CAPÍTULO 55
La reunión de la junta directiva de Reid Enterprises se llevó a cabo en la sala de conferencias principal. Un espacio intimidante con ventanales del suelo al techo que ofrecía vistas panorámicas de Manhattan.
En circunstancias normales, Alexander apreciaba esas vistas como un recordatorio del alcance y la influencia de la empresa que había heredado y expandido.
Ese día, sin embargo, la vastedad de la ciudad solo servía para hacerle sentir extrañamente expuesto, como si millones de ojos estuvieran observando cada uno de sus movimientos.
Los doce miembros de la junta ya estaban sentados alrededor de la enorme mesa de nogal cuando él entró. Las conversaciones en voz baja cesaron abruptamente, reemplazadas por un silencio tenso.
Marnie Hoffman, la presidenta de la junta, una mujer de sesenta y tantos años con un estilo impecable y una mirada que podía atravesar el acero, fue la primera en hablar.
—Alexander —dijo, sin molestarse con saludos preliminares—. Supongo que sabes por qué estamos aquí.
Alexander asintió, tomando su lugar en la cabecera de la mesa.
Había ensayado aquel momento durante el trayecto a la oficina, preparando argumentos, construyendo defensas.
Pero ahora, frente a los rostros severos de las personas que técnicamente tenían el poder de destituirlo, sintió una momentánea vacilación.
—Por la fotografía —respondió simplemente—. Y las insinuaciones que la acompañan.
—Insinuaciones es una forma amable de decirlo —intervino Ronan Brown, un veterano de la junta conocido por su conservadurismo—.
Los medios están sugiriendo claramente que contrataste a tu amante para un puesto de alta confianza, violando explícitamente nuestras políticas contra las relaciones entre superiores y subordinados, por el conflicto de intereses que representa.
Alexander mantuvo su expresión neutral, aunque sintió que su mandíbula se tensaba.
—Esa interpretación es incorrecta —dijo con voz firme—. La fotografía fue tomada antes de que la señorita Ashford trabajara para Reid Enterprises, en circunstancias fruto de la casualidad. Por aquel entonces ni siquiera nos conocíamos.
Procedió a explicar brevemente el incidente del tren, consciente de que la historia sonaba algo surrealista, casi como una excusa que se había inventado en el momento. Algunos miembros de la junta intercambiaron miradas escépticas.
—Incluso si aceptamos esa... peculiar explicación —dijo Marnie, entrecruzando sus dedos encima de la mesa—, eso no aborda el tema principal: tu actual relación sentimental con tu asistente personal.
Así que lo sabían.
Alexander se preguntó brevemente cómo, aunque supuso que, en un edificio lleno de ejecutivos ambiciosos y empleados observadores, era inevitable que alguien notara los cambios en la relación con Felicity, aunque fueran muy sutiles.
O quizá alguien estaba vertiendo de nuevo rumores por ahí.
—Mi relación personal con la señorita Ashford comenzó hace poco —admitió, optando por la sinceridad—. Mucho después de que demostrara sobradamente su valía profesional.
Lawrence Davidson, el miembro más joven de la junta, dejó escapar un resoplido.
—¿Y esperas que la gente crea eso cuando vea la fotografía?
—preguntó, deslizando una tableta hacia el centro de la mesa, donde se mostraba el artículo con la imagen del beso—.
La percepción es la realidad en este negocio, Alexander, y la percepción actual es que Reid Enterprises está dirigida por un CEO que premia servicios personales con puestos de trabajo.
Alexander sintió que la ira comenzaba a burbujear bajo su fachada de calma. El tono condescendiente de Keller, la forma en que había insinuado algo sórdido sobre su relación con Felicity... Tuvo que respirar hondo para mantener el control.
—La percepción puede manipularse —respondió con voz deliberadamente lenta—. Y eso es exactamente lo que está sucediendo aquí. Esto es un ataque calculado, probablemente orquestado por Isobel Winters en venganza por el incidente con Morgan Hargrove.
Varios miembros de la junta parecieron considerar esa posibilidad, pero Marnie sacudió la cabeza.
—El origen es irrelevante en este momento —dijo—. El daño ya está hecho. La pregunta ahora es cómo mitigarlo.
Un silencio pesado cayó sobre la sala mientras todos procesaban las implicaciones de sus palabras.
Alexander conocía bien ese silencio; era el que precedía a una decisión difícil que nadie quería ser el primero en pronunciar.
Finalmente, fue Victoria Zimmerman, la directora jurídica, quien habló:
—Desde una perspectiva legal y de relaciones públicas, veo solo dos caminos viables —dijo, con la precisión clínica que la caracterizaba—.
O la señorita Ashford es reasignada a un puesto donde no trabaje directamente contigo, lo cual también supone un problema, dado su conocimiento íntimo de tus asuntos profesionales y personales, o debe dejar la empresa.
Alexander sintió como si el suelo se inclinara ligeramente bajo sus pies. Había anticipado aquella solución, por supuesto, pero escucharla expresada de una manera tan fría hizo que algo se retorciera en su pecho.
—Eso es extremo —protestó, intentando mantener su voz firme—. Felicity Ashford es una profesional excepcional cuya contribución a Reid Enterprises ha sido invaluable. Destituirla basándonos en un ataque personal sería no solo injusto sino estratégicamente un error.
—No se trata solo de estrategia —intervino Ronan Brown—.
Se trata de los valores fundamentales de esta empresa.
Tú mismo implementaste políticas estrictas contra las relaciones entre superiores y subordinados, Alexander, y has despedido a varias personas por ello.
¿Cómo se verá que el presidente de la compañía sea el primero en violarlas?
—Las circunstancias son excepcionales —insistió Alexander—. Y esas políticas existen para proteger a los empleados de coerción o favoritismo. Ninguno de los dos casos se aplica aquí.
Marnie Hoffman observaba el intercambio con los ojos entrecerrados, evaluando no solo los argumentos, sino también la intensidad con la que Alexander defendía a Felicity. Finalmente, levantó una mano para detener la discusión.
—Las acciones han caído un 13.7% desde que la noticia se hizo pública hace apenas cuatro horas —dijo.
Su voz era tranquila pero implacable—. Tres de nuestros inversores principales han llamado expresando su preocupación.
El departamento de relaciones públicas está siendo bombardeado con cientos de comentarios.
Esta no es una situación que podamos permitirnos dejar sin resolver.
Alexander sintió que se tensaba, anticipando lo que vendría a continuación.
—La junta está de acuerdo en que la señorita Ashford debe dejar su puesto como tu asistente personal, con efecto inmediato —continuó Marnie—.
Se le puede ofrecer una generosa indemnización y excelentes referencias, pero su presencia en Reid Enterprises, especialmente tan cerca del despacho del presidente, se ha vuelto insostenible.
Las palabras cayeron como piedras en el estómago de Alexander. Miró alrededor de la mesa, buscando algún aliado, alguna expresión de duda, pero solo encontró rostros resueltos que reflejaban la decisión ya tomada.
—Estáis pidiéndome que despida a una empleada ejemplar basándome en una fotografía sacada de contexto y rodeada de rumores maliciosos —dijo, sin molestarse en ocultar su frustración.
—Estamos pidiéndote que protejas a Reid Enterprises —corrigió Marnie—. Que pongas los intereses de miles de empleados, accionistas e inversores por encima de tu situación personal. Como siempre has hecho, Alexander. Como haría tu padre.
Aquellas últimas palabras lo golpearon de lleno.
«Como siempre has hecho. Como haría tu padre.»
Era cierto.
Desde que había asumido el control de la empresa a los veinte años, Alexander había subordinado contantemente sus deseos y necesidades personales al bien de Reid Enterprises. Era lo que su padre habría esperado. Lo que se esperaba del heredero Reid.
Pero ahora, por primera vez, esa expectativa chocaba directamente con algo (alguien) que había llegado a querer de una manera que no había esperado.
Felicity no era solo una relación casual. Era la primera persona en años con quien se había permitido ser vulnerable, con quien había compartido todo. Sus miedos, sus esperanzas, sus recuerdos.
Con quien había sido él mismo.
Sin capas. Sin artificios.
Y ahora le pedían que la sacrificara en el altar del deber.
—Necesito tiempo para considerarlo —dijo finalmente. Su voz se escuchó más baja de lo que pretendía—. Y para hablar con la señorita Ashford —añadió.
—Por supuesto —concedió Marnie—. Pero no tienes demasiado tiempo, Alexander. Cada hora que pasa sin una respuesta clara de Reid Enterprises es otra hora en que nuestra reputación sufre… y nuestros intereses también.
La reunión se disolvió poco después, dejando a Alexander solo en la enorme sala de conferencias.
Se quedó allí durante un rato, contemplando la ciudad que se extendía bajo él, sintiéndose, por primera vez en mucho tiempo, verdaderamente atrapado.
Felicity iba por su tercera taza de té (había rechazado el café que Azriel insistía que era necesario para «crisis de proporciones épicas», pero ella no quería subirse por las paredes) cuando su teléfono vibró con un WhatsApp de Alexander:
Alexander: ¿Podemos vernos? Necesito hablar contigo en persona.
Tan simple, tan directo y, sin embargo, algo en la formalidad del mensaje hizo que un escalofrío recorriera su espalda.
—¿Y bien? —preguntó Azriel, que había estado monitoreando las redes sociales y los blogs de chismes del país desde su llegada—. ¿Noticias del frente?
—Quiere verme —respondió Felicity, mostrándole el mensaje—. En persona.
Azriel frunció el ceño.
—¿En la oficina?
Felicity negó con la cabeza.
—No especifica dónde.
Tecleó rápidamente una respuesta:
Felicity : Por supuesto. ¿Dónde?
La respuesta llegó casi inmediatamente:
Alexander: ¿En el parque cerca de tu apartamento? En media hora.
Un lugar público.
Neutral.