CAPÍTULO 56
El trayecto desde el parque hasta su apartamento quedó grabado en la memoria de Felicity como una secuencia borrosa de calles, semáforos y rostros anónimos.
Caminó en piloto automático, con la mirada fija en el pavimento, evitando el contacto visual con cualquier transeúnte que pudiera notar sus ojos enrojecidos y las lágrimas que ocasionalmente escapaban a pesar de sus esfuerzos por contenerlas.
Había mantenido la compostura frente a Alexander.
No le había dado la satisfacción de verla derrumbarse, de confirmar que era solo otra empleada que había confundido los límites profesionales.
Pero ahora, con cada paso que la alejaba de él, sentía que las defensas que había construido comenzaban a agrietarse, amenazando con colapsar por completo.
Al llegar al edificio, le llevó tres intentos introducir correctamente la llave en la cerradura de la puerta principal.
Las manos le temblaban y la visión estaba nublada por las lágrimas que ya no podía contener.
El ascensor, por suerte, estaba vacío, permitiéndole apoyarse contra la pared y respirar profundamente, intentando recobrar algo de control antes de enfrentarse a Azriel.
La puerta del loft se abrió antes de que pudiera meter la llave. Azriel debía haber estado vigilando por la ventana, esperando su regreso.
—Felicity... —comenzó, pero se interrumpió al ver su rostro.
No hicieron falta palabras.
Azriel abrió los brazos y Felicity se desplomó en ellos, como un edificio cuyos cimientos finalmente ceden bajo demasiada presión.
El primer sollozo que escapó de su garganta sonó casi como un gemido de dolor físico, seguido rápidamente por otro, y otro, hasta que estaba llorando de tal manera que apenas podía respirar.
Azriel la sostuvo con firmeza, mientras la guiaba suavemente hacia el interior del apartamento, cerrando la puerta tras ellos con el pie.
—Está bien, déjalo salir —murmuró contra su pelo—. Estoy aquí. Estoy aquí.
Durante lo que parecieron horas (pero que probablemente fueron solo minutos), Felicity lloró sin restricciones, aferrada a la camisa de Azriel como si fuera su único ancla en un mundo que de pronto se había vuelto irreconocible.
Lloró por el trabajo que había perdido, por la confianza traicionada, pero sobre todo, lloró por Alexander, por lo que había creído que tenían, por lo que había esperado que pudieran construir juntos.
Cuando finalmente los sollozos se calmaron lo suficiente para permitirle hablar, Azriel la condujo al sofá, donde se sentaron uno al lado del otro.
Él no la soltó, manteniendo un brazo protector alrededor de sus hombros, mientras Felicity intentaba recomponerse para explicar lo que había sucedido.
—Ha elegido la empresa —dijo finalmente. Su voz estaba ronca por el llanto—. Como siempre. Como sabía que haría, en el fondo.
Azriel le ofreció un pañuelo de tela (porque por supuesto que llevaba uno, perfectamente planchado y doblado en el bolsillo de su camisa).
—¿Qué dijo exactamente? —preguntó. Su tono era suave, desprovisto de su habitual dramatismo.
Felicity se sonó la nariz. La elegancia completamente olvidada en medio de su miseria.
—Dijo que la junta quiere que deje mi puesto —respondió. Las palabras salían entrecortadas entre las respiraciones temblorosas—. Con efecto inmediato. Por el bien de la empresa. Por la imagen pública. Por las políticas que él mismo implementó.
Soltó una risa amarga que sonó más como otro sollozo.
—Me ofreció una «generosa indemnización» y «excelentes referencias» —continuó, haciendo comillas con los dedos—.
Como si eso compensara el hecho de que básicamente está permitiendo que me retraten como una puta, como alguien que consiguió su trabajo acostándose con el jefe.
Por mi parte se pude meter ambas cosas por el… —Se calló de golpe.
Las lágrimas amenazaban con volver, y Felicity tomó una respiración profunda, intentando controlarlas.
—Le dije que renunciaba —añadió—. No voy a darle la satisfacción de despedirme.
Azriel apretó su hombro en un gesto de apoyo.
—¿Y qué hay de... vuestra relación? —preguntó cuidadosamente.
La pregunta fue como arrancar una venda de una herida recién hecha. Felicity sintió que su rostro se contraía en una nueva ola de dolor.
—Tuvo el atrevimiento de sugerir que nuestra relación personal podría continuar mientras encontrábamos una solución a la situación laboral —respondió.
La incredulidad teñía sus palabras—. Como si yo pudiera separar tan fácilmente las cosas.
Como si pudiera seguir viéndolo después de que me haya dejado caer así.
No pudo contener más las lágrimas. Volvieron de nuevo con intensidad, sacudiendo sus hombros mientras las palabras seguían saliendo entre sollozos.
—Siempre elige la empresa, Azriel —dijo. El dolor se transformó en ira—. Siempre. Tenía que haberme defendido ante la junta directiva. Tenía que habernos defendido. Si realmente me... Si realmente le importara, habría luchado por mí.
Azriel la abrazó, permitiéndole desahogarse.
—Lo sé, cariño —murmuró—. Lo sé.
—Lo peor es que yo realmente creía que lo nuestro era...
especial —continuó Felicity. Las palabras empezaron a salir de sus labios en un torrente imparable—.
No fue solo una aventura de oficina o una noche casual.
Al menos no para mí. Fue... —se interrumpió, como si la palabra fuera demasiado grande, demasiado frágil para pronunciarla.
—Amor —completó Azriel con suavidad.
Felicity asintió, incapaz de hablar mientras un nuevo pensamiento la golpeaba con fuerza.
—Pero quizás solo fue para mí —dijo—. Quizás por eso no me defendió. Porque para él no significaba lo mismo.
Se apartó ligeramente para mirar a Azriel. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos, y en aquel momento también llenos de una dolorosa claridad.
—Dios, he sido una estúpida —dijo, sacudiendo la cabeza—. La típica idiota que piensa que su jefe millonario se va a enamorar de ella. Un puto cliché andante.
Azriel frunció el ceño, tomando su rostro entre sus manos.
—Escúchame, Felicity Ashford —dijo con firmeza—. No eres una estúpida. No eres un cliché. Eres una chica brillante, generosa y extraordinaria que cometió el error de enamorarse de alguien que no estaba a la altura.
Felicity intentó apartar la mirada, pero Azriel mantuvo sus manos firmes, obligándola a enfrentar sus palabras.
—Y si Alexander Reid no puede ver eso, si no puede valorar lo que tiene contigo lo suficiente como para luchar por ello, entonces es él quien no te merece. No al revés.
Algo en la vehemencia de sus palabras, en la absoluta convicción con que las pronunciaba, hizo que Felicity se detuviera.
El llanto cesó momentáneamente mientras procesaba lo que Azriel le estaba diciendo.
—Pero él es... —comenzó.
—¿Un CEO poderoso? ¿Un multimillonario? ¿Un hombre con un vestidor que probablemente vale más que mi apartamento entero? —la cortó Azriel, añadiendo una chispa de su habitual sarcasmo—. ¿Y qué? Nada de eso lo hace merecedor de ti automáticamente.
Soltó su rostro y se recostó en el sofá, pasándose una mano por el pelo azul en un gesto de frustración.
—De hecho, lo que acaba de hacer demuestra exactamente lo contrario, Felicity —continuó—. Te descartó ante la primera señal de presión. Te trató como a una complicación que necesitaba ser gestionada, no como a alguien que realmente le importara.
Felicity se quedó en silencio, dejando que las palabras de Azriel se asentaran.
Había verdad en ellas, por dolorosa que fuera.
Alexander no había luchado por ella, no realmente. Había calculado los riesgos y los beneficios, como hacía con todas las decisiones empresariales, y ella había salido perdiendo en la ecuación.
De repente, un pensamiento atravesó su mente, haciendo que se llevara una mano a la boca.
—Oh, Dios —murmuró—. Mi madre. ¿Cómo voy a contarle todo esto a mi madre?
Azriel la miró con comprensión, tomando su mano entre las suyas.
—Se puso tan contenta cuando las cosas se resolvieron... —continuó Felicity—. Y ahora tengo que llamarla y decirle que no solo he perdido mi trabajo, sino que además he estado liada con mi jefe y que todo me ha explotado en las narices de la peor manera posible.
Un nuevo sollozo escapó de su garganta mientras imaginaba la conversación; la preocupación y el dolor en la voz de su madre, el peso de tener que explicar cómo había terminado exactamente en la situación que Aurora probablemente más temía para ella.
—Hey, hey —intervino Azriel, apretando suavemente su mano—. No tienes que contárselo ahora mismo. De hecho, creo que deberías esperar unos días.
Felicity lo miró, confundida.
—¿Esperar? Pero siempre le cuento todo. Y va a enterarse de todas formas, especialmente si esto llega a más medios...
—Y se lo contarás —aseguró Azriel—. Pero ahora mismo estás en carne viva, Felicity. Necesitas tomar algo de perspectiva, algo de distancia. Las cosas se ven diferentes con la cabeza fría, se piensa mejor.
Hizo una pausa, mirándola directamente a los ojos.
—Tu madre se va a morir del sufrimiento si te oye por teléfono así —añadió con sensatez—. Y entonces tendrás dos personas destrozadas en lugar de una, y ninguna solución.
Felicity respiró hondo, considerando sus palabras. Como siempre, había una sabiduría práctica bajo el exterior excéntrico de Azriel.
—Tienes razón —dijo—. No estoy en condiciones de tener una conversación con ella ahora. Se preocuparía demasiado.
Azriel asintió.
—Exactamente. Deja que el polvo se asiente un poco. Recupera algo de equilibrio. Y luego podrás hablar con ella desde un lugar más centrado, con un plan, no solo con lágrimas.
—Un plan —repitió Felicity. La palabra sonó extrañamente lejana, distante—. Supongo que ahora necesito uno.
Su mente comenzó a dar vueltas frenéticamente, saltando de una preocupación a otra.
Bufó.
—El alquiler, los gastos… —murmuró, más para sí misma que para Azriel—. Tengo algunos ahorros de estos meses en Reid Enterprises, pero no durarán para siempre. Necesito encontrar trabajo rápido.
Azriel hizo un gesto desdeñoso con la mano, como espantando sus palabras.