estás pensando en hacer unas cuantas llamadas, ¿verdad? —preguntó, reconociendo la expresión que aparecía en el rostro de Azriel cuando comenzaba a planear algo.
—Por supuesto —confirmó él sin la menor vergüenza—.
Victoria Smith, mi cliente de Goldman Sachs, mencionó que estaban buscando a alguien para su equipo ejecutivo.
Y Miranda Patel, de Harper Media, siempre está al acecho de talento.
Oh, y no me olvido de Jonathan Weiss, que acaba de lanzar una nueva empresa tecnológica...
Continuó enumerando nombres y posibilidades, gesticulando animadamente con las manos mientras hablaba.
Felicity lo observaba, sin poder evitar que una sonrisa se formara en sus labios. Ese era Azriel en su salsa: planeando, haciendo conexiones, resolviendo problemas con la misma energía que aplicaba a todo en su vida.
—Gracias —dijo, cuando él hizo una pausa para respirar—. Eres maravilloso.
Azriel se detuvo y la miró.
—Felicity, no tienes que agradecerme nada. Para eso estamos los amigos. Para levantarnos cuando nos caemos, para recordarnos nuestro valor cuando lo olvidamos, y para planificar venganzas elaboradas contra los ex que nos rompen el corazón.
—No mencionaste esa última parte antes —comentó Felicity, arqueando una ceja.
—Es un servicio premium —respondió Azriel con un guiño—. Solo para mis mejores amigos. Y créeme, tengo algunas ideas que harían que Alexander Reid lamentara profundamente haberte dejado ir.
A pesar del dolor que aún pulsaba en su pecho, Felicity no tuvo más remedio que reír.
—No creo que esté lista todavía para la fase de venganza —dijo—. Por ahora solo quiero... sobrevivir a esto.
Azriel volvió a sentarse en el sofá.
—Y lo harás —afirmó con convicción—. Día tras día. Y estaré aquí para lo que necesites: un hombro para llorar, un compañero que coma helado contigo a medianoche, buscador de empleo, o simplemente alguien que te recuerde que eres mucho más que la relación que acaba de terminar.
Felicity se inclinó hacia él, apoyando la cabeza en su hombro, agradecida más allá de las palabras por sus constantes ánimos.
—¿Puedo empezar con el hombro para llorar y el helado? —preguntó—. Creo que todavía necesito procesar todo esto antes de pensar en el futuro.
—Claro que sí —respondió Azriel, pasando un brazo alrededor de sus hombros—. De hecho, compré helado de chocolate belga mientras te esperaba. Tenía el presentimiento de que podríamos necesitarlo.
Felicity cerró los ojos, dejando que las lágrimas volvieran a fluir, pero en aquella ocasión de manera más tranquila, más resignada.
El dolor seguía ahí, crudo y punzante, pero ya no la ahogaba completamente.
—¿Azriel? —murmuró, sintiendo que el agotamiento comenzaba a reclamarla.
—Dime —respondió él. Su voz era un rumor tranquilizador.
—¿Crees que alguna vez dejará de doler?
Hubo un breve silencio.
—Sí —dijo Azriel—. No mañana. Probablemente no la próxima semana. Pero un día, te despertarás y te darás cuenta de que respirar ya no duele tanto. Y entonces sabrás que estás sanando.
Felicity asintió contra su hombro, permitiendo que sus palabras le dieran un poco de esperanza, un futuro posible más allá del desolador presente. Y que llegaría, incluso si parecía lejano desde donde se encontraba ahora.