El CEO de corazón de hielo (Devils 1) CAPÍTULO 55 #2
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CAPÍTULO 55 #2

No en su oficina, no en su casa, no en los espacios que habían compartido. El nudo en el estómago de Felicity se apretó.

—No me gusta cómo suena esto —comentó Azriel, leyendo por encima de su hombro—. Si fuera a darte buenas noticias, te invitaría a su despacho o a su casa, no a un banco de un parque donde cualquiera podría veros u oíros.

—No saques conclusiones tan rápidas —dijo Felicity, aunque ella misma estaba pensando exactamente lo mismo—. Quizás solo quiere evitar más cotilleos si nos ven juntos en la oficina.

Azriel la miró con una mezcla de escepticismo y preocupación.

—Solo prométeme que, si te despide, me dejarás poner laxante en su café la próxima vez que vaya a hacer la prueba de vestuario para el reportaje de Fortune.

A pesar de todo, Felicity no pudo evitar sonreír.

—Prometido —dijo, levantándose para cambiarse de ropa—. Aunque espero que no sea necesario.

Pero mientras se ponía unos vaqueros y un jersey sencillo de lana de color rosa, intentando parecer casual pero presentable, Felicity no podía sacudirse la sensación de que se estaba preparando, no para una conversación, sino para una despedida.

El parque estaba relativamente tranquilo a media mañana de un día laborable. Algunos padres con niños pequeños, varios corredores, una pareja de ancianos alimentando a las palomas.

Alexander ya estaba allí cuando ella llegó, sentado en un banco parcialmente oculto por un grupo de árboles. Seguía vistiendo el traje que se había puesto aquella mañana para la reunión con la junta, pero su corbata estaba aflojada y tenía un aspecto cansado que Felicity rara vez había visto en él.

Se levantó cuando la vio acercarse, y por un momento pareció que iba a abrazarla, pero luego se contuvo, limitándose a hacer un gesto hacia el banco.

—Gracias por venir —dijo. Su tono era formal, controlado.

Felicity se sentó, manteniendo una distancia prudencial entre ellos, repentinamente consciente de que podrían estar siendo observados, o fotografiados otra vez.

—¿Cómo fue la reunión? —preguntó directamente, decidiendo que no tenía sentido andarse con rodeos.

Alexander lanzó un suspiro, y se pasó una mano por el pelo dejando entrever su frustración.

—Tan bien como cabía esperar —respondió—. La junta está... preocupada por las implicaciones.

—¿Implicaciones? —repitió Felicity, sintiendo que su estómago se tensaba—. ¿Te refieres a mi supuesta contratación a cambio de favores sexuales?

Las palabras salieron más mordaces de lo que pretendía, pero la formalidad de Alexander, la distancia que estaba manteniendo, estaban alimentando un miedo que crecía poco a poco en su interior.

—Saben que eso no es cierto —respondió él rápidamente—. Les he explicado la situación real, lo del tren, cómo fue tu contratación.

—Pero no te creyeron —adivinó Felicity, observando cuidadosamente su expresión.

Alexander desvió la mirada hacia un grupo de niños que jugaban unos metros por delante de ellos.

—No es cuestión de que lo crean o no —dijo—. Es cuestión de percepción pública. De la imagen de la empresa. De las políticas internas que yo mismo implementé.

Felicity sintió que algo frío se instalaba en su pecho.

—¿Qué están pidiendo exactamente? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

Alexander se volvió hacia ella, y en sus ojos Felicity vio un conflicto, una lucha interna que nunca antes había presenciado en él.

—Quieren que dejes tu puesto como mi asistente personal —dijo finalmente. Cada palabra que pronunciaba parecía costarle un esfuerzo—. Con efecto inmediato.

Aunque lo esperaba, escucharlo en la voz de Alexander fue como un golpe físico.

Felicity se encontró sin saber qué decir, intentando procesar lo que aquello significaba realmente.

—¿Y tú? —preguntó. Su voz salió como un sonido apenas audible—. ¿Qué quieres tú, Alexander?

Él cerró los ojos brevemente, como si la pregunta le causara un dolor físico.

—Lo que quiero no es relevante en este momento —respondió, y la seriedad en su tono hizo que Felicity sintiera como si una pared invisible se estuviera levantando entre ellos.

Ya no tenía delante a Alexander, sino al implacable y temido Alexander Reid—.

Tengo responsabilidades hacia Reid Enterprises, hacia miles de empleados cuyos medios de vida dependen de la estabilidad y reputación de la empresa.

—Así que vas a despedirme —dijo Felicity. Era una afirmación, no una pregunta.

—Te ofreceremos una generosa indemnización —respondió él, como si eso, de alguna manera, mitigara el golpe—. Y por supuesto, las mejores referencias para cualquier empleo que busques.

Felicity dejó escapar una risa sin humor.

—Referencias. Claro. Porque eso es exactamente lo que necesito después de que los medios me hayan retratado como alguien que se acuesta con su jefe para obtener ventajas profesionales. Vamos, que soy poco menos que una puta.

Alexander pareció encogerse ligeramente ante la dureza de sus palabras.

—Felicity, yo no quiero esto —dijo. Su voz finalmente pareció quebrarse un poco, revelando al hombre detrás de la fachada de presidente de Reid Enterprises—. Si hubiera otra manera...

—Siempre hay otra manera —lo interrumpió ella.

La frustración que había en su interior estalló—.

Podrías defenderme. Podrías defender nuestra relación.

Nuestro amor. Podrías decirles que no vas a sacrificar a alguien que no ha hecho nada malo solo para apaciguar rumores y proteger el precio de las acciones.

Su voz se elevó unas cuantas octavas, y una pareja que pasaba cerca los miró con curiosidad. Felicity se obligó a bajar el tono, aunque la rabia seguía burbujeando dentro de ella.

El silencio lo invadió todo, incluso el parque, a pesar de estar al aire libre y tener una ciudad entera a su alrededor.

—Pero no lo harás, ¿verdad? —continuó Felicity, más suavemente, pero no con menos vehemencia—. Porque al final del día, Reid Enterprises siempre será tu prioridad número uno. Siempre elegirás a la empresa. Por encima de todo.

«Por encima incluso de las personas», pensó para sí misma.

Alexander la miró, y durante un instante, Felicity vio toda la lucha interna que estaba experimentando reflejada en sus ojos azules. Pero entonces, como había observado tantas veces antes, su expresión se endureció, volviendo a la máscara de CEO implacable.

—No es tan simple —dijo.

—De hecho, sí. Es muy simple —respondió Felicity, notando de repente una claridad repentina y dolorosa—. No tienes que despedirme, Alexander. Renuncio.

Se levantó del banco. Tenía las piernas sorprendentemente firmes considerando el torbellino de emociones y nervios que sentía por dentro.

—Felicity, por favor. —Alexander también se puso de pie, extendiendo una mano hacia ella—. No tiene por qué terminar así. Nuestra relación personal puede continuar mientras encontramos una solución a la situación laboral.

Ella lo miró, sorprendida por su sugerencia.

—¿Realmente crees que podría seguir viéndote después de esto? —preguntó, dando un paso hacia atrás—. ¿Después de que me dejes caer al primer signo de dificultad? ¿De que elijas proteger a la empresa en lugar de a mí, en lugar de a nosotros? ¿En lugar de lo que tenemos?

—No estoy eligiendo —protestó Alexander, aunque su voz carecía de convicción—. Estoy intentando encontrar un equilibrio, una solución que funcione para todos.

—No hay equilibrio posible en esta situación —respondió Felicity, sintiendo que las lágrimas amenazaban con formarse en sus ojos, pero negándose firmemente a dejarlas caer.

Joder, no iba a llorar—. O me defiendes, nos defiendes, o no lo haces.

Y has dejado muy claro cuál es tu elección.

—Lanzó un suspiro al aire—. Contigo siempre es lo mismo, siempre actúas igual.

Cuando empezaron a surgir los rumores te distanciaste, cuando hubo la filtración pensaste sin dudar que había sido yo… —La voz de Felicity sonaba cansada.

Alexander se quedó en silencio, y aquella falta de respuesta fue más elocuente que cualquier palabra que pudiera haber pronunciado.

—Enviaré mi carta de renuncia oficial esta tarde —dijo Felicity, sorprendida por la calma en su propia voz cuando por dentro sentía que se estaba desmoronando, que se estaba rompiendo en pedazos—.

No será necesaria una indemnización, ya que estoy renunciando voluntariamente.

En cuanto a las referencias... —Hizo una pausa, tragando el nudo en la garganta—…

, puedes ahorrártelas. Dudo que cualquier recomendación de Reid Enterprises tenga algún valor en este momento.

Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y comenzó a alejarse. Cada paso suponía un esfuerzo consciente para no mirar atrás, para no correr, para mantener la dignidad que le quedaba.

—Felicity. —La voz de Alexander la alcanzó. Una llamada final que contenía todo lo que no había dicho, lo que no se atrevía a decir.

Ella se detuvo brevemente, pero no se volvió.

Si se volvía…

—Adiós, Alexander —dijo, lo suficientemente alto para que él pudiera oírla.

Y luego continuó caminando, dejando atrás no solo a un hombre, sino también las esperanzas y sueños que había empezado a construir con él.

Solo cuando estuvo segura de que estaba fuera de su vista, protegida por un grupo de árboles, permitió que las primeras lágrimas cayeran.

Enfadada consigo misma por llorar, se pasó la mano con fuerza por las mejillas humedecidas.

Una vez más, se encontraba sin trabajo y con la reputación en entredicho. Pero en aquella ocasión era peor el dolor del corazón.

Alexander Reid había elegido lo que siempre elegiría: la empresa que era su legado.

Su responsabilidad.

Su identidad misma.

Y ella, como tantas otras cosas en su vida, había terminado siendo sacrificada.