CAPÍTULO 54
Felicity acababa de salir de la ducha cuando su teléfono comenzó a vibrar con una insistencia alarmante sobre la encimera del baño.
Al principio, pensó que debía ser Alexander, quizás con alguna emergencia laboral que requería su atención inmediata.
Pero cuando cogió el móvil, envuelta en una toalla y con el cabello aún goteando, vio que tenía diecisiete notificaciones, todas de diferentes fuentes: llamadas perdidas de Azriel, mensajes de compañeros de trabajo, entre ellos uno de Eliza, alertas de Twitter, y varios titulares de noticias.
Uno de ellos captó su atención inmediatamente:
«ROMANCE EN REID ENTERPRISES: ¿MÉRITO O FAVORITISMO?»
Un escalofrío que nada tenía que ver con el agua fría recorrió su columna vertebral mientras abría la notificación con dedos repentinamente torpes.
La pantalla se llenó con lo que parecía ser un artículo de uno de esos blogs de chismes que se especializaban en el cotilleo de las altas esferas empresariales de Manhattan. Y allí, encabezando el artículo, estaba una fotografía que Felicity reconoció con horror.
Ella y Alexander.
En un compartimento de tren.
Besándose.
Joooder. Joooder. Joooder.
El mundo pareció detenerse mientras miraba fijamente la imagen.
Era indiscutiblemente ella, con el cabello más corto que llevaba entonces, inclinada sobre Alexander, sus labios claramente unidos en lo que cualquier observador interpretaría como un beso apasionado.
La fecha en la esquina inferior de la fotografía indicaba que había sido tomada unos cuantos meses, el día antes de hacer la entrevista con él.
—No, no, no... —murmuró, dejándose caer sobre el borde de la bañera mientras el pánico comenzaba a formarse en su estómago como un nudo apretado.
Con dedos temblorosos, desplazó la pantalla para leer el artículo:
«EXCLUSIVA: Hemos obtenido pruebas de una relación romántica entre el presidente de Reid Enterprises, Alexander Reid, y su asistente personal, Felicity Ashford, que se remonta a antes de su contratación.
¿Es casualidad que el día después de este encuentro íntimo, la señorita Ashford fuera nombrada para uno de los puestos administrativos más codiciados de Manhattan?
Fuentes cercanas a la empresa sugieren que este no sería el primer caso de favoritismo en Reid Enterprises, planteando serias dudas sobre la integridad de sus procesos de contratación y su cumplimiento con las políticas internas contra las relaciones entre ejecutivos y subordinados...»
Felicity no pudo seguir leyendo.
El zumbido en sus oídos se intensificó, mientras intentaba procesar lo que estaba sucediendo.
¿Cómo era posible? ¿Quién podría haber hecho esa fotografía?
Si lo que había sucedido aquel día había sido casualidad.
Ella ni siquiera sabía que el hombre al que estaba besando era Alexander Reid, su futuro jefe.
Y más importante aún, ¿quién la habría filtrado en ese momento, precisamente cuando su relación con Alexander comenzaba a afianzarse?
Su teléfono vibró nuevamente en su mano. Era una llamada de Alexander. Respiró hondo, intentando calmar el temblor de su voz antes de contestar.
—¿Lo has visto? —preguntó él sin preámbulos. Su voz era tensa y baja.
—Acabo de verlo —respondió Felicity, odiando el temblor que no pudo ocultar—. Alexander, ¿cómo...?
—No lo sé —la interrumpió él, y Felicity podía imaginarlo perfectamente, paseando por su despacho con esa energía contenida que siempre mostraba cuando algo amenazaba con salirse de su control—. Pero voy a averiguarlo. El equipo legal ya está en ello.
Un breve silencio se extendió a través del teléfono, cargado de un montón de preocupaciones.
—La fecha... —comenzó Felicity.
—Lo sé —dijo él—. Están insinuando que te contraté por... porque teníamos algo. —Su voz se endureció—. Es absurdo. Ni siquiera sabíamos quiénes éramos cuando ocurrió lo del beso.
Felicity cerró los ojos, agradecida por su defensa. Sin embargo, era muy consciente de cómo se vería desde fuera.
—Alexander, ¿quién hizo la puta foto? —lanzó—. Yo no sabía que tú eras la persona que me iba a entrevistar al día siguiente.
—Lo sé —respondió él—. No sé cómo pudieron sacarnos una foto.
Felicity se mordió el labio.
—¿Alguien te podía estar siguiendo? ¿Algún detective privado?
Alexander se quedó unos segundos pensando.
—Quizás… —respondió—. A veces las empresas de la competencia lo hacen para sacar los posibles trapos sucios de sus rivales.
—¿Crees que ha podido ser lo que te han hecho a ti?
—No lo había pensado, pero sí, es una posibilidad.
—¿Qué debemos hacer? —preguntó Felicity, intentando mantener la calma, tratando de ser práctica a pesar del pánico que amenazaba con asfixiarla.
Aquel asunto era más serio de lo que parecía. Ya no se trataba solo de unos cuantos rumores lanzados al azar y que solo circulaban por la Torre Reid.
Hubo una breve pausa antes de que Alexander respondiera, y algo en ese silencio hizo que el corazón de Felicity se encogiera.
—Marnie Hoffman me ha llamado —dijo al cabo de un rato, refiriéndose a la presidenta de la junta directiva—. Ha convocado una reunión de emergencia para esta mañana. A las nueve.
Felicity miró el reloj. Faltaban poco más de dos horas.
—¿Quieres que esté allí? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—No —respondió Alexander con demasiada rapidez—. Creo que es mejor que no vengas a la oficina hoy. Quédate en casa hasta que aclaremos esto.
Las palabras eran razonables, lógicas incluso, pero Felicity no pudo evitar sentir la primera punzada de algo frío y desagradable en su pecho. ¿La estaba protegiendo o apartando?
—De acuerdo —accedió, intentando no darle muchas vueltas en la cabeza—. Mantenme informada, por favor.
—Lo haré —prometió él—. Y Felicity... —Su voz se suavizó ligeramente— Todo va a salir bien. Resolveremos esto.
Pero incluso mientras Alexander pronunciaba esas palabras tranquilizadoras, Felicity detectó algo en su tono, una incertidumbre que rara vez mostraba.
Después de colgar, se quedó sentada en el borde de la bañera durante un rato, con la toalla aún envuelta alrededor del cuerpo, el agua goteando de su pelo olvidado. Su mente trabajaba frenéticamente, intentando recordar cada detalle de aquel día en el tren.
Había sido un momento de puro pánico e improvisación.
Le habían robado el billete, el revisor se acercaba, y en un acto de desesperación, había besado al atractivo desconocido en traje que trabajaba tranquilamente junto a la ventana en uno de los compartimentos VIP del tren, esperando que la escena de aparente intimidad disuadiera al revisor de pedirle su billete.
Solo después, al día siguiente, cuando se presentó a la entrevista de trabajo para la que había viajado a Nueva York, descubrió que el hombre era Alexander Reid, presidente y dueño de Reid Enterprises.
La coincidencia había sido absurda. Entre todos los pasajeros que había en el tren, ella había ido a elegir precisamente a su futuro jefe. Pero si algo tenía seguro era que el puesto de asistente personal de Alexander Reid lo había conseguido por méritos propios.
Dios sabía que sí.
De hecho, Alexander se las había hecho pasar putas los primeros días. Tan mal, que incluso ella había llegado a pensar que lo hacía para que renunciara y se fuera.
El teléfono volvió a vibrar, aquella vez con un WhatsApp de Azriel:
«LLÁMAME AHORA MISMO O VOLVERÉ A NUEVA YORK CORRIENDO, SI ES NECESARIO. NO ES UNA AMENAZA, ES UNA PROMESA.»
A pesar de todo, Felicity no pudo evitar esbozar una sonrisa débil. Si había una constante en su vida, era la lealtad melodramática de Azriel, que aquellos días se encontraba en Maryland, presentando su última colección de moda.
Marcó su número mientras finalmente se levantaba para vestirse.
—¡Por fin! —exclamó Azriel en cuanto respondió—. ¿Estás bien? Porque si necesitas que alguien cometa un asesinato con un accesorio de moda como arma, tengo varios tacones de aguja que podrían perforar un cráneo.
—Estoy... —Felicity dudó, porque ¿cómo estaba realmente?—. Estoy procesándolo.
Se dirigió a la habitación, puso el manos libre en el teléfono y lo dejó sobre la cómoda.
—¿Sabes quién filtró la foto? —preguntó Azriel—. Yo tengo sospechas muy específicas que involucran a cierta arpía con tendencia a los trajes monocromáticos demasiado ajustados.
—¿Isobel? —Felicity frunció el ceño mientras se ponía un pantalón de chándal y una camiseta suelta, su atuendo habitual para los días que estaba en casa—. ¿Por qué piensas que ha sido ella?
—¿Quién más tiene tanto que ganar con tu caída? —razonó Azriel—. Primero lo de Morgan Hargrove, ahora esto... Esa mujer tiene una vendetta personal contra ti que haría que las Kardashian parecieran unas aficionadas en el arte de la venganza. Esa tía es una celosa patológica y enfermiza.
Felicity se detuvo, considerando su teoría.
Tenía sentido.
Isobel Winters había sido humillada cuando se había descubierto que Morgan Hargrove era el topo dentro de Reid Enterprises. Su plan de desacreditar a Felicity se había vuelto contra ella, y ahora que Felicity no solo había recuperado su puesto, sino que además mantenía una relación con Alexander...
—Pero ¿cómo ha conseguido esa foto? —pensó en voz alta—. Fue hace unos meses, en un tren cualquiera... Y fruto de la casualidad, tú ya sabes la historia.
—Querida, los ricos paranoides como Isobel Winters probablemente tienen detectives privados siguiendo a sus competidores 24/7 —respondió Azriel con un bufido.
—Eso mismo he pensado yo, que alguien estaba siguiendo a Alexander y que el universo confabuló para que ocurriera lo que ocurrió.
—El universo puede ser muy hijo de puta a veces —apuntó Azriel—. Aunque tú le has ayudado bastante, no se puede ir por ahí besando a desconocidos —bromeó.
—Yo ni siquiera sabía que se trataba mi futuro jefe —dijo Felicity.
—Bueno, la verdadera pregunta en este momento es por qué esa arpía ha esperado hasta ahora para usarla.
—Porque ahora es cuando puede hacer el máximo daño posible —murmuró Felicity. Y de pronto lo entendió todo—. No solo a mí, sino a Alexander y a Reid Enterprises.
—Exactamente —aseveró Azriel—. ¿Qué ha dicho Alexander al respecto?
Felicity le contó la breve conversación que había tenido con él y la reunión de emergencia con la junta directiva.
—Mmmm —el sonido de Azriel destilaba escepticismo—. ¿Y te ha pedido que te quedaras en casa? ¿En vez de que fueras a defender tu honor y a explicar que ese beso fue básicamente una maniobra de supervivencia?
La duda que Azriel estaba sembrando encontró tierra fértil en los propios temores de Felicity.
—Supongo que quiere manejar esto él mismo, ya lo conoces —respondió, intentando sonar más convencida de lo que realmente estaba—. Es su empresa, después de todo.
—Y tú eres su pareja —señaló Azriel.
El comentario golpeó a Felicity con más fuerza de la que esperaba.
Sí, ella y Alexander habían estado construyendo algo durante las últimas semanas. Algo que era real, profundo. Pero ahora que se enfrentaban a la primera crisis pública, ¿dónde quedaba realmente ella en sus prioridades?
—Es complicado —dijo, y odiaba esa frase, porque sonaba como una excusa, como una evasión, como si no quisiera ver la realidad. Lanzó un suspiro y se pasó la mano por la frente—. No sé qué pensar… Estoy muy confundida.
—Oh, cariño —la voz de Azriel se suavizó—. Por suerte voy a coger ya el avión para Nueva York. En una hora estaré allí. Necesitas compañía y una buena dosis de café extrafuerte mientras vemos que es lo que pasa.
Felicity quiso protestar, decir que estaba bien sola, pero la verdad era que la perspectiva de pasar el día sola, revisando obsesivamente las noticias y esperando una llamada de Alexander, sonaba terrible.
—Gracias —dijo—. Te estaré esperando.